miércoles, 17 de agosto de 2011

Un nuevo sentido, un nuevo mensaje

En los posts que escribí la semana pasada intenté machacar sobre un mismo concepto que fuera de eje de todos ellos: ha crecido, en la sociedad, en los últimos años, la aprobación respecto del recupero –primero- y el crecimiento –más tarde- de las capacidades estatales de incidir en la regulación de la vida socio económica de la Nación.

No sólo yo, ya por 2009, en una columna que firmó para La Nación, Mariano Grondona decía: “ya casi no se discute ‘si’ al Estado le está permitido intervenir en estos temas sino ‘cómo’ le convendría hacerlo (…) la "cultura estatista" que se ha instalado entre nosotros. (…) Es como si los argentinos no concibiéramos ya que hay ciertos temas en los cuales no corresponde, sencillamente, que se meta el Estado”. Claro que Grondona le da otra interpretación al asunto, diametralmente opuesta, por supuesto, a la mía.

Me pregunté, también, qué actitud tomaría la oposición en cuanto a sus tácticas y estrategias de acción política si Cristina Fernández lograba –adaptándonos a lo que se votó el domingo- posicionarse con serias chances de convertirse en la primera persona consagrada en la presidencia sin el concurso de los poderes fácticos, hoy nucleados dominantemente en AEA y hablados a través de Clarín.

Y que, si ello ocurría; es decir, el avance en el combate de posiciones por la conducción de la agenda de la gestión del Estado entre el proyecto que engrosó la capacidad de la política a tal fin, había que observar qué tipo de actitud tomarían las representaciones políticas no kirchneristas atento la nueva convicción social a este último respecto; y, también, al fracaso al que serían conducidos si no corregían en la conducción, precisamente por no haber tomado nota de los nuevos datos mencionados.

Hernán Brienza dice que es la primera vez, desde Perón, que un político “acumula tanto poder como para lograr imponer un pacto social y político a los grupos de presión de la sociedad argentina”, que “la convierte en la única personalidad política que tiene una relación personal y afectiva con el electorado” y que “margen de acumulación política le permitirá a la presidenta ponerse no sólo por encima de los demás políticos sino también, en términos simbólicos, como la personificación misma del Estado”.

El lunes yo apuntaba que la magnitud del triunfo “plancha” la discusión por la sucesión 2015 al interior del PJ –que, por increíble que resulte, hasta que el domingo se cerraron los comicios, existía-.

El domingo se votó, a mi criterio, por el Estado presente, activo, que pelea por decidir qué y cómo se hace. Y sobre todo, quién debe pagarlo: como no es el electorado el elegido por el kirchnerismo para cargar con los costos de la ampliación de ese Estado que cada vez llega más y, sobre todo, mejor. El kirchnerismo es el que más cabalmente representó esa opción –por no decir el único-.

E íntimamente ligado a lo anterior, debe anotarse la capacidad de CFK de presentarse como mujer de Estado, que, a la vez, logró enhebrar un relato capaz de interpelar transversal o verticalmente a la pirámide social, logrando lo necesario a los fines de concitar mayorías: tarea, esa, que, como dijera el presidente del INTI, Enrique Martínez, requiere de “demostrar a la clase media que gana con el bienestar del otro, que ese cambio no se hace a expensas de ella. No sólo gana porque desde una óptica conservadora mejorarían sus condiciones de seguridad. Gana también porque más compatriotas con algo por lo que vivir generan más oportunidades de trabajo, de construcción colectiva, que inevitablemente llevan un beneficio a quienes están dentro del sistema, sea produciendo o sea brindando servicios”.

Decíamos, la semana pasada: “lo que debe venir es la institucionalización de los cambios. Ya no sólo generar leyes, sino galvanizar estructuras” que vayan desparramándose a lo largo y a lo ancho del territorio, consolidando en concreto la particularización de las grandes líneas del modelo interpelando las necesidades de una sociedad que, creciendo, se complejiza.

El temor corporativo, esto es, la consolidación institucional del nuevo sentido de Estado, parece que guiará las estrategias de segundos y terceros de acá en más –no así de Binner, bastante desenganchado, pre y post comicio, de la conducción clarinista de AEA (sencillamente porque sabe, Binner, lo que le conviene), lo que lo ayudó a superar sus propias expectativas-. En ello se basa el llamado a “parlamentarizar” el voto de octubre.

Se trata, para las corporaciones del establishment, de conservar –como dijera Omix, “juegan al empate”, que consolide sus posiciones de privilegio- el escenario de deplorable funcionamiento del Congreso ’09-’11, paralizado por exclusiva culpa de la tergiversación institucional que intentó e Grupo A del sistema presidencialista, pretendiendo que no importan ni la primera minoría parlamentaria ni la opinión presidencial –cuyo concurso es imprescindible a la hora de la sanción de una ley-.

A estas horas, entonces, surgen como datos alentadores tanto el fin de la sobrerrepresentación de que gozaba una formación política de actitud irresponsable como lo es la Coalición Cívica –artífices de que el país viva este año en la vergonzosa carencia de presupuesto; guiados, a esos fines, por su falta de compromiso con la territorialidad y la administración de algún lugar-, como la conformación de un nuevo bloque parlamentario como lo es el del Frente Progresista, que por el antecedente de haber escapado varias veces de las lógicas mediáticas y por tener en su haber la necesidad de garantizar, por ejemplo, la gobernabilidad de un Bonfatti altamente comprometido en Santa Fe, augura una dinámica parlamentaria –atento, también, a que dicen tener varios puntos de acuerdo con el kirchnerismo- más sana.

De cara al 23/10/11, el mensaje –la campaña, como dice Aníbal, es la gestión- debe ser que si se votó a favor de la nueva concepción de gestión de Estado traída por el kirchnerismo, es necesario (a los fines de consolidarla, quitándola de la inestabilidad que le provocaría el ir y venir de la discusión política coyuntural) dejarla impresa sobre bases legales firmes, que no vendrán si no es de la mano de una mayoría parlamentaria comprometida menos con la angurria corporativa, que con el sentido de la última votación.

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