lunes, 21 de noviembre de 2011

Se murió la mamá del fútbol

El título, creo, no tiene ni un solo gramo de exageración. Estoy casi seguro que el fanático del fútbol –como el que esto escribe- siente, mayoritariamente, la partida de doña Dalma Salvadora Franco de Maradona –‘Tota’, para los suyos, que hoy la lloran-, como la pérdida de la progenitora de este deporte, por cuanto de sus entrañas emergió, hace ya más de cincuenta años, la que todavía es la expresión más perfecta e insuperable que conoció el balompié, su hijo, Diego Armando, quien sin dudas la debe estar llorando sin consuelo.

No es un misterio la relación hermosa que unía a Maradona con su madre. Sobre todo, para los que militamos, al interior de la extensa y sí que heterogénea familia futbolera, en las filas maradonianas –a pesar de las muchas y muy duras divergencias que yo haya podido tener y de hecho sigo teniendo con muchas cosas del Diego jugador y DT (de la persona que se ocupen los programas de chimentos)-.

Casi (la relación de Diego con Tota) la condensación más perfecta del personaje (dicho no despectivamente) que es en sí mismo el diez. Que iba desde la cuasi glorificación y reivindicación permanente, a la devoción, como dato distintivo; pasando, claro, por el respeto y amor propio de cualquier relación madre-hijo, digamos, “normal”.

Creo que esa relación lo pintaba a Maradona de cuerpo entero. A las angustias que lo atravesaron por su estrellato, sólo soñado en los días de pobreza, potrero y Cebollitas, allá, en Fiorito. Creo que Diego quería compartir con su mamá al menos algo de lo demasiado que se le entregaba a él en términos de idolatría. Hacerla partícipe como forma de agradecimiento. Yo soy pero, obviamente, gracias, también, a ella.

Y a don Diego, un tipo ante cuya imagen a uno no le sale decir otra cosa que “más cara de bueno no puede tener”, y que empezó a conocer algo de lo que es disfrutar la vida recién pasados sus cincuenta años, cuando D10s le rogó que dejara de sacrificar sus pulmones para llevar el pan a la mesa, porque ya había dejado de ser necesario. Ese que sufre a morir cuando lo ve mal a Dieguito. Y que no termina de disfrutar cuando está bien. Quizás porque no sabe disfrutar. A pesar de que su hijo siempre, creo, ha querido enseñarle a hacerlo. Y que en esta hora no tendrá otra cosa en la cabeza que acompañarlo, ahora que tiene que aprender a vivir sin tener a su lado a la leona junto a quien crió ocho hijos desde que llegó de Corrientes antes de siquiera soñar con tener a uno como resultó Pelusa.

Había, a mi criterio, en las permanentes apelaciones a sus padres, también, una elevación de su procedencia popular. Banderas, históricas, innegociables, de Maradona.

Diego hijo fue, sin dudas, un tipo tremendamente agradecido, y plenamente consciente de lo mucho que le debía a sus viejos de todo lo que logró conseguir.

¿Cómo no enamorarse, pues, de esta faceta increíble de Maradona, de entre las muchas similares que ofrece, y que terminan –todas juntas, todas parecidas en él- por explicar la enorme riqueza de su personalidad? Tenía ganas de escribir algo en esta hora. En los festejos, como se suele decir, está cualquiera.

Doña Tota vivirá, en el futbolero, para siempre en cada imagen de Diego porque el propio Diego, como decía más arriba, así lo ha querido. Empezando, por supuesto, por el barrilete cósmico inmortalizado en el grito glorioso de –como lo llama JPVarsky- Su Majestad Víctor Hugo Morales. Y sí: creo, firmemente, que tenemos, los futboleros, la obligación de agradecerle por habernos regalado al mejor de todos los tiempos de la redonda.

Mientras tanto, el pequeño Benjamín, que se prepara para tomar la posta en la senda que inició su abuelo Diego. Y que continúan, hoy, su papá, Sergio Kun Agüero --y Lionel Messi, también, claro--. Seguramente haya conocido a su bisabuela, que se le fue, pero no tiene dimensión de lo que representa en lo que es su, por ahora, pequeñita historia. Pero que, bien mirada, lo tiene como partícipe de otra que es enorme. Y de la que Doña Tota fue socia fundadora.

Fuerza, Diego. Desde acá, el abrazo de un incondicional.

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