jueves, 11 de agosto de 2011

Cierre de campaña PASO

Amado Boudou es un entusiasta. Como esos jugadores de fútbol que saben que no las tienen todas consigo, pero, igualmente, da todo de sí. Y es positivo para el grupo porque genera buen clima hacia adentro. Complementario, de los que siempre debe haber en un plantel. Es esquemático porque sabe que no está, todavía, para dejar volar las palomas.

Ayer, apeló a una frase eje, a partir de la cual estructuró toda su arenga de cierre de campaña. Sabe que será así como logrará desplegar mejor lo que tiene. “¿Saben por qué podemos ir a pedir el voto, nosotros? Porque…”, y enumeraba el rosario de logros del proyecto nacional y popular desde que fue inaugurado un 25 de mayo de 2003 por Néstor Kirchner. Eso le permitió, además, hilvanar pasado, presente y futuro; repaso de triunfos, reconocimiento de deudas y promesas de campaña. Boudou aprende. Más rápido, quizás, de lo que se haya visto aprender a otros que, históricamente hablando, tenían más millaje militante. Su palabra evoca el deseo de convertirse en cuadro, las características de su discurso a eso apuntan.

Es inteligente. No por nada tiene vínculos aceitados que se comprueban de verlo interrelacionarse con el resto de la peonada K. Se lleva con el Movimiento Obrero, con La Cámpora, los gobernadores, los “barones del Conurbano”. Eso indica que ha sabido combinar la gestión del Estado con construcción de poder político. Nada menos. Suficiente como para aventar las dudas que la decisión de CFK de designarlo su acompañante me había generado.

Cristina… es Cristina. ¿Qué se va a enumerar de ella que no se conozca, ya, de ella? No varió, más allá de ciertas muy buenas apelaciones a “abrir” para decidirse a construir la mayoría necesaria para ganar. Eso se logra, creo, a partir de lo siguiente:

“La síntesis es la tentación de todo movimiento político nuevo que aparece en la política. Tiende a verse a sí mismo como una superación dialéctica de los antagonismos existentes, ya sea como negación de una de las partes o como entrelazamiento de los viejos sectores antagónicos. (…) La Unidad Nacional en cambio funciona no como síntesis sino como superación de los antagonismos por el acuerdo de las diferencias circunstanciales. La experiencia más cercana fue el abrazo de Perón con Ricardo Balbín en la década de 1970 y la truncada fórmula presidencial entre ambos líderes. Perón comprendía la unidad nacional como la única forma de contener las fuerzas en disputa por contradicciones menores para enfrentar al capitalismo concentrado (…) ha de ser el desafío más importante que tendrá el modelo nacional y popular en los próximos años: no ya volverse hegemónico –producto de la síntesis, si se quiere– sino dar un paso más: convocar a la unidad nacional, incluir a lo diferente –no antagónico, claro– para enfrentar a lo Otro: a las corporaciones, a lo no legitimado por las mayorías (…)”, decía Hernán Brienza en Tiempo el 3 de julio de este año.

¿Y que dijo CFK ayer? Que quiere ser… la presidenta de la unidad nacional. Y apeló, para eso, a que se valoren ciertas conquistas de la gestión ’07-’11 –altamente interpelada, quizás como ninguna otra lo había estado desde 1983 a la fecha-, que son, ya, impresiones –si se le pone voluntad a que lo sean- indelebles en la institucionalidad del país y de la gestión del Estado argentino. En las últimas dos entradas apunté a cierta aceptación de los “enemigos” que Brienza llama a “enfrentar” (se lo hace, hay que aclararlo, desde la institucionalidad), de elementos culturales que el kirchnerismo deja como legado, a los que le conviene sumarse. Por propia conveniencia, claro, pero no interesa: acá se discuten intereses, la sinceridad no es un objetivo.

En ese entendimiento, lo que debe venir es la institucionalización de los cambios. Ya no sólo generar leyes, sino galvanizar estructuras y participaciones estatales que sean las portadoras de la impronta del nuevo Estado trasladadas a la vida civil y económica del país. Instituciones como el INTI y/o el INTA, o los directores estatales en empresas privadas, encargados de desplegar a lo largo y a lo ancho del territorio el desparrame de gobierno en concreto, federalizándolo, también.

La complejidad de demandas llama a un gobierno dispuesto a desafíos, y el de CFK, complejo estructuralmente de por sí y ducho en complejizar, ha demostrado ser apto para ello. Y le gusta, lo siente, por otro lado. Siquiera porque interés egoísta: Cristina-Boudou 2011.

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