martes, 22 de noviembre de 2011

La agonía de La Moncloa II: en España ganó la continuidad

No se engañe, señora. A España la gobierna, ininterrumpidamente desde 1982 (flor de hegemonía, esa sí), el mismo partido. Pacto de La Moncloa, se llama. En santa alianza, desde los ochenta, con la zona Euro, de la que es furgón de cola. Por obra y gracia de un corrupto y chamuyero como los hubo pocos en la historia de la política mundial: el nefasto de Felipe González. Quien junto a su correligionario, José María Aznar, fascista y obediente colaboracionista de las andanzas del genocida de George Bush y el Estado terrorista de Norteamérica, consolidaron un sistema político y un modelo de Estado bastante particular.

Sistema que, como muy bien dijo Eduardo Anguita (que cuando deja de lado sus temas personales con Clarín y Magnetto, escribe notas bastante buenas) en Miradas al Sur del último domingo, “se basa en un acuerdo, bastante público, que se originó en la privatización de las empresas españolas cuyos directorios hacen un equilibrio entre socialistas y populares controlados por el ojo atento del rey Juan Carlos de Borbón”.

Carlos Pagni, en La Nación del lunes, dice, en el mismo sentido, que “Felipe González y José María Aznar pusieron en valor el término Iberoamérica. Entendieron que en la aspiración a gravitar sobre los viejos reinos de Indias había un capital político que sus electorados apreciarían. (…) González y Aznar fueron los rostros de una España modélica. Por su ejemplar transición a la democracia, y por la capacidad para construir un socialismo compatible con el mercado, y un liberalismo conservador compatible con la democracia.”

Así le llama Pagni a lo que fue el saqueo que hicieron del patrimonio de los pueblos sudamericanos –que duró alrededor de veinte años-, graciosamente llamadas “inversiones extranjeras”, protegidas –ellas y no los intereses de los países- por el CIADI –delegación inconstitucional de soberanía en materia jurisdiccional-. Todas (dichas inversiones), como contara alguna vez Lucas Carrasco, producto de la corrupción. Hasta que un día llegaron a las presidencias de los Estados de Unasur los Chávez, los Lula, los Kirchner, los Evo Morales, los Correa. Hoy día -proseguiría Carrasco en su enfervorizada alocución en 6, 7, 8-, Aznar recorre Sudamérica despotricando en contra de los gobiernos posneoliberales que le aguaron la fiesta, a él y a sus secuaces.

Hoy día, para nadie es un secreto que las cumbres Iberoamericanas han perdido su razón de ser, habida cuenta de que Sudamerica cortó el chorro de financiamiento espurio (a costa de la miserabilización de los pueblos de la region) de la fiesta española, que se esfuma. Del mismo modo, para nadie debería ser un secreto que, concomitantemente con ello, se fue desarrollando la crisis “económica y financiera”, de Europa en general; y de España muy en particular.

Además de todo esto, España gozó de cuantiosa ayuda económica por parte del Fondo Europeo de Desarrollo Regional, el Fondo Social Europeo, el Fondo de Cohesión y el Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agrícola, creados por la Unión Europea para apuntalar el desarrollo de los países más retrasadas y lograr la convergencia económica y social, entre fines de los ochenta y mediados de los noventa, algo que explicó muy bien José Natanson.

Un contexto que se complicó, y que tuvo en Rodríguez Zapatero a un administrador incompetente en todo sentido.

Por uno y otro costado; esto es, del lado de su alianza con EEUU –guerras en Medio Oriente, por decir algo-, o del de su pertenencia a la zona Euro, el de España es un sistema institucional en el que no se cumple con el principio de la representación, siendo que sus gobiernos sencillamente no deciden nada. El pueblo no elige a quienes lo gobiernan en verdad.

Bien dice Alejandro Horowicz sobre 'la crisis', que en los países de Europa que están en problemas, se “acepta las imposiciones de la mesa chica de la Unión Europea, el Grupo de Frankfurt (Nota del bloguero: Francia, Alemania, FMI, Comisión y Consejo europeos, BCE, que vuelven papel pintado a la institucionalidad comunitaria de la UE) (…) un poder concentrado –los bancos– impone su necesidad como la única que debe ser atendida. Si los bancos deben cobrar, si la lógica sistémica depende de su existencia, la voluntad mayoritaria se vuelve una ficción imposible de sostener (…) Las salidas democráticas impiden someterse al interés irrestricto de los bancos, y las no democráticas plantean un rango de involución inadmisible para la compacta mayoría”.

España fue pionera en la zona Euro en la construcción de esquemas que solidifican institucionalmente los privilegios e intereses de elite. Eso, y no otra cosa, son los Pactos de La Moncloa. Que no hicieron, en casi 30 años de postfranquismo, otra cosa que generar un escenario de falsa opción democrática, donde los partidos no representan, en términos programáticos, variantes diferenciales, sino mínimas e insignificantes. Se diluyen, entonces, las identidades partidarias y las representatividades. No hay errores en España: esto que hoy tienen, en términos de regresión social, es lo que sembraron. Y a conciencia.

Más primitivos culturalmente, fanáticos religiosos, lo cierto es que, en el fondo, el PP no representa, como se dice, un giro a la derecha para lo que se venía viendo en la España de Rodríguez Zapatero –o lo que fue la de Felipe González; en definitiva, del PSOE-. El ajuste viene ordenado desde otras latitudes, mandato de copyright ajeno al de quienes consagraran en sus cargos a sus ejecutantes ibéricos. No coincido, acá, como suelo hacerlo, con Mario Wainfeld, que no cree, como yo, que PP y PSOE sean la misma cosa.

La ciudadanía, así las cosas, no encuentra vehiculización para sus interpelaciones, porque los esquemas no responden a sus demandas. Ya hablé de esto, una y otra vez. Eso explica las particulares formas en que han explotado los famosos indignados. Violentamente, como suele ocurrir cuando el sistema político no contiene, representando, porque representa fuerzas extra y/o (muchas veces, las más) anti ciudadanas. Como dice Cristina Fernández, hay que respetar a los mercados. Pero no obedecerlos. Porque no es a ellos a los que se elije para gobernar.

Suelen llamar mi atención los quiebres políticos abruptos. Como el de la Venezuela del Punto Fijo, que acabó con el mandato de Carlos Andrés Pérez. Ebullición que Hugo Chávez sólo intentó liderar, en 1992, pero que se venía anunciando desde el Caracazo de 1989. Como fue en Argentina en 2001. O en Ecuador tres veces en menos de diez años (caídas de Abdalá Bucaram, de Jamil Mahuad, y de Lucio Gutiérrez). Nótese: Punto Fijo, Convertibilidad, Dolarización. Pactos de La Moncloa. Ejemplos, todos, de clausura de discusiones de fondo sobre las orientaciones programáticas de los países. Consolidaciones de modelos económicos excluyentes. Con reyes, encima. Y pretenden enseñar democracia, institucionalidad republicana y Estado de Derecho a los que sí respetamos esos valores: los sudamericanos.

Todas finalizan, y finalizaron y finalizarán, de la misma manera. Con sistemas institucionales estériles para cumplir con su función primordial: arbitrar la vida social en paz y con prosperidad para los pueblos. Tan básico y sencillo, parecería. Mal augurio para el pueblo español. Todavía más. A menos que Rajoy sí elija, a diferencia de Néstor Kirchner en 2003, dejar sus convicciones en las puertas de La Moncloa. No la veo, la verdad.

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