miércoles, 9 de junio de 2010

Feliz día

Hace apenas unos días los periodistas festejaron su santo. Momento particular el actual, si los hay, para ejercer el periodismo.

Es el primer día del periodista desde la sanción de la nueva ley de servicios de comunicación audiovisual. El debate de esa ley (el más amplio que se recuerde desde la recuperación democrática, tanto por el tiempo que insumió el mismo, así como por la cantidad de actores que se vieron involucrados en el proceso de elaboración y modificación del articulado), abrió un escenario de disputa inmenso y caldeado acerca del rol del periodismo en la sociedad, o de la actuación de quienes lo ejercen. Sano debate, en definitiva.

Muchos, o casi todas las caras principales de los grandes medios masivos de comunicación están descolocados. Porque aun quienes no acompañaron furiosamente el proceso que desembocó en la por ahora suspendida ley de medios (vale enfatizar el por ahora, porque mucho más no va a durar la obstrucción), han tomado nota de algo que tiene muy incómoda a esa elite comunicacional: la desaparición de los no – lugares.

Se terminó el mito del “periodismo independiente”, entendiendo tal concepto como pretenden venderlo muchos (no importa quienes, todos saben a quienes se refiere esta nota).

El fenómeno de las megacorporaciones empresariales, que han adherido a los muchos intereses que manejan la propiedad de medios de comunicación como uno más en la lista de sus negocios, impiden que un periodista sea “independiente”. Cuesta no imaginarlos como voceros de los caprichos de los dueños de los distintos grupos a los cuales prestan servicios.

Muchos de quienes arriba nos referimos, suelen decir que el periodismo “debe” ser independiente. Y agregan, para dejar tranquila a la/su tribuna bienpensante, el hecho de que deben serlo “no solo” de los gobiernos, sino también “de las empresas, los dueños de los medios y demás”.

¿Por qué?

Si justamente el día del periodista se festeja los 7 de junio en memoria de la fundación de La Gaceta de Mariano Moreno, el órgano oficial de la Revolución de Mayo, nacido para llenar de mimos y elogios a los revolucionarios y ocultar lo más posible –no imprimiendo tanto el diario mediante- las noticias amargas, o directamente ni hacer mención de ellas. ¿Alguno de los actuales osaría siquiera compararse a Moreno?

También Jean-Paul Sartre, el fundador del periódico de izquierda Liberation y símbolo del comunismo y el mayo francés, fue un ejemplo del periodismo pero militante. ¿Alguno de los actuales se cree a la altura de los talones de Sartre, acaso?

¿Por qué la independencia es el carnet habilitante a la excelencia periodística? ¿Quién lo otorga? ¿En base a cuales antecedentes? ¿Qué requisitos son necesarios para obtenerlo?

Va de suyo que desde Segundas Lecturas no se cree en el engendro de la independencia. Y tampoco, que eso signifique un pecado. Mil veces es más valorable aquel que sincera desde donde está hablando que aquellos que camuflan sus mas profundos sentirse bajo la apariencia de un supuesto ascetismo.

Porque lo cierto, acá, es la total y absoluta imposibilidad de que un periodista y programa, relaten algo (cualquier cosa que sea) sin bajada de línea, sin teñirlo de la propia subjetividad, sin construcción al respecto de, sin elegir lugares y momentos. O menear la aparición y/o desaparición de equis tema según la conveniencia. Todo absolutamente válido y legítimo, siempre que se asuma que así es, claro.

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Los periodistas se sienten actualmente amenazados. ¿De que tipo de amenaza se habla? De violencia física, seguro que no. ¿Qué hecho podría citarse como sustento de dicho relato? Acá de lo que se trata es de un velo que se ha caído, para siempre: el de la (im) parcialidad.

El miedo, uno se permite inferir, es a que cada vez más y más gente (gente, como a ellos les gusta llamarle), se decida a interpelar lo que les oye decir y les lee escribir. A que cada vez mayor cantidad de gente se haga preguntas tales como: ¿Por qué este dice lo que dice? ¿Cuanto tiene que ver este empresario que invierte en este medio pero tiene negocios en este otro lado en lo que fulano, o mengano dijeron hoy en tal lado? ¿Ahora se acuerdan de esto que pasa, por que será?

Y tienen miedo –continuando con nuestra hipótesis- porque, primero, no sabrán como manejarse, siendo que se acostumbraron demasiado a vivir en la aparente neutralidad, que siempre es un lugar cómodo. Luego, porque el hecho de someterse a una interpelación los obligará a un esfuerzo intelectual, y no solo, para el que no están preparados. Años de dormir en los laureles de representar la sacrosanta verdad revelada misma gravitaron fuertemente, para mal, en sus modos de laborar la palabra: cada vez se escribe y se dice peor.

Si hicieran el simple y a la vez humilde ejercicio de preguntarse a que se debe todo este despertar de conciencias ciudadanas, que dejan de permitir que la hablen para pasar a tomar en sus manos los decires, quizás encontrarían las respuestas.

Y es que los periodistas, en el marco de la disputa que emprendieron sus dueños contra el actual gobierno nacional (que después de todo no es más que un gobierno que intenta no someterse, aunque en modo muy simple y burdo, a lo que representan los jefes de las megacorporaciones en cuanto a modelo de país), se decidieron a jugar muy de lleno en esa batalla. Es decir, se notó (y muchos) que abandonaron el plano de la tan agitada independencia ideológica.

Y resulta que tanto se les fue la mano, tanto exageraron el, como dice Artemio, odio, primero; aversión, después; y odio, finalmente, contra el oficialismo, que de resultas de todo ello se ensanchó cada vez más, indefectible e irremediablemente, la distancia entre las interpretaciones de los hechos que bajaba desde los medios dominantes y los sucesos que protagonizaba ese gobierno nacional al que tanto empeño ponen en enfrentar (el país aislado, el 2009 que sería el momento del fin, la gripe A, la crispación, la violencia social, los que nada hacen para combatir la pobreza, las amenazas a sus vidas). Vale decir, se fueron al carajo mal.

Se dispararon a las patas, aniquilaron su propia credibilidad. Y también la legítima facultad de construir que todo medio tiene y debe tener, porque las obstinación llegó, incluso, a ponerlos muchas veces en la vereda de enfrente de lo que fueron sus valores históricos.

Queda claro, a cada paso, como se deforma, como se construye, como se destaca, como se oculta, y que todo eso siempre es en función de algún posicionamiento, cualquiera ese sea. El mero informativismo pasó a mejor vida.

O quizás, nunca existió, y solo era que había muchos que no se daban (o no se querían dar) cuenta.

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