viernes, 27 de abril de 2012

Kirchner presidente


Un día como hoy, hace ya 9 años, Carlos Menem y Néstor Kirchner ocupaban el 1º y 2º lugar, respectivamente, en las primeras elecciones presidenciales post debacle neoliberal de 2001. Y con ello, por ende, obtenían sus correspondientes clasificaciones a participar en el balotaje que se había previsto para el 18 de mayo siguiente.

Hay tontos que, todavía, dicen: "A pesar de todo lo que hizo, Menem ganó en 2003": falso. No es así, bruto error. Uno más, de los tantos que cometen a menudo aquellos que carecen de formación: para ser elegido presidente en Argentina hace falta obtener, por lo menos, el 45% de los votos; o bien, el 40% si la diferencia con el segundo es de 10% o superior. Si ninguna de esas hipótesis se verifica, se hace necesario efectuar una nueva elección entre los dos candidatos más votados. Esto último fue lo que ocurrió aquella vez con Menem y Kirchner.

Es importante hablar con corrección, porque de lo contrario se pierde de vista el motivo único por el cual aquella segunda elección no se realizó: las encuestas, todas, le vaticinaban a Menem que, en el mejor de los casos, perdería por 70% a 30% contra Kirchner. No quiso soportar semejante papelón y se retiró de la escena. Pero había más.

El objetivo del sector del establishment económico-empresarial que estaba detrás de la candidatura de Menem (y también de los hombres de negocios que, por Duhalde, bancaban a Kirchner aunque con muchísimos reparos --olfato no les faltaba--) era que asumiera un presidente débil, sin respaldo popular confirmado en las urnas, porque creían que así podrían manejarlos a gusto y piacere. Erraron, en esto último, muy feo.

Tenían listos, a punto nomás de firmarse, dos fallos de la Corte menemista con el que desde el vamos intentarían condicionar a Kirchner: la dolarización de la economía y la convalidación de las leyes de impunidad que habían servido para dejar libres a los genocidas del Proceso (esto último, como símbolo fuerte de dónde se pretendía que siguiera el eje de la alianza de poder real argentino, el que se había instalado allí en 1976 y que evocó Videla hace muy poquito). Dos sectores del empresariado se disputaban las instituciones en función del salvataje de sus intereses: los que pugnaban por la dolarización de la economía --Menem-- y los que aspiraban a profundizar la devaluación de salarios y la pesificación de deudas privadas --Duhalde--.

Kirchner, como comprobaríamos luego, les hizo pito catalán a ambos: optó, sí, por el verde caro, pero a cargo y cuenta de retenciones altísimas (contra la patria devaluadora) y licuación casi completa del peso del sector financiero en la construcción de las decisiones nacionales (contra la patria financiera), con más la recuperación de la discusión salarial y el pago de deuda externa a partir de la acumulación de los dólares aportados por los devaluacionistas, a los que el "favor" les terminó saliendo caro. Entre muchos otros elementos y herramientas redistributivos. Que lo son, a la vez que de riqueza, de dignidad y de poder político.

Y se decidió a encarar el primer y único programa de gobierno favorable a los intereses nacionales, populares, federales y latinoamericanistas que se desplegó en Argentina desde la caída de Juan Perón en 1955 --salvo el breve lapso de su tercer gobierno--. A partir de la construcción de una nueva matriz instrumental que permitiera acumular el poder popular como sustento, ése del que no le habían permitido hacerse en las urnas.

Más o menos. No fue tan exactamente así, pero la idea, la base, está.

Hace 9 años, entonces, se iniciaba el proceso que desembocaría finalmente en el que ha sido el segundo mejor gobierno argentino desde el retorno de la democracia en 1983. Después del de Cristina, claro.

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