miércoles, 7 de diciembre de 2011

El fusilamiento 'al' Dorrego

Ha causado revuelo en las tropas liberales la decisión del gobierno nacional de crear el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego (por decreto, encima: ¡horror al cuadrado!). Me parece oportuno, ante todo, decir que a mí no me gustan ni Pacho O’Donnell ni Felipe Pigna. Del primero, si yo fuera mal pensado, diría que es un panqueque; y si no, que tiene algunos problemitas de encasillamiento ideológico. El segundo me parece, lisa y llanamente, marketing --aunque Algo habrán hecho me gustó bastante, y reconozco que ha logrado despertar interés por la historia en vastos (y diversos) sectores sociales--.

Pero lo que me interesa subrayar no pasa por las particularidades personales de los integrantes de una y otra escuelas. Me llamó, sí, la atención el que una de las críticas que se le efectúa al llamado revisionismo pasa por las, así denominadas, cuestiones metodológicas. Que el revisionismo, según sus críticos, no respetaría. Como sí lo hacen sus “oponentes”, los mitristas, llamados, con mucho de caradurez, “profesionales”. Y por supuesto descriptos como independientes, imparciales, neutrales y sarasa-sarasa.

Los métodos, que de ellos hablamos, que utilizan los historiadores mitristas, serían ascéticos y habrían surgido natural, inocente y espontáneamente. Sin que estén atravesados por interés alguno. Eso los haría mejores que estos otros, los revisionistas, que simplemente quieren contar una historia de buenos y malos. Que no respetaría (el modus operandi del revisionismo) la rigurosidad metodológica que hace falta para la investigación histórica, cosa que –faltaba más-- sí hacen los mitristas.

El relativismo epistemológico, que rechaza el fundamento único para el conocimiento científico (fijo e invariable), y pone el énfasis en la diversidad de elementos que lo condicionan/determinan, entre ellos, claro está, las disputas por intereses que se suceden en una sociedad, y que subyacen a cualquier producción discursiva social: la Historia lo es, por ejemplo; el Derecho también (y del relativismo epistemológico nacen las Teorías Críticas del Derecho, de las que varias veces he hablado, que cuestionan el absolutismo de fundamentación que proponen tanto el Iusnaturalismo –el orden social justo que provendría de la divinidad- como el Positivismo –la cadena de fundamentación que provee la norma superior desde la hipótesis consensual abstracta de la que parte en adelante-).

Iba a dar lata con citas sobre relativismo epistémico en este texto, pero mientras lo escribía Mario Wainfeld citó en su habitual columna de los domingos en Página 12 una reflexión de Guillermo O’Donnell que resume, desde tribunas opuestas a la militancia ideológica de este espacio, todo lo que quiero decir a estos respectos: “Uno siempre escribe desde algún lugar, desde alguna circunstancia social y contra alguna interpretación de ese lugar. Salvo para los que creen equivocadamente, aunque hoy no sean pocos, que el conocimiento de lo social puede ser una ciencia aséptica uno siempre está, conscientemente o no (y mejor que lo esté conscientemente) en algún debate, en alguna lucha de ideas. Esta es al menos mi experiencia personal y, que yo sepa, la mejor de las ciencias sociales y la historia latinoamericana.”.

Tulio Halperín Donghi (“nuestro historiador máximo según las más variadas opiniones”, dice de él Beatriz Sarlo en La Nación, y yo pregunto: ¿las opiniones de quiénes?), escribió –según cuenta Feinmann--, que el año 1956 “transcurrió con un rumbo político impreciso”. Feinmann dice que ello forma parte de una ausencia “determinada por la ideología del historiador”, un enfoque freudiano (que dijo que lo que se dice habla de aquello que oculta –por medio del signo-) o foucaultiano (para quien el poder se hace tolerable con la condición de ocultar la parte que hace al aspecto de dominación).

Donghi escribió eso del año en que se perpetró el secuestro y desaparición del cadáver de Evita y los fusilamientos de Valle y sus soldados, que se habían levantado en pro del retorno de la institucionalidad republicana al país, quebrada desde septiembre del año anterior y hasta el 25 de mayo de 1973 sin solución de continuidad.

Lo grave es que Sarlo crea que a “las reglas que definen su disciplina” (a la de los historiadores) no las atraviesa ningún tipo de interés o intencionalidad. O que –como intuyo—no crea eso, sino que sepa bien que, efectivamente, eso no es así, pero deliberadamente acepte que ningún otro interés que el que define las estructuras que han guiado los trabajos del mitrismo merezca ser oído.

Por lo demás, el rigor metodológico del mitrismo todavía nos está debiendo explicaciones acerca del Plan Revolucionario de Operaciones de Moreno, la Proclama de Chuquisaca de Castelli, la declaración a los pueblos del Paraguay de Belgrano y los elogios –regalo de sable corvo incluido-- de San Martín (“el mejor”) a Rosas (“el peor”).

Sin adherir, yo, a ninguna de las corrientes en pugna, lo contado por los mitristas (de quienes tengo más materiales que de sus rivales) me suena que en algunos ítems tiene bastantes baches. Poco de rigor. Casi como Sarlo, quien exigió rigor argumentativo de 6, 7, 8 el día que participó del programa como invitada (y lo bien que hizo, buena falta le hace a ese programa, además de complejizar y profundizar más las cosas), pero se dio el lujo de decir que todas las corrientes del revisionismo histórico (nacionalistas de imitación, marxistas, nacionalistas autóctonos y trotkistas) forman parte de un mismo pack.

En realidad, sabe que no es así pero conoce bien la Ley de Goldwin, y que asociar a O’Donnell, Brienza, Anguita y Pigna con aduladores de José Felix Uriburu, el primer golpista moderno de Argentina, puede producir un efecto demoledor en Cristina, siendo que es ella la que ha decidido que el Estado esponsorice la iniciativa.

Por lo restante, bien que es cierto que el Estado debe garantizar que se escuchen todas las voces, que se conozcan todas las posturas, y siendo que ello debe operar en el plano de lo concreto, que nos indica que la doctrina histórica clásica ya tiene todos los espacios que demanda su correcta difusión pública, no cabe discutir, tampoco, aquello de que “lo que está mal que el Estado no haya llamado a todos, sin distinción de banderías”.

En buenahora que desde el Poder Ejecutivo, y en línea con haber logrado el mayor presupuesto histórico para Educación y creado –e invertido en- el ministerio de Ciencia y Tecnología para posicionar a la construcción de conocimiento en la matriz productiva, haya preocupación por la diversidad de material para las cátedras y los alumnos.

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