jueves, 3 de noviembre de 2011

La Argentina ha resuelto darse gobierno por doce años (mal que les pese a muchos)

En 2003, el subdirector del diario La Nación, José Claudio Escribano, saludó la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia por medio de una editorial que, en tapa, advertía al nuevo mandatario que si no se sometía al pliego de condiciones anti nacional y anti popular que le “ofrecía” en nombre del establishment al que representaba como vocero, duraría “apenas un año”.

Ese año se convirtió, gracias a la decisión política de Néstor Kirchner, primero; y de la presidenta –ahora reelecta- Cristina Fernández, después, de hacer todo al revés de lo “sugerido” por el bloque de clases dominantes vía Escribano, en algo más de ocho; que en virtud de la decisión ciudadana del 23 de octubre último, y lo dispuesto como consecuencia de ello por la Constitución Nacional, terminarán siendo doce y medio.

(Digresión: el nombre de Escribano se ha hecho quizás injustamente conocido, para los sectores que nos hemos incorporado a la política en los últimos tiempos, a partir de la amenaza que descerrajó aquella vez sobre Kirchner. En realidad, tres años antes había ido aún más lejos: en el trigésimo aniversario de la muerte del dictador genocida Pedro Eugenio Aramburu, quien encabezara la Revolución Fusiladora que derrocó, en 1955, al gobierno democrático y constitucional de Juan Domingo Perón, a pesar de lo cual Escribano construyó, como homenaje al muerto, un marco teórico por medio del cual Aramburu quedó pintado como una “figura democrática” –a pesar de haber llegado al poder por medio de las botas- y Perón como el líder de una dictadura –aún cuando nunca se hizo del poder por otra vía que las urnas-: todo lo cual pinta de cuerpo entero al tal Escribano y al esquema ideológico que construye que lo cultiva: a él y a los intereses que milita)

Horacio Verbitsky mencionó en su última columna en Página 12 –siete días después de los comicios presidenciales en que fue plebiscitado, con un 54% de los sufragios, el actual gobierno nacional- que no fue la de Escribano ni la única ni la última vez que se intentó hacer del kirchnerismo uno más en la larga zaga de los actores institucionales que entre 1983 y 2003 se dedicaron a gerenciar el programa de gobierno de los sectores dominantes.

“Lo plantearon en 2005 luego de la renegociación de la deuda, en 2007 cuando CFK sucedió a Kirchner, en 2008 luego del voto de Cobos a favor de las cámaras patronales agropecuarias, en 2009 al terminar el escrutinio de las elecciones legislativas, en mayo de 2010 ante la masividad de los festejos del Bicentenario y en octubre apenas dos horas después de la muerte de Kirchner. De nuevo después de las primarias del 14 de agosto y otra vez ahora.”, detalló Verbitsky.

El problema, en efecto, no es el elenco gobernante en sí, sino la orientación ideológica que lo inspira y orienta sus acciones. Apuntaba Federico Vázquez, hace pocos días, que una buena manera de sintetizar qué es “el proyecto” kirchnerista sería presentarlo como un gobierno que, habiéndose basado en el reconocimiento de las opciones binarias que plantea la gestión del Estado y las distintas disputas de interés que en cuyo marco se desarrollan, dejó sentado como rumbo -lejos de una cuerpo ideario perfectamente orgánico y cohesionado- la decisión de optar, cuando dichas situaciones se presenta, por favorecer a los débiles.

Descargando los costos –esto ya lo agrego yo- de la gestión sobre las espaldas de quienes habían sido amplios e indiscutibles ganadores durante la etapa anterior a la llegada del kirchnerismo al poder. Profundizar el modelo, entendiendo al actual como un ciclo histórico reparador que ha recuperado, ampliado y/o creado derechos ciudadanos, pasará, entonces, porque el Gobierno se decida a atacar rentas privilegiadas y estructuras de propiedad de carácter regresivo.

Antes de las elecciones del 23 de octubre, Carlos Pagni –que, a mi criterio, es de los pocos tipos lúcidos y leíbles (sobre todo para ver por dónde vienen las cirugías) que revistan en las tropas opositoras- advertía: “Ella puede estar pensando en excluirse de la reelección, pero a fin de liderar una enmienda que establezca ’para siempre’ algunos rasgos de su “modelo”: la política de derechos humanos y seguridad, la extensión de ciertos beneficios sociales, la relativización de la propiedad privada en actividades definidas como ‘servicios’”.

Lo que Pagni señala con preocupación es, para algunos, como el que esto escribe o Hernán Brienza, un pedido que se ha efectuado a la actual conducción del gobierno popular en función de garantizar la continuidad de los aspectos centrales modelo de país con el que coincidimos, independientemente de la posibilidad –de cualquier tipo- de continuar de los actores que en la actualidad lo ejecutan e interpretan.

Y hay que decir, con relación a lo anterior, que varias situaciones que se han sucedido en los últimos tiempos alientan la posibilidad de ser optimistas respecto de ello. Lo es, por caso, el hecho de que la última elección, además de un contundente respaldo plebiscitario a la actual gestión de gobierno, ha castigado más duramente a quienes con mayor énfasis se han opuesto al nuevo sentido de gestión concebido al calor del kirchnerismo; premiando, en cambio, a los que no deploran de todo ello y hasta alguna vez han tendido puentes en tal sentido, lo que también ha sido señalado por Julio Burdman. Por otro lado, el frente empresarial, otrora homogéneo y compacto, se ha fracturado desde que un sector importante del mismo ha comprendido lo equivocado -y peligroso para sus intereses- que podría resultarles insistir en lógicas de acción similares a las emprendidas en el plano partidario por Elisa Carrió o Eduardo Duhalde, por nombrar a los menos afortunados del Grupo A.

En definitiva, “Cristina parece haber afianzado una administración que funge de base de un acuerdo social mucho más amplio, transversal respecto del nuevo modo de conducción del país que experimenta Argentina desde el 25 de mayo de 2003. Terreno apto para sentar las vigas maestras de un nuevo andamiaje estatal”, como decíamos el 14 de septiembre último. Ella es la síntesis de los sectores sociales que expresan posiciones antitéticas con la matriz ideológica y material de los sectores dominantes.

Y habiendo sintonizado correctamente el mensaje de las urnas y las necesidades a futuro del sector cuya representación encarna fue que recomendó al “llano” social ir a por la organización en función de construir, de una vez por todas, el sujeto sociopolítico que banque en el día a día el ajetreo que seguirá a la afectación de intereses que se impone para lo venidero. Decía Esteban De Gori, el último lunes en P12, que “la adhesión a un gobierno nacional y a la Presidenta puede encontrarse, entre otras cosas, en la capacidad simbólica y material de dichas políticas de configurar un horizonte comunitario”.

En este marco debe entenderse las corridas al dólar de las últimas semanas, ante las cuales el Gobierno ha reaccionado, en esencia, correctamente; pero todavía con muy escasa, digamos, capacidad quirúrgica, que en estos tiempos se impone habida cuenta del carácter complejo, heterogéneo y contradictorio que ha adquirido la economía argentina, proceso que se ha acentuado lejos de haberse aplacado en el período kirchnerista.

La nueva gestión de CFK, venimos advirtiendo, se debe el diseño de instrumentos acordes a las problemáticas nuevas, cada día más específicas, que van apareciendo conforme se avanza en términos de crecimiento, desarrollo y expansión de derechos. Especialmente, si se quiere consolidar el nuevo sentido de gestión del Estado con que ha irrumpido este proyecto en la historia. Lucas Carrasco alertó, en tal sentido, y para dar un ejemplo, sobre la ausencia de instrumentos de ahorro para los pequeños ahorristas. En el éxito de dicha empresa es que se cifra la posibilidad de disciplinar a los distintos factores corporativos que no han perdido capacidad de hacer daño por mucho 54,11% que haya cantado el escrutinio definitivo a favor de la Presidenta. También para acotar esa capacidad de daño a que hacemos mención es que hace falta la construcción de nuevas herramientas, que esterilicen el todavía vigente espacio de incidencia que en términos de presión sobre el Estado para el diseño de las políticas públicas tienen los sectores dominantes de la oligarquía diversificada.

En efecto, nadie discute –y nuestro gurú económico, el amigo Mariano, ha dado, como nos tiene acostumbrados, cátedra al respecto- que el modelo requiera de retoques, siempre sosteniendo las banderas. Las tácticas y estrategias pueden cambiar, los objetivos siempre serán los mismos, y en ese sentido el kirchnerismo ha trazado un recorrido histórico por demás coherente, aún cuando muchos puedan querer advertir acerca de contradicciones por cuestiones menores que no definen lo conceptualmente central de un proceso histórico.

Así las cosas, hay que decir que los movimientos en torno del dólar –no por parte de los pequeños ahorristas, claro- son el claro intento de las corporaciones por posicionarse mejor ante el escenario venidero, de mínima; determinar el cambio de rumbo que le sería de agrado a la salud de sus intereses, de máxima; disputar la capacidad de determinar la construcción del rumbo nacional, siempre –en el caso del empresariado, en contra de la decisión tomada hace pocos días por la soberanía popular-.

Dicho en criollo: una devaluación, por caso, habrá que pagarla. Duhalde, en su momento, tomó una decisión política: el recibo por el pago de aquella devaluación fue el más de 54% de índice de pobreza con que le entregó la banda y el bastón presidencial a Kirchner, pese a lo cual se lo sigue caracterizando como salvador de la patria desde algunos sectores.

El kirchnerismo, decíamos arriba, ha optado por caminos francamente opuestos a los que había encarado Duhalde (y todos sus antecesores desde 1975 a la fecha) en ocho años y, peculiaridades de la historia, quizás por ello sea que fue votado por la misma porcentaje de personas que pobres existían al momento de su llegada al poder, tras ocho años durante los cuales desempobreció una cantidad de gente por el equivalente a la distancia que separó a la Presidenta de su segundo.

Por demás, las palabras de Pagni, que arriba citamos, son el reflejo de la desesperación del establishment por la posibilidad cierta de que el resultado electoral opere como colchón y ampliador de margen de maniobra para la jefa del Estado en la tarea de consolidar un colectivo trasversal con los intereses populares como nuevo privilegiado histórico.

En la capacidad que pueda exhibir Cristina de construir políticamente en función de dotar a su gobierno y al Estado que conduce de las capacidades necesarias para encarar las tareas pendientes, al tiempo que pueda eludir las dificultades que por ello se le presenten, están cifradas las posibilidades de éxito del avance de las clases populares.

1 comentario:

  1. Tengo la impresion de que lo politico quedara para mas adelante, visto el enorme respaldo de la ciudadania. Creo que esas disputas se encararan cuando enfrente haya algo y no el campo desierto que es ahora. Por el momento me imagino que lo economico sera lo fundamental en la agenda oficial.

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