domingo, 30 de octubre de 2011

O la oposición cambia, o se cambia a los opositores

En lo que será un post de neto corte vanidoso, leemos, en La Política On Line, al reelecto intendente de la capital mendocina, Víctor Fayad, decir lo siguiente:

"Estamos cansados de esa elite de dirigentes que se pasan la pelota unos a otros y admnistran los votos que nosotros conseguimos. Sanz, Cobos, Morales, Jesús Rodríguez... Quieren gerenciar nuestro capital electoral. Muchos de ellos no tienen ninguna representación y eligen los cargos del partido encerrados en una habitación de hotel (…) dejaron al país sin presupuesto y no se dieron cuenta que nos estaban perjudicando también a nosotros, los que sí tenemos responsabilidades con nuestros vecinos. Perjudicaron a todos: radicales, peronistas, socialista.”

Nos permitimos, a partir de las declaraciones de Viti, decir que a esto ya lo habíamos anticipado por acá, cuando el pasado 19 de agosto comentamos “La pésima estrategia de la UCR”. Dijimos, aquella vez, que, en efecto, la UCR es el único espacio partidario medianamente organizado institucionalmente y con despliegue territorial cuyo desarrollo es, en términos de magnitud, respetable, aunque en uno y otro ítem pierde por goleada si se lo compara con el Movimiento Peronista que conduce la presidenta CFK.

Pero así como señalábamos eso nos permitíamos apuntar que las estructuras representativas de poder con que cuenta el radicalismo a lo ancho y a lo largo del territorio están escasamente – o nulamente- representadas en los espacios y las decisiones tácticas y estratégicas de la conducción nacional del partido.

El pobrísimo desempeño de la fórmula de la UCR en las recientes elecciones presidenciales no se entiende si no es a partir de la decisión estratégica de no expresar a dichas estructuras en las candidaturas nacionales del espacio. Así fue que el radicalismo gobernante a nivel provincial, se ha ido, se va, y se seguirá yendo con el kirchnerismo –u otros, según les convenga a los que tienen que cuidar sus sitios de poder, en una actitud en absoluto reprochable por cuanto a ellos les prestan cero atención desde el arriba del partido-.

Más fácil, si los privilegios los tienen El Hijo de Alfonsín –que recién saltó al conocimiento popular masivo cuando falleció su padre-, Ernesto Sanz –hombre de Techint en el partido-, Javier González Fraga (¿?), Silvana Giúdice –diputada clarinista-, Gerardo Morales –incapaz intelectual y político absoluto, coleccionista de derrotas en su provincia, que grita y actúa bien el indignismo y el acento provinciano cuando hace falta y que supo poner el partido a las ordenes del duhaldismo en ’07; de Carrió entre ’08 y ’11; de De Narváez ahora; y del establishment siempre-, Oscar Aguad, en fin, todos aquellos que no tienen votos ni a quienes los puedan juntar, en desmedro de aquellos que sí tienen una y otra cosa, no puede esperarse otra cosa que el magro 11% que obtuvieron.

Si la UCR deseaba que las estructuras territoriales partidarias se pusieran al servicio de la recolección de votos a favor de las candidaturas nacionales, mínimo deberían haberles ofrecido la vicepresidencia a los conductores del territorialismo, o espacios en el Gabinete, no sé, algo. En vez de eso, decidieron privilegiar las relaciones con el establishment empresarial, a favor del que nadie se embanderaría, postulando a Javier González Fraga; o construir una alianza electoral inexplicable desde todo punto de vista con Francisco De Narváez que no significó otra cosa que jaquear el poder del radicalismo del interior bonaerense que hasta el último 23 de octubre tenía cierta relevancia. Que terminó, dicho acuerdo, como la mona, con De Narváez pidiendo el voto para Rodríguez Saá o para... Cristina (“Ella también necesita un cambio”, decían los carteles denarvaístas en la provincia). Cosas que, siguiendo con el egocentrismo, también aventuramos en su momento (1 y 2).

Así las cosas, Fayad expresa una movida que, nos parece, anticipa lo que será la disputa política de acá en más, sobre todo a partir de lo que se comprobó fracasado en términos electorales (esto sería, que el partido regale -como la ha hecho desde el No Positivo anti institucional de ese atentado a la república y el Estado de Derecho que es Julio Cobos- su soberanía decisoria a las corporaciones empresariales): el diálogo político determinado por aquellos que tienen responsabilidades de gobierno y lazos de representatividad concretos con los electorales. Proceso que se venía advirtiendo acá y con fortaleza desde el resultado obtenido por Cristina en las PASO.

Es demostrativa, esta reacción, de lo que hemos denominado como el fin del ciclo de la antipolítica, iniciado con el experimento de la Alianza y cuyo naufragio comenzó el día que el Grupo A usurpó responsabilidades de gobierno, se extendió en aquella vergonzosa maniobra que Elisa Carrió urdió a pedido del Grupo Clarín para hacer naufragar el Presupuesto ‘11 por medio de denuncias de corrupción que nunca probó –jamás probó ninguna de las denuncias que hizo a lo largo de su fracasada carrera- y que parece haberse cerrado en el resultado que la propia candidata de la Coalición Cívica Libertadora obtuvo el domingo último, luego de la cual, y a subida a una soberbia incalificable, se animó a comparar al gobierno democrático y constitucional de Cristina Kirchner con la dictadura extinta de Khadafi.

Carrió y toda la horda de engendros antirrepublicanos similares a ella que pulularon en derredor del escenario político durante los últimos diez años se manejaron aplicando una lógica que estuvo directamente relacionada con la nula responsabilidad de gobierno que tenían –algo que también menciona Fayad, en especial en lo que significó la barbaridad cometida con la discusión presupuestaria última-. Fue una estrategia que resultó productiva para el clima de época imperante durante la destrucción de ciudadanía cívica y social que caracterizó al neoliberalismo, más no para la actual, que se caracteriza por la ampliación/recuperación/incorporación de derechos, discusión para la cual nadie califica mejor que aquellos que construyen vínculos de cercanía concretos con la ciudadanía a la que deben interpelar (y a la que deben permitirle que los interpele).

Es, sencillamente, el agotamiento de un formato de representación y su reemplazo por otro más adecuado para los tiempos que corren.

En ese entendimiento, el futuro de Hermes Binner, en particular, y del FAP en general, es una verdadera incógnita. Sostener la institucionalidad orgánica de ese espacio, ahora que Binner abandonará la gobernación santafesina –para más, dejando a su delfín en jaque desde que relativizó la alianza que el PS mantiene con los radicales en dicha provincia-, con sus bancadas legislativas en disminución, la discusión por reparto de comisiones de por medio y con el peligro de que si son fieles a sus banderas programáticas históricas se los acuse de ser funcionales al oficialismo nacional, en el marco de una alianza plaga de saltimbanquis profesionales (Liebres del Sur, Claudio Lozano, De Gennaro, Stolbizer).

Por otro lado, es bastante discutible si se justifica el festejo desplegado por el FAP luego de los comicios en que obtuvieron un segundo puesto, según el escrutinio provisorio, a una distancia de… ¡37,09 puntos! de la ganadora, que por otro lado ha obtenido el mayor caudal de votos en la historia de la democracia recuperada en 1983. Ello, a la luz de lo que han sido las experiencias de las segundas y terceras fuerzas en el mismo período.

Lo que se llama futuro está, por el momento, plagado de interrogantes, por cuanto pueden desaparecer en un abrir y cerrar de ojos las circunstancias particulares que rodean al escenario que venimos describiendo y en el cual se inscribe una correlación de fuerzas cuya expresión se vio reflejada el domingo 23 de octubre.

Como sea, si la discusión va a ser, de acá en más, con Viti Fayad y Mario Barletta, pinta para ser mucho más rica, divertida y edificante de lo que ha sido hasta el momento con Joaquín Morales Solá, Eduardo Van Der Kooy, Marcelo Bonelli o Luis Majul.

Y deseable, también, por cuanto la democracia, la institucionalidad republicana y el Estado de Derecho reclaman una oposición comprometida con dichos valores. Lo que durante todo el kirchnerismo no ha habido, y por eso el segundo más pareció tercero, y quedó separado del ganador por la distancia más amplia de toda la historia argentina.

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