lunes, 17 de octubre de 2011

Entender el país

En los derrapes sufridos en los últimos tiempos por las derechas continentales (tanto la moderada, encarnada por Sebastián Piñera en Chile; como la ultra, que se ha expresado en, por ejemplo, el uruguayo Tabaré Vázquez) uno puede encontrar razones de peso que expliquen el naufragio electoral en que navegan las oposiciones al kirchnerismo, siendo que abrevan, dichas alternativas partidarias, todas, en las fuentes del derechismo (a excepción, tal vez, de Alberto Rodríguez Saá).

No trato de decir, por ejemplo, que El Hijo de Alfonsín perdió feo el 14 de agosto -y probablemente vaya a perder más rotundamente todavía el 23 de octubre- porque en sus spots de campaña para las PASO recomendaba imitar a Chile, donde todos los días apalean a mansalva a unos pibitos que van desarmados a las calles a pedir educación gratuita; y Uruguay, donde un ex presidente (tenido aquí por estadista serio), acaba de revelar que durante su mandato elucubró, por nada, hipótesis de conflictos bélicos en contra de Argentina, lo que lo obligó al retiro de la actividad política porque las reacciones en su contra fueron cuasi unánimes, además de contundentes. Es más complejo que eso.

El Hijo de Alfonsín se la pasa insistiendo con que él representa al verdadero progresismo, no el kirchnerismo, a quien acusa de impostarlo. Por cierto, el kirchnerismo no es progresismo: es peronismo, puro y duro. No son pocas las veces que se escucha decir que uno de los grandes problemas de nuestro país es que no ha constituido partidos estables, ideológicamente hablando: de derecha e izquierda.

Existe una razón que explica los virajes ideológicos abruptos que se dan con bastante frecuencia en América Latina, me dijo la semana pasada Marcelo Koenig (líder de la Corriente Peronista Nacional): el hecho de trabajar la realidad con categorías ajenas a estas latitudes, que poco ayudan a explicar y menos a solucionar las problemáticas que aquejan a nuestros pueblos. Eso deriva en que cuando uno elige pararse sobre categorías que fueron elaboradas a partir de especificidades ajenas, luego ande a la deriva por la vida política porque con las herramientas que tiene a mano se encuentra, frecuentemente, con profundas complejidades.

En Perfil, el último sábado, Julio Burdman explicó con contundencia cómo Tabaré se manejó con esquemas ajenos a las particularidades concretas de lo que fue el conflicto por las papeleras –influenciada por la paranoia del bushismo post Torres Gemelas-, en especial (y esto lo agrego yo) por lo que significa la aceleración del avance en la experiencia de integración mercosureña (Burdman dijo que Tabaré es el “último representante de una rancia escuela de pensamiento diplomático oriental, premercosuriana, que considera que tanto Brasil como la Argentina constituyen dos amenazas para Uruguay”).

Sobradamente hemos hablado acá acerca de los límites que vienen experimentando las opciones socialdemócratas en todo el mundo, incapaces de canalizar las complejidades a las que se ven desafiados por las sociedades posneoliberales que les toca representar porque no se han decidido jamás a experimentar por fuera de los marcos institucionales que les ha legado el conservadorismo, aún cuando durante no pocos de los últimos períodos históricos la correlación de fuerzas les ha sido favorable: y no habiéndose jamás decidido a encarar fuertemente la representatividad de esa ventaja relativa de que dispusieron, reformando los marcos para adaptarlos a la nueva situación social.

El peronismo ha logrado perdurar en la memoria de nuestro pueblo porque, sencillamente, ha sido capaz de pensar a ese pueblo que no para de confirmarle su fidelidad -electoralmente- al programa de gobierno que lo sostiene, y que no es, precisamente, el de –según define Alejandro Horowicz- el bloque de clases dominante. Especialmente, de trabajar sus contradicciones, que es, quizás, lo que más y mejor define las peculiaridades de un pueblo determinado, y la mejor guía para construir las soluciones que reclama.

Si a las academias politológicas les cuesta entender al peronismo es, ante todo, porque lo piensan a partir de sociedades a las que el peronismo no tuvo que gobernar; coyunturas sobre las cuales no debió operar. La inadecuación de las contradicciones sociales argentinas a las que existen en otras geografías, es el primer paso para la elaboración de hipótesis de trabajo que acaban en la disfuncionalidad representativa (sobre la cual también ya hemos explorado) que aqueja a candidatos opositores que levantan banderas de nadie –y cuyas banderas, del mismo modo, nadie levanta, siendo que nadie se siente representado por ellos-.

Es decir, para gobernar Argentina hay que pensar sobre Argentina, y no proponer imitar a tal o cual; que, encima, se la pasan de tropiezo en fracaso sin cesar. Tan sencillo como eso. Son formatos de representatividad o bien agotados, o bien inapropiados.

Cristina, en ese entendimiento, es la única de las candidatas que ha demostrado capacidad de interpretar e interpelar los procesos concretos en que se desenvuelve el devenir de nuestra sociedad. Sus contendientes, en cambio, persisten en intentar –al revés de lo recomendable- acomodar la cabeza al sombrero, actuando un libreto que poco y nada tiene que ver con el parecer y las aspiraciones del electorado.

Igual que en Chile y Uruguay. Así les va a todos ellos.

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