jueves, 20 de mayo de 2010

Se cae la Moncloa y la paga Baltasar Garzón, ¿los imitamos?

Una idea respecto de la cual vienen machacando y mucho, tanto dirigentes como voceros de la derecha vernácula, es aquella de la necesidad de acordar cuatro o cinco políticas de modo horizontal, que serán respetadas a rajatabla sea quien sea que surja electo de entre las filas del Grupo A. Políticas de estado, que le llaman. Ponen de ejemplo los supuestos beneficios que trajo el pacto de la Moncloa en la España del postfranquismo.

Hay la idea de que una política de estado surge de una cómoda charla de café. José Natanson,
en el Página 12 del último domingo, argumenta en contra de esta idea:

“Para cierto sentido común, una política de Estado –entendiendo como tal aquella que trasciende un gobierno determinado y se torna más o menos permanente– es una decisión que la dirigencia política toma alrededor de una mesa, escribe en un papel y queda congelada para siempre. En realidad, se trata de algo bastante más complejo”.

“(…) una política de Estado no es un programa predefinido que se escribe en un documento y nunca se toca, como creen algunos analistas, como si fuera posible adoptar medidas estratégicas, de horizonte largo, sin sinuosidades ni conflictos, sin generar ganadores y perdedores, y como si su ausencia respondiera sólo al egoísmo intrínseco de los políticos. La historia enseña que las políticas de Estado son menos el resultado de un compromiso adoptado por generosidad patriótica que la consecuencia de una ecuación política que aprovecha una oportunidad histórica. Una política de Estado nace cuando una fuerza hegemónica impone, a menudo contra la opinión de la oposición, una medida exitosa que luego es asumida como propia por el resto los partidos. Se trata, en suma, del resultado complejo –y parcialmente cambiante– de la combinación de fuerzas políticas, equilibrios sociales, historia y cultura.”
.

Pero el punto es que no es que uno descrea de las banderas de acordar iniciativas que abarquen una cantidad de actores que trasciendan las disciplinas partidarias. Los acuerdos unánimes en cuanto a la ley de financiamiento educativo llevaron a elevar enormemente el porcentaje de PBI destinado a la materia y establecer las paritarias docentes. Otro tanto en cuanto a las leyes de seguridad interior y defensa e inteligencia nacional, hicieron que las declaraciones cavernícolas de ídems como Abel Posse, Diego Guelar y Eduardo Duhalde generasen olas masivas de rechazos de parte de la cuasi totalidad del arco dirigencial. Similares reacciones vienen generando también las malintencionadas asociaciones que intentó efectuar entre la Asignación Universal por Hijo y las adicciones –al juego y a la droga-, el presidente de la UCR, Ernesto Sanz. La ley de medios recorrió un camino parecido, de indiscutibles mayorías de apoyo por abajo (las organizaciones sociales que parieron la gesta), y por arriba (147 a 3 en Diputados, 44 a 24 en la cámara alta, nada mal). Claro que ahí son otras las disputas de intereses, de actores que no tienen, por cierto, la valentía de lanzarse a jugar por sí mismos -“animémonos todos y vayan ustedes”, dice un dicho-.

Todos estos ejemplos hablan de un cambio cultural. Pero ninguno de ellos recorrió el trazo lógico acuerdo-norma-conducta-resultado. Más bien tenemos que primero se rema contra la corriente, se convoca in crescendo luego, se obtiene el resultado –la ley-, por último.

Y si el ejemplo a seguir es España y su Moncloa, bueno, la actualidad habla por sí sola del fracaso. El propio Natanson lo advertía en otra columna de Página pero de 2009, donde desentrañaba lo que fuera aquella sucesión de pactos. Y sus conceptos al respecto anticipaban bastante de lo que por estos días escribió Aldo Ferrer en BAE, al respecto de la crisis financiera española.

Decía Natanson: “El primer error, el más básico, consiste en suponer que el desarrollo español de las últimas décadas se explica por el simple hecho de que sus elites un día se pusieron de acuerdo alrededor de algunos temas básicos, ignorando el pequeño detalle de la ubicación geográfica: desde su reinserción en Europa, España ha sido el máximo receptor, en cifras absolutas, de los fondos europeos, creados por la Unión Europea para apuntalar el desarrollo de los países más retrasadas y lograr la convergencia económica y social (en términos porcentuales el país más beneficiado ha sido Irlanda, el otro milagro europeo, y –no casualmente– la otra economía-burbuja que estalló con la crisis). Gracias al Fondo Europeo de Desarrollo Regional, el Fondo Social Europeo, el Fondo de Cohesión y el Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agrícola, España ha recibido, desde 1986, un saldo neto de ¡93 mil millones de euros! Esos fondos han supuesto, como media anual y en términos netos, un 0,8 por ciento del PIB o, lo que es igual, alrededor de 5275 euros por habitante a lo largo de estos años, unos 260 euros por habitante y año. Incluso ahora, ya convertido en un país desarrollado, España sigue recibiendo dinero: para el período 2007-2013 se estima percibirá unos 31 mil millones de euros, y recién en una década dejará de recibir y comenzará a aportar para sostener a los países menos desarrollados de los 27. La pregunta es simple: ¿cuánto pesó en el desarrollo de España el apoyo de Europa y cuánto la inteligencia y la voluntad de diálogo de sus políticos?”.

Dice Ferrer: ”Como resultado de éstas y otras perturbaciones, desde principios de 1970 hasta la actualidad, a nivel de la economía mundial, bajaron las tasas de crecimiento del PBI, empleo, productividad del trabajo, acumulación de capital productivo y comercio internacional, respecto de las vigentes en el “período dorado”. En las economías occidentales aumentaron la tasa de desempleo y la desigualdad en la distribución del ingreso. Los problemas fueron particularmente graves en las economías vulnerables, como lo fue la argentina bajo el período neoliberal (1976-2001/2) y lo son ahora, entre otras, las de Grecia y España. Es decir, aquellas economías que apalancaron su gasto sobre la deuda y el crédito internacional, perdiendo el equilibrio de sus pagos externos y las finanzas públicas..

Pese a todo, el convencimiento en España sigue firme. Se anuncian y concretan ajustes durísimos. La experiencia local en la materia autoriza augurarles que van por mal camino, pero eso es harina de otro costal. Casi simultáneamente al crack, en España han suspendido en sus funciones a Baltasar Garzón, por violar uno de los puntos nodales del “gran” acuerdo: la amnistía para los crímenes del franquismo.

Entonces, viendo los últimos acontecimientos en España, y observar como aquí, sin embargo y a pesar de todo, se insiste y se insiste en la idea de imitarlos, nos obliga a pensar si a lo que se invita no es al que del Pacto, en lugar de, como parecen hacer creer, el como, actuaron los españoles. Un que bastante feo, por cierto. Un que al cual nadie, no con dos sino con medio dedo de frente, querría regresar.

Si la propuesta es preparar el terreno para la desregulación del mundo financiero, y perseguir a quienes se dedican a perseguir asesinos, genocidas y terroristas de estado, sorry, but don´t count on me. En esta, quien firma, pasa; mejor súbase el resto a lo construido e Argentina desde 2003 a la fecha.

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