martes, 27 de diciembre de 2011

Estrategia, falsedad, kirchnerismo y oposición

Reflexionaba, yo, un rato antes de escribir esto, acerca de la oposición. O mejor dicho, acerca de los problemas de la oposición. Las dificultades enormes que tienen para lograr que su discurso entusiasme. No digamos para construir un sujeto social propio, que ya sería una demasía. Y se me ocurrió el tema de la impostura. Porque ha sido, y al parecer sigue siendo, muy común que los opositores recurran a ella para atacar al kirchnerismo.

En realidad no les importan los DDHH. En realidad no confrontan contra el establishment económico. En realidad no les interesa la redistribución progresiva del ingreso. En realidad no les importa la democratización de los medios de comunicación. Y así sustantivamente, diría El Chavo del 8. Se dice desde la oposición. Editorializada por Magnetto.

Cierto es que Kirchner, durante su período como gobernador de una provincia que tiene cinco diputados nacionales, tres senadores (desde 1994, antes eran menos) y representa la imponente cifra del 0,8% del PBI y 0,9% del electorado nacional, debería, desde allí, haber impulsado y liderado un movimiento --incontenible desde esas fuerzas, claro-- que reparara los déficits del Estado nacional para con la política de DDHH, que por otro lado es de su competencia.

En eso estamos todos de acuerdo, ¿o no? No haber hecho nada por los DDHH durante los ’90 invalida y tiñe de falsedad todo lo que hayan hecho --y lo quieran hacer de acá en más-- los K en dicha materia. Sarcasmo off.

Podría preguntar, yo, por qué los represores enjuiciados por delitos de lesa humanidad, como los beneficiarios de la concentración mediática --que nadie niega que existe en el país: sólo dicen que ahora “ya está, hay que dejarla como está, porque el kirchnerismo la generó, o ayudó a inflarla”-- o el empresariado nucleado en AEA se la pasan gastando cuerdas vocales y muñeca en despotricar contra el kirchnerismo. Si, total, a fin de cuentas, en realidad, “no está contra ellos”.

Lo concreto acá es que el período kirchnerista ha significado:

a) La reconciliación cuasi plena del Estado argentino para con los compromisos asumidos con la comunidad internacional en términos de protección y plena vigencia de los DDHH, que le ha merecido reconocimientos mundialmente.

b) Una fuerte reivindicación de la noción de gobierno representativo, por cuanto hoy día no se ejecuta, desde el Estado, otro programa de gobierno que no sea el que consagró la soberanía popular en elecciones democráticas libres e incuestionables; a diferencia de otras épocas en que se subordinaban las potestades de decisión nacional a lo “sugerido” por intereses de estamentos del poder económico privado.

c) El proceso de reversión del deterioro en los índices socio económicos (pobreza, indigencia, desempleo, crecimiento, desendeudamiento, etc.) más importante en cincuenta años de historia argentina, en virtud del despliegue de políticas activas de gestión concretas y específicas, y no por ningún “viento de cola” (que no existió, como acaba de demostrar impecable y contundentemente Eduardo Di Cola).

d) La sanción de una ley de servicios de comunicación audiovisual que, a más de haber sido consagrada por medio de amplísimas mayorías legislativas, ha merecido ponderaciones desde tribunas imposibles de ser sospechadas de oficialistas, como por ejemplo la relatoría de Libertad de Expresión de la ONU, por medio de su titular, Frank Le Rué.

Esos son los datos. Las "verdaderas motivaciones profundas” que hayan podido mover tanto Néstor como Cristina Kirchner para proceder en tal sentido, ni lo sé yo ni nadie, y para el caso poco importa en tanto las cosas se hagan. El análisis político que se centra en la individualidad del protagonista del tiempo histórico es propio del liberalismo. Y por ende limitado, desde ya: como cualquier cosa que provenga del liberalismo. Eso de suponer que todo puede ser determinado por una sola persona.

Como ocurre con el “viento de cola”, a nadie que tenga una inteligencia superior a la de un alumno de preescolar se le escapa que ningún proceso social histórico no se explica monocausalmente: ni por un solo hecho, ni por una sola persona.

Vamos, señores. ¿Qué discusión es esta de si los Kirchner quieren de verdad lo que enuncian querer? Seamos serios. Es un hábil, aunque estéril, intento para eludir el ingreso de lleno al núcleo de cada debate. Ya lo intentaron con el primer peronismo, y no lograron más que hacer crecer la devoción popular para con el General Perón.

Y hete en ello que entramos en la esencia de esta idea, y también en el cierre de la misma y del post: la noción misma de la impostura implica un engaño hacia el que opta por el impostor. Que pasaría, entonces, a ser un engañado (el que elige a los Kirchner, digo). Y es bastante ofensivo para con el electorado pararse desde el lugar de supuesta vanguardia esclarecida que viene a develarles, a la masa de ignorantes, lo que no son ellos mismos capaces de advertir. Que es capaz de, por ejemplo, saber mejor que Abuelas y Madres de Plaza de Mayo si las demandas que sostienen tanto unas como otras están siendo debida y sanamente atendidas.

El menosprecio, deberían irse dando cuenta, no garpa como estrategia política/electoral. No genera adhesión. Ni mucho menos cariño popular, claro. Se trata de que ofrezcan algo mejor, superador --idea versus idea, vamos--, si es que lo tienen. So pena de ser considerados culpables del desequilibrio político/institucional que, efectivamente, hoy día existe en Argentina. Cuando uno compara los logros del Gobierno, algunos pocos de los cuales he mencionado arriba, frente a la nada del que encima subestima intelectualmente a la masa a la que pretende capturar electoralmente, el resultado que se obtiene es 54,11% con más 37 puntos de ventaja por sobre el segundo. Simple y sencillo.

No va más así. Pero es por culpa de “la opo”, y no de Cristina.

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