domingo, 8 de mayo de 2011

Lanata, las casitas de Hebe, los DDHH y las peleas de fondo por un país para muchos

De entre varios, todos muy buenos, celebro especialmente este tramo del reportaje que Andy Kusnetzoff le hizo a Jorge Lanata la semana pasada:

“Creo que el laburo de los Derechos Humanos tiene que ver con los Derechos Humanos y no con construir viviendas sociales que nadie sabe bien cómo gastan la guita”.

Esa es una visión que sincera fielmente el tributo de todo un sector, que Lanata representa muy bien, a la tristemente célebre teoría de los dos demonios: de acuerdo, todos ellos, con juzgar a “los milicos del proceso”; pero siempre aclarando que “los montoneros también estuvieron mal, y además empezaron ellos”.

¡No, señor! No “la empezaron” los compañeros de las organizaciones revolucionarias, que por otro lado también los había no peronistas: la lucha armada fue una modalidad concreta en un período histórico determinado del reclamo y la lucha por el retorno al país del general Perón, a cuyo desalojo del gobierno constitucional que encabezaba, en 1955, le siguieron dieciocho años ininterrumpidos de dictadura –y de ilegalidad y antidemocracia total y absoluta-, en tiempos encabezada por militares, en otros por civiles actuando farsas democráticas en las que veían burlados sus derechos cívicos y políticos más del sesenta por ciento de los ciudadanos.

La opción armada le siguió a la (a mi juicio mucho más heroica) llamada de la Resistencia Peronista, inorgánica. No fue Perón desde Madrid quien urdió la guerrilla, y poco me importan las citas bibliográficas que me puedan enrostrar: es un absurdo demencial suponer que una persona pueda con el detallismo que requiere una organización como la de Montoneros a la distancia del país que se encontraba Perón.

Fue el antiperonismo el único culpable de que haya habido guerrillas en Argentina. El bloqueo al juego político normal bloqueó la posibilidad de canalizar las expresiones por otro medio que no fuera el de la violencia armada. No se trata de justificar a nadie. Justificará, si existe, Dios. Se trata de explicarse un fenómeno político que muy lejos está de haberse tratado de la pelea de dos hordas de dementes con la sociedad en el medio de ambos pagando los platos rotos.

Esa es la versión que sostuvo el Nunca Más en la equivocada (sin maldad, pero errónea al fin) idea ordenadora de su prólogo original. Lo que le valió, por otro lado, a Alfonsín, tener que soportar dos levantamientos armados.

Cuando Lanata dice lo que dice, acá, y cuando habló, antes, del asesinato del dictador genocida Pedro E. Aramburu, opta por una versión cómoda.

Que, por un lado, esconde el papel de todos y cada uno de los sectores de la sociedad civil que estuvieron detrás de las rupturas de 1955 y 1976. Si la culpa es “los locos de los milicos”, quedan en la nebulosa todos los que, por atrás, reclamaron, financiaron y sustentaron los golpes. La Sociedad Rural, por caso. La Iglesia Católica, por caso. No me hace falta ni siquiera empezar por Clarín (igual, que vayan a contarle a otro que si en la venta de Papel Prensa hubo firmas de Videla y Massera, la cosa fue limpita, como pretenden, algunos, hacer creer, que no es casualidad el ocultamiento del informe de la SIP –tan ponderada, ahora- de 1978).

Y, por el otro, esconde la discusión de concepciones que hubo detrás del peronismo-antiperonismo, que se reproduce hasta nuestros días: la pelea –simplificando, pero sin faltar respeto a la esencia- entre un país –aún con todas sus falencias- pensado para todos, el de Perón; y otro, concebido apenas para sus dueños, los que lo habían manejado hasta el advenimiento del peronismo, los que lo recobraron entre 1976 y 2001 cuando resolvieron con balas y exclusión social (lo que resistió, de diversas formas, durante dieciocho años y algo más, el sentido fuertemente instalado en la sociedad de que el Estado de bienestar era conveniente), y los que forman parte de la cada vez más reducida alianza social antikirchnerista y combaten el proyecto que encabeza CFK.

Las casitas para los pobres son la concreción que Hebe lleva adelante de los sueños por los que cayeron sus hijos y el resto de los treinta mil desaparecidos. Ir en contra de las casitas es un eslogan detrás del cual se esconde la opción por un país que deje en el olvido a los más necesitados. Poner en tela de juicio "el origen de los fondos", lamentablmente, se parece mucho a algo que dijo ya, mejor que yo, Luis Bruchstein en P12 al respecto de la visita de Vargas Llosa: eso de que los golpes en Argentina siempre se hicieron, por ridículo que hoy nos pueda parecer, "en defensa de la democracia y en contra de la corrupción". Atacar las casas deshistoriza, descontextualiza, quita pulpa a lo que fue el sentido de las luchas "guerrilleras", independientemente de mil otras discusiones que puedan aceptarse a su respecto. Y es lo que Lanata (y quiero dejar sentado fuertemente que no creo que lo haga con mala intención) defiende cuando toma la postura que toma respecto de la batalla cultural que hay dando vueltas en torno de la política de Verdad, Memoria y Justicia, que no se puede agotar en el juzgamiento de sus ejecutores castrenses y que está muy fuertemente conectada con la otra que Cristina, casi a diario, nos recuerda a los que abrevamos en el pensamiento peronista y afines: que si las corporaciones quieren conducir al Estado, y tomar las decisiones, tienen que, de una vez por todas, presentarse a elecciones.

2 comentarios:

  1. Para agregar, también, que la guerrilla terminó siendo la excusa que utilizaron EE.UU., el establishment y el poder militar para darle vía libre a la dictadura más sangrienta de todas y que puso -económica y socialmente- al país patas para arriba.

    Un abrazo.

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  2. Por si hiciera falta agregar algo más, Richard. ¡Una vergonha!

    Abrazos.

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