miércoles, 7 de julio de 2010

Y a pesar de todo… (Reflexiones acerca del primer aniversario de la derrota oficialista en las legislativas del 28 de junio de 2009)

Un poco por falta de tiempo y otro poco por decisión propia, el análisis en torno al aniversario de la derrota kirchnerista del 28/J/09 se retrasó una semana. Hay un tercer motivo para esto: los escasos o nulos resultados obtenidos por las distintas coaliciones triunfantes en aquella elección legislativa en el año que transcurrió.

Pugnaban dos lecturas respecto del resultado los comicios por aquellos días: la que directamente decía que el gobierno no llegaba a 2011; y otra que sostenía que “había que hacerlo llegar”, entendiendo lo entrecomillado por “te podes quedar, pero haciendo lo que se te dice” (porque muchos han sostenido que la única voz que hay que oír es la de 2009 y que la de 2007, que consagró presidenta a CFK, no interesa nada).

Pero, ¿por qué en el primer párrafo se habla de nulos resultados? Bueno, por partes. Los distintos candidatos opositores poco profundizaban en la campaña de 2009 en cuanto a propuestas y oferta de trazos alternativos al kirchnerismo. Hablaban de la “calidad institucional” –que supuestamente falta(ba)-, el “aislamiento internacional” –el más evidente de todos sus ardides- y los problemas que –siempre en el plano de los supuestos-, tenía (o tiene) “el campo”. Pero todo muy superficial.

Así que como no fuera por inferencia o deducción del real significado de los mencionados postulados/slogans de campaña o por alguna línea que se tiraba desde los editoriales de Clarín y/o La Nación; con más un par de prudentes ejercicios de revisionismo histórico respecto de las trayectorias de los postulantes, en concreto había poco y nada. Más nada que poco.

Lo que sí, jugado el partido en el terreno mediático y con las cadenas corporativas del establishment operando fuertemente en contra del oficialismo, todo lo que el gobierno advertía respecto de sus adversarios (incurriendo en un error de campaña, nunca se debe apelar al caos, por más que el otro ciertamente lo represente), fue hábilmente disfrazado.

Pasadas las elecciones, y hasta la asunción de los triunfadores de junio –que se produjo en diciembre en virtud del adelantamiento eleccionario- con facilidad, y a partir de allí hasta hoy con mayores dificultades, el gobierno retomó la iniciativa: de gestión sobre todo (ley de medios, futbol para todos, Asignación Universal por Hijo, pago de deuda con reservas, refinanciamiento de deudas provinciales, designación de Marcó Del Pont, entre muchos otros); y también política, donde empezó a rosquear más y mejor (asados varios, con empresarios, con el sindicalismo, con la tropa legislativa propia, con gobernadores que lo quieren mucho, poco, poquito y nada).

Un oficialismo golpeado, pero galvanizado internamente, sólido, estructurado, cohesionado en torno a un liderazgo y con un proyecto -sustentado en acción y archivo- que ofrecer; frente a una oposición fragmentada, sin unicidad, organicidad ni conducción (hecho que le valió la denominación de Resto del Congreso –de Diputados o del Senado, según el caso- por parte de Segundas Lecturas, por las tan numerosas como distintas entre sí fracciones que lo componen: PRO, PJ de derecha, UCR, Proyecto Sur, Libres del Sur, Socialismo de derecha, CC, GEN –agua y aceite, Pino y Pinedo-).

Por si todo ello fuese poco, le cuesta a “la” oposición (entre comillas porque hablar de eso como si se tratara de un todo orgánico, sería demasiado antojadizo) sincerar voluntades, siendo que prometió en campaña tanto no llegar para poner palos en la rueda al gobierno, cuanto no representar el retorno al neoliberalismo o la restauración conservadora.

La verdad es que en todas y cada una de las discusiones que se dieron desde el 28 de junio, tanto las ya mencionadas que promoviera el gobierno cuanto el festival de medias sanciones que a duras penas ha conseguido la oposición (ley del cheque, ley reglamentaria de los DNU, Consejo de la Magistratura en base a mentiras –de esto hablaremos en un pronto post-, dictámenes de reforma del INDEC y del 82 % móvil para los haberes jubilatorios), se dejó ver, y muy a las claras, que los fantasmas agitados en la campaña, de fantasmas tenían poco. “La” oposición es la derecha, por mandado encima, y santas pascuas.

Obligar al oficialismo a ajustar, retroceder en la tarea de desmontar el modelo construido a partir de 1976, olvido y perdón para los genocidas del proceso y sus aliados civiles, freno a la redefinición del rol del estado interventor, intento de instalación forzada de un país crispado y aislado. Todos las deseos que, con dificultad, intentan promover los esperpénticos representantes del archipiélago opositor para contentar a la Corpo mediática que los instruye y sin la cual no tendrían cabida alguna en la escena pública (cuesta creer que Silvana Giudice, Patricia Bullrich, Oscar Aguad, Fernando Iglesias, pudieran figurar como no fuere por su servilismo al establishment agro-mediático-financiero).

Esto se vio patente en el fallo por medio del cual la CSJN liberó la ley de medios de la ridícula e ilegal suspensión que sufría: los cortesanos mandaron –claro que muy elegantemente- a freír churros a un diputado que acudió a estrados en representación y defensa de los señores de los poderes fácticos (Wainfeld dixit). “Que vengan ellos si quieren algo, ustedes están para otra cosa”.

El rejuntado sucumbió una y otra vez, porque le costaba (le cuesta) pararse en las discusiones. Por incapacidad política (el peor de los hombres del oficialismo le pinta la cara sin la menor dificultad al opositor que sea que se le pare enfrente, remember Boudou vs. Morales) y porque no atina a encontrar un relato que le rinda: que no lo muestre impopular por todo lo funcional que es al verdadero antagonista del modelo K, o sea el establishment agro-mediático-financiero (con la guía principal, aunque no única, de Clarín) y todo lo que representa; pero que, al mismo tiempo, le sirva para mostrarse como alternativa no repugnante al piso construido por el kirchnerismo, con algo más que los discursos vacíos de “la calidad institucional, el diálogo y consenso”, que no mueven el amperímetro ni le cambian la vida a nadie. Menuda tarea. Sin eso no hay política.

En resumen: el kirchnerismo está, a un año vista de lo que se creía su episodio final, bastante mejor de lo que imaginaba. Tanto que hasta los mismos que el año pasado lo anunciaban muerto, ahora advierten sobre sus chances ciertas de triunfar en 2011, dato no poco significativo: ¿de cuántos otros movimientos políticos se ha sabido que tengan semejante expectativa, con dos mandatos, siete años y varias peleas deslegitimadotas cargando sobre el lomo?

He allí, en las ciertas posibilidades que tiene el kirchnerismo de seguir dando pelea, la semilla de la aversión que genera, hoy desatada a niveles demenciales más por parte de las corporaciones comunicacionales que otra cosa cual se apreció en los festejos por el bicentenario, en los que cayó el mito de “una Argentina crispada” (y que, justamente por eso, da lugar a que el periodismo dominante invente persecuciones, ataques, escraches, censuras y otras tantas mentiras, justo en el período de mayor libertad de prensa –si por esto entendemos cantidad de lugares en los que se putea contra el gobierno- que se recuerde).

Con todo, hay algo no menor de lo que alegrarse (al menos quienes, como uno, siguen creyendo en el kirchnerismo). Y es que si genera dificultades para el arco anti K mostrar una alternativa real a esto que se vive (que no es mucho, pero es más que lo que se haya visto desde 1983 a la fecha), es porque debe haber la certeza de que bastantes de las cuestiones que promovió este gobierno ya han sido internalizadas como buenas por el grueso social. Pavada de logro, ¿no creen?

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