jueves, 12 de julio de 2012

Cristina, Scioli, el presente y el futuro

La política tiene este tipo de cosas, no hay por qué sorprenderse. Basta con revisar la historia argentina, nomás --y no sólo la de nuestro país--, para advertirlo. No vale la linealidad, aquí. La historia, esa histérica fanática, es la que lo impone.

El establishment tiene pensado, desde hace largo rato, que Scioli es su mejor opción para terminar con el programa kirchnerista, con el que tiene contradicciones insalvables. La más barata, vale aclarar, porque cualquier otra cosa supone profundizar el choque: algo que, lo comprobarán el 7 de diciembre próximo, no sale gratis al bolsillo. La única, entienden, además, porque no hay otro/a allí con quien puedan llegar a acordar.

La política nunca cesa en su afán de reconfigurar escenarios de disputa. Lo que, a su vez, supone que se alterarán las formas de interpelar las nuevas dificultades que se presenten, las tácticas a partir de las cuales encararán los actores sus objetivos. En ese entendimiento, que se reformulen también las alianzas sociales que participan de las distintas contradicciones, que (se insiste) naturalmente cambian, surge de lo más evidente y lógico.

Alguna vez, comentando a Alberto Fernández, dijimos acá que no creíamos en la tesis de la traición como método para explicar su recorrido histórico. No analizamos política desde perspectivas individuales. AF, dijimos, simplemente cree en un modo de conducirse que dejó de servir para las necesidades oficiales; ergo, voló por decantación.

Néstor Kirchner a este tipo de cosas las conocía de memoria. Y las desdramatizaba. Cuando fue a 6, 7, 8, en 2010, y debió explicar por qué alguna había elegido a Redrado para presidir el BCRA o cómo fue que en determinado momento hubo buen entendimiento con Clarín, la hizo sencilla: durante su mandato, dijo, donde estaba más condicionado que en condiciones de disponer a gusto, y ante la necesidad general de salir de la crisis, lo acompañaron muchos sectores que, luego, una vez a de definir un nuevo programa, evidenciaron ser contradictorios con los intereses defendidos por el kirchnerismo, y pasaron a adversarlo.

El kirchnerismo se reconstituyó, entonces, dos veces: la primera, entre 2008 y 2009, a la defensiva, tras la arremetida destituyente de las patronales agrarias; la segunda, en 2010, tras el fallecimiento de Kirchner, a la ofensiva. De ambas instancias, emergió resignificado a su interior: apoyado sobre el PJ tradicional, primero; liderando fuerzas más renovadoras como principal sustento, después.

Así las cosas, si se acepta que cierto establishment irá a por un acuerdo, que necesita, con Scioli, y el gobernador de Buenos Aires no se muestra reacio a sustentarse en esa hipotética alianza; en tanto el kirchnerismo transcurre por estos días, al tiempo que gobernando, teniendo que resolver --también para sostener la capacidad de hacerlo (de gobernar)-- la sucesión, toda vez que Scioli siempre parece rankear alto en las preferencias populares, devendrá esperable que surjan pulsiones expulsivas en torno de su figura (de Scioli) como parte del espacio. De manual: no se puede marchar detrás de quien pretende apoyarse en sectores con los que existen disputas programáticas esenciales.

Llegado el caso, verá Scioli cómo resuelve su a veces exasperante ambigüedad; no podrá conciliar como parece querer hacerlo. Pero el kirchnerismo también deberá jugar algo más fuerte que sólo negarlo (a Scioli).

Se trata de la principal dificultad que atraviesa el espacio abierto en 2003: resolver su continuidad, sea quien sea el/la que vaya a conducirla y actuarla.

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La moneda está en el aire, y se verá si el Gobierno gobierna o sólo administra los tiempos que se asoman. Es decir, si logra hacer lo que (y cómo) quiere; o, apenas, lo que puede.

Entre dificultades que vienen de fuera y la necesidad de hacer un ajuste sobre la fase actual de despliegue del proceso económico inaugurado en 2003. Ajuste, en sí, quiere decir nada. Lo que define a un gobierno es la decisión de disponer quién pagará esa cuenta. Y los márgenes, en tiempo e instrumentos, con que cuenta para actuar. La Presidenta ha dispuesto obligar a la banca privada a prestar para inversión productiva hasta un 5% del total de sus depósitos.

Daniel Artana, a confesión de parte ya se sabe, se lo dijo, con todas las letras, a Marcelo Longobardi en Radio 10 al otro día del anuncio: “El Gobierno ha decidido, ahora, que el ajuste lo hagan los bancos.”. En efecto. Nadie que pertenezca al campo popular lo podría haber dicho mejor que un típico exponente de la ortodoxia, como lo es Artana.

Una intervención de hecho en la rentabilidad empresaria, en este caso del segmento financiero, tal como fue la declaración de interés público de la actividad hidrocarburífera. Y en el mismo sentido que lo fueron la reestatización previsional o el desendeudamiento: quitar capacidad para influir en los procesos de decisión nacional al sector financiero --como ocurrió desde 1976 y hasta el crack de 2001--, desarticular rutas a través de las cuales puedan transmitir condicionamientos, desacoplar las lógicas que impone el mercado a la economía para someterla al mandato popular.

Si por ese carril va a transcurrir la recomposición del esquema económico, el Gobierno habrá dispuesto a voluntad; y podrá intervenir con ventaja y holgura en el trámite sucesorio, sin tener que perderse en nombres propios.

2 comentarios:

  1. "... lo comprobarán el 7 de diciembre próximo, ..." Perdón por el despiste, ¿ qué ocurrirá el próximo 7/12 ?

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  2. Vence el plazo legal de Magnetto para desinvertir.

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