domingo, 17 de octubre de 2010

"82% móvil" y el año de predominio opositor en el Congreso

“Leyes que salgan por consensos más amplios”, “debates profundos y más técnicos, alejados de la politiquería y la rosca”, “respeto por las reglas”. Toda esa retahíla de frases hechas y lugares comunes inundaban el discurso opositor los días previos al cambio de correlación de fuerzas en el Congreso acaecido en diciembre del año pasado. Desde los relatos, como el de quien habla, que defienden al gobierno de la presidenta CFK, se advirtió que todo aquello era puro marketing, y que lo que en realidad guiaba el accionar opositor era la intención de erosionar la legitimidad del oficialismo gobernante.

Pues bien, los sucesos recientes (la aprobación en el Congreso del proyecto de ley que buscaba el desfinanciamiento y posterior quiebra del sistema previsional y del tesoro nacional en lo que bien podría haber significado la preparación del terreno para la instalación de discursos que propusieran el retorno del sistema de capitalización individual, y entonces la muy sensata posterior observación del mismo en su totalidad por parte de la Presidenta), creemos que nos dan la razón.

Muy probablemente esta haya sido la última discusión grosa del año en el Congreso, ya que no quedan proyectos sensibles a la vista, y a más de eso el oficialismo ha dejado en claro que no tendrá mayores problemas con un hipotético intento por parte del Grupo A de dejar al país sin presupuesto en 2011, reconduciendo el del presente período. Un análisis a vuelo de pájaro por lo que fue la praxis opositora en las distintas discusiones que se sucedieron durante 2010, permiten derribar, una tras otra, todas las citas que encabezan el presente post.

El senador cordobés Luis Juez cuenta, entre sus virtudes, con bastante de sinceridad. “A nosotros no nos une el amor, capaz el espanto”, dijo el día de la trunca sesión preparatoria en el Senado, el día en que se pretendió instalar que el hecho de no dar quórum en el Congreso constituía un delito. “Si nos saltamos algunas reglas es lo de menos, lo importante acá es que se puso la discusión en agenda”, espetó cuando en la cámara alta se aprobó en forma inconstitucional la modificación de la Ley del Cheque. El último miércoles, debatiendo el “82% móvil” –tal el nombre que se le puso al intento de hacer quebrar al estado-, tuvo el tupe de reconocer que a lo que estaban por aprobar, en esa forma el sistema previsional no lo aguantaba. El vicepresidente opositor dijo algo similar: Poniendo el carro delante de los caballos, votó a favor del lamentable proyecto que sirvió para jugar demagógica e insensiblemente con las necesidades de clase pasiva, “y el financiamiento después lo discutimos” –algo así expresó en su fundamentación, “a confesión de partes…”-, cuando en realidad las discusiones deberían haberse dado al revés, siendo que el cumplimiento del proyecto se estipulaba en treinta días, y los recursos extra a los que hipotéticamente se quisiera haber acudido, habrían tardado mucho más en empezar a ser percibidos. Ni hablar de contribuciones patronales, no sea cosa que se les enojen sus jefes, los sectores de privilegio. Si realmente hubiesen querido encontrar fuentes de financiamiento alternativas para redistribuir hacia los ancianos, tenían, se vio luego, capacidad para imponerlo (hace mucho, por ejemplo, plantean la necesidad de crear determinados impuestos -renta financiera, juego-, con un año de mayoría parlamentaria ni proyectos que lo insinúen han presentado). El supuesto centroizquierda lo planteó tímidamente en Diputados, para acabar agachándose ante la derecha mayoritaria, otra vez, como durante buena parte del año, confirmando que su orientación ideológica lo és solamente de la boca para afuera. O sea: "Yo me llevo los laureles de la creación del derecho, vos peleate con todos y carga los costos de hacerlo efectivo". Y esto, sin entrar a decir que, lisa y llanamente, el proyecto iba en contra de lo estipulado por la ley de administración financiera, en cuanto a que cualquier proyecto de gasto que se plantee por fuera de lo previsto en el presupuesto, debe, obligatoriamente, indicar a cuanto ascenderá el mismo, y con qué será cubierto. Pasa a un segundo plano si había o no con qué solventar la propuesta: Lo cierto es que deberían haberlos especificado y no lo hicieron.

Todo lo sucedido en torno al “debate” por el “82% móvil” es un buen resumen de lo que resultó el año en que el kirchnerismo perdió el control del poder legislativo. Desde Segundas Lecturas participamos de la tesis que rezaba que Resto del Congreso buscaría que Cristina tuviese que vetar una ley por semana. Resultó que fue tan amateur el modo opositor de conducirse, que recién en octubre lograron hacer pasar por ambas cámaras un proyecto que verdaderamente molestase al oficialismo.

Antes, todos fueron fracasos. Motivó ello, por un lado, de desinteligencias propias: El reparto de comisiones ocupa el uno del ranking en este ítem. Nada de lo decidido en lo que tiene que ver con la conformación de comisiones reflejó, a fin de cuentas, los verdaderos niveles de representación política existentes en el pleno de las cámaras. Se votaron repartijas de lugares en función de privilegiar la construcción de una alianza que no existía en términos ideológicos. Los proyectos pasaron las fases previas con una facilidad tal que no se condecía con lo que después era la aceptación de los mismos en las discusiones ampliadas. Como todo se trataba no de otra cosa que de buscar derrotas políticas del oficialismo, se dejaba la tan mentada “construcción de consensos” para la discusión general. Al kirchnerismo, injustamente subrepresentado pese a ser por lejos el bloque con más legisladores propios (en ambas cámaras supera por más del doble de integrantes a su más inmediato perseguidor), no se le permitía meter bocadillo en el diagrama de temarios. Luego, “la” oposición, que no era el tal “la”, dado la híper diversidad opinológica de que estaba integrada (aparte de las divisiones internas que implican intentar unir en el plano nacional a quienes en sus terruños son rivales), no podía garantizar quórum pese a ser “número” en los papeles, y el culpable resultaba ser, como no podía ser de otra manera, el oficialismo, al que insistentemente se acusó de no prestarse a sesiones en cuyas confecciones no le era permitida la más mínima opinión. Como si estuviera obligado a prestarse a su propia derrota y sin poner condiciones.

No valen las comparaciones con lo que el FPV hacía cuando era mayoría de verdad: Siempre tuvo lo necesario para imponer la puesta en agenda de las discusiones que le interesaban, la habilitación de las sesiones, y la aprobación sin cambios de sus iniciativas; el Grupo A este año, no. Y el del Congreso, bien dicho está que es la mejor expresión de la democracia representativa-republicana, es un ámbito que procesa diferencias mediante mecanismos de mayorías, y punto. Si Resto del Congreso no pudo procurárselas, no le asiste razón en sus acusaciones al kirchnerismo, pues si quería hacerse de su concurso para “hacer funcionar las cámaras” (en realidad funcionaron durante todo el año, que los distintos temas no muevan interés a ser debatidos no implica ausencia de funcionamiento de las mismas), debería haberlo negociado. No pudo hacerse eso porque desde hace mucho participa de discursos dominantes que sostienen que el kirchnerismo es una enfermedad que debe aislarse, con lo que cualquiera que ose siquiera sentarse a tomar un café con él cae inmediatamente en desgracia.

Por otro lado, hasta que se presentó la ley de desfinanciamiento del estado, la agenda estuvo plagada de discusiones que no mueven el amperímetro (Consejo de la Magistratura, INDEC, los mal llamados superpoderes, ley reglamentaria de DNU, Ley del Cheque, glaciares). Estéril la hipótesis inicial –un veto por semana, desgaste sin prisa pero sin pausa-, y con el reloj de las sesiones ordinarias en tiempo de descuento, se optó por intentar cargar todos los costos en un solo proyecto, ese sí atravesado por demandas sociales de larga data y sobrada justicia, pero que nunca formó parte de las plataformas del Grupo A, y, paradojalmente, presentado por quienes durante toda su vida participaron del desquicio al sistema previsional, y no acompañaron ninguna de las medidas que este Gobierno -el que más hizo en la materia desde 1983- viene tomando para reconstruirlo (inclusión de 2.500.000 tipos que nunca se hubiesen podido jubilar, estatización de AFJP´s, movilidad jubilatoria), una reconstrucción que, se quiera o no, será lenta, pero que, así y todo, lo tiene como el más igualitario y amplio de Latinoamérica. Pero se lo hizo tan mal, tan con malas intenciones, que todo derivó en la agitación fallida de una discusión que, hay que admitirlo, hace falta dar. Veamos.

Al kirchnerismo, que sólo por citar algunos ejemplos, logró la aprobación en el Senado de la estatización de las AFJP por 46 a 18 y de la Ley de Medios por 44 a 24, se lo solía acusar de no procurarse “grandes consensos en temas que así lo requieren”. Optamos, para el caso, por dos casos en los que casi se llegó a los dos tercios de voluntades -63% y 61% del total, respectivamente- los que impiden eludir vetos (bien dijo al respecto Jorge Yoma que es ese el número que implica una verdadera mayoría opositora, por cuanto el presidente es como si fuese un legislador más, con el que se debe acordar se quiera o no, porque está constitucionalmente dotado de la facultad de opinar sobre los proyectos que surgen en el seno del legislativo): ¿Cuánto más consenso que eso es necesario para los autodenominados adalides de la república? Los únicos dos éxitos opositores en el período de Cristina –retenciones móviles y el del otro día- fueron lastimosos: Rasguñaron sendos empates senatoriales (gracias a las amenazas a Rached por parte de ruralistas -que le hicieron torcer su voto- en la primera; gracias a que se ausentó el radical catamarqueño Oscar Castillo, contrario al "aumento" en las jubilaciones, en la segunda) y se hicieron del triunfo gracias a los dos únicos votos de un vicepresidente en contra de su gobierno que registra la historia del país. A propósito de la nueva defección de Cobos para con la plataforma que le otorgó legitimidad al ser electo, nótese la siguiente paradoja entre las tantísimas ya mencionadas: Al rechazar la 125, Cleto manifestó que no servía que una ley saliera tan forzada, porque de haber nacido lo hubiera hecho por apenas un voto de margen. ¿Y ahora no salió forzada, casi pidiendo permiso? Pero, claro, desde los grandes oligopolios mediáticos se ensalzó a ambas como momentos de éxtasis republicano y se las instaló como decisiones dotadas del acuerdo de todo el mundo.

Y bien podríamos dejar de lado, por lástima y para no apabullar, los cuasi nulos acompañamientos que en las calles hubo para ninguna de todas las esperpénticas iniciativas que presentó Resto del Congreso a lo largo del año, muy distinto a la Plaza del Congreso que varias veces supo inundar el kirchnerismo cuando planteó sus debates insignes. Proyectos, todos ellos, de poca observancia a requisitos legales y constitucionales, de los que ya hemos hablado sobradamente en Segundas Lecturas. Y que adolecieron, también, de mediocridad y derechismo explícito. Distintos senadores radicales tiraron muy disímiles cifras acerca de los costos que implicaba el proyecto. El investigador del CONICET, Damian Panigo, se encargó con excelencia de destrozar punto por punto el proyecto del “82% móvil”, sentenciando lo veraz del discurso oficial en cuanto a la ausencia de recursos para hacer frente al mismo, agregando que abonaba a la desigualdad entre los beneficiarios. Y finalizando, detalle este no menor, con que el apuro a desinvertir el Fondo de Garantía de Sustentabilidad que no se quiere imponer a los medios para desinvertir los medios que tienen en falta a los límites impuestos a la 26.522, tiene que ver con que determinados embriones del establishment que supieron hacer muy buenos negocios cuando vivían las AFJP (a las que nunca se le exigió ningún piso mínimo de haberes, ni dar cuentas de en qué invertían los fondos) pretendían volver a actuar en desmedro de lo jubilados. Y, por supuesto, quitarle al estado una herramienta impresionante que le permite dinamizar la actividad económica. Le pese a quien le pese, el proyecto era pésimo, no iba a mejorar la vida de nadie, el ANSES no hace mal uso de sus fondos (que no son "de", sino "para" los jubilados, y, además, al ANSES no le cabe unicamente responsabilidad con los jubilados, sino con la previsión social toda, en la cual el haber de los pasivos es solamente uno de varios ítems), y a "la" oposición no le corresponde andar reasignando partidas presupuestarias.

¿Por qué nadie se ocupó de invitar a ese investigador al debate en comisiones? ¿Por qué sí se invitó a Bossio, titular del ANSES, pero para nada, pues se firmó el dictamen de aprobación del proyecto al mismo tiempo que el funcionario hacía su exposición? ¿Hubo audiencias públicas abiertas y plurales como las que antecedieron a la llegada al Congreso de la Ley de Medios? ¿Por qué no hubo polémica en torno al voto "como opositor" del senador oficialista Marcelo Güinle, como sí la hay cada vez que algún integrante del Grupo A vota "como oficialista"? ¿Por qué no existe ni una sola voz respetable del ámbito académico que haya bancado la movida, como sí hubo muchos de ellos que bancaron la nueva regulación del espectro audiovisual? ¿Por qué, finalmente, quieren hacer creer que la cifra mágica, “82% móvil”, es la solución a todos los males de la vida de los jubilados? ¿En base a qué se ha establecido que ese debe ser la cifra aceptable? ¿Lo es realmente?

De respeto formal, entonces, poco. De rosca, un montón. De malas intenciones, ni hablar.

Hay, con todo, y fieles como somos a la tesitura de ver siempre la mitad llena del vaso, algo positivo. El nivel de debate se ha profundizado, complejizado, multiplicado, enriquecido. El nivel de exigencia, ídem. Y eso, no hay vuelta que darle, es porque viene precedido de avances anteriores. Es la mejor expresión de que los tiempos actuales no son para nada los ideales, pero sí son mejores de los anteriores. Ahora dicen todos que quieren repartir, más que el kirchnerismo, que no lo hace realmente ni sinceramente, aventuran, todo lo que, vaya cosa, el kirchnerismo ha acumulado. Es decir, hoy se puede repartir porque el kirchnerismo ha conseguido que haya con qué hacerlo. Y lo quieren hacer los que nunca supìeron juntarla, ni mucho menos se preocuparon por repartirla. Ajá. Todo muy coherente, honesto intelectualmente y, sobre todo, creíble, ¿como que no? Salud por eso, de todas formas.

2 comentarios:

  1. Es bueno que recuerdes los números de la estatización de las AFJPs y la Ley de SCA. Si nos fijamos en los dos "grandes triunfos opositores" en el Congreso -mediáticamente hablando-, ambos fueron empates desempatados luego por el representante en el Senado del Poder Ejecutivo, que votó, como ya sabemos, cual si se tratara del líder opositor que tampoco es.

    ¿Tenemos que sentarnos a esperar las grandes movilizaciones populares en apoyo a los proyectos sobre el Consejo de la Magistratura, la reglamentación de DNUs y demás temas que son la preocupación cotidiana de los argentinos?
    Voy a buscar un almohadón...

    Abrazo, Pablo.

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  2. Lo más importante de todo, Ricardo, es que ha quedado claro, por suerte, que todos, absolutamente todos los debates que se dan en el seno parlamentario están atravesado, para nuestro beneplácito, por trasfondos ideológicos, en lo que significa que, progresivamente, se está dando el sinceramiento por parte de los actores del arco dirigencial respecto de para quienes juegan y cuanta honestidad hay realmente en sus discursos.

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