lunes, 6 de septiembre de 2010

Que no copen la parada Reloaded (Sobre Papel Prensa v. II). La discusión que sí hay que dar.

Es, la de Papel Prensa, una historia que reenvía a discutir muchos otros ítems, varios de los cuales han sido materia de debate en los últimos años, los de gobierno K. A fuerza de conciliar con la sinceridad, todos, pero en especial alguien que, como quien esto escribe, es estudiante de derecho, deberíamos abstenernos de emitir juicio respecto de actuaciones judiciales que no hayamos examinado exhaustivamente. No obstante ello, varias de las cuestiones que hacen a la problemática madre trascienden lo estrictamente legal y nos interpelan a todos los que siempre hemos estado interesados en el debate político, siendo que en esta historia convergen, también, muchas implicancias en ese sentido.

Es, para empezar, objetivamente indiscutible que la pareja presidencial ha convivido durante mucho tiempo en paz con aquellos a quienes hoy se imputan crímenes aberrantes. Pero ello no debería fungir de “sí, pero” a que finalmente sea colocada en agenda la investigación sobre la venta de la papelera. Cabe recordar, cuando se oyen este tipo de argumentaciones, que no es porque sí que para los delitos de lesa humanidad se haya previsto la imprescriptibilidad. Parece una perogrullada, pero las víctimas de tales aberraciones no pierden sus temores apenas derribados quienes los oprimieron. No todos, al menos. Y no suena muy noble dudar de las motivaciones que haya podido tener para declarar quien se conoce que, efectivamente -sea antes o después del traspaso accionario en cuestión-, sufrió secuestro, tortura y vejaciones varias, sea cuando sea que la confesión se haya producido. Sentado ello, uno supone que debería haber, al lado, una reflexión acerca del papel de la sociedad civil durante la dictadura, de las relaciones de todo tipo que con los jerarcas establecieron varios de los más importantes estamentos corporativos del país, y de las implicancias que, a posteriori, todo eso significare para la salida democrática. Porque es innegable que el golpe no llegó porque sí, sino que vino precedido de sonoros reclamos que, en pos de la llegada del poder armado, hicieron las más pesadas y aun vigentes entidades empresariales. Ese reclamo (y, más luego, también apoyo) fue bien retribuido por los milicos. Hay círculos que cierran en todas estas historias. Era, fue, un ida y vuelta permanente. Porque a renglón seguido, vale la pena rastrear cual fue el papel de los grandes medios durante los años de plomo, y habrá que concluir que no cabe otro calificativo que el de lamentable. A ver, acéptese que era difícil para la prensa contar todo lo que en materia de violaciones a los DDHH ocurría. Anda por allí un imprudente llamado Robert Cox que puede decir lo contrario, pero igualmente tómese por válida la premisa, siquiera a modo de hipótesis de trabajo: No era fácil informar, de acuerdo. Pero una cosa es eso, y otra muy distinta es haber editorializado o mentido acerca de determinados procedimientos que emprendió el ejército contra la ciudadanía –sobre todo contra la porción de aquella que no estaba involucrada en militancia ninguna, lo cual viene a echar por tierra la estúpida teoría de los dos demonios, el enorme engaño que encerraba aquello de que “los militares llegaron porque había una guerrilla desbocada”-. Del mismo modo, nada puede justificar haber hecho propaganda de un oprobioso modelo económico que perpetró el genocidio (y fue condicionante supremo) a lo largo de los posteriores veintisiete años de democracia (y contando) que llevamos.

¿No hay lugar a pensar que si se hacía lo uno –bancar el relato procesista- era porque había lo otro –en este caso la obtención de la papelera, más otras cuantas concesiones que hubo-? ¿Cómo puede uno poner tan fácilmente en el banquillo de los acusados a una víctima de terrorismo de estado, pero le cuesta tanto asumir que es justo intentar determinar las vinculaciones civiles que tuvo el golpe?

Es un debate muy necesario. Papel Prensa es quizás el más claro ejemplo de cual fue la alianza social que sostuvo al Proceso, con un estado obteniendo legitimación de su accionar, mediante la construcción de sentidos que ejercieron los que, a cambio de ello, obtenían frondosos negocios. Y esto tiene reminiscencias en la actualidad. Porque todos los que en su momento pujaron por instaurar lo que finalmente no fue más que una herramienta para la consecución de un modelo de negocios que lo beneficiase indefinidamente –que, vale reiterar, es la única razón por la cual hubo el golpe de de 1976-, siguen allí donde estaban, a pesar de que el instrumento pasó: ese, el ilegal, pero también otros legítimos que nunca supieron, quisieron o pudieron ponerse firmes para dejar de ser gendarmes empresariales en lugar de serlo del pueblo que los consagra. Y siguen en pie no de cualquier manera, sino insistiendo en fórmulas que fueron el fracaso de varias generaciones de una sociedad.

Ya no pueden fogonear salidas armadas, pero sí han condicionado todos los gobiernos que hubo desde 1983 a la fecha. No es este, claro, un fenómeno que únicamente ocurra en Argentina. Este comentarista considera oportuno traer aquí una reflexión del senador chileno Carlos Ominami, de la Concertación, quien le dijo a José Natanson en el libro “La Nueva Izquierda” (una especie de biblia para quien esto escribe, vital para el entendimiento del actual proceso político sudamericano), que el problema chileno sigue siendo la desigualdad, y que se hace difícil combatirlo dado el poder que continúan acumulando los sectores privilegiados de por allí. Menciona, entre otras cosas, la llegada al poder mediático de los fulanos (quienes, ¿casualmente?, empezaron a hacerse duros durante el pinochettismo) como factor de presión. El regimen de Pinochet y el Proceso de Reorganización Nacional fueron hermanos gemelos. Debería llamarnos a la reflexión.

“Se discute poder, esta es una pelea por ver quien la tiene más larga”. Vaya novedad. Claro que es así, y en buena hora que lo sea. Para que la disputa pueda ser saldada, de una vez por todas, en favor de la política, único modo que tiene la sociedad de empardarse con los poderes fácticos. Nunca, por otro lado, los cambios surgen de otra cosa que no sea la disputa de intereses. No existe que los procesos de renovación se den en calma. Puro chamuyo para atemperar las cosas de parte de quienes nunca quieren que nada cambie.

Aquí no está en discusión ni en juego, la libertad de expresión. Dirimir el poder que, sin ningún derecho, disputan los dueños de lo que bien denomina Eduardo Aliverti como “megacorporaciones que, entre otros negocios, manejan multimedios”, no equivale a poner en jaque las libertades cívicas, ni mucho menos, hasta más bien absolutamente todo lo contrario (viene bien tener presente la distinción que hiciera Raúl Degrossi entre periodistas y dueños de medios). Libertad de prensa no es sinónimo de andar presionando por nuevas posibilidades de hacer dinero, aún si esas presiones son receptadas. Porque el poder fáctico, hasta donde se sabe, no está entre los mencionados por la Constitución Nacional en su parte orgánica.

No Néstor ni Cristina Kirchner, sino Raúl Alfonsín, fue destinatario de un “me lo hacen mierda” de parte de la señora Ernestina Herrera de Noble, cuando el extinto líder radical dijo, a grito pelado y con su pulgar en alto, que Clarín era “un ejemplo vivo de contra qué tienen que luchar los argentinos”.

No Néstor ni Cristina Kirchner, sino Carlos Menem, oyó como Héctor Magnetto le decía que el de Presidente de la Nación es un “puesto menor”, cuando el riojano acusó al CEO clarinista de querer usurpárselo.

No Néstor ni Cristina Kirchner, sino Adolfo Rodríguez Saá, supo decir que a él lo habían barrido Duhalde y Magnetto, cuando se opuso a efectuar una brusca devaluación como la que luego vino, y que en una semana de gestión debió reunirse con el RRPP del grupo, Rendo, nada menos que tres veces.

No Néstor ni Cristina Kirchner, sino Eduardo Duhalde, se dice que habría recibido una dura advertencia apenas asumió: "La tapa del domingo puede venir con nafta o con agua". Se le pedía devaluación y licuación de deudas, a cambio del guiño. Es solamente un trascendido, pero ha de haber funcionado, a juzgar por el posterior tristemente célebre "La crisis causó dos nuevas muertes".

No Néstor ni Cristina Kirchner, sino César Jaroslavsky, dejó para la posteridad la frase “Ojo con Clarín, que ataca como partido político y se defiende con la libertad de prensa”. No Néstor ni Cristina Kirchner, sino Ricardo Lafferiere (ex senador de la UCR durante el alfonsinato), fue quien sufrió el castigo de tener que finalizar su carrera política, simplemente por haber propuesto una ley de derecho a replica.

Jorge Fontevecchia, a quien nadie podría catalogar de kirchnerista, supo escribir (en la edición de Perfil posterior a la media sanción de la Ley de Medios, ): Se discute quién manda en la Argentina y, aunque no lo parezca, para algunos legisladores es la segunda parte del “que se vayan todos” de 2002. Desde la perspectiva de ciertos políticos, los grandes responsables del fracaso de la Argentina que desembocó en la salida explosiva de la convertibilidad son quienes tuvieron el poder en los 90, que no eran los políticos sino las grandes corporaciones. Y Clarín es su quinta esencia porque influye determinantemente sobre AEA, la Asociación de Empresarios Argentinos, y a la vez encabeza la corporación de la comunicación.

Con todo eso, ¿como hay el coraje de ponerse del lado de quienes se dicen guardianes de la palabra cuando en realidad no hacen y han hecho siempre con ella más que tenerla de instrumento de presión para sumar nuevos negocios? Si Clarín, como se dice (y es cierto), antes arreglaba con los K, y ahora no lo hace, ¿qué era lo que daba a cambio en el tal arreglo? ¿Callarse cosas que ahora sí dice, tal vez? Entonces resulta que el amor a la libertad se negocia según convenga. Y es que el concepto mismo de periodismo, en el marco actual de las conformaciones empresariales en las cuales se desarrolla, es muy cuestionable, pues ha trocado lo que debería ser fidelidad a la honestidad profesional e ideológica y coherencia, por fidelidad a los patrones de sus empresas.

Volviendo a Robert Cox, fue vivado por la corporación mediática por haber dicho que Chávez era un dictador. Pero nada se dice de que también destacó el momento actual de la Argentina como el de mayor libertad de prensa que él haya visto, que era lindo que se pudieran discutir libremente todos los temas, que Magnetto siempre, para él, anduvo “detrás de algo”, que son necesarias leyes para frenar las corporaciones comunicacionales porque son dañinas, que es un problema que los medios tengan vinculaciones con empresas comerciales, que él mismo hubo de estar en listas negras de LN, que el papel de los socios de PP durante la dictadura fue el que fue porque ellos estaban del lado de los militares. En fin.

Un simple repaso como este (burdo, torpe, desprolijo, liviano si se quiere), dice muchas cosas. La principal, seguramente, es que está la posibilidad para quienes no se sientan seducidos por el kirchnerismo de no estar al margen de la disputa que se abre. Porque bien se ha dicho por estos días, que a este gobierno se lo puede cambiar. De hecho, se han cambiado los gobiernos que han hecho falta cambiar. Pero Clarín ahí está. Que no le hace ningún bien a la democracia que siga así como está. Y que sí hay la posibilidad de cambios en la vida de cada uno si se modifica su capacidad de influencia, porque de hecho hubo cambios -para mal- a partir de que la adquirieron.

3 comentarios:

  1. Nada de burdo o desprolijo hay en este excelente repaso, Pablo.

    Me pareció para el aplauso tu explicación sobre la razón de la imprescritibilidad de los delitos de lesa humanidad. Da por tierra con el argumento de "¿por qué ahora?".

    Y el recuento de los ataques clarinescos a todos y cada uno de los Presidentes que vinieron luego de la restauración democrática (con excepción de Duhalde, al que quisieron cubrir con esa recordada tapa que responsabilizaba a la crisis por las muertes de Kosteki y Santillán.

    Voy a buscar el libro que recomendás.

    ¡Abrazo!

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  2. Gracias, compañero.

    Sobre todo por lo de las cuestiones de lesa humanidad. Lo triste, de todas formas, es que haya la necesidad de explicarlo.

    Y da asco que exista el "¿por qué ahora?". A veces me dan ganas de reflotar aquel post que te mandé para que leas en privada, pero cambiar el "estúpidos", por "hijos de mil putas".

    Dicen, pero no lo puse porque no está confirmado, que Duhalde recibió un "la tapa del domingo puede venir con nafta o con agua". Quizás lo agregue, aclarando que es mero trascendido.

    No te puedo creer que no leiste "La Nueva Izquierda". No te lo pierdas, no tiene desperdicio. Vas a ver que sacás muchísimas cosas para los posts, porque es casi profético.

    Ya de por sí Natansón es grosso como analista no establishmentero.

    ¡Saludos, suerte!

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  3. Hola Pablo
    Excelente. Nos llevaste a pasear por el averno, visita muy bien guiada. Realmente muy bueno.
    Te mando un abrazo

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