jueves, 27 de octubre de 2011

Un año sin Néstor. Un año del día en que se nos fue un amigo


Me había levantado temprano. Era feriado aquél miércoles de Censo. El lunes siguiente tenía parcial de Sociedades Comerciales, así que el feriado me caía al pelo para darle duro a la lectura de la 19.550 comentada (la ley de Sociedades Comerciales). A las siete AM en punto estaba ya sentado, mate en mano, y déle tragar artículos. Tomo mucho mate, siempre, pero más todavía cuando estudio. Cambio la yerba varias veces durante el día, dice mi mamá que gasta más en yerba que en morfi.

Cerca de las diez bajé a eso, a cambiar la yerba, y escuché por radio que Jorge Rial decía que Néstor había sido internado nuevamente. La tercera en el año. Estaban mis viejos oyendo la radio en la cocina. Son anti K, ambos, a morir, las discusiones políticas en casa son de alto voltaje. Ninguno dijo nada. Yo creo que quise hacer como que era una más, como las dos anteriores.

La segunda, en septiembre, me agarró en medio de una fiesta de disfraces en casa de un amigo. Todavía me recuerdo con otro de los pibes, vestido yo de Luis XV, siguiendo la transmisión especial de C5N aquél sábado por la noche. Hasta que Eduardo Feinmann –al que le era imposible ocultar que lo habían arrancado de la cama para que condujera el seguimiento de la internación- confirmó que ya estaba todo bien.

En julio casi me mato en serio, yo y mis amigos: nos pegamos alto palazo con el auto volviendo de un jueves de trampa en El Bosque –ahí en Quilmes-. Una semana internado por neumotórax. Y por inconsciente. A fines del citado septiembre se moría Romina Yan, que marcó mi infancia en Chiquititas. Como que algo feo me rondaba.

Hoy que lo pienso frío, ya lejos del día en que recibimos la noticia más amarga en ocho años, Rial dio la noticia con un tono raro. Como que sabía algo que todavía no podía decir. Me fui para mi habitación a seguir estudiando, y antes de que pasaran quince minutos llegó un grito de mi viejo: “¡¡¡Pablo!!! ¿Viste? ¡¡¡Se murió Kirchner!!!”, me anunció, incrédulo. Me quedé duro. Inmóvil. Se hizo un silencio, después de recibir la noticia, que todavía puedo recordar. El silencio, en realidad, supongo que es siempre, en sí, es el mismo. Fue distinto, para mí, aquél silencio, en aquél momento, después de aquél mazazo.

No sabía que hacer. Quise, ¡qué idiota!, seguir estudiando. Como para no pensar, supongo. Habré durado, fácil, cinco minutos más con la mirada en el libro. Prendí la PC, la TV, la radio, todo. Y después lo que ya se sabe, y se ha contado mil y una veces desde todas las perspectivas imaginables, que fueron esos días. Lo que sí me acuerdo es que sentí una amargura de mierda en el pecho, como un bocado que no baja, pero no lloré. Casi me quiebro cuando la oí a Milagro Sala desconsolada en diálogo con Víctor Hugo, pero nada más.

¿A qué viene que aburra con tanta lata de lo que me pasó a mí, tremenda insignificancia, el día que murió Néstor, de lo que hoy se cumple nada menos que un año -¡qué increíble!-; y que resultó, sin dudas, uno de los sucesos más sobresalientes del capítulo de las desgracias populares en la historia de este país, que las hubo muchas, por cierto y desgraciadamente?

Me acuerdo que lo primero que leí –al margen de las bajezas espirituales de Rosendo Fraga y Eduardo Van Der Kooy a minutos de la tragedia- fue, claro, el post de Lucas Carrasco. “Los más pendejos –decía Lucas-, a Néstor, lo querían”. “Como a un padre, alguien cercano”, agregaba. Yo no coincido con eso de que “como a un padre”. Néstor era, para mí, como dice la canción, “uno más de la esquina, de esa barra querida, que no voy a olvidar. Un muchacho de barrio, que aunque pasen los años, nunca me olvidaré, que mi escuela fue la calle, y en la vida, pierda o gane, yo, te lo juro por esta… que yo nunca cambiaré”.

La noche anterior había cenado con mis mejores amigos, ninguno de los cuales comparte mi fervor militante, no obstante lo cual se había armado debate. Me preguntaron, los pibes, quién creía yo que sería candidato en 2011, si Néstor o Cristina. La Presidenta, contesté sin dudar un segundo: “porque me gusta más a mí –lo cual de por sí habría sido suficiente en caso de haberse planteado la disyuntiva-, y porque mide mejor. Va a terminar siendo ella, ya van a ver”. Increíble. Horas, apenas, antes de la noticia. Me hubiese gustado tener razón por otros motivos.

¿Qué cosa tan extraña puede generar un tipo en el pueblo, y me refiero a la dimensión enteramente humana, afectiva, pasional de las personas, como para que muchos que, como yo, ni siquiera lo vimos nunca de cerca, nos permitiéramos entristecernos, cambiar nuestra rutina del día, ponernos a escribir un post en su honor? Ocurre, a mi modo de ver, que Néstor fue un líder de cercanía porque gobernó haciéndonos sentir parte de todo esto.

Dije, el domingo pasado, que al triunfo impresionante de Cristina lo construimos entre todos. Y es que, justamente, el kirchnerismo, que reconstruyó los vínculos de representatividad con la simple decisión de decidirse a –ni más ni menos- representarnos, a la vez tiene como valor cualitativo diferencial el hecho de que ha convocado un acompañamiento e involucramiento como pocas veces se ha visto en la historia de este país. Que te provoca ganas de salir a defender la gestión en todos los espacios que sea posible.

Es, como durante el primer peronismo, el pueblo por sí sólo tomando las riendas de la defensa de la herramienta de construcción de su dignidad; esto es, el gobierno popular que conduce la compañera Presidenta. Las actividades barriales, las organizaciones de la militancia, los blogs, las creaciones culturales que evocan este clima de época. La reacción a la derrota de 2009. Los debates por la Ley de Medios, cuando fuimos todos redactores de una ley. La proliferación de la discusión por el país en cualquier rincón y momento que se imagine. Todo esto provocaron Néstor y Cristina. A los que hasta mencionamos por el nombre.

Nos hicieron sentir protagonistas de la historia. Que podemos, y hasta debemos, encarar la tarea de convencer porque un voto más suma y hace falta.

Vaya una confesión personal más: la frase “El triunfo que construimos entre todos” con que titulé el post sobre el 23 de octubre triunfal, la soñé el 7 de marzo de 2010. Caminando por la calle Alsina, salía de ver a Independiente ganarle a River 2 a 0 (Gandín y Silvera, los goles, nos dirigía Tolo aquella noche), y mientras iban con Nico y Lucas (dos votos para CFK 2011, que no lo habían sido en 2007) a buscar el Viper (tal el apodo que damos, en el grupo, al Fiat 147 de Lucas) me puse a pensar -enfermo como soy de todo esto, claro- cómo podría ser un post triunfal en 2011. Eran tiempos en los que rogábamos un 40+10. Se nos fue la mano, un poco. Aunque, como dice Chino Navarro, hoy preferiría menor cantidad de votos para Cristina pero con Néstor presente.

¿En qué cabeza racional cabe que un tipo que recién sale de ver a su equipo ganar un clásico, y tras estar en medio del fervor de una popular en llamas, puede haberse puesto a pensar en las presidenciales de 2011 y lo que iba a escribir al respecto si le tocaba que su opción electoral fuera la finalmente triunfante? En ninguna racional, justamente. Por ende, en una kirchnerista.

Cuando se cumplieron, en enero pasado, tres meses de la muerte de Néstor, me permití aventurar que Cristina la invadirían, por estas horas, sensaciones encontradas, porque mañana harían, a la vez que un año del paso a la inmortalidad de Él, cuatro días de su triunfo en las presidenciales. No encuentro cómo no repetirme y decir algo distinto a eso que aventuré a principios de año, sobre todo desde que la propia Cristina reconoció sentirse así durante su discurso de agradecimiento por la victoria.

Yo tengo 25 años. Tenía 16 cuando empezó todo esto en 2003, para mi desgracia en aquél entonces porque, lo dije, en 2003 yo había apostado por El Adolfo. El día que hizo descolgar los cuadros de los genocidas que todavía quedaban en pie en el Colegio Militar, terminé de enamorarme de un gobierno que ya venía despertándome entusiasmo a partir del estilo y el desparpajo de ese presidente que te hacía sentir, insisto, que era uno más de los tuyos.

Decía, entonces, que en 25 años de vida, por suerte, no he sufrido pérdidas personales. Así que no tengo por qué negar que, hasta el momento, la de Néstor ha sido la muerte que más de cerca me ha tocado. Hace un año se fue, literalmente, un amigo. Nunca menos. Te extrañamos. Lo logramos. ¿Hay mejor homenaje que el 53,96%?

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