martes, 1 de marzo de 2011

Lo que iba a ser una alegre mención al buen tercer capítulo de 'No levantarás falso testimonio ni dirá mentiras', terminó triste dos días después

Hay en el pecho una sensación rara. Como una fuerza que quiere salir pero no puede, al tiempo que la boca pretende captarla, a esa fuerza, la llama, casi a los gritos, pero no se le contesta. Impotencia, dicen que se le llama a eso. Impotencia porque, así como contra Peñarol este comentarista que, mayormente, hicieron todo bien; la sensación de espejismo, de que en todas y cada una de las jugadas del partido ante River uno hubiese resuelto (o, al menos, intentado resolver) distinto, es inevitable.

Un poco de equilibrio: así como lo del partido contra Peñarol no fue tan bueno, lo actuado frente al gallináceo clásico rival no fue tan apestoso como parece. Claro, hay matices: a lo uno, lo estimula la fiebre copera que a todo Diablo bien nacido invade invariablemente cada vez que se está ante una cita internacional; a lo otro, los temores ante urgencias a las que no está, ningún Diablo bien nacido, acostumbrado. Y resulta que ambas son entendibles.

Pero, el juego es otra cosa. Versus Peñarol, la lectura dominante fue que Independiente despertó, recién, en el ST. Falso (al menos para Segundas Lecturas): lo que consiguió en el ST fue profundidad, agresividad, concreción. Pero en la primera etapa ya se esbozaba una idea sana, la pelota jugada a ras de suelo, la aceleración de ¾ en adelante, faltaba hallar la puntada final. Los ajustes que hizo Turco en el entretiempo fueron tácticos, y no estratégicos. A ídem se debían los pocos, poquísimos, sofocones sufridos en la primera parte. Gran parte de esto se debió a que se solucionó el déficit, enorme, que había de conexión entre las líneas a partir de la presencia de Gracian, que, sin brillar ni mucho menos, les hizo llegar la pelota más limpia, sana, mansa a los enlaces Defederico y Pato, que pudieron, entonces, hacer pesar los suyo más cerca del área, donde valen más sus capacidades de desequilibristas.

Frente a River, todo lo contrario. Las llegadas, que las hubo, y bastante claras, por cierto, no decantaron de un armonioso proceso previo, sino de arrestos individuales. Ojo, que esto no se entienda como pedido de cancha para Gracian. Nada más lejos, pero es necesario marcar que el juego no encuentra conexión clara desde que sale de la línea de fondo hasta que llega al arco rival. Así, los errores tontos, las desatenciones, llegan en mayor cantidad, porque hay tierra fértil, cuando la estrategia se deshila, para que ello ocurra. Sí pediremos por Parra: con Silvera en cancha, la bocha rebota como en un paredón y Cuqui, además, no sabe de fajarse ante defensas rivales como sí Parra (o Pavone, el que terminó amargando la noche).

Cuando este equipo ganó la Sudamericana, no se llegó a ningún lado, más bien fue punto de partida. Se ganó en actitud, nunca en juego, por eso punto de partida: ¿qué mejor que ganar algo para utilizarlo como herramienta de la mejora que necesariamente este grupo de jugadores se debe en materia de despliegue futbolístico, difícil porque no se trata de un conjunto brillante, aunque ni por asomo puede aceptarse tan pobres resultados porque tampoco como para la B da el equipo? Pero, por ahora no llega.

Y hay actitudes que exasperan, irritan, impacientan: Battión, por ejemplo, cuya continuidad en el once titular no se explica, así como tampoco (salvo porque se trate de que recién vuelve de lesión) que el que haya salido sea Fredes, de los pocos que comprendió que lo del domingo era una final: batalló, sólo, como pudo, bastante bien y valientemente, ante el doble cinco de ex rojos, Acevedo (verdadero crack, dejado ir por Comparada, que tampoco hizo, en 2009, el esfuerzo por Pavone, para, a cambio, traer a Silvera, ídolo, sí, pero ya en el notorio ocaso de su carrera)-Almeyda, a partir de los cuales edificó River su dominio, que no se tradujo en mucha mayor cantidad de llegadas (bien pudo ser para cualquiera, era partido de ‘hace gol, gana’: lo hizo, en una dificilísima, Pavone: no lo hizo, en una mucho más fácil, Silvera un rato antes). Pero notese, aunque no fue abrumadora la ventaja riverplatense en el ping – pong, siempre dieron la sensación de dominar el trámite: como que eso refleja dónde está el déficit rojo.

No hay que preocuparse, sino ocuparse. Ni tampoco es tanto lo que falta. Adelante, Turco, que usted, por campeón, merece crédito y margen para intentar las mejoras que el equipo demanda. ¡Usted, puede; y los suyos, también!

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