domingo, 21 de agosto de 2011

Desperezando la utopía opositora

La nota que firma hoy Hernán Brienza en Tiempo Argentino, me inspira a escribir. Coincide Brienza (y disculpas por la vanidad de la autocita), con lo que apuntamos acá ya el 9 de agosto de 2011: que se ha conformado una especie de consenso, bastante mayoritario, en cuanto a que el Estado debe ser el regulador de la vida socioeconómica de la Nación. Y hay la fidedigna actuación de Cristina de ese nuevo pliegue social de la realidad que está por convertirse en mandato popular. Es, todavía, sí, todo muy difuso. Pero algo late. Algo nuevo, quiero decir. Cito a Brienza, textual: “(…) sujetos que interpretaban determinado momento histórico, pero que también tenían la capacidad y la voluntad de poder moldear los destinos de los pueblos. (…) que por lo menos saber que el período de persistencia colectiva del modelo kirchnerista marcará la historia del siglo XXI (…)”.

En otro post (del 12 de agosto de 2011), dije: “En lo que hace al ámbito parlamentario, está por verse si recupera –el kirchnerismo, si gana- mayorías propias. No obstante ello, si CFK logra ser la primera persona que accede a la presidencia sin beneplácito corporativo desde 1983, lo que también estará por verse será la actitud de ciertos espacios partidarios (no todos; prima facie, al menos): esto sería, si readecuan, o no, su estrategia de insistir en actuar la agenda corporativa, comprobado que esté –insisto: esto, si llega a vencer Cristina-, primero, la poca conveniencia –en términos de eficacia- de carecer de hoja de ruta de diseño propio; y, segundo, por la comprobación de cierta ruptura al interior del conglomerado corporativo –que se verifica en el acuerdo del Gobierno con Techint-, implicaría: a) que existe, ya, buen grado de instalación –llamémosle “social”- del sentido de ciertos componentes de gestión impresos en el relato K; y, b) avance estratégico, por fin, de la política partidaria en el combate de posiciones por la conducción de la agenda de la gestión del Estado.”.

Una nota que firma Francisco Olivera hoy en La Nación pone de manifiesto el temor de ciertos sectores empresariales (sí que cada vez más marginales) al respecto de lo citado en el párrafo anterior. Luego de apelar al ya gastado “chavismo” que se vendría, menciona diputados del FAP de Binner que podrían ingresar al Congreso y, una vez en él, coincidir con una buena cantidad de iniciativas kirchneristas que se inscribiesen en clave de aumento de las capacidades del Estado. Cuando leo a Brienza el 16 de agosto pasado escribir que el “margen de acumulación política le permitirá a la Presidenta ponerse no sólo por encima de los demás políticos sino también, en términos simbólicos, como la personificación misma del Estado. Es decir, esa voluntad general funcionará como poderoso equilibrador entre los distintos intereses de la sociedad.”, tampoco puedo dejar de coincidir. Pero no sólo por Cristina.

Mi humilde lectura de lo que ha venido siendo la estrategia de posicionamiento de Binner, antes y después del 14 de agosto, es la de un tipo que busca, a su modo, algún tipo de relativa autonomía y margen de acción respecto del establishment empresarial. Y entonces veo un principio de posibilidad de que se conformen las bases y condiciones de que sea posible encarar algún tipo de Moncloa. Nacional y popular, simplificando para que se entienda. Vamos a la consolidación de una nueva idea en la forma de gestionar el Estado. En efecto, existen al interior del FAP elementos que podrían eventualmente acompañar iniciativas tales como la reforma a la Ley de Entidades Financieras.

Binner ha sido, en toda su trayectoria, bastante más ambiguo, combinando al tipo que tejió fortísimos lazos en Santa Fe con la Sociedad Rural anti Plasma pero que también instó al PS a acompañar varias de las leyes emblemáticas que tuvieron iniciativa en el kirchnerismo, en el caso de la Ley de Medios porque, insisto, le faltaba, a él también en Santa Fe, esa herramienta de autonomía. Y el que en campaña no atacó mucho del modelo nacional y popular que conduce la Presidenta, quizás porque olía lo que terminó pasando el 14 de agosto pasado.

Hoy Edgardo Mocca dice en Página 12 que el voto, “además de reflejar, crea”. Y el escenario va, tras las PASO, andando, y los protagonistas actuando atento las particularidades que surgen de lo que expresó el soberano –que mira Tinelli-. Y a partir de varias de las cosas que vengo diciendo en el presente me parece que es que deben pensarse, por ejemplo, las apelaciones al temor republicano lanzadas por Ernesto Sanz, que obviamente actuó tras recoger que las primeras advertencias en tal sentido fueron, como no podía haber sido de otro manera, primero lanzadas desde los editoriales del establishment. Esa pertinaz costumbre radical de no practicar la autocrítica e insistir en actuar el mandato táctico y estratégico que les es bajado.

Atendiendo la característica de una derrota que nace de las entrañas mismas de la sociedad la apuesta es, ahora, a la sabia definición que le leí alguna vez a Omix, el empate conservador que permita al menos evitar la afectación a sus intereses sectoriales, si no a seguir escalando los mismos. Si de algo estaría dotada la decisión del 14 de agosto, de repetirse el 23 de octubre, es de republicanismo. De democracia. De institucionalidad. El llamado “gobierno unificado” es, además de una posibilidad constitucional, una situación deseable por la mayoría de la doctrina en la politología. Enseña Gianfranco Pasquino en su libro Los poderes de los jefes de Gobierno, que aún en los sistemas de tipo parlamentario el origen de las leyes sancionadas se sitúa en el Poder Ejecutivo en porcentajes superiores al 80%.

En Argentina se vive, desde 2009, el peor período, en términos de efectividad, del Congreso, situación originada no en otra cosa que la obcecación del Grupo A en no aceptar que nuestro diseño institucional dispone que el procedimiento de sanción de leyes pide el acuerdo del presidente de la Nación con ellas. Ahí está el empate al que aspiran poder jugar las corporaciones en aras de, por lo menos, frenar el proceso de cambios que se vive en el país desde 2003.

Después podemos discutir las iniciativas –la totalidad de las cuales practicaban la tergiversación del sistema presidencialista que diseña nuestra CN, en tanto se intentaron iniciativas de gestión o alteración de pautas de financiamiento del Estado en el Congreso- o la vergonzosa situación de que se privó al país de Presupuesto nacional por primera vez desde Illia hasta estos tiempos -más aún, se presentaron otros proyectos de Ley de Leyes por parte de la oposición, algo no permitido constitucionalmente-. La esencia de todas, está claro y dimos sobrada lata el año pasado con esto, era justamente ir para atrás con el proceso de reasunción, por parte de los gobiernos democráticos, de la conducción de la agenda de Estado.

En cualquier caso, lo que queda claro, es que hay una dirigencia opositora mayormente títere (también porque otra no le queda: nadie querría arriesgarse con ellas atento las pobres perspectivas que tienen de cara al 23 de octubre si no fuera porque serán la herramienta táctica de los deseos del establishment), y que en esa situación –así como también en las declaraciones elitistas de Biolcati y su reconocimiento de que las patronales que conduce SRA nunca protestaron por necesidad, sino por la angurria de quedársela toda- queda expuesta brutalmente la confrontación de modelos de país que es el terreno sobre el que deben darse las discusiones de intereses sociales que envolverán la previa del partido grande, que se viene. Y ésa no es sino la de poner al Estado como herramienta al servicio de la pelea por reposicionar a los sectores más postergados de la sociedad.

Entre todo eso, se cuela la precaria operación montada, también mediáticamente, en torno del retiro de Hugo Moyano de la secretaría general de CGT –presuntamente (notas de fuentes nulas, como es regla) promovido por el Gobierno, en lo que participaron gerentes varios que entregaron de pies y cabeza a sus compañeros en los noventa-, para sembrar calamidades al interior de la coalición oficialista, que por supuesto incluye al Movimiento Obrero Organizado, hoy conducido por Hugo Moyano. Al tiempo, asimismo, que golpearía duro en una sociedad que es la cara visible del éxito de una de las herramientas institucionales (y política de Estado, además) pro sector Trabajo que más tuvo que ver en la mejora de los indices sociales en Argentina desde 2003, como lo son las partidarias y el Consejo del Salario Mínimo. El cisne negro (una hipotética fractura Cristina-Moyano) al que apelan para intentar que Cristina baje dramáticamente su impresionante intención de voto.

El tema está en que el nuevo clima social no parece muy dispuesto a ir detrás de las expresiones de deseos que dejan ver las expresiones de deseo antioficialistas que se oyen desde acaecidas las PASO.

1 comentario:

  1. Eh loco, yo soy de Avellaneda.. aguante Avellaneda!! (?) Pero soy hincha de Boquita. Luego con tiempo fisgoneo el blós.
    Saludos

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