lunes, 30 de enero de 2012

La centralidad de Cristina y la ¿reforma constitucional?

Todos los caminos, decíamos en nuestro último post, conducen a Cristina. Ya sea en lo que hace a política partidaria, o bien en cuanto a la institucionalidad y/o gestión del Estado, es, la Presidenta, la referencia ineludible. “Desde luego: para algo es presidenta”, dirá alguno. No siempre, no obstante, fue, esto, así. Con De La Rúa, por ejemplo, otros, y otras cosas, eran más importantes. La primera mandataria se lo ha ganado a base de mérito propio. De gestión y de rosca.

Esto lleva a que discusiones muy actuales (interna del PJ, Moyano, sucesión de CFK en 2015, reforma constitucional) se crucen, se condicionen mutuamente y sea una causa/consecuencia de la otra, y/o viceversa. Inabordables, cada una de ellas, por separado de las demás.

En un post de su blog, el pasado 5 de enero, Lucas Carrasco hacía una interpretación muy interesante sobre el sentido de la institucionalidad y la división de poderes. Según entendió quien esto escribe, una posible conclusión del escrito es que los diseños institucionales responden a la necesidad de establecer en términos, digamos, racionales a la lucha política. Repartiendo el poder.

De alguna manera --esto ya es propio--, la institucionalidad se diseña en función de asegurar la estabilidad. Hay el componente de especificidad, propio, que deben atender los tienen a su cargo la ingeniería institucional de un Estado determinado. Lo que torna inconveniente, pues, importar esquemas ajenos, que --se insiste-- se diseñaron a partir de la necesidad de solucionar dificultades distintas.

Carrasco también enfatizó, creo, lo anterior, así: “(…) el conflicto político --inherente a toda sociedad-- es anterior a las instituciones. La separación de poderes, entonces, busca que sea al interior de las instituciones donde se dirima el conflicto político. Entonces, tenemos que si la separación de poderes tiene ese rol, no todas las separaciones de poderes pueden canalizar los conflictos políticos, dado que los mismos no son iguales en todas las sociedades. (…) No sacralizar la separación de poderes no implica abogar por su supresión, simplemente (…) se puede respetar el concepto de separación de poderes pero pensar en poderes que resuelvan la canalización de viejos y nuevos conflictos políticos preexistentes.”.

La vieja cuestión de la conveniencia que conlleva la generación de pensamiento nacional, que no será si no se parte de, justamente, pensar lo propio. Lo “bueno”, tanto como lo “malo”.

Yo entiendo que, hoy día, Cristina es garantía de estabilidad. Ojo: hoy día dije. Mañana, quién sabe. Para 2015 faltan, casi, cuatro años. Lo que, en nuestra política, es una era geológica.

Para mediados de 2008, pronosticaban, “los analistas”, que Julio Cobos sería, por estos días, el presidente argentino. Un año después, al mencionado se le sumaban, siempre según “los analistas”, Macri y Reutemann al trío de “presidenciales” más probables. Para agosto de 2010 (antes de la muerte de Néstor Kirchner), nosotros (y no sólo) aventurábamos que el kirchnerismo contaba con mayores chanches que cualquiera de sus competidores para 2011, contra la burla de la cuasi totalidad de la cátedra analítica. Cristina, decían luego, no podría sin la compañía de su marido: gobernar, primero; domar el PJ, menos; reelegir, ni soñarlo. Esto dicho al sólo efecto de ejemplificar cuánto valor tiene ser prudentes en política.

No obstante ello, lo que intentamos es explicarnos las razones de la confluencia de distintos tópicos en otro de obvia mayor importancia, como lo sería el de una reforma constitucional. Por fuera del simplismo del crispado berrinche pseudo republicano y la “preocupación por la salud institucional de la Patria” y toda esa berretada. Hay una lista, larga, de tipos/as que deberían quedar, por la carencia de autoridad moral (por llamarle de alguna manera) que toda incoherencia conlleva casi per se, fuera de debate: tipos que aplaudieron la defección de Cobos (y gran cantidad de legisladores, también) para con el mandato constitucional que lo ungió; o que no dudan en ensalzar las supuestas calidades democráticas/institucionales/republicanas, de países que, todavía en el siglo XXI, sostienen reinados.

El grosor democrático/institucional/republicano, debe rastrearse en la medida de cumplimiento de los actores institucionales para con las nociones de gobierno representativo y mandato: esto sería, operar el programa de gobierno que consagran las mayorías y no el que pretendan imponer distintas minorías, cualquiera ellas sean.

En este entendimiento, hoy día Argentina tiene poco que envidiar a cualquier otra democracia, ya no europea: también a nivel mundial. Otra discusión es la subjetiva (si se acuerda o no con la propuesta de Cristina): en concreto, nada puede reprocharse al actual oficialismo en cuanto a cumplimiento de sus promesas de campaña --o, por lo menos, a la voluntad de hacerlo--.

Todo tiene que ver con todo. Decíamos arriba que Cristina hoy ofrece garantía de estabilidad. Hay una cosa que dicen los “analistas” que sí voy a reconocer como cierta: el kirchnerismo aún no tiene definida, menos construida, siquiera esbozada, ninguna alternativa sucesoria. Y eso es un déficit político, no hay vuelta que darle. Los sujetos sociales en base a los cuales ha construido su representatividad y sentido el kirchnerismo (y en cuya función, como parte de la ciudadanía que son, debe, ya sugerimos, medirse la calidad institucional de nuestro país), a todo esto, lógicamente generan los ruidos que, al respecto de las discusiones mencionadas en el primer párrafo, se vienen sucediendo.

Sigue, el firmante, insistiendo, humildemente, en que los pleitos están, desde ambos costados (los kirchneristas, entre los que me cuento; y los antikirchneristas, a los que adverso), mal encarada desde el vamos.

Aún cuando es cierto que el kirchnerismo tiene problemas, y graves, en lo que hace a la sucesión, lo que hace, en esencia, a la interna del peronismo todo (del cual es kirchnerismo es línea interna: la mas potente, organizada y cohesionada de todas las que lo componen); no menos cierto es que en la oposición las cosas son bastante peores: ¿o acaso existe alguna formación opositora capaz de poner en cancha, hoy día, ya mismo, a alguien capaz de hacerse cargo de la cosa? El panorama político, en lo que hace a futuro dirigencial, es, por lo menos, dudoso.

Si a algo le debe la oposición su fracaso de los últimos tiempos es a su intento de construir su propuesta a partir de la obstinación prekirchnerista. Es decir, a la pretensión de que no necesita readecuar formatos y esquemas de canalización de demandas e interpelación de un electorado que, tras ocho años de kirchnerismo y de una etapa que supuso incorporación y no destrucción de derechos y una reconfiguración de los modos en que se gestiona el Estado, ya no es el mismo. Ídem para los modos en que definen su relacionamiento con otros actores de poder, representativos, que han surgido desde 2003 y para los lenguajes con que presentan todo ello a la sociedad. Ni hablar en cuanto a los factores de poder extrainstitucional, problema atendido por variadas cátedras del constitucionalismo: el del poder de los Estado frente al de los poderes fácticos.

En relación a todo esto, pueden leerse, también, los enojos de Moyano. Que, según entiendo yo, quiere apostar fuerte a ser parte, personalmente, del poder. Porque entiende que ha aportado mucho al kirchnerismo y a la lucha anti antiobrerismo en los ’90 (ambas cosas son ciertas), porque supone que los aires de renovación se pueden llevar puestos los moldes que lo forjaron y contuvieron y porque, sencillamente, se le antoja pelear por fuera de los estrictamente sindical. Desde ya que tiene legítimo derecho. Su entrada, además, si se diera, aportaría riqueza. Y mucha. Pero no está demostrando, para la empresa, ser ducho en lo más mínimo. Por manejo de tiempos, por comprensión de posicionamiento estratégico (lo más raro en él), entre otras cuestiones.

Scioli, De La Sota, Urtubey, sólo por citar algunos de los que presumiblemente también deben tener hambre de presidencia en 2015, están caminando de otra forma el terreno, atentos, ambos, ni más ni menos que legitimidad del kirchnerismo, que es abrumadora, comparativamente.

Para nosotros, a nadie le está vedado soñar en grande. Ciertos límites institucionales deben guardar, y gracias. Pero no nos privamos de decir cómo nos parece que ello se intenta. Omar Bojos, un sabio a mi criterio, cree que es todo una cortina de humo, justamente para resguardase del desgaste que naturalmente conlleva el ejercicio del poder. Sobre todo luego de tantos años, por cierto no “normales”. Puede ser. No tendría nada de malo, tampoco. Seguiríamos, entiendo, en la misma. Discutir el poder y cómo.

El kirchnerismo está en la obligación, sí, de dejar sentado todo lo que ha significado como renovación para la vida de la sociedad argentina, en diversos aspectos. Eso va más allá de la habilitación para Cristina de seguir en su cargo más allá de 2015. Que puede o no darse: no significa, en sí misma, de nuevo y hasta que cansemos, nada, cualitativamente hablando.

Por lo ya expuesto de que ninguna forma institucional es portadora de maldad o bondad en esencia. Las cosas son, siempre, más complejas.

2 comentarios:

  1. Hola Pablo
    Sencillamente brillante tu post.
    Con respecto a la posibilidad de una nueva reelección de Cristina, no estoy entre los que la apoyan, explico mi punto: obviamente comparto con vos que no hay, ni por asomo, nadie, ya sea en el oficialismo y mucho menos en la oposición, que se le arrime en cuanto capacidad, coraje y muñeca.
    Tampoco me baso en el "republicanismo blanco" : tantos de los que se desgarran las vestiduras por la ética institucional han sido pártícipes de estafas al pueblo y a la nación como la Banelco, las privatizaciones y tantas otras yerbas...
    Francamente, ninguno de los tres posibles candidatos del oficialismo que mencionaste me representa en lo más mínimo, es más, mientras Scioli (figura inquietante si las hay...) y Urtubey son, a mi humilde criterio, conservadores populares (a los que de todos modos prefiero antes que a "socialistas" como Binner, "radicales" doble o triple comilla como Alfonsín o Sanz, y ni hablemos de los Macri, Carrió, De Narváez & cía). De la Sota creo que directamente es más un opositor oportunista que otra cosa. Bueno, te decía, quienes a mí más me gustaría está en planos por el momento más secundarios: J.M. Abal Medina tiene mucho para dar y mostrar, el Chivo Rossi, etc.
    No aliento la reelección de Cristina porque considero fundamental que asciendan cuadros más jóvenes, absolutamente identificados con el modelo, pero no sólo para profundizarlo, sino también para transformarlo. Creo que buena parte de la base que apoya al kirchnerismo lo hace no solamente por la economía, el esfuerzo por una mayor equidad, sino también por las transformaciones sociales y culturales que se han promovido, y, desde este punto de vista, un re-reelección de Cristina, si bien garantizaría 4 años más de buen gobierno, puede terminar opacando en demasía y retardando la emergencia de nuevos líderes que levanten las mismas banderas...
    Te mando un abrazo grande y rojo.

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  2. Gracias, amigo. Justamente, lo que intento pedir acá es que evitemos los nombres propios en esta discusión. Que hagamos una mirada más general al marco de correlación de fuerzas, intentando construir la capacidad necesaria a los fines que, o bien el nombre propio decante a nuestro gusto sin más; o bien se lo pueda condicionar, al que resulte designado o elegido, en función del programa que más nos convenza a nosotros. Construyamos el colectivo que hegemonice la herramienta electoral, el resto son debates que vienen después. Un abrazo para vos también.

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