sábado, 26 de junio de 2010

A Bielsa, el tiempo ya le dio la razón

Miyagi, Japón. 12 de junio de 2002.

Argentina atraviesa el peor año desde su recuperación democrática. La preside Eduardo Duhalde, que asumió el segundo día del año firmando la feliz defunción del “un peso – un dólar”. El país atraviesa la peor crisis social de su historia: más del sesenta por ciento de su población es pobre, y casi el treinta, obligada a estar de brazos cruzados. Por protestar por esto son asesinados Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, pero para Clarín fueron, simplemente, “dos nuevas muertes” que causó “la crisis”.

En ese contexto, la Selección Argentina conducida por Marcelo Bielsa había viajado a la cita mundialista, la primera que no se celebraría en Europa o América, sino en Asia, en Corea/Japon. Buscaba darle una alegría al pueblo con una victoria respecto de la cual casi nadie tenía dudas.

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El equipo venía precedido de los mejores cuatro años de previa de toda su historia. Había ganado las eliminatorias (las primeras en que enfrentó a Brasil) de modo arrollador, clasificándose cuatro fechas antes del final de las mismas, y, asimismo, una buena cantidad de partidos amistosos ante las más importantes potencias europeas.

Nada de todo eso sirvió.

Llegado el mundial, el equipo se resintió en su juego como por arte de magia. Le había tocado el recordado “Grupo de la muerte”, junto a Nigeria, Inglaterra y Suecia. Le ganó en el debut a los africanos por 1 a 0 –que bien pudieron ser dos o tres más-, y perdió inmerecidamente (un empate hubiese sido lo más justo) en el clásico ante los británicos por el mismo resultado en la segunda fecha. Disponía, sí, de situaciones, era más que sus rivales, pero no lucía con la frescura de su apogeo `00/`01.

Y entonces, llegaba a aquel 12 de junio, en Miyagi, Japón, con la soga al cuello. El rival era Suecia, líder del grupo. Necesitado de una victoria para no depender de nadie, o, si empataba, esperar una muy improbable mano de Nigeria ante Inglaterra, Bielsa decidió morir con la propia, no negociar los principios. Salieron a la cancha Pablo Cavallero; José Chamot, Walter Samuel, Mauricio Pochettino; Javier Zanetti, Matías Almeyda, Juán Pablo Sorín; Pablo Aimar; Ariel Ortega, Gabriel Batistuta y Claudio López. El mismo 3-3-1-3 con el que había forjado su bien merecida chapa de candidato máximo.

Aquel Argentina - Suecia está entre los partidos más injustos que a este bloguero le ha tocado ver en su vida, pero así es el fútbol. Con los pesares mencionados, el equipo de Bielsa dispuso de incontables ocasiones para vulnerar la valla nórdica. Le cascoteó el rancho, literalmente, a los suecos, quienes solo se refugiaron en su campo renunciando, incluso, a la contra. De repente, y en forma por demás imprevista, un tiro libre tan perdido en el desarrollo como impecablemente ejecutado por Anders Svensson (maldito seas), se le clavó en el fondo de la red a Pablo Cavallero, quien ni saltando en catapulta hubiese podido con el disparo del 8 de los amarillos. Del gol en adelante, Argentina redobló esfuerzos y acorraló aún más a su rival, pero todo sería lo igualmente estéril que hasta allí había sido. Solo por medio del rebote de un penal que el arquero sueco Hedman le atajó a Ortega (increíble, ni esa pudo entrar limpia) y que Crespo se encargó de aprovechar (aunque en grosera invasión de zona, la más grande de la historia del fútbol probablemente, Crespo estaba a la misma altura de Ortega cuando Burrito ejecutó la falta). El 1 a 1 y el 0 a 0 entre nigerianos e ingleses, determinó la eliminación de Argentina en primera ronda de un Mundial por primera vez en cuarenta años.

Desazón. Sorpresa. Incredulidad. Todo lo malo junto invadía las almas de los hinchas, y de los militantes de la filosofía bielsista más aún.

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Todo se fue encima de Bielsa y de quienes lo defendían, entre quienes se encontraba y se encuentra el firmante. Los panqueques, los interesados, los periodistas que mueven sus opiniones al compás del dinero y de las órdenes de los dueños de las cadenas donde revistan, después de haber endiosado a Bielsa, pasaron a defenestrarlo en medio santiamén, sin que se les cayera la cara de vergüenza, sin ponerse colorados. Era hora de cobrarle la no concesión de entrevistas personales, las dialécticas mantenidas (aunque por lo bajo, suavecito, no fuera cosa que saliera campeón y no pudiesen subirse al carro triunfal) a lo largo de cuatro años (“¿Quién se cree este tipo para discutirnos a nosotros, los dueños de la verdad?”), la rebeldía a sujetarse a la dictadura del marketing que todo lo invade, y también el fútbol. Tipos como Bielsa, que por hacer su trabajo honestamente (no importa que guste o no, eso es discutible) impiden ganar dinero a los mercaderes de las más bajas layas, siempre ofenden, incomodan, molestan.

A Bielsa nunca le había preocupado eso antes, ni nunca le preocupó después.

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Fue ratificado en su cargo pese al fracaso (él mismo le llama así a la experiencia en Oriente). Vivió acosado, irrespetado, maniatado, insultado, cuestionado, dos años más. Protagonizó duelos memorables con la prensa, dejando en evidencia como buena parte de ellos carecen de formación y honestidad intelectual. Renovó intérpretes, eso sí, pero jamás resignó su concepción agresiva, ofensiva. Fue subcampeón de la Copa América en 2004, en otra injusta derrota (por penales ante Brasil, tras que Adriano le igualó 2-2 en el último segundo de juego). Clasificó y ganó la medalla de oro en los JJOO de Atenas el mismo año en forma espectacular: seis jugados, seis ganados cero goles en contra, diecisiete a favor. Iba segundo a un punto en las eliminatorias al 2006. Todo parecía reencaminarse. Los haches de pe se habían tenido que tragar sus críticas a sueldo.

Pero, con todo a su favor nuevamente, se fue. No soportó más. “Me quede sin energías”, dijo, y renunció, tras seis años de gestión. Seis años en los que hubo la Selección Argentina más ofensiva que se recuerde. Salía a ganar en todos lados y bajo cualquier circunstancia, aún en la adversidad.

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Después de renunciar, pasó algunos años en el ostracismo. Se sabía poco de él. Había casi que pasado al olvido.

Un día apareció por Chile, era el nuevo entrenador de la selección roja, que pedía a gritos volver a un mundial después de ocho años. Promovió nuevos valores, les metió en la cabeza el gusto por el fútbol ofensivo, en fin. Fue el Bielsa de siempre. Clasificó, y su personalidad gusta tanto en Chile, que es objeto de homenajes, elogios desmedidos y una casi idolatría y respeto que avergüenza a este humilde por naturaleza, que solo sabe de trabajar.

Se ganó su boleto a una revancha que ni él mismo se atreve a calificar de tal, porque, dice, la herida de Asia no se le cerrará jamás.

Chile, en esta cita de Sudáfrica 2010, volvió a ganar un partido en un mundial después de cuarenta y ocho años, fue ante Honduras en el debut, por 1 a 0. En la segunda fecha venció a Suiza por igual marcador. Llegó a la última fecha líder de su grupo, con puntaje perfecto, seis de seis, y sin goles en contra. Colectivamente muy sólido, y uno de los equipos más ofensivos de la copa (de los pocos ofensivos, seguramente). Pero con el candidato de todos, España, y Suiza, segundos ambos con tres unidades, pisándole los talones. A pesar de tener un puntaje con el que podría estar ya clasificado (Paraguay ganó su zona con una unidad menos), a Bielsa nada le puede costar poco. Su mejor jugador, el 9, Suazo, lesionado e inutilizado, por decir algo. Los fantasmas parecen no despegársele. Ayer, 25 de junio de 2010, a más de ocho años de la frustración de Miyagi, Chile disputaba la última fecha frente a la temible España, sin estar del todo seguro respecto de su futuro en el torneo. Bielsa no se permitió no ir a buscar el triunfo, salió a buscar la valla rival como siempre. Audaz y loco (tal su apodo) en iguales proporciones, se vio en desventaja por un error del arquero, sufrió una expulsión injusta, le amonestaron a varios, le hicieron el segundo (golazo, este sí). Perdía sin merecerlo del todo, porque hasta el primer y fortuito tanto español, había hecho mejor las cosas.

Pero en la segunda mitad, la suerte le tiró por una vez su mano. Bielsa ayudó, metió un par de cambios, un rebote afortunado le brindó el merecido descuento (aire para la diferencia de gol si se daba un empate en puntos), y por el empate en cero entre Suiza y Honduras, clasificó a octavos. Segundo, sí, y por eso a vérselas ante el eterno cuco, Brasil. Seguro pierda, pero la proeza de haber metido a la trasandina entre los dieciséis mejores del mundo, bien vale sentirse realizado. De todas formas, el hombre, nuestro hombre de hoy, no conoce de eso.

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Pretoria, Sudáfrica. 25 de junio de 2010.

Con poco material y mucho de tesón, tenacidad y constancia, Bielsa saldó una deuda personal, aunque diga no sentirlo así. Nunca lo dirá, pero íntimamente lo sabe: el tiempo, finalmente, le dio la razón.

2 comentarios:

  1. Grande Loco! Para Niembro, Close (o como se escriba), y todos los mala leche que lo basurearon. Para todos ellos, "LA TIENEN ADENTRO!"

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  2. Gracias, querido. Nada le puede costar poco che, eh. Pero bueno, entre los dieciseis mejores del mundo y a mamarla.

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