viernes, 15 de junio de 2012

De guapos

Una nota firmada por Cristian Mira aparecida en La Nación del 13 de junio último, pone en claro cómo se disputará la batalla política de aquí en más. “Un conflicto que impactará en 2013”, dice. Y advierte que el año que viene podría haber despelote. De nuevo. El lock out que llevaron adelante hace poco fue un fracaso rotundo.

Toda la estrategia opositora pasa, de un tiempo a esta parte, por la construcción de escenarios de cataclismo social: desde intentonas de reedición de protestas patronales agrarias desaforadas al repentino amor por un Moyano repentinamente levantisco pasando por caceroleos minúsculos e histéricos por parte de ciudadanos de los barrios del norte porteño. El kirchnerismo, contrario sensu, se ha consolidado porque pudo ser el único actor político capaz de dotar de gobernabilidad a la sociedad argentina post 2001.

Justamente, el punto de máxima debilidad en la fase histórica del ciclo kirchnerista fue el de la protesta del empresariado rural, que convulsionó los ánimos ciudadanos por varios meses --anche el normal desarrollo de sus rutinas privadas--. Y que coadyuvó, junto a muchas otras cuestiones, como es regla para la explicación de estas cuestiones, a la derrota oficialista en las parlamentarias de 2009.

Pero a fin de cuentas, el día a día de gobierno con minúscula, que permitió al Gobierno con mayúscula sostener bajo su control e iniciativa las variables del devenir socioeconómico y político del país, determinó que la recuperación con victoria por goleada en 2011 resultara obvia, por cuanto nunca se vertebró un trazo alternativo cuya oferta fuera capaz de convencer a los no directamente involucrados en los conflictos mayores de pegar el salto.

Dicho de otro modo, la ecuación costo/beneficio favoreció siempre al, si se lo quiere ver así, malo conocido, que vendría a ser Cristina. Esto va más allá de la incapacidad, que de hecho existe, de las oposiciones por dibujar un programa distinto. Las fuerzas políticas expresan a la sociedad, de ahí el concepto de representatividad. Y resulta que nunca esta sociedad terminó de definir que el tiempo del kirchnerismo se había agotado. En ello, desde luego, hubo, mayormente, méritos de Cristina. Pero, también, conciencia mayoritariamente coincidente de lo inconveniente de cambiar. De hecho, tanto el segundo como el tercero de 2011 no dicen tener, mayoritariamente, más que diferencias de estilo, de formas, con el oficialismo: o sea, no dicen nada, programaticamente hablando.

Había señales previas, que nadie quiso ver: casi al mismo tiempo que en Brasil se consagró Dilma Rousseff como presidenta, se produjo, acá, el cambio de jefatura en la UIA. La patronal industrial, oficialista, con Lascurain, hasta la 125, mutó a opositora, con Héctor Mendez, luego de la revuelta del “campo”. Con De Mendiguren, no es que pasaron al mismo tipo de oficialismo que supo expresar Lascurain, pero, en cualquier caso, el movimiento fue defensivo. Retrocedieron, aceptaron que los términos los ponía CFK.

En lo anterior jugó la suerte que podían correr los acuerdos bilaterales orquestados entre Lula y Néstor Kirchner. De cuyo sostenimiento dependen las rentabilidades de varios de la mayoría de los industriales argentinos. Y que más seguros que con nadie se encontrarían bajo las alas continuistas en uno y otro país: es decir, Dilma y Cristina; una vez que se confirmó la suerte de la primera, se fortalecieron, al mismo tiempo, las certezas la de la segunda.  

Pero no es viento de cola. Hay que tener habilidad para articular en el juego propio a los demás. En ese sentido, mil veces hemos dicho acá que la Presidenta se destaca, ante todo, porque, al margen de cómo se considere a sus decisiones, involucra en ellas a numerosos elementos de la gestión. Por ende, de representatividades, con lo que parcela a su favor una cantidad de terrenos de anclaje inversamente proporcional al hambre de sujetos sociales que evidencia la oposición partidaria, cuya orfandad representativa asombra: nadie clama en forma militante por ningún opositor.

Hay que entender que no se trata de que los opositores sean malos tipos: son, simplemente, burros --excepto Carlos Pagni; el tipo, por lejos, más brillante con que cuentan, acaso el único--. Inútiles. Muy. De ahí que con no tanto, pero que comparativamente es muchísimo, Cristina les saque tanta ventaja.

Retomando, entonces: la Mesa de Enlace de la patronal agraria es, quizás, el único espacio al interior del cual podría construirse un escenario de disputa contra el actual oficialismo. El tema pasará por generar que la permanencia del mismo genere mayores costos a sus pares de la sociedad. Y que sea desde abajo, entonces, que nazca la decisión de construir una refutación histórica. No parece, por ahora, que pueda ser posible, que a alguien le pique el cuerpo en tal sentido. Pero no tienen otra táctica a mano. Es decir: que, por lo menos, lo van a intentar, que no quepan dudas.

Mientras tanto, Cristina hizo otra de manual con el plan de créditos hipotecarios casi regalados con financiamiento del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de ANSeS. Metiendo en la brochette de la jugada, al mismo tiempo, el borrador de una respuesta reactivadora a las dificultades que la economía se come de rebote por la crisis europea y, lo más importante de todo, la trama, gigantesca y complejísima, de intereses que hay detrás de lo que significó la recuperación de la administración del sistema previsional.

La oposición respondió que “no es mala idea, pero no debería hacerse con ‘la plata de los jubilados’”. Más allá de la mentira que encierra la afirmación --el Fondo de Garantía de Sustentabilidad no es eso, ya se ha explicado ello mil veces en mil lados de mil formas distintas; en todos los casos, mejor que lo que se pueda hacer acá--, lo interesante es que resulta darse de bruces con la conveniencia que de todo ello pueden llegar a extraer varios segmentos del electorado y sectores con intereses en juego, más allá de los beneficiarios futuros del plan en sí.

No tienen idea de dónde están parados. Así les va. Tanto, que el máximo festejo que han podido anotarse en los últimos tres años, es haber impedido la designación del impresentable de Reposo. Gran rival.  

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