miércoles, 1 de junio de 2011

Aramburu

Quien haya leído posteos o comentarios en debates míos, en mi blog o en Artepolítica, sabrá que siento profundo odio (sí, odio, me hago cargo) por la figura de Pedro Eugenio Aramburu. Lo llamo dictador y genocida. Siento por Aramburu una aversión superior inclusive a la que tengo por Isaac Francisco Rojas, Alejandro Agustín Lanusse, Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera o Leopoldo Fortunato Galtieri. Para que se den una idea.

No se por qué. Pero es así. Algún día me sentaré a elaborarlo, intentar darle un marco de racionalidad a un sentimiento que me brota rebelde. Explicarme por qué. En la actualidad, tengo, apenas, aproximaciones.

Quizás sea porque se escriben, a favor de Aramburu, textos como los que abajo ofrezco. Me los enviaron por mail. Son dos notas de opinión publicadas en el diario La Nación el día 29 de mayo de 2000, cuando se cumplieron treinta años del fallecimiento del dictador. Una la firma el delincuente de José Claudio Escribano (le llamo así porque es el personaje que se atrevió a decirle a un presidente constitucional aún no asumido, como lo era Néstor Kirchner cuando fue a “visitarlo” antes del 25 de mayo de 2003, que debía someterse al pliego de condiciones que le entregaba en nombre del departamento de Estado de los EEUU, so pena de “caer” de su puesto en el término de un año: eso a mi entender es un delito, ergo Escribano es un delincuente) y la otra por Bartolomé De Vedia.

Sentí, después de leerlos a ambos, incredulidad. Porque me resulta, ya no intolerable que sería mucho decir, digamos que inexplicable que se puedan decirse de Aramburu las cosas que en esos textos se dicen. Un hombre de convicciones republicanas, un liberal, alguien que detestó las dictaduras y que por eso golpeó a Perón. ¿De qué estamos hablando? ¿El tipo que ganó votaciones récords a lo largo de lo que fue su vida política es el dictador y el que tomó el poder por las armas –en realidad ni siquiera eso pudo, las pelotas para dar el golpe las puso Lonardi- y que cuando se presentó a elecciones sacó apenas algo más del 10% es el republicano elogiado?

Entonces, quizás como de los otros genocidas mencionados en el primer párrafo no suelo leer homenajes tales, sea que Aramburu entonces me enerva más. La ¿impostura? ¿Se le podrá llamar así? La falsedad, quizás queda mejor. El descaro. Porque acá no se trata de que Aramburu no pasa un test de calidad según nuestros estándares, populistas: es que Aramburu no podría ser nunca, jamás, defendido por un liberal, si es que yo he entendido algo de lo que liberalismo significa. Hace poco nos visitó Mario Vargas Llosa, y le echó la culpa “a la izquierda” del desprestigio de la ideología liberal, a la que adscribe. No. Yo le diría a MVLl que le eche un vistazo a los dos editoriales que adjunto de La Nación para que intente explicarse mejor quién es que tiene la culpa del desprestigio en el que, efectivamente, ha caído el liberalismo en Argentina.

Decidí tomármelos, a los periodistas mentados, a la chacota, y comento cada una de las dos notas graciosamente en el presente postito, ya que se cumplen, hoy, 41 años de su muerte. Digamos muerte, lo más neutro posible. No me convence del todo lo del “ajusticiamiento”, como sostienen algunos compañeros. Puedo intentar explicarme, comprender y hasta no condenar la violencia. Pero no se si me da como para reivindicarla como una bandera. Por demás, en su libro sobre la filosofía política del peronismo, J. P. Feinmann plantea, en torno del hecho, varias cuestiones sobre las implicancias que pudo haber tenido en lo que vino después, que lo hacen sentenciar que desearía que Fernando Abal Medina no hubiese disparado aquel día. No se si tanto. Sobre todo porque el mismo autor comparte conmigo que Aramburu las hizo todas como para terminar como terminó, sin que decir esto implique justificar lo actuado por Montoneros. Se trata de comprender las razones que los llevaron a actuar así. Soy de la idea, y esto también lo dije acá repetidamente, de que no es que “lo del ’76 vino por lo de la guerrilla”, sino que la guerrilla vino por la asfixia institucional a la que se vio sometido el país desde 1955, dieciocho años ininterrumpidos de dictadura, hasta 1973, es mucho.

Menos, jamás, lo consideraría un asesinato vandálico, tal como lo caracterizan las notas adjuntadas de LN. Esas palabras, para mí, tienen otro sentido, incompatible con Aramburu. Nadie, ni siquiera él, al que no le había temblado el pulso para fusilar y asesinar, a destajo y fuera de toda legalidad, durante su corto período a cargo de la dictadura, merece la muerte. Pero tampoco podía ignorar que si actuaba como él actuó, podía llegar a terminar como terminó.

De nuevo, no vienen al caso, a mi entender, consideraciones tales como si lo merecía o no, o si se justifica o no el proceder de Montoneros. Se trata, mi intención al menos es esa, de pensar la figura de Aramburu y sus implicancias. Me parece importantísimo discutir la historia, cómo se la cuenta, por las consecuencias que sus resignificaciones tiene en el presente. Por mucho que se apele a “mirar para adelante”, la reactualización articulada con lo que dejamos atrás es, me parece, no en la política, en la vida misma, inevitable. Y creo que sobre este período de la historia nos debemos unas cuantas tiradas de los pelos, al menos.

Creo que trato de plantearlo con algo de humor. El que tenga ganas de discutir sobre esto, me parece que, al menos como disparador, sirve. Y si en los comentarios alguien tiene ganas de mandarme a la puta madre que me parió, hágalo sin culpa, nomás. Que no me voy a enojar, pues.
Dicho esto, aclaro: van las editoriales y todo lo que hay entre paréntesis y en negrita, es, con pretendida sorna, de moi, Pierre Riviere... Saludos per tutti.

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La dimensión moral de un prisionero Por José Claudio Escribano De la Redacción de La Nación Lunes 29 de mayo de 2000

Los diarios se equivocan, y es así, simplemente, por la sencilla razón de que están escritos por hombres. Publican con mayor o menor frecuencia errores informativos y de apreciación, que enmiendan según la importancia acordada a cada traspié y al sentido de responsabilidad profesional con el cual actúan en su relación con los lectores. Es un capítulo definido por normas, estilos y tradiciones de conducción editorial. Otras veces -afortunadamente, las más- la relectura de viejas piezas periodísticas no suscita en el alma de un diario sino la convicción de que debería volver a ser escrito exactamente como lo había sido en su momento. Eso no obsta para que gentes con diferentes criterios o compromisos ante la vida puedan pretender que un diario se rectifique de opiniones sobre las cuales él siente que nada debe corregir respecto de lo que en el pasado afirmó sobre instituciones o personas. Ilustra, sobre tal tipo de observaciones, la reproducción de un fragmento de la desaparecida columna de opinión de La Nación "La semana política", publicada en la edición del domingo 20 de octubre de 1974. Ese fragmento está referido al robo del féretro de Aramburu, que la banda terrorista Montoneros, que lo había asesinado en 1970, acababa de perpetrar en el cementerio de la Recoleta (buena cantidad de pavadas sin sentido, todas estas).

En el periódico "La causa peronista", los Montoneros habían hecho poco antes, por añadidura, un relato pormenorizado del secuestro, "juzgamiento" y "ejecución" del ex presidente provisional de la Nación (en mi barrio a uno que llegó con los métodos que utilizó, es decir, la fuerza armada en vez de los votos, le decimos dictador). El artículo con la reconstrucción por los propios actores del crimen con el cual se abrió formalmente un largo período de violencia en la Argentina (no, querido, podemos discutir si la violencia arranca con los bombardeos a Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955; con el derrocamiento del gobierno democrático, republicano, legítimo y constitucional de Juan Domingo Perón, exactamente tres meses más tarde; o tal vez con el primer intento de golpe a Perón que, en 1951, pretendió comandar Benjamín Menéndez; pero nunca, jamás, alguien con la sesera llena puede creer que fusilar a un tipo casi unánimemente repudiado por la sociedad de entonces haya sido el comienzo de algo que, por otro lado, para ese entonces ya hacía rato que estaba desatado y en buena medida gracias al genocida asesinado) corresponde a la edición de "La causa peronista", del 3 de septiembre de 1974.

Con prescindencia de la jerga utilizada por los asesinos para intentar teñir de legalidad ese hecho horrendo, La Nación opinó de la manera siguiente: "... el grupo que secuestró a Aramburu actuó con la certeza de que tenía en su poder a un hombre capaz de influir en el curso de los acontecimientos más profundos de la vida del país (eso, seguro: en el marco que la tropa de la Fusiladora le impuso al país para procesar el juego político durante dieciocho años ininterrumpidos, claro que la bestia esa bien podría haber sido opción de recambio de bandidos). Al parecer, al tenerlo cautivo y oír sus serenas razones para avanzar hacia la conciliación entre todos los argentinos (difícil que viniera, la conciliación, de la mano de uno de quienes más hizo por aniquilarla, pero en fin), los secuestradores resolvieron quitarle la vida como un modo de aceptar que la dimensión moral del prisionero (la dimensión moral, aclaremos, de un tipo que se auto atribuyó el derecho de fusilar a un general legalista -y a su tropa de "insurrectos"-, a cuya esposa hasta se negó a recibir, previa la ejecución, bajo la excusa de estar "descansando") hacía insostenible y ridícula la tarea de sus captores. Los que narraron el asesinato pretendieron ser cínicos al describir los detalles, pero, como envueltos en una fuerza admirativa más rigurosa que el deseo de mostrarse desdeñosos, no pudieron ocultar su impresión ante las actitudes de una víctima (pobrecito: ¡víctima!) que los juzgaba desde la altura de su entereza. Tenían ante ellos a un hombre sobradamente maduro que, con las manos atadas, antes de dar él mismo la orden para que el matador apretase el gatillo, le indicó al asesino que le atara los cordones de los zapatos. Era una manera de poner las cosas en su lugar y a los protagonistas en su respectivo nivel (exacto: el del dictador, que da órdenes desde la legitimidad de la nada, y el del sometido, que eran todos aquellos -gruesa mayoría, por cierto- que no pensaban como Aramburu entre el '55 y el '73). Todo esto lo han contado los mismos que, arrastrados por un impulso irresistible, acaban de apoderarse del ataúd en un acto que concluye por aproximarse a la necrofilia y a la devoción patológica más que a una venganza saturada por el vaho de los sepulcros (coincidiendo con lo dicho, ¿con qué cara reprochan, ustedes, algo, que justificaron durante tantos años el secuestro del cadáver de Evita?).

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Esa escena con el condenado pidiendo a quienes van a disparar mortalmente contra su cuerpo que se ocupen del aliño de zapatos que no tendrán más uso que en el acto de morir en apenas unos instantes, era por sí misma suficientemente abarcadora del perfil moral del teniente general Aramburu. Pero, en verdad, el ex presidente había requerido algo más: la visita de un sacerdote, que hubiera clemencia con su familia y que le alcanzaran elementos para afeitarse. Eugenio Aramburu, su único hijo varón, recuerda haber escuchado más de una vez de su padre la voluntad de presentarse lo más decorosamente posible ante el Creador cuando le llegara la hora de la muerte (parecería que hasta los fabricaran en serie a los genocidas de la calaña de Aramburu: todos fanáticos religiosos -que seguramente han de haber tenido la Biblia toda sus vidas en sus mesitas de luz no más que para apoyar el vaso de agua-. Por otro lado, permítome –¿se dirá así?- dudar de que, si existe la vida eterna, a Aramburu le haya tocado, en el neteo de acciones terrenales, verle la cara "al Creador").

La confesión hecha públicamente por los Montoneros confirmó que Aramburu había logrado ese propósito en la trágica hora final. Menos conocido por todos es que El Vasco nunca consiguió visitar España a pesar de la intensidad de su anhelo por hacerlo. Se negó a pisar tierra española mientras rigiera la dictadura, que detestaba, del generalísimo Francisco Franco (flor de caradura, este muchacho: o sea que, de repugnar la república y la democracia de cualquier manera que fuera posible, él, sí, podía; pero, Francisco Franco, no. Acá, lo increíble de parte del delincuente, es que no halla equivalencias entre Aramburu y Franco). Quienes sí cultivaban, desde sus orígenes hasta el fin de la Guerra Civil Española, la amistad con tamaña dictadura eran algunos de los fascistas vernáculos que habían inspirado al grupo originario de Montoneros, precisamente el que operó en el secuestro y asesinato del teniente general Aramburu (pero siempre habrá que aclarar que esos "fascistas vernáculos" jamás llevaron a la práctica lo que el delincuente de Escribano dice que adoraban, pero Aramburu sí, aunque, según el delincuente de Escribano, "detestaba" la dictadura -discurso que no secundó con los hechos-).



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En un viaje que realizó a Europa, después de haber sido presidente (dictador, señor delincuente, dictador se les llama a los que no fueron elegidos por el pueblo), todo lo que Aramburu pudo lograr fue reunirse con sus parientes del país vasco en San Juan de Luz, en territorio francés, próximo a la frontera franco-española. La Francia de la libertad, la fraternidad y la igualdad era tan apropiada para la figura democrática de Aramburu (figura democrática que no ganó una sola elección en su vida, y amañó todas las que pudo mientras fue influyente en la vida nacional) como la España de Franco lo fue para acoger al dictador (mira lo que son las categorías del delincuente de Escribano: Perón, que ganó por goleada todas las elecciones en las que intervino en su vida, y que nunca prohibió en ellas la participación de nadie para recibir a cambio dieciocho años ininterrumpidos de borratina de la vida cívica para él, su partido y el más de 60% de población que representaba, es un dictador; Aramburu, que fue la antítesis misma de lo anteriormente descrito -o sea, fue la antítesis misma de la democracia-, es, en cambio, una "figura democrática") que en 1955 recorrió sucesivos capítulos del exilio y desde allí estimuló a esas "formaciones especiales" (acá acierta, el delincuente de Escribano, Perón, a lo más, "estimuló", jamás podría decirse que "creó" las formaciones especiales) que, después de haber contribuido a su retorno y acceso al poder (yo acá hubiese puesto: "que, después de haber contribuido al retorno de la plena vigencia de la legalidad democrática", pero, bueno, son criterios), recibieron de su parte, el 1º de mayo de 1974, en la Plaza de Mayo de los grandes actos del peronismo, el puntapié histórico en el lugar innombrable por ensoberbecidas e "imberbes" (la pavada histórica quizás más repetida de la historia). Así trató a las "formaciones especiales" como Montoneros, desde el balcón que sería de Madonna en los noventa, el general-presidente (en todo el texto, jamás mencionó a Aramburu, al mismo tiempo, como general y presidente: esfuerzos del delincuente por borrar de Aramburu el contexto castrista que posibilitó su asalto al poder) que ya veía asomarse la muerte entre los arrumacos de su mujer, Isabelita, y del poderoso ministro-mayordomo José López Rega. La Argentina, entretanto, se hundía aceleradamente en uno de sus períodos más siniestros (coincido: y todo por culpa de Aramburu y sus secuaces).

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Hoy, a 30 años del secuestro de Aramburu Por Bartolomé de Vedia De la Redacción de La Nación Lunes 29 de mayo de 2000



No hay muchos casos en la historia argentina comparables al de Pedro Eugenio Aramburu (¿a qué llamamos "muchos"? Yo digo, Videla, Onganía, Lanusse, Massera, Galtieri; podría hablar de Juan José Lavalle, Roca, tal vez... no, hombre, genocidas como Aramburu han habido varios, es cuestión de afinar la memoria) de cuyo secuestro -perpetrado el 29 de mayo de 1970 por una banda de terroristas y asesinos que oscilaban entre el fanatismo criminal y el oportunismo político (Aramburu, en cambio, era la divinidad en persona, sí, claro)- se cumplen hoy exactamente treinta años.


Presidente de la Nación durante un gobierno de facto (lo dijeron, finalmente, aunque insisten en mentarlo de presidente: bueno, tanto no les puedo pedir), situado en el centro mismo de episodios políticos turbulentos (sí, claro: golpes de Estado, torturas, fusilamientos: me gusta más Mitre, ¿eh?), la imagen que perdura de él es la de un hombre público profundamente identificado con el ideal republicano (me imagino, sí: le apostaría a que hagamos una encuesta a ver si es cierto eso. Tan seguro estoy de mi triunfo que le ofrezco hacerla con la de ustedes, Poliarquía). A diferencia de otros generales que accedieron al poder por la vía irregular del golpe de Estado, Aramburu no tenía el más mínimo rasgo que recordara a un militar autoritario (claro, al margen de detallitos como: haberse metido de prepo en la Rosada, cerrado el Congreso, intervenir el Poder Judicial y las provincias y prohibir decir: Perón, Evita, o silbar la marcha) al contrario, tenía los modales -y la convicción- de un auténtico demócrata (sólo le faltó llevarlo a la práctica, entonces, digamos).


Su nombre alcanzó plena notoriedad pública el 13 de noviembre de 1955. Ese día, una representación de jefes de las tres fuerzas armadas de la Nación se trasladó a la residencia oficial de Olivos para expresarle al presidente (¡y dale con decirle presidente!) Eduardo Lonardi su disconformidad con el rumbo que estaba imprimiendo el gobierno de la Revolución Libertadora (Libertadora, no: Fusiladora, se llamaba), el movimiento que dos meses antes había derrocado a Perón (a Perón, no: a la Constitución, que es mucho más grave). Lonardi presentó su renuncia a la jefatura del Estado y ese mismo día el general de división Pedro Eugenio Aramburu se convirtió en el nuevo presidente de los argentinos (diálogo y consenso, cuando es a las espaldas del pueblo, es posible, sí, señores).


Nacido en Río Cuarto, Córdoba, en 1903, Aramburu había ingresado en el Colegio Militar en 1919. Promovido a coronel en 1947 y a general de división en 1954, había conspirado largamente contra Perón (así, dicho como al pasar, una cosita de nada, ¿no?). En septiembre de 1955, cuando Lonardi se trasladó a Córdoba para iniciar el levantamiento, Aramburu tomó a su cargo la misión de sublevar la guarnición de Curuzú Cuatiá, en la provincia de Corrientes. Fracasó en su objetivo (fracasado, como buen militar "liberal": como bien recuerda J. P. Feinmann en su libro sobre el peronismo -en el cual no festeja lo que Montoneros hizo con el dictador genocida, ni mucho menos-, acá las bolas siempre las han puesto los nacionalistas, para que usufructúen los "liberales"), pero la entereza con que combatió contra las fuerzas leales a Perón (no, amigo. A Perón, no: a la Constitución fueron leales, hay una gran diferencia) le valieron el respeto de todos los sectores (¿de cuáles, a ver? ¿Del grupo de Cecilia Pando o del de Biondini?).


Se desempeñó como presidente de la República durante algo más de dos años: desde el 13 de noviembre de 1955 hasta el 1º de mayo de 1958. Su gestión es recordada, fundamentalmente, por el fervor con que luchó por la restauración del republicanismo histórico previo a las reformas de Perón (o sea que el republicanismo es una cosa pétrea, inmodificable, a pesar de que aquella era la época del avance del Constitucionalismo Social, ponele. Flor de estupidez, esto que dice DV: lo que destaca nada tiene de bueno per se).


Derogó (bien dicho: derogó. Al margen de toda legalidad procedimental, al revés que el proceso de reforma de 1949, que la respetó puntillosamente) la Constitución reeleccionista y estatista de 1949 (déle una leída a manuales de Constitucional, De Vedia, para ver que nuestra reforma estuvo en consonancia con otras que se efectuaban, al mismo tiempo, en varios otros países a nivel mundial) y restableció la vigencia del texto histórico (y oligárquico, puedo decir yo, si usted reduce a la de 1949 a "reeleccionista y estatista) de 1853/60, decisión que fue convalidada más tarde por una convención constituyente (inválida desde donde se la mire dicha Asamblea, que quede claro: en su convocatoria, primero; más lo sería más tarde, cuando en su desarrollo se retiraron unos cuantos "asambleístas"). Prometió entregar el poder lo antes posible a un presidente elegido por el pueblo (golpista pero con plazos, el hombre: eso sí, se aseguraría que se eligiera sólo entre aquellos que a él no le molestara que se presentásen). Asumió públicamente el compromiso de que ninguno de los militares que ocupaban cargos en su gobierno aceptaría candidaturas cuando se convocase a elecciones (¡cuán recto resultó ser, el asesino: hasta me emociona!).


Si hay algo que no puede retacearse es el reconocimiento de que Aramburu hizo pleno honor a la palabra empeñada (no, seguro, a su palabra no faltó: faltó a la Constitución, ¿pero eso a quién puede importarle?). El 1º de mayo de 1958, en efecto, entregó los atributos del poder a Arturo Frondizi, el candidato elegido por la ciudadanía (una ciudadanía acotada, maniatada, pero ciudadanía en fin), a pesar de que se trataba de un notorio opositor a su gobierno (y, sí: cualquier bien nacido debería ser opositor a un animal como Aramburu).


La presidencia (yo hubiese titulado "La dictadura")


La presidencia (dictadura) de Aramburu merece ser recordada, además, por otros motivos: restableció la autonomía universitaria, que Perón había suprimido (seguramente había libertad allí para decir de Aramburu cuantas barbaridades uno quisiera); eliminó las pesadas restricciones que pesaban sobre el periodismo independiente (¿por ejemplo?), dio pasos firmes hacia el saneamiento de la economía (no, maestro: la participación obrera en el PBI, y el PBI mismo, disminuyeron durante su gestión; los salarios se contrajeron más de un 15% -lo que provocó numerosas y durísimas huelgas, por supuesto que violentamente reprimidas todas ellas-; liquidó el IAPI, en orden a reprimarizar la economía industrial de los planes quinquenales; la inflación -derrotada por Perón en 1952-, volvió a trepar -a más del 24%-; hubo necesidad de efectuar racionamientos de combustibles y energías, especialmente en el interior; cayó en déficit comercial, adelgazaron las reservas y se llegó a, casi, cesación de pagos; asimismo se produjo, durante dicho período, el ingreso al... FMI. Eso sí: fracasar -si tenemos en cuenta que su objetivo fue privilegiar al campo frente a la industria, y al capital frente al trabajo, cosas, ambas, que logró-, no fracasó), eliminó los principales focos de corrupción moral (¿más corrupción que violentar la CN existe?) que el régimen (claro, aquello era un régimen, elegido pero régimen; Aramburu, en cambio, llegó, a los tiros, a una "presidencia": coherencia a full) depuesto había dejado como herencia y produjo una apertura cultural que dio renovado impulso a la vida universitaria, a la cinematografía, al teatro y a todas las actividades vinculadas con la creación artística (un dictador amante de las bellas artes, resultó ser este).


Es cierto que el gobierno de Aramburu carga con el baldón de haber fusilado al general Juan José Valle y a otros militares que se sublevaron con él en junio de 1956 -y también a grupos de civiles, ejecutados en la clandestinidad- (¡pero, no, por favor, hombre! ¡Un detalle, nomás! Si de última no había ley, no puede hablarse de delito, así que no se haga ningún problema), pero la opinión pública siempre tuvo la sensación (¡ay, eso de 'la opinión pública'! ¿Qué 'opinión pública', señor? Se llevaría una sorpresa, vea, si rastrea un poco) de que la responsabilidad por esas trágicas decisiones (¿trágicas o criminales? Creáme que no los imagino compungidos a la hora de decidir ejecutar a Valle) no recayó únicamente sobre los hombros del presidente de facto (en esto, dejan de lado el liberalismo: a la hora de repartir culpas son bien socialistas).


Después de transferir el poder a Frondizi, el general nacido en Río Cuarto adoptó la decisión -y la cumplió cabalmente- de mantenerse apartado y en completo silencio ante los avatares de la vida pública nacional (hombre de palabra, ante todo... bastante ya había hecho, también, digo: ¿Qué hay que aplaudirlo, todavía?). La vorágine de los hechos, sin embargo, no iba a tardar en sacarlo de su aislamiento y devolverlo al torbellino de la política (tuvo que ver si ayudaba a ordenar lo que desordenó, digamos). Durante el tenso período que siguió a los comicios generales de 1962, el presidente Arturo Frondizi convocó al generalAramburu a la Casa de Gobierno para pedirle que intercediera ante las Fuerzas Armadas a fin de que dejaran de presionar sobre su gobierno (eligió mal al asesor, Frondizi). Aramburu, después de muchas consultas, comprendió que la ofensiva de los militares contra Frondizi era incontenible y manifestó que él nada podía hacer para contenerla (¿con qué cara habría podido hacerlo, por otro lado?).


Cuando en 1963 -ya derrocado Frondizi por las Fuerzas Armadas- el presidente provisional José María Guido convocó a nuevas elecciones presidenciales, la candidatura de Aramburu surgió como un reclamo espontáneo de vastos sectores ciudadanos (¿de cuáles? ¿Acudió en reclamo del llano, debo suponer? ¡Vamos!). Su figura era una reserva moral a la que muchos argentinos querían recurrir (o una valla de contención para el retorno de Perón, o sea de la democracia, ¿no? "Vote UDELPA... ¡Y no vuelve!", era, ¿no?). Aramburu fue candidato a presidente por dos partidos: la Unión del PuebloArgentino (Udelpa), que nació expresamente para postular su nombre, y la Democracia Progresista (¿qué te haces, vos, kirchnerista loco, el que inventó las colectoras? ¡Fue de Aramburu la idea, papá!). Efectuadas las elecciones, resultó triunfador el candidato radical, Arturo Illia (digamos que fue así, ponele). Pero Aramburu obtuvo, computando todas las boletas encabezadas por su nombre, un millón trescientos mil votos (no jodamos, de porcentajes hay que hablar: un rotundo ¡13%! de las voluntades optaron por él).


El 29 de mayo de 1970 la opinión pública tomó conocimiento de un hecho estremecedor: Aramburu había sido secuestrado de su domicilio por un grupo de terroristas. Dos de los secuestradores habían entrado en su departamento disfrazados de militares. El país tuvo la sensación de que se empezaba a vivir una pesadilla. Y no se equivocaba. El secuestro de Aramburu era el preámbulo de lo que iba a venir: una década signada por el horror y la violencia (ya se lo aclaré al delincuente de Escribano, esto: fue, el secuestro, efecto y no causa). La incertidumbre por el destino del teniente general duró bastante más de un mes. El 17 de julio de 1970, como resultado de una trabajosa investigación, fue hallado su cuerpo sin vida, oculto en una cavidad abierta en el piso de una casona del pueblo de Timote, ubicado en el partido de Carlos Tejedor, en la provincia de Buenos Aires. La policía y la Justicia fueron armando el rompecabezas del perverso crimen. Se supo, así, que Aramburu había sido asesinado por sus captores entre el 31 de mayo y el 1º de junio, es decir, uno o dos días después de consumado su secuestro. Los detalles del infame asesinato fueron proporcionados por los propios criminales en 1974, en un reportaje desbordante de cinismo y arrogancia. Por ese testimonio macabro se supo que Aramburu había afrontado la muerte con admirable dignidad (al menos en su muerte tuvo la dignidad que no tuvo en toda su vida. Bien dicen que nunca es tarde para empezar).


Quienes quisieron suprimirlo del escenario político fracasaron en su intento. Su figura siguió más viva que nunca en la memoria pública (seguro, ¿cómo no? ¿O acaso no existe hoy La Aramburu, para reivindicarlo?), que hoy lo evoca como un gobernante de auténtica sensibilidad republicana y como un ciudadano de ejemplar calidad moral (y, por eso mismo, hoy se hace un acto en su homenaje en... en... ¿ninguno? ¡Ay...!).

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