miércoles, 27 de julio de 2011

Uruguay enseña (en fútbol)

Uruguay es campeón de América. Paradójico. Porque resulta que es un gran campeón que, al mismo tiempo, no ha hecho nada extraordinario. Así de simple.

Ocurre que, en el contexto actual, que “achata para abajo” (según diagnostican los que determinaron cuál es “el fútbol que le gusta a la gente” –de modo muy antidemocrático, por cierto-), se impone aquel que planifique en función de, básicamente, dos cuestiones: explotar virtudes propias –las que sean, todos la tienen-; desactivar potencialidades ajenas.

Lugano es el ejemplo. ¿Gran central? Sí y no. En el fútbol es (casi) todo relativo. Lugano es un gran central en un equipo que achique espacios hacia atrás –como, por ejemplo, Flaco Schiavi-, que es cuando más vale la capacidad de bancar el roce con el delantero rival; que le evite tener que recorrer muchos metros hacia sus costados, que obligue al rival terminar en el centro –preferentemente cruzado- para que pueda –Lugano- hacer valer su altura.

Milito, en cambio, diametralmente opuesto a Lugano, brilló en el Independiente versión ’02 de Tolo Gallego y –cuando pudo jugar- en los primeros tiempos del Barça de Guardiola: equipos que se defienden con la pelota –tarea para la cual Gaby es muy dúctil-, achicando hacia delante, y que, eventualmente, pueden llegar a tener que cubrir espacios –con equipos, por ofensivos, muy en ataque- grandes, y en retroceso, para lo cual vale como oro su velocidad.

Con todo esto quiero decir que Tabarez hizo algo bastante sencillito: le dio al equipo los movimientos que necesitaban los tipos más importantes que designó –ponele, el 1259, la columna vertebral, tan famosa, de un equipo-, y luego les fue arrimando piezas complementarias, que fueran -también estas- en función de las necesidades de aquellos que, como se dice vulgarmente, “hacen la diferencia”.

Otro ejemplo es que el equipo fue pensado, por Tabárez, para que ataque como mejor les caiga que se haga a Luisito Suárez y Forlán.

Además de todo aquello con lo que machacan –porque es lo más simple de decir, y lo que menos zapping por aburrimiento traerá- los medios: que Tabárez diseñó “un proyecto de largo plazo con las juveniles” (y es cierto, pero cambien la canción a veces, un poco), que corren a full y se matan adentro de la cancha (también es verdad, una corrida –tremenda- de Diego Pérez –crack, también- en el PT, que le posibilitó evitar un corner inexorable, lo demuestra).

El tercer gol resumió todo el concepto de este Uruguay. El de los siete partidos del Mundial y los seis de la Copa América. Cuatro toques ‘justos’; una jugada en la que todos hicieron ‘la justa’.

Uruguay pone un central –Cáceres- de ‘3’ para dejarle el recorrido de cien metros por banda a Alvaro Pereira, mientras del otro lado el costado lo hace el ‘4’ –Maxi Pereira- porque el ‘8’ –‘Tata’ González o Diego Pérez si juegan con tres puntas, como en el Mundial- se cierran a luchar los rebotes con Arevalo Ríos –que de sólo nombrarlo mete miedo-. Eso es lectura quirúrgica del material disponible y de cómo se lo puede exprimir mejor.

Y ahí es donde hay que poner el foco. O, también, en cómo de un saque de lateral o un tiro libre a setenta metros del arco –y de cómo buscan que ocurran una cosa y la otra- te armar flor de despelote: porque, además, te invaden el área con tipo altísimos y que cabecean hasta macetas.

Es juego. Sólo que ya no se trata (solamente) de Tiki-Tiki, lujo y gol. Y es todo –no sólo el Tiki-Tiki, que además deberíamos discutir si eso es ‘la’ belleza, o ‘una’ belleza’- necesario para poder decir que se juega bien al fútbol (y no “a la pelota”).

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