martes, 24 de enero de 2012

Sequía de memoria... y de vergüenza, también

Uno de los argumentos más inverosímiles que recuerdo haberles oído a los “hombres de ‘campo’” durante la discusión por la 125, fue aquel que sostenía que había que “dejarles” --a los empresarios que se hacen llamar productores-- el dinero del aumento en el precio internacional de la soja que motivó la instauración de las retenciones móviles, “por las dudas” que algún día llegara a pasar algo que les llevase al diablo la cosecha. Tipo un granizo o una sequía.

Una sequía como la que, según dicen, los acecha por estos días. Le peor en años. Dicen. Argumento que repiten todas las temporadas.

Una discusión en la que la sociedad se polarizó (y podríamos decir que también se fracturó) como hacía mucho tiempo no ocurría en la historia de nuestro país. Que reconfiguró el mapa dirigencial y de lealtades (y las discusiones acerca de la vida socio económica y política del país) y los modos en que transcurren, también.

Ni que hablar de lo que hace a lo institucional, habiendo ocurrido la primera votación de un vicepresidente en contra del gobierno al que pertenecía en la historia del universo, y totalmente atentatoria del sentido histórico con que fue imaginado el cargo.

Como se sabe, al dinero que se quería llevar la 125, finalmente, no se “lo dejaron”, pero, por razones conocidas, “se lo quedaron” lo mismo. Durante cuatro años de precios que, cuentan los que saben, han estado por fuera de lo que podría denominarse como “lo común”. Y que no han tenido correlato en el monto tributario correspondiente por derechos de exportación.

Sea como sea, y más allá de las dudas, inmensas, que genera la sequía de la que se quejan por estos días los dirigentes de las patronales sojeras (por esto de las fotos que datan de 2005 de vacas muertas que se trasladaron de La Pampa a Santa Fe y de allí a Buenos Aires), se impone repensar al empresariado y a sus modos de conducirse.

Empresariado y praxis del que estos parásitos delincuentes que viven de pedir subsidios al Estado en la mala y de patalearle cuando viene la buena a la política impositiva del mismo Estado de cuya mano comen bastante seguido, son ejemplo máximo. Y sin cuya asistencia, no son capaces siquiera de guarecerse a sí mismos. Como es el caso actual.

¿Qué han hecho, señores, con tanto dinero que ganan desde 2008 que ahora requieren ayuda estatal? De un Estado a cuyas arcas (y por ende, a su capacidad de actuar, también para “ayudarlos”, si hiciera falta tal cosa) se han encargado de torpedear, constantemente desde que tuvieron micrófonos y actores institucionales dispuestos a darles margen para que pisoteen cuanto rastro de institucionalidad republicana hay en el país.

No hablemos ya de aportar a la discusión por el futuro del mismo, que pasa, como ya dijéramos varias veces acá, por las decisiones de inversión.

A cada momento se reactualiza la necesidad de profundizar la discusión acerca del papel que uno espera juegue el Estado en materia de conducción de las variables y relaciones socioeconómicas que rodean a la sociedad a la que debe regular.

Por imperio de la Constitución Nacional, no porque yo lo digo, claro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: