viernes, 4 de febrero de 2011

Impactos provinciales a escala nacional y construcción política

El oficialismo ha demostrado enorme capacidad para gobernar en situaciones adversas. Más, ha sido allí, cuando se vio en jaque, que mostró sus mejores versiones. Por caso, lo dicho hasta el hartazgo: la reacción tras la derrota en junio de 2009, cuando reaccionó tomando el camino arduo y largo, el de la ética de las convicciones, en vez de arriar las banderas.

En ese entendimiento, suenan ridículas unas recientes declaraciones del, al decir de Jorge Asís, tenor portugués, el ex ultrakirchnerista, hoy “PROnista” federal y antikirchnerista, Mario Das Neves, quien dijo que al oficialismo se le iba a dibujar, de cara a octubre, un escenario adverso, porque “va a perder en Chubut –su provincia- y Catamarca”. Chubut representa 0,9 de cada 100 votos nacionales, y cinco diputados y, por supuesto, como todos, tres senadores al Congreso. Catamarca, por su parte: 0,8, cinco y tres, respectivamente. Muy parecidos.

Además de que los análisis electorales (que mejor, aparte, los hace Artemio) deben tramitar por cuerdas separadas, por ser elecciones desdobladas; el impacto que ellas puedan tener en las presidenciales de octubre, es casi nulo, por la enorme distancia que, en tiempo, los separa; porque nada habilita creer que CFK no pueda ganar allí entonces, aún si ahora sus delfines pierden; y porque se trata, en ambos casos, de provincias de escaso peso; por un lado.

Y por el otro, siempre reconociendo que Das Neves ni miente ni desvaría cuando dice lo que dice, porque los últimos acontecimientos enseñan, o deberían haber enseñado, que las cuestiones de gobernabilidad bien pueden abstraerse de lo que es una correlación de fuerzas desfavorables para un gobierno en el Congreso.

Porque nuestra constitución lo quiere, y no porque el kirchnerismo se burla del Congreso, como generalmente confunden los chamuyeros pseudo republicanistas, la administración de las naturales tensiones que produce la combinación de presidencialismo y federalismo, se procesan, también, rosca mediante entre los gobernadores y el presidente, en este caso presidenta. Lo probó la forma en que resolvió CFK las amenazas de coparticipar cualquier cosa a la chacota que le profirió, durante todo ’10, el Grupo A.

Y en ese entendimiento, la realidad es que el kirchnerismo está muy lejos de ser un sector político incapaz de sentarse a negociar con opositores: lo ha hecho, mucho. Sn mencionar lo poco que se dice del hecho de que coparticipa, sin estar obligado, derechos de exportación. O de cómo mezquinan los gobernas, a sus intendentes adversos, coparticipación, también.

El escenario de la asunción de Cristina en 2007, será muy difícil de repetir: veinte de veinticuatro jefes locales y los casi dos tercios de ambas cámaras legislativas alineados con el ejecutivo. (Pesaba entonces, todavía, y mucho, salvo para el kirchnerismo, lo que el quiebre de 2001 había trasladado, en términos de descomposición, a los partidos políticos: o sea, fue una coyuntura particular, muy especial). Y no es la muerte de nadie.

Probablemente haya, para el próximo período, acompañamiento de alrededor de, grosso mirar, quince provincias, lo cual habría sido envidia de muchos, que con menos que eso, pongámosle Menem (en algun tramo de sus diez años), gobernaron tranquilos: habrá que hacer política, y punto. Mejor para el FPV, imposible.

Y no se trata de que “el kirchnerismo funciona al margen de las instituciones”, sino de que estas no operan en el vacío, su funcionamiento está condicionado, sino determinado, por el contexto político que las encarna, no exento, nunca, de vicisitudes y dificultades, propias del juego político, imprescindible para la vitalidad democrática (¡cuánto chamuyo junto que metí!).

De cara a octubre, habrá mucho más en juego, ni más ni menos importante, que las distintas postas eleccionarias provinciales. Esto no equivale a no otorgar la importancia que merece al hecho de contar con aliados en las provincias, pero cabe relativizarlo en un contexto en el cual, a hoy, pesa más la construcción orgánica, ítem en el cual, mirado el todo del país, el kirchnerismo está mejor que cualquiera de sus rivales.

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