lunes, 29 de marzo de 2010

Tan parecidas y tan distintas a la vez

El poder ejecutivo envió un proyecto de ley al parlamento. Para ello, recogió una propuesta nacida en el llano de la sociedad, es decir, la iniciativa excedía en autoría y antecedía en el tiempo al propio gobierno. De hecho, varios de sus antecesores habían intentado algo parecido –con menor consenso social-, y debieron desistir ante las enormes presiones ejercidas por los futuros “damnificados”. La situación de ese país en cuanto la materia a debate, era por demás retrasada. La norma atacada pecaba de antigua, y era el paradigma de una época nefasta, que aún intenta dejarse atrás. Hubo presiones de todo tipo para los legisladores que iban a tener el tema a evaluación. Apenas presentado el proyecto, se acusó –sobre todo, aunque no solo, desde los medios dominantes del establishment económico- al poder ejecutivo en cuestión de ser portador de los peores males imaginables. Se lo acusó de que propendería la cerrazón e intentaría obtener la aprobación de la ley sin ceder una coma, a las apuradas. El gobierno demostró que no, abrió la discusión, cedió posiciones. Ante ello algunos se subieron al debate, otros persistieron en la negativa y corrieron el eje incansablemente. Se auguraron catástrofes varias, juicios múltiples, pérdidas millonarias. Ante eso, allí sí, el poder ejecutivo decidió acelerar el momento de la votación, siendo que no había en muchos de sus rivales voluntad real de debate, sino la deliberada vocación de obstruir a como diera lugar una iniciativa que tenía años de discusión, y que increíblemente, lo hacían bajo el argumento falaz de “falta de tiempo para estudiar el tema”. La administración se jugó el todo por el todo en la cruzada con las concesiones ya mencionadas, puso sobremanera el cuerpo en la negociación, rosqueó sanamente a full. Se jugaba gran parte del capital político que le quedaba tras un comienzo de ensueño a lo que siguió un veloz e intenso desgaste y resignación de imagen social. Y logró su cometido, legando a sus administrados una norma de avanzada respecto de la que la precedía, aunque moderada respecto de las intenciones iniciales y luego de las modificaciones otorgadas. En cualquier caso, un avance. Victoria híper exigua, pero victoria al fin. Quienes no están de acuerdo con la nueva ley, impotentes en el trámite parlamentario, ahora se dirigen rauda y velozmente a tribunales. Todo les vale en pos de acabar con la criatura.

Cualquiera diría que las líneas ut supra son un relato de lo que fuera el proceso que acabó con la aprobación de la nueva ley de medios audiovisuales, aquí, en Argentina. Pero no, la intención era evocar el derrotero de la reforma del sistema salud que Obama y sus legisladores consiguieron aprobar recientemente.

Son muchas y muy grandes las similitudes, hay solo dos excepciones. La ley de medios no fue aprobada ahí nomás, obtuvo respaldo de mayorías históricas: 146 voluntades contra 3 en la cámara baja; 44 favores versus 24 a turno del senado. Mucho más que el apretadísimo 219 – 212 que le significó a Obama el que, hasta ahora, es el mayor éxito de su gestión. Aparte de la diferencia cuantitativa, hubo otra, cualitativa: la ley de medios se granjeó respaldo de muchas más agrupaciones que la oficialista. Obama, en cambio, debió valerse solamente de su propio número (¡Oh!, maldito número), y aún este se vio mermado por fugas varias. Justo en el supuesto paraíso de la república, y el diálogo, una reforma tan importante no obtuvo el tan mentado consenso, ni siquiera un solo voto opositor, primer caso en la historia. Tanto que se vende desde los medios de nuestro cabotaje que “en los países serios todos están de acuerdo con todo”.

Y sin embargo, por mucho que con todo lo dicho uno quiera argumentar, los ocasionales interlocutores anti K con los que se encuentra hacen oídos sordos, cambian de tema, no llevan el apunte. Muy lejos de la actitud de apertura declamada, el veredicto está dado de antemano: a pesar de todo, uno –Obama-, es ejemplo y héroe; la otra –Cristina- es la yegua, la puta montonera, la soberbia y resentida, la autoritaria, la cerrada, la corrupta. Son las distintas varas de medir, el doble estándar, que le llaman. Y se hace difícil remar ante eso.

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