jueves, 18 de noviembre de 2010

El 20 de diciembre de 2001 de la antipolítica

La operación montada por Elisa Carrió, ayudada por, o mejor dicho, a pedido de las corporaciones del establishment, que conspiran agrupadas en AEA bajo la conducción del CEO clarinista Héctor Magnetto, tuvo el final que desde el comienzo mereció, atento que siempre estuvo claro que se trataba de una mentira trocada escándalo para quitarle al Gobierno la herramienta presupuestaria (que estaba por conseguir) y mostrarlo débil y desorganizado tras la muerte de Néstor, pues “se habría lanzado a coimear diputados” en forma poco inteligente.

Con todo, ese cachetazo de Camaño a Kunkel, festejado/justificado por la misma gente que se dice partidaria del diálogo y los consensos amplios, los buenos modales, la necesidad de bajar la crispación y que estuvo durante más de un año echando espuma por la boca por la piña que D’Elía le pegó al colaborador de un funcionario de la última dictadura que lo había insultado más de una cuadra la noche del cacerolazo golpista armado por la derecha mediática, bien puede significar el 20 de diciembre de 2001 de la antipolítica, o al menos el inicio de ello.

Que para armar la fantochada hayan elegido a Carrió, Bullrich, Morán (en un país serio, como le gusta decir a la derecha, este tipo sólo ascensorista podría ser en un Congreso), Hotton y Camaño, no es casual. Son, todos ellos, dirigentes que no tienen partido ni funcionarios con responsabilidades de gobernar a los que responder, por tanto pueden jugar a casi hacer volar por los aires el sistema político, pues podrán dormir tranquilos, mañana nadie los llamará para reclamarle porque le han empantanado la gestión (por eso Fabiana Ríos abandonó la CC).

El fracaso de la opereta -que no es que terminó en escándalo, siempre lo fue- revela el agotamiento del modo Carrió de hacer política, la antipolítica: Personalista, destruyendo poder cuando debería ser al revés, atenta más a apariciones mediáticas y encuestas (con esto quiso levantar el 4% promedio que tiene de intención de voto en cualquiera de ellas), no disciplinada a orgánicas partidarias, desconocedora de lo que es la responsabilidad que implica gestionar, carente de todo sentido del armado y la negociación política normal. Enhorabuena.

A juicio del firmante, el presente es, quizás, el más propicio momento desde la caída de la Alianza para establecer un pacto entre los sectores políticos organizados, a los fines limitar la influencia de aquellos que no son más que monoemprendimientos, partidos vecinales, agrupaciones estudiantiles. No para la cantinela de “armar políticas de estado que duren dos mil años”, sino para restablecer las reglas de juego y los códigos que tan bien manejaba el injustamente denostado Jaroslavsky, cuando la cosa la manejaban tipos como la gente.

Y son tres los factores que confluyen para que así sea: La ruptura del que tal vez era el último código que quedaba en pie (el presupuesto se aprueba) y la toma de conciencia de la gravedad que esto implica por las venganzas que a futuro podrían venir; el resurgimiento de la UCR como organización tras la muerte de Alfonsín; y, por último, la reconfiguración del peronismo peronista, que se abroquela ya indubitablemente y sin pausas ni cuestionamientos en torno a y detrás de de la figura de la compañera Presidenta CFK, luego de la muerte de Néstor Kirchner.

Ya ha hablado este comentarista de las similitudes entre Alfonsín y Kirchner. No es casualidad que las muertes de ambos hayan puesto en vereda a correligionarios y compañeros de cuanto hay de rescatable en sus figuras, dos militantes que le pusieron el cuerpo -la vida literalmente- a la política bien entendida, la rosquera. Si esto finalmente ocurre, habremos de ver el definitivo resurgimiento de los partidos que podrán volver a dar la pelea por qué se los reconozca como únicos habilitados para fungir de intérpretes de la democracia y de las mayorías populares.

Aquella vez fue un helicóptero, esta vez un trompazo. Se trata de dos postales diferentes pero similares. Representan, ambas, finales de ciclo. Lo de Camaño recuerda a esos partidos de fútbol en los cuales el que va perdiendo, por impotencia, sacude al rival con una murra descalificadora. Y eso se da cuando ese que pega forma parte de un equipo que va perdiendo feo. Esa es la moraleja del cuento: Están perdiendo, y feo. No vayan a decir que no les avisamos que iban a terminar así.

P.D.: ¿Qué le queda a Carrió por mostrar, ahora que se le cayó el discurso de la moral atento que, como hemos visto, se trata de una mentirosa, y los mentirosos no son ni morales ni éticos ni cívicos ni republicanos? Finales de ciclo que le dicen.

3 comentarios:

  1. Hola Pablo
    La decadencia del Magnettismo queda al descubierto por la calidad de sus operadores: se le bajó su gran esperanza blanca (Reutemann); se le está por bajar Solá, se le resquebraja la Mesa de Enlace...
    Se va quedando cada vez más solo, o peor aún: con Carrió. Y se acerca cada vez más el momento del ADN
    Un Abrazo

    ResponderEliminar
  2. Hola, amigo, ¡que resultadazo sacamos anoche!: Eso ocurre por no apelar a la construcción, a la organización, que como ya bien dijo el sabio general, es lo único que vence al tiempo.

    Abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Hay recupero de mística.
    Más allá de cómo terminemos ésto: tenemos que volver a "nuestro setentismo" (y ochentismo), donde ganábamos por ser Independiente.
    Había que bancarse, además de la altura, la lluvia, y estar abajo en tres goles.
    Y como merecer, el empate hubiera sido justo.
    Gran Abrazo

    ResponderEliminar

Piense distinto, con pluralidad y objetivamente, aquí: