miércoles, 21 de septiembre de 2011

El miedo a la hegemonía

Resulta gracioso escuchar las “argumentaciones” “elaboradas” por el interbloque prensa de AEA/dirigentes del Grupo A(EA), respecto del “peligro que significaría para la república/democracia/institucionalidad/etc.” la posibilidad de que el kirchnerismo se haga de mayorías en el Congreso a partir del 10 de diciembre venidero, cosa poco probable –y convenientemente ocultada- a juzgar por los resultados de las PASO.

Mueve a la risa por no decir que al llanto, por lo estúpido, precario y falaz (que es, además, un desprecio a la voluntad popular como pocas veces se ha visto) de un “razonamiento” que no es compartido por ningún autor respetado de la doctrina politológica. Más aún, Gianfranco Pasquino dedicó, recientemente, un libro entero a despotricar contra las maldades de la hipótesis de gobierno dividido, sobre lo que Argentina puede dar sobrada cuenta a partir de lo que fue el peor período parlamentario en la historia del país (el ‘09/’11), gracias a la experiencia del Grupo A, que administró en soledad -inconstitucionalmente y contra toda lógica racional- el cuerpo en tal lapso: por tanto único responsable del naufragio.

Un Congreso que funcionó poco y mal, y que luego de intentar innumerable cantidad de violaciones a la división de poderes por invasión de potestades del Ejecutivo (tema Presupuesto ‘11, por caso); últimamente se ha creído con derecho a intervenir también en el curso normal de las actividades de Tribunales.

Cabe concluir, pues, que nada bueno, per se, le depara a un país del hecho de que un parlamento esté dominado por una fracción opositora al partido de gobierno.

Expone, la boba “teoría”, además, la profunda incapacidad de que adolece ‘la’ ‘oposición’ para dibujar un trazo proyectivo alternativo al que oferta el peronismo kirchnerista.

Joaquín Morales Solá lo sinceró brutalmente cuando gritó su repudio a lo que denominó 'mendigurización' de los discursos públicos –entendiéndose, por ello, unanimidad de elogios al oficialismo gobernante, sin preguntarse, claro, qué podría motivar tal actitud: que ganan más dinero que nunca, ellos y sus contrapartes por igual, por caso-.

Por cierto, recientemente decíamos en Segundas Lecturas que “en Argentina parecen haber echado raíces las condiciones necesarias a los fines de sentar las bases de una nueva institucionalidad, que galvanice los cambios de estilo que supuso el arribo del kirchnerismo al poder. La continuidad del modelo que, entre otros logros, ha consolidado el único proceso sostenido de reducción de pobreza desde 1983, y el más importante en cincuenta años de historia argentina, necesita, para quedar al margen de vaivenes electorales, darse una nueva burocracia gestionaria, cuadros, estructuras que pongan al nuevo sentido de Estado “por arriba” de la suerte que vayan a correr las personas de sus promotores. (…) así lo marca el consenso que, al respecto del modelo, se desprende de las declaraciones que formulan -casi sin cesar desde que se confirmó que la Presidenta cuenta con más de la mitad del acompañamiento popular- desde tribunas cuyos intereses, prima facie, aparecerían como contrapuestos (empresarios, sindicalistas, patronales con necesidades suplementarias: todos dispuestos –parecería- a confluir), siendo que con esto les ha ido mejor que desde hace mucho tiempo: Cristina parece haber afianzado una administración que funge de base de un acuerdo social mucho más amplio, transversal respecto del nuevo modo de conducción del país que experimenta Argentina desde el 25 de mayo de 2003. Terreno apto para sentar las vigas maestras de un nuevo andamiaje estatal (…).

Extrañamente, tanto machacar las vocerías hegemónicas con la necesidad de acuerdos y consensos amplios/plurales/trasversales, de eliminar o acotar lo más posible los márgenes de discusión respecto del rumbo del nacional, ahora que se abre esa posibilidad, pero a partir de lo edificado como mínimo común denominador por el kirchnerismo, resulta que “se corre el peligro de la homogeneización del pensamiento y el discurso único”.

Lo cierto es que el ahora abandonado (y denostado) grito de la moda ‘08/’09, 'La Moncloa criolla', es, apenas, un triste recuerdo de lo que habría resultado una herramienta valiosa en lo que fuera la hora gloriosa de la Banda de (des)Enlace en vías de extinción como conducción estratégica del establishment corporativo, más amplio e interconectado (la oligarquía diversificada de Basualdo), y promotora del sentido –atentatorio de los intereses de las clases populares- de país que carga implícito el imaginario del gaucho, el milico y el cura como relato cultural de un modelo de país autoritario y excluyente (el programa de gobierno del bloque de clases dominantes que, según define Horowicz, fue hegemónico entre 1975 y 2003), para combatir a un gobierno que le fue a los huesos a ese modo de pensar la patria.

En definitiva, una hábil construcción teórica para exhibir preocupación por las formas –el modo de procesar las diferencias de intereses-, cuando en realidad la había por el fondo (el resultado de tal puja). Hoy que los vientos culturales valoran (y premian) el recupero de la estatalidad como guía rectora de la vida social, lógicamente hay, para la oligarquía, la necesidad de un cambio de relato.

Digo, ¿no era igualmente peligroso aquel '70% antikirchnerista' con que aturdió Mariano Grondona entre las legislativas de 2009 y las PASO? ¿Cómo se puede sostener, con pretensión de seriedad, que menos democrático es un país cuanto mayor sea la cantidad de votos obtienen las formaciones políticas que lo conducirán?

Federico Vázquez dice en un post muy reciente que ‘la’ ‘oposición’ se niega a pensar el nuevo sentido de Estado robustecido a partir del kirchnerismo a la hora de hacer campaña. Lo que ocurre, a mi criterio, es que, en realidad, les es imposible tal cosa luego de haber cedido soberanía táctica y discursiva a favor de los representantes de la verdadera contracara de la coalición social que se expresa políticamente en el kirchnerismo.

Tremenda disfuncionalidad operativa pega y duro a la hora de la competencia electoral, por cuanto se deja de lado la opción de representar a los que aportan nada menos que los votos necesarios para triunfar, a cambio de oficiar de vehículos políticos de intereses sectoriales mezquinos, encima en tiempos en que se han revalorizado los formatos de construcción territorial y representación “tradicional” –con anclaje en la interpelación de las bases humanas que sustentan al poder institucional-.

A partir de lo antedicho desembocó la elección, por parte del Grupo A, de una estrategia parlamentaria desconectada por completo de cualquier tipo de representatividad social concreta por fuera de la empresarial, cuyo volumen, vale insistir, es insuficiente a la hora de las urnas, como se comprobó el 14 de agosto pasado: no por nada nadie jamás portó banderas de dirigentes opositores o se manifestó furiosamente y en masa por ellos en las calles; o explotó de bronca en solidaridad con sus fracasos reiterados: nadie sintió como propia ninguna de las batallas pseudo institucionalistas que encaró Resto del Congreso durante su corta y penosa existencia. Ni siquiera los gobernadores no oficialistas a los que decían querer liberar del yugo K, que como tienen que dar la cara ante 'la gente' todos los días saltaron a tiempo del naufragio al que quiso conducirlos aquella mayoría transitoria, con proyectos de clara intención de dañar al Estado y a su capacidad de acción.

Todo esto no debería preocupar, como no fuera porque dicha disfuncionalidad representativa, que luego deriva en modos de acción política y de gestión irresponsables, sí se demostró riesgosa para instituciones, república y democracia.

En definitiva, si llegan a haber mayorías legislativas y homogeneidad, será porque así lo decide (siendo que, simple: les conviene) la soberanía popular. Y en tal caso: a llorar a la Iglesia. Con el cura, el gaucho y el milico.

1 comentario:

  1. Salvo raras excepciones, no se trata de un debate de ideas sino de intereses. Para colmo, los que patalean ven "vulnerados" ó "violados" sus tradicionales privilegios. Cuando el privilegio se extiende durante mucho tiempo, puede llegar a pensarse que es natural que eso sea así. Pero no. No es natural. Entonces, a fin de evitar esas reparaciones históricas para los desprovistos de privilegios, qué mejor que "limitar" la democracia. Es decir, que "la gente" vote a quien quiera, pero no demasiado, así podemos conservar el "imprescindible equilibrio institucional". Daría risa si no fuera porque se trata de verdaderos crápulas.

    Tilo, 70 años.

    ResponderEliminar

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: