domingo, 15 de abril de 2012

'Te lo gano con la camiseta', capítulo mil millones; y lo que sigue de acá en más

Nunca, lo digo siempre, hay que sacar conclusiones muy terminantes de un clásico. O pretender enmarcar los análisis previos del mismo a partir de las líneas generales que vienen desplegándose en torno a uno y otro protagonistas. ”Es un partido aparte”, se dice, y es cierto. La atmosfera, en esos casos, implica mayor número de cuestiones emocionales que lo ‘normal’, y, por ende, rompe la epistemología desde la que se piensan los duelos habituales.

Distinto es el caso del Independiente-Racing de ayer, 14 de abril de 2012, que, calculo, estará entre los más recordados de la historia --al menos moderna-- del duelo, por varias buenas razones (muchas de las cuales se agregarán al ya atiborrado kit de récords que acumula el Rey de Copas en el historial versus su rival barrial tradicional, ¿aún clásico?).

Independiente consiguió, a partir de la prolongación de sus mejores cartas exhibidas a partir del cambio de Díaz en la dirección técnica del equipo, digámosle, normalizar el partido, si no en su totalidad, por lo menos en la mayoría de los aspectos. Y, a la vez, le ofreció a su DT un menú de certezas que, de ahora en más, irán a plantearle problemas. A la hora de la conformación del equipo, digo. De los problemas comúnmente llamados lindos en el fútbol.

Sólo pensando al 4 a 1 de ayer desde la lógica arriba explicada se logra entender la sensación de enormes distancias que marcaron los de rojo en el campo, en un partido en el que, fríamente analizado, dígase desde las matemáticas, no hubo tanta superioridad. En cuanto a llegadas al arco rival, por caso. Claro: no es así que debe descularse el fútbol. Y entonces la cosa se complejiza bastante. Por suerte, lo fácil no divierte.

Vale repetir, entonces: quien haya visto el partido completo necesariamente debe haber tomado nota de que en todo momento hubo la sensación de que la victoria de Independiente aparecía inevitable. Cómo fuera, salvo los imponderables que demasiadas veces aparecen en esto. Si el merecimiento se construyera siempre a partir de cuál de los equipos se adueña de la potestad de dictar el tempo de las acciones.

Racing lució maniatado todo el tiempo, incapaz de vertebrar partitura futbolera ninguna, dejando, entonces, su suerte librada a la posibilidad, incierta, de éxito de alguna de sus individualidades en algún arresto ídem que pudiera producirse. Y sin siquiera poder acudir a la fibra combativa, de la que, salvo el enorme Pelletieri, carecieron los albicelestes. Tan es así que el gol se lo regaló su rival, y el resto de sus llegadas tuvieron qué ver con el abuso de pelotas aéreas o nuevas distracciones ajenas. Muy pobre. Demasiado. Pero provocado.

Independiente, de su lado, siempre estuvo seguro de lo que, mucho o poco/bueno o malo, iba a desplegar en el campo. Pero, fundamentalmente, desde el concepto. Porque supo abstraerse de las dificultades propias de lo que un partido como el de ayer genera siempre en el clima previo y del durante; y, fundamentalmente, sobreponerse a la catarata de lesiones que le atacó la estructura (que todavía está queriendo definir) en las últimas semanas.

Habiendo rendido tal examen, pues, varias cuestiones que se venían apenas presumiendo ya van definiéndose como tendencia y certeza.

El nivel de selección Julián Velázquez, aún fuera de puesto, y su gradual conversión a caudillo. La competencia que se vendrá entre Argachá, que crece y sorprende, y Ferreyra, que ayer jugó su mejor partido desde que llegó al club. El despliegue y la versatilidad de esa gran aparición que es Monserrat. El atrevimiento innegociable de Villafañez y Pato Rodríguez, que igualmente debe (en ambos casos) hacerse menos esporádico. Parra que no deja de meter goles importantes al tiempo que encuentra cómo explotar virtudes y esconder falencias.

Y volverán Fredes, Farías, Tuzzio. Se está poniendo bien Pellerano. Busse sería titular en muchos equipos del campeonato. Y, entonces, bueno, lo conocido: el contagio que genera el fútbol, aquello que Diego Maradona inmortalizó con la frase “cuando todos tocan, toca hasta el más burro”. Y que pasa también en las malas. Cuando hasta Avispa Velázquez le erraba a los cruces y Pato Rodríguez no lograba, para decirlo bien callejero, pasarse ni a un cono.

Cristian Díaz ha conseguido mejorar las individualidades. Y hacerse de un compromiso por parte de sus dirigidos que se nota en el sudor que riega, desde la victoria frente a Boca en adelante, cada camiseta roja de las once que el entrenador circunstancialmente designa para que salten al campo.

Convertir lo que ayer se terminó de definir como buen momento en una estructura consolidada, que logre ser inmune a los vaivenes lógicos del talento, prolongar las variables positivas en un conjunto confiable, en el que la suma de las partes sea menos que el todo. Eso es lo más difícil del caso.

No era lo más urgente, obvio, y por eso bien vale el elogio al conductor, porque es de sabios saber advertir esos tiempos en un equipo. Pero a la tarea de edificar alguna trascendencia lo están llamando las oportunidades. Queda en él no ser recordado simplemente como alguien que ganó algunos partidos importantes.

Tiene, parece, el material. Pero, se insiste en esto, dibujar el plano del edificio es, siempre, más difícil que conseguir los ladrillos, la arena y el cemento. Que el árbol, pues, no tape el bosque.

1 comentario:

  1. Hola Pablo
    Digo yo, estando las finanzas del Rojo como están, ¿no deberíamos tramitar la AUH?
    Abrazo Rojo

    ResponderEliminar

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: