martes, 30 de agosto de 2011

Una reflexión sobre la batalla cultural a partir de la elección en Tucumán

En Tucumán ganó Alperovich, rotundamente. No hay mucho para agregar más allá de lo que se viene diciendo en este espacio desde que se inició el calendario electoral allá por marzo, con la victoria del Frente Para la Victoria en Catamarca.

Hay que, simplemente, insistir en tres conceptos, a modo de síntesis: el kirchnerismo es la única fuerza nacional potente, con capacidad de despliegue en todos y cada uno de los veinticuatro distritos del país; hay la recuperación de los mecanismos de construcción de anclaje territorial como dato clave del sustento de cualquier candidato de que se trate; y desaparición del antikirchnerismo furioso como hipótesis de trabajo "taquillera".

En relación a la última de las tres cuestiones apuntadas arriba -el debilitamiento del antikirchnerismo como eje discursivo de campaña-, me gustaría apuntar que de la mano de eso camina la pérdida de fuerza de los factores del poder corporativo anti gobierno para apuntalar opciones electorales alternativas a las del FPV.


En Tucumán jugó, y muy fuerte, la Iglesia Católica a favor de los hermanos Bussi –hijos del genocida Antonio, “figura” del Proceso re Reorganización Nacional, detenido por delitos de lesa humanidad- y en contra del kirchnerismo de Alperovich (que después de ganar ya no es tan kirchnerista, en realidad; sino que conviene decir que la kirchnerista posta-posta era Stella Maris Córdoba, cosa de empañarle la alegría a la Presidenta, un poco… en fin…).

En La Nación (que es también decir Expoagro/SRA/Papel Prensa/AEA), que es quizás el medio más relacionado con la jerarquía católica, se le dedicaron, a Alperovich (que, para peor… ¡es judío! ¡Vade Retro!), en los últimos días, unas cuantas editoriales fuertemente críticas de su gobierno, sobre la base de imputaciones de señor feudal del tipo de las que no le hicieron, en Catamarca, a Brizuela Del Moral… hasta que perdió y no convino más como aliado.

Me vinieron ganas de aportar, a partir de esto que pasó en Tucumán, algo a lo que han dicho, cada uno a su tiempo, Horacio Verbitsky y el amigo Mariano, que en orden pasaré a citar:

“(…) El problema no son los medios, sino su articulación con el poder económico y político: la asociación de Clarín y La Nación en Expoagro, donde cada año cierran negocios por 300 millones de dólares las principales empresas de los agronegocios; la comida de la cúpula de la oposición en la casa del CEO del Grupo Clarín, quien los instó a unirse para resistir al Huracán Cristina; la negociación de Héctor Magnetto con Kirchner para quedarse con Telecom, cualquiera sea la versión que se crea sobre los motivos de su fracaso; la manipulación de jueces que dinamitan a cautelares toda regulación pública de los intereses del grupo. Reducir esa densa trama de negocios y la correspondiente relación con el poder institucional a un análisis de la influencia de los medios sobre el voto sólo puede considerarse una ingenuidad si lo hace alguien menor de 22 años. (…)”

“(…) la tal disputa entre Gobierno y grupo existía, pero solamente como cáscara de un conflicto central: el de un grupo económico que violenta el Estado de Derecho hasta convertirlo en prenda de su propia regencia ilegítima, y que encima simboliza, en un grupo, un accionar colectivo, coercitivo de la legitimidad política y democrática (…)”

No se trata de discutir los puntos y comas de las pavadas que puedan escribir ignorantes de la talla de Luis Majul o Jorge Lanata. La tarea está en definir, consolidar, de una vez por todas, la sumisión de distintos entramados empresariales –articulados entre sí a partir del privilegio a la actividad de valorización financiera (desde hace décadas, hegemónica), que determina, en razón de ello, alianzas (primero, de negocios; más tarde, de presión al Estado por el sostenimiento del statu quo) complejísimas, impensables- al imperio del Estado de Derecho y el rumbo definido por la ciudadanía -a través de elecciones, a las que no se someten los poderes fácticos-.

El Derecho es un discurso dominante. Y es la expresión de la distribución de poder en la sociedad. Disputa de poder cuya instrumentación, cabe aclarar, en nuestro sistema constitucional está encargada a los partidos políticos, que por imperio del artículo 38 de la Constitución Nacional “son instituciones fundamentales del sistema democrático”. Entre los discursos que se entrecruzan en la disputa de poder (cuyo resultado, insisto, se verá expresado en “la norma jurídica”), está el tantas veces meneado sentido común. Fuertemente influenciado (si no determinado), éste último, entre otras cosas, por el discurso mediático.

Pero no solamente, ni quizás tampoco principalmente. La gestión (el punto más fuerte del Gobierno, junto a su capacidad de armado político) sirve, también, para empujar sentido común dominante. A partir de resultados que planten bandera de una forma distinta de gestionar el Estado.

Digo, me interesa más una decisión como la de designar directores del Estado en las empresas privadas de las que se heredó participación accionaria en virtud de la recuperación de la administración de los recursos previsionales, que los informes de 6-7-8, de ahora en más. Claro que se necesita de una bajada que explique todo eso, nuevo: pero el eso va primero.

En Tucumán se observó una pequeña muestra de cuál es la disputa de poder detrás de “la corrección de las desigualdades geográficas y sociales que afectan el desarrollo conjunto de nuestro país y nuestra población” (y de cómo se la instrumenta, a veces), que como bien apunta Mariano es impostergable encarar; sincerando la disyuntiva modélica que define, a partir de la identificación de las alianzas sociales que interpretan la disputa.

Disputa que, a su vez, reafirma que, tal como dijimos en nuestro post del 10 de agosto, antes del cómo, el cuándo y el dónde, hay que decir para quién se va a gobernar, y en quién se van a descargar los costos de tal decisión. Y va, también, más allá de la forma en que se cuentan las cosas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: