miércoles, 18 de mayo de 2011

Valores para el movimiento: voluntad, militancia, lealtad

A las dos horas y diez minutos de la madrugada del 29 de junio de 2009 Néstor Kirchner subió al escenario del bunker del FPV para reconocer su derrota en las elecciones a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires frente al colombiano Francisco De Narváez (y, claro, felicitar al indiscutible vencedor). El clima era, a pesar de todo, de fiesta. Recién dos minutos más tarde de su aparición en escena pudo iniciar su discurso. El grito, la algarabía, los cánticos de la (numerosa) militancia que, incesantes a pesar de todo, estaba ahí, al pie del cañón para acompañar, lo demoraron. Antes de las dos y trece había dicho “ya estamos en camino para retomar la iniciativa, para profundizar la gobernabilidad y construir con todas nuestras fuerzas…”. No pudo acabar la frase, la explosión que siguió al inicio de su alocución fue tremenda.

Sólo él. Sólo Kirchner podía decir lo que dijo en el contexto en el que lo hizo. A partir de ese momento, el kirchnerismo, lejos de replegarse, como le recomendaban “para bien del Gobierno y del país”, desde cuanta vocería corporativa/dirigencial hubiera. Por el contrario, aceleró en, como bien lo definiera Hernán Brienza, la profundización en la ética de las convicciones, para agudizar las contradicciones (Ley de Medios, AUH, su cortísima –pero, también, exitosísima: incluyó la firma de la paz entre Venezuela y Colombia y la veloz reacción de los presidentes del continente cuando la amenaza de golpe a Rafael Correa- gestión como jefe UNASUR trágicamente truncada por su fallecimiento) y colaborar a la puesta en escena de un escenario en el que la confrontación de dos proyectos de país contrapuestos. Eso por un lado. Y en el octubre venidero, como probablemente no había ocurrido desde el retorno de la democracia en 1983, se batirán, en duelo electoral, dos visiones antagónicas, generando por fin una verdadera opción.

Es transversal el reconocimiento de que uno de los capitales fundamentales de Néstor fue su voluntad inclaudicable. Y es que no existe dirigente ni movimiento político posible sin ese ingrediente. En la escena del reconocimiento de la derrotan se conjugaban el líder que se nutría del combustible de su construcción que no lo abandonaba para emprender la recuperación. Voluntad y militancia. Una recuperación, vale decir, en la que sólo él y pocos más creíamos. Ya lo dijo Perón, la organización vence al tiempo. Y a los estamentos corporativos, también, habría que agregar en esta versión actualizada. Kirchner y la Presidenta (más ella que él, hay que decirlo) sostuvieron a rajatabla lo innegociable de la conservación principio de autoridad en exclusiva para la Casa Rosada y el resto de los poderes del Estado. En el escenario actual, en Segundas Lecturas venimos machacando y mucho con esto, los valores tradicionales de construcción política han recuperado hegemonía a la hora de discutir candidaturas y poder. No se renunció, en definitiva, a hacer política de la alta.

Cerca de un año y medio después de aquella escena de derrota, Néstor moría siendo, nuevamente, jefe del peronismo, diputado nacional (asumió a pesar de que se decía que no lo haría), secretario general de UNASUR y candidato a presidente para 2011 (increíblemente –para los sectores de la derecha, corporativa y partidaria-) con excelentes perspectivas de triunfo. A casi dos años, de los tres supuestos presidenciables que había proclamado aquel comicio (Reutemann, Cobos y Macri, variado el menú), dos de ellos –Lole y el traidor mendocino- se bajaron por muerte natural –nada hicieron para conservar lo que nada habían hecho para obtener-; y el tercero, el alcalde porteño, abandonó ante lo irremediable de que su postulación era una quimera de aquellas. Néstor Kirchner jamás tuvo en cuenta esas cuestiones para decidir en política (sólo él creía en su victoria en 2003, ya dijimos de que fuera posible recuperarse del traspié de medio término).

Contrario sensu, aquellos que mayor lealtad guardaron a la construcción orgánica que mejor sustento se procuró desde la crisis partidaria que legó 2001, han recogido su cosecha. Daniel Scioli, principalmente, que tiene casi asegurado su bis como gobernador bonaerense; Lucía Corpacci, que no dudó en asumir como senadora del FPV durante el estrellato del Grupo A(EA) y a partir de diciembre próximo gobernará Catamarca; o Carlos Eliceche, aquel que recibió a Kirchner en su ciudad, Puerto Madryn, a pocos días de la derrota, cuando Néstor daba los primeros pasos del camino de la reconstrucción de la fuerza, lo que provocó la ira de Das Neves, al que parece que hay que preguntarle para visitar la provincia: hoy día, Das Neves, aún si se confirma el triunfo poco decoroso de su delfín en Chubut, está acabado políticamente, y Eliceche posicionado inmejorablemente tanto a nivel local como nacional.

Néstor jamás paró de andar –y por eso, dicen, se fue- la construcción, de rosquear las vetas posibles para encarar la “sintonía fina” del modelo. De apostar a las orga, los MMSS, los clubes de barrios y demás. Todo empezó a tomar cuerpo en aquél Ferro de inicios de 2010, cuando nació la herramienta orgánica del sujeto social kirchnerista, que lo hay, por cierto: trabajadores, juventud, ponele. Y por pensar a largo plazo, el kirchnerismo se permite paladear una cada vez más probable victoria en las elecciones venideras, cuando se lo juzgaba hace poco, hace nada, en irremediable retirada. Ha dado sus frutos pensar en la sustancia y no sólo en el envoltorio de una idea de país que ha traído beneficios indiscutibles para las mayorías. Antes de su fallecimiento, la recuperación de la ponderación social del proyecto nacional y popular era indisimulable. La muerte de Néstor solamente radicalizó a una sociedad que vio la necesidad de asumir la defensa de aquello cuya referencia máxima había, trágicamente, desaparecido.

Hoy Cristina se posiciona como la jefa de un conglomerado vastísimo y, sí, heterogéneo, que le permite asumir demandas y cristalizar logros de gestión capaces de captar votos horizontalmente que permiten soñar con una victoria rotunda que habiliten, al mismo tiempo, una gestión cómoda y la construcción de una opción de recambio para Cristina en 2015 que garantice la continuidad, la trascendencia del proyecto por encima de sus fundadores y referencias máximas. Para eso, al margen de las ya consabidas y repetidas hasta el hartazgo consignas programáticas que han significado crecimiento económico, redistribución del ingreso y avances culturales como no se vieron desde el primer peronismo en el país.

Pero para consolidar y acelerar en las asignaturas pendientes materiales (y para esto, como dijo Feletti, avanzar en la modificación de estructuras de propiedad y captación de renta -sin por ello tener que caer en la dictadura del proletariado, claro-), habrá, también que generar una alternativa de sentido que sea capaz de sustentar en varios aspectos –de nuevo, cultural y también jurídico, por caso- las acciones concretas a llevar a cabo. No se trata solamente de un nuevo relato, que por otro lado ya está instalado, sino de algo mucho más importante: renovar los esquemas y categorías de análisis de “la realidad”. Salir de lógicas ajenas de interpretación para evitar a futuro quedar entrampados en discusiones bizantinas. Y eso sólo se puede poniéndole el cuerpo a fatigar el rosqueo a más no poder: con todos y cada uno de los interlocutores -ya sean propios o ajenos-, en todos y cada uno de los escenarios -sean o no amigables-. El mejor legado de Kirchner es haber enseñado que la suya era la forma correcta de hacerlo.

Cristina, con lógica y derecho, reclama para sí la centralidad y exclusividad de la conducción en sentido político tanto como de gestión, y el acompañamiento sin chistar del amplísimo arco de voluntades infatigables que la sustenta(mos): desde la Corriente Nacional de la Militancia al Movimiento Obrero Organizado pasando por las estructuras tradicionales del PJ –próximas a pronunciar su alineamiento con la jefa única del espacio-. Sólo así se puede en un esquema populista –que no es, el populismo, lo que dicen Grondona, Aguinis y MVLl que es- como el del kirchnerismo.

Y por otro lado, vamos, es lo que ha dado resultados. Y dice el dicho que “equipo que gana…”.

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