miércoles, 29 de febrero de 2012

La debilidad de los silencios

Un político tiene que otorgar respuestas. Políticas, mayormente. Y de las, digamos, normales (las que podría dar cualquier “ciudadano de a pie”, pongamos), también. Su calidad como conductor, si lo fuere, estará dada, en buena medida, por su capacidad para manejar los tiempos. Esto sería, cuándo cabe una y cuándo cabe la otra.

La presidenta CFK estuvo, como nunca, floja en las primeras horas posteriores a la tragedia ferroviaria de Once. El mismo miércoles, el jueves a más tardar, debió estar presente, junto a las víctimas. Como persona, como mujer, como madre, como viuda que es. Tenía varias perspectivas desde las que canalizar el trauma social. En el lugar de los hechos o en otro en el que confluyeran las víctimas.

No sólo no lo hizo, cuanto que ni siquiera dejó oír su voz (siempre generadora, per se, de hechos políticos) al respecto. En 2009, en cambio, sí estuvo, Cristina, presente en Tartagal, Salta, cuando un alud provocó, sobre dicha ciudad, otro desastre. Fue bien recibida, mientras daba su apoyo a las víctimas de entonces.

Esta vez, hizo silencio demasiado tiempo. Un silencio que, paradójicamente, hizo demasiado ruido. Por la dimensión de su figura política, por su costumbre oratoria, por la magnitud de lo acontecido, por las responsabilidades que indudablemente le caben a su gestión, en fin. Delimitar en tiempo y espacio la oportunidad de intervención, se reitera, hace al buen conductor, sobre todo porque es difícil atinarle. Más: no existe un manual que lo indique, viven, dichas variables, en constante tensión entre sí.

Lo que no se puede, nunca, jamás, es hacer/decir nada. La Presidenta habilitó demasiado espacio para que le peguen más de lo mucho que ya de por sí merecía por los deficit que acarrea su gestión en el área de transporte. Del mismo modo, habilitó las formas de cierta violencia en que se desató una protesta el viernes luego de que se encontrara el cuerpo del fallecido 51. Eso ocurre cuando “desde arriba” no se canaliza, no se contiene.

Tarde, durante el acto homenaje por el bicentenario de la creación de la bandera, Cristina corrigió. En parte. No acertaríamos, creo, si tratáramos de determinar por qué se demoró tanto en actuar. La Presidenta es una dirigente que deja que siempre se mezclen en sus alocuciones sus sentimientos particulares con sus apreciaciones políticas. En esa construcción (que no por construcción deja de ser sincera, es una canallada deslizar, siquiera, tal cosa, además de también innecesario e inconducente), por cierto, está la clave de la reformulación de su vínculo con el pueblo. Interesa, sí, que demostró involucramiento con el tema, ahora sí de lleno. En todo sentido. Mejor tarde que nunca.

Cristina dice que no le va a temblar el pulso para tomar las decisiones que tenga que tomar. Su historial autoriza habilitarle credibilidad. Justamente, se la critica porque “va por todo”. Y ha ido, no por todo, más sí por mucho y ante peces ciertamente más gordos que los actuales concesionarios de TBA. Son precisamente sus buenos antecedentes los que determinan que uno la exija más.

Hasta ahora, intervención de la empresa y anuncio de que se esperará la pericia judicial de por medio, se ha hecho poco, lento, insuficiente, pero se va en el sentido correcto. Uno, quizás, y ya hablando de lo que hace estrictamente a la gestión, sí se apuró en la exigencia de medidas concretas al respecto. Por eso uno apenas escribe pavadas en internet y Cristina es presidenta de la República, claro. Por duro que suene esto en medio de todo lo que ha ocurrido, acá hace falta tacticismo, frialdad. Porque peor sería que por atolondrarse se le echara más leña al fuego todavía.

Determinado que fue, mayoritariamente pero no totalmente, que lo que urge es mayor involucramiento estatal, aguardar a que desde Tribunales lleguen elementos de peso con los que munirse argumentativamente a la hora de un eventual desplazamiento del concesionario de sus funciones, es inteligente. No debe quedar el más mínimo resquicio para hipotéticos pataleos por parte del consenso anti estatal (que años ha favoreció la irrupción de la lógica de gestión privada del patrimonio público, y por lo que la sociedad también debemos hacer nuestra autocrítica) que todavía existe, y con fuerza, en Argentina. Ahí está la parva de editoriales domingueros clamando por liberación de precios, por caso; o que despotrican “contra el populismo”.

Cristina reconoce que falta hacer, la sintonía fina ya de por sí es un reconocimiento de que falta. O de que se han hecho cosas mal y que deben reformularse otras. Políticamente hablando, elevar el rango de Transporte de Secretaría a Ministerio, por caso, o reemplazar a Juan Pablo Schiavi, equivaldría a asumir falencias, déficits, omisiones. Tareas pendientes, desde ya. No hay que olvidarse que se le exige respuestas y definiciones a una jefa de Estado, que no las puede dar como si fuera cualquiera que anda por la calle, quieras que sí.

CFK tiene una deuda, y muy grande, con mucha gente. Con casi toda, esta vez. Está siendo exigida por su base social porque, como no acostumbra, está siendo corrida por ella. No importa si por izquierda, es un tema menor en esta oportunidad. Interesa que se dejó anticipar, y eso es lo que marca lo nuevo del estado de situación por estos días. A arremangarse, pues.

No obstante, vale, pese a todo, cerrar con una impecable reflexión (otra más) del amigo Lucas Carrasco, que por suerte todavía no estiró la pata: “(…) cuestionamos al Gobierno. Pero no somos boludos. Si la derecha va contra Cristina, nosotros vamos a defender a Cristina. El mejor gobierno, el que cuestionamos también, de los últimos 50 años.”.

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