martes, 5 de julio de 2011

El concepto de democracia según Norma Morandini

Escuché, en la mañana del día en que Cristina nominó a Boudou para acompañarla en octubre como candidato a vicepresidente por el peronismo gobernante, a Norma Morandini, la candidata a vicepresidenta de Binner, con Tomás Bulat y Débora Plager (yo le doy, ¿y vos?), por Radio 10, hablando de democracia (para criticar al kirchnerismo, obvio, en esa ocasión porque le parecía mal que Cristina designase a su candidato a vice del mismo modo en que lo hicieron todos los otros candidatos, que competirán en octubre, incluso con ella misma).

Dijo, Morandini, algo que me llamó la atención: “un problema que tenemos en Argentina es que no todos tenemos el mismo concepto de democracia, para contemplar más acabadamente la pluralidad y la diversidad” (no es textual la cita). Me resulta curioso el razonamiento. ¿Por qué razón habríamos de lamentarnos por la indeterminación al respecto del concepto ‘democracia’?

Cito (ahora, sí, textualmente) a Ernesto Laclau, quien dice que “(…) el concepto mismo de sociedad no es sino un intento, fallido, por domesticar el infinito juego de diferencias, la insalvable mutabilidad de lo social. Por eso, lo ideológico no debe ser concebido ya, a la manera del marxismo tradicional, como sistema de representaciones que constituye un nivel de la totalidad social o como falsa conciencia, sino –piensa- como el conjunto de formas discursivas a través de las cuales se desconoce, precisamente, la provisoriedad radical de lo social y se pretende fijar su sentido en un absoluto, cualquiera él fuese (…)”. Abundo con Martín Hopenhayn, quien apunta que “Complejidad y fragmentación caracterizan a la sociedad de nuestros días, y ninguna explicación lineal alcanza a dar cuenta de ella.”. Algo parecido decía Derrida, cuando, al hablar de la función de los jueces, se preguntaba “¿Cómo conjugar el acto de justicia que debe referirse a una singularidad (…) con la regla, la norma, el valor o el imperativo de justicia, que tiene, necesariamente, una forma general (…)? Dirigirse al otro en la lengua del otro es la condición de toda justicia posible.”.

Me resulta curioso, porque durante los noventa muy duramente, en Argentina; en Sudamérica en distintos grados, según el caso; y en Europa trágicamente, en los últimos días, se sucedieron explosiones sociales que se llevaron puestas las formas de institucionalidad conocidas hasta entonces, puesto que con el formateo a que las había sometido el neoliberalismo pretendió aludir a sociedades que, como arriba se dice, se complejizaban cada vez más, por medio de un ramillete de postulados absolutistas sobre la base de los cuales se procesaba –se pretendía procesar, mejor dicho, porque a fin de cuentas terminaron sucumbiendo derrotados- la gestión de los Estados nacionales.

(Disgresión: que se entienda bien, el modo en que operaban, quiero decir, y no a las instituciones en sí, aunque el sentido de las mismas, el modo en que las explicaron siempre los postulados del liberalismo clásico, quedaron fuertemente devaluados y corridos a un costado, simplemente porque no daban respuestas a sus representados, fueron incapaces de procesar sus necesidades: de ahí que los procesos de Chávez, en Venezuela; de Evo, en Bolivia; y de Correa, en Ecuador, hayan acudido como primera medida a… reformas constitucionales, a reformatear los esquemas estatales que habían naufragado de previo a la llegada de cada uno de ellos al poder, todos violentamente)

El fin de la historia, la primacía de las reglas del libre juego de la oferta y la demanda, la pretensión de copar por completo las administraciones con gestores técnicos apartidarios (respecto de las formaciones políticas tradicionales, pero partidarios de los valores empresariales), el 1 a 1 entre nosotros. Lo ya conocido detrás de lo cual subyacía la pretensión de los sectores del Capital por recuperar el sitial privilegiado de dominación social que habían perdido a manos del despliegue del Estado de bienestar. En Diario R, Lucas Carrasco (reafirmo mi carrasquismo) acaba de publicar una nota en la que recorre las penurias griegas, provocadas por la sujeción del país europeo a las mismas lógicas que hicieron estallar a Argentina en 2001, y en un párrafo hace referencia, justamente, a que
“el ideal de la democracia siempre está en pugna”.

Cierro las citas con dos de Alicia Ruiz: “(…) una nota esencial de la democracia es la posibilidad del cuestionamiento ilimitado de su organización y de sus valores, que nunca alcanzan un estatuto definitivo (…)” y “Imaginamos una sociedad complejamente igualitaria, cuya complejidad reside en la diferencia de las diferencias relevantes que generan distinciones, muchas veces imprevisibles, con lo que el orden alcanzado devendrá, siempre, inestable. Que de la diferencia no se sigan jerarquías, exclusiones ni discriminación es la condición de una ‘igualdad diferente’ de la que hasta hoy hemos postulado”.

Es necesario que, justamente, se dejen de lado pretensiones como las que desliza Morandini, ideales de fijeza, y que lo único que se solidifique sea el concepto de –robando palabras de Pacho O’Donnell- democracia alborotada, o de democracia radicalizada –esto, según Edgardo Mocca-.

De ninguna forma podría haber mayores garantías de bienestar ciudadano que garantizando la posibilidad de cuestionamiento infinito a todos y cada uno de los valores sociales que pretenden contener al todo social. No habrá pelea por la igualdad si no se interpela a los beneficiarios del privilegio, relaciones de desequilibrio social imposibles de ser delimitadas prolijamente: y en ese entendimiento, la renuncia a fijezas de la que siempre habla Laclau es la que mejor garantiza la libertad de los colectivos sociales y los individuos –según como se quiera mirar la cosa- de procurarse la conquista de derechos y bienestar de los que pueda carecer.

En tiempos en que Argentina se ha abierto un marco de debate público intenso en el que han visto el ocaso de su predominio las otrora más encumbradas estanterías del ideario neoliberal (independientemente de que uno concuerde o no con lo que de eso haya surgido en reemplazo, lo cierto es que la era del pensamiento hegemónico del que, simplificando, podríamos denominar Consenso de Washington, ha pasado), la apreciación de Norma Morandini merece, por lo menos, que se le pidan, si no a ella, al menos al espacio en general, mas precisiones acerca de su definición, que cité en el segundo párrafo, habida cuenta de la triste memoria que el sentido de afirmaciones tales trae a la memoria colectiva y de que sean expuestas sus propuestas programáticas de cara a las presidenciales de octubre, siendo que son parte de la oferta electoral que competirá en dicha elección.

Y, por supuesto, del sugestivo favor mediático con que cuenta el candidato a presidente del espacio, por un lado; y los negocios tan sugerentes con que, en su gestión como gobernador de Santa Fe, ha beneficiado al exponente mayor del establishment comunicacional y están viendo luz en las últimas horas, por el otro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: