lunes, 13 de junio de 2011

De revoluciones pasadas, presentes y futuras

Leí, por varios lados, a muchos de los amargados de siempre quejarse porque Cristina recordó la asunción de Néstor en su discurso del último 25 de mayo. No debería extrañarnos, a esta altura, que así sea. La literalidad de las palabras es un arma de la que se han valido, y muy bien, las tribunas conservadoras de la reacción para vaciarlas –a las palabras- del sentido que éstas pretenden transmitir. Porque saben, esos reaccionarios, de la potencia movilizadora que en ellas descansa, a la espera de ser instrumentada. Más si se trata de los discursos con que suele deleitarnos la compañera conductora del espacio nacional y popular.

En Tiempo Argentino, durante la semana de mayo última, dos excelentes artículos, uno de Hernán Brienza y otro de Federico Bernal, ponen en claro el recto sentido de que estuvo empapado el mayo de 1810. No está, ese sentido, sino en los legados de Castelli y Monteagudo, de Moreno y Belgrano. La proclama de Chuquisaca –que proclamó la libertad y la igualdad-, de los primeros; el Plan Revolucionario de Operaciones –que sentó las premisas instrumentales básicas para hacer realidad lo primero: esto es, redistribución de la riqueza e intervencionismo estatal en la economía-, de los segundos. Bernal llama la atención acerca de la necesidad de recuperar el legado de lo dicho en las mencionadas obras por los revolucionarios. Brienza apuntó que siempre las tradiciones nacionales y populares buscaron reformular las sentencias escritas por los minoritarios revolucionarios de la Revolución.

El peronismo siempre supo de apelar a lo mejor de nuestra historia, y tuvo que enfrentar, en esa tarea, a aquellos que, igual que hacen con las palabras, pretenden obturar cualquier posibilidad de recrear el sentido de los sucesos históricos revolucionarios. Petrificarlos. Recordarlos en discursos que sean meramente evocativos y repetidores de sucesos en forma de crónica es un esquema de funcionamiento tributario del pensamiento conservador, que pugna por aniquilar cualquier tipo de conexión posible de los ideales del pasado con acción en el presente, pintando al como paisaje único e irrepetible, acciones propias de seres extraordinarios que nunca podrían ser repetidas.

Hoy está más presente que nunca la necesidad de resignificar las banderas históricas del 25 de mayo de 1810, que no son otras que las de Castelli, Moreno y Belgrano, reelaborarlas en acción concreta en el presente, porque así lo requiere la tarea más dura a encarar de cara a lo que se viene: la redistribución de los valores materiales que produce nuestra sociedad –en aras de llevar, con ello, las mejoras de ocho años de kirchnerismo a todos aquellos a los que todavía no se ha alcanzado-, que no será si no va acompañada de una previa –o, al menos, paralela- relectura de las perspectivas, categorías, esquemas de análisis y sentido sobre los cuales se estructuran los actuales patrones de privilegio de nuestro país -los mitos del imaginario de la Iglesia, el Ejército y el Campo que, como bien enseñó el ruralista de CRA Néstor Roulet, "son los que hicieron la Patria"-.

De lo que se trata, es de la necesaria articulación que se deben los conceptos de ‘democracia alborotada’, de Pacho O’Donnell; y de “la necesidad de radicalizar la democracia en función de promover el ensanchamiento de los derechos de todo tipo”, del que habla –cita no textual, vale aclarar- Edgardo Mocca. Una correlación entre ambos que, a esta altura, se presenta a todas luces ineludible.

Imposible que no invada la memoria el recuerdo de los obreros del Cordobazo (mayo, también, ¿casualmente? como mayo fue el francés de la Comuna de Paris de 1871, o el juvenil del ’68 y como lo está siendo el español en este 2011). Esos metalúrgicos que eran los obreros mejor pagos del país y sin embargo salieron a la pelea igual, porque el contexto altamente represivo en cualquier aspecto de la vida cívica del país -como lo era aquél-, en el que sólo casualmente ellos gozaban de un bienestar que, sustentado en bases tan precarias, corría riesgo de un momento a otro, dio pie a la toma de conciencia de que había que ir a por la recuperación de los pilares que garantizaran el bienestar de las clases populares. "Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas. Esta vez es posible que se quiebre el círculo...", diría, por entonces, Rodolfo Walsh al respecto. Y no deja de tener actualidad.

Rafael Correa, uno de los más potentes, cultural e intelectualmente hablando, de los conductores del renacer de Sudamérica –sólo superado, en ese ítem, por CFK-, suele insistir en que, en la actualidad, “los ejércitos son los ciudadanos, y las armas son los votos”. Esa fórmula condensa en su totalidad una reactualización de praxis que sea capaz de abordar las necesidades actuales de nuestros pueblos, pero con el mismo sentido inclusivo de siempre.

Cuando Cristina evoca a Néstor, no hace sino apelar al simbolismo de una figura que expresó fielmente el ideario de los revolucionarios de mayo en la tarea, todavía inconclusa, de reconstruir la Argentina, que tomó moribunda allá por 2003, una empresa en la que siempre guardó, este proyecto, fidelidad a los principios morenistas como ningún otro gobierno en más de cincuenta años lo había hecho: desde que el general Perón las levantara bajo su propia consigna de libertad económica, soberanía política y justicia social. Y cuyo legado es, todavía, el más capacitado para insistir en la tarea de representar los valores de una Patria más justa y democrática en todos los aspectos posibles de la palabra.

Las formas de instrumentar las banderas podrán alterarse, pero el núcleo de estirpe transformadora debe permanecer intacto. En ese entendimiento, como bien han apuntado varios de los que desde diversos sectores coinciden con el acompañamiento al proyecto capitaneado por Cristina (los citados Brienza y Bernal, por ejemplo), son revolucionarios la AUH, el Fondo Federal de la Soja, la Ley de Medios, el Matrimonio Igualitario, la disputa frente a las patronales sojeras por el reparto de la renta agro financiera sin valor agregado, la reestatización de la administración del sistema previsional, la entrada de gerentes del Estado a empresas privadas en las que se tienen acciones, el enjuiciamiento a los genocidas de la última dictadura militar y –más- a los civiles que los impulsaron y sostuvieron en pos de que –mientras se cargaban treinta mil almas cosa de que quedara claro de que nadie tenía que pedir por el retorno de la Patria anterior, la inclusiva- les fuese armado, a la medida, un modelo en función de sus exclusivos privilegios.

Los falsos liberales argentinos, entre tanto, seguirán en la tarea de apelar al culto del derrotismo y la tristeza como arma para intentar apagar los afanes de cambios. Como con las leyes, son bien capaces de distinguir entre formas y fondo, y por eso se quedan en un supuesto amor por lo primero, toda vez que conocen que entrando a la discusión de lo segundo corren serios riesgos de quedar desnudas sus intentonas elitistas y excluyentes. Seguirán tirando con esa artillería, la de siempre, o con el chamuyo del culto a la personalidad, porque también criticar a los hombres por fuera de lo que expresan es buena treta para no entrar nunca al debate de lo que hay dentro del alma de sus acciones en la vida pública.

Habría que agradecer que sea en manos de Cristina que está, hoy, la tarea de revivir esa historia. Nadie podría hacerlo mejor que ella. Creo.

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