miércoles, 25 de mayo de 2011

La agonía de La Moncloa

La democracia es, ante todo, a mi entender, desacuerdo, y no consenso. La diversidad de la vida social requiere de la existencia de alternativas que sean fieles reproductoras e intérpretes de dicha diversidad y no que se mimeticen entre ellas. La necesidad de la democracia está dada, justamente, en su capacidad de procesar las diferencias en un marco no violento. La esencia de la democracia es, entonces, diversidad, diferencia y no coincidencia ni mucho menos, repito porque lo vale, mimetización.

Cabe aclarar que, sí, sobre ciertas bases mínimas, que hacen a las reglas de ese juego democrático y –en paralelo- a la consolidación de un contexto de convivencia social que metaforice el proceso electoral –o sea metaforizado por él, tanto da, puede discutirse, pero excede mis propósitos acá- que sustente la posibilidad de expresarse en ese sentido, debe estarse de acuerdo. Pero no mucho más. No debería, sobre todo, haber acuerdo en los modos de interpretar las necesidades materiales de la sociedad, que por lo general son pocos congruentes entre sí.

Hace algún tiempo, José Natanson derribó, un poco, en una nota que escribió en P/12 (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-129688-2009-08-09.html), lo que él mismo llamó “la falacia de La Moncloa”, esto, tan de moda en gran parte de la derecha argentina, de que “porque en España acordaron todos los partidos políticos entonces salieron adelante”. Natanson matizó, digamos, fuertemente esa idea con el dato de la enorme incidencia que tuvo la cuantiosa ayuda económica que recibió España por parte del Fondo Europeo de Desarrollo Regional, el Fondo Social Europeo, el Fondo de Cohesión y el Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agrícola, como –al menos- condicionantes de todo lo que fueron los pactos.

No tiene que sorprender lo que ocurre en España. Si la vida política española ofrece, a su ciudadanía, como alternativa a los brutales ajustes que hoy ejecuta el Partido ¡Socialista Obrero! Español, es el Partido Popular, que siente, por identidad ideológica, por igual la esencia de los ajustes del PSOE sólo que más radicalizados aún, luego aquellos que se ven azotados por dichas políticas (que, por otro lado, se han demostrado fracasadas en absolutamente todos los lugares del mundo en los que se las ha aplicado, como implacablemente lo demostró, hace muy poco, y con motivo de la visita a nuestro país de Mario Vargas Llosa, Atilio Borón -http://www.principioesperanza.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1061:atilio-boron-sobre-la-llegada-de-vargas-llosa&catid=103:politica&Itemid=484-) ven que no hay salida, que no tienen opción de cambio por la vía democrática/electoral/partidaria.

Consecuencia, a mi forma de ver, necesaria del corrimiento a la derecha del PSOE que hoy impide ver nítidamente cuál es la real diferencia que existe entre ellos y el PP. Eso, desde que ha sido, parece, más importante, para el PSOE, su fidelidad a un acuerdo de cúpulas, que admito que haya tenido sus bondades en algún momento histórico, pero que hoy claramente no responde a las necesidades de la sociedad española. Las sociedades no cesan de reinventarse, y por ello, de reactualizar y renovar sus demandas, y lo peor que se puede hacer con ellas, entonces, es obturar la posibilidad de discutir a fondo en el marco democrático la vigencia de las más profundas lógicas que las atraviesan. Si, en cambio, se quieren blindar, como pétreas, determinadas concepciones, mal augurio. El sistema democrático/electoral carece de sentido si todos los actores se proponen interpretar el mismo papel.

Y en Argentina también ha pasado. El 2001 es eso. De La Rúa representó la continuidad del menemismo en lo que es importante, la política económica, casi todo el arco político sostenía la necesidad de sostener la convertibilidad (la Alianza decía que sólo achicando “los márgenes de la corrupción menemista” –cosa que por otro lado no hicieron, remember sobornos en el Senado para aprobar el aniquilamiento del Derecho Colectivo del Trabajo- bastaba para solucionar los flagelos sociales), ergo la explosión antisistema no tuvo otra chance de ser canalizada que la que se dio, en forma de combate popular callejero, por sintetizarlo en alguna fórmula que condense –no sin un poco de arbitrariedad, claro- el sentido de lo que se salió a gritar el 19/20 de diciembre de 2001. Si me apuran, también pasa algo así hoy, pero con las derechas, que al no tener expresión partidaria intentan operar por sí mismos en la lucha política: "campo", Clarín. Pero es más discutible. Algo parecido ocurrió en Ecuador, cuando la caída de Lucio Gutiérrez, quien llegara posado sobre un discurso popular, de liberación e indigenista para terminar interpretando las exigencias del FMI; y ni que hablar de la caída de la democracia republicana liberal “perfecta” que representó la Venezuela pre Chávez, la del Punto Fijo (el nombre lo dice todo).

Me preocupa la forma de cubrir el suceso por parte de (no todos, es cierto, vamos a ser, como nos pide Beatriz Sarlo -de reciente brillante participación en 6, 7, 8- de quien siempre es bueno aprender) buena parte de la prensa hegemónica. Me preocupa que quede claro el sentido de la protesta, que va al hueso del esquema económico adoptado por España –esto de “es el sistema el que está contra nosotros”, me pareció impactante-, como en Argentina iba al hueso del modelo de la convertibilidad neoliberal, y no a “la corrupción de los políticos”, porque tengo para mí que esta última forma de presentar las cosas apunta a dejar a salvo una determinada forma de administración económica que es fielmente garante de los intereses y privilegios de ciertos entramados del poder económico de los que las empresas de comunicación más importantes forman, también, parte.

No hay un solo pobre en Argentina que pueda explicarse en función del enriquecimiento ilícito de distintos dirigentes. Es bueno que quede claro sin que esto equivalga a una convalidación de la corrupción, sino en poner el foco correctamente en lo que es más importante discutir, desde mi forma de interpretar la vida pública: la redistribución de los valores materiales que produce una sociedad como debate fundamental de cualquier sociedad.

Y desde ese último entendimiento, me preocupa que se quiera blindar el escenario de discusión que a este respecto ha abierto indiscutiblemente, al margen de que se coincida o no con lo que en ese frente abierto plantea, el kirchnerismo, vía, por ejemplo, esos vagos y vacíos de contenido humano, y ajenos a toda definición sobre disputa de intereses, intentos de “políticas de Estado sobre las que nada se discuta independientemente del que sea electo como gobierno” que pregonan Duhalde y Terragno y que tuvo acogida preocupante en buena cantidad del arco dirigencial de la política argentina, porque eso responde justamente a la lógica de administración social que está haciendo agua en España.

En definitiva, y para provocar un poquito, me da para gritar: ¡Viva el desacuerdo. Mueran los salvajes consensualistas!

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