martes, 16 de febrero de 2010

Imitar a los vecinos, ¿en que?

Un rasgo distintivo de los últimos tiempos en el debate político es que la oposición, tanto partidaria como mediática –que no son lo mismo pero se parecen bastante, diría con tino CFK- se desgañite pidiendo “imitar los ejemplos de Brasil, Chile y Uruguay”. Con absoluto desconocimiento de las experiencias que los distintos gobiernos progresistas de la región han encarado en los últimos años, simplifican y las homologan a continuismo de las experiencias de los años noventa. Así, Lula seguiría a Cardoso, Tabaré a Lacalle y Sanguinetti, y la Concertación chilena, a Pinochet. Nada de eso es así.

Es cierto que todos los gobiernos de izquierda arriba mencionados han adoptado valores que antiguamente eran asociados a la ortodoxia, como ser el cuidado de los superávit fiscal y comercial. Pero, aún con eso, equiparar las gestiones de los actuales presidentes de Brasil, Chile, Uruguay, con la de sus antecesores es, de mínima, una ridiculez. Por otro lado, en ningún lado como en Argentina pegó con tanta fuerza el fenómeno neoliberal.

Brasil conserva su rol preponderante en la estatal Petrobras (51 % de las acciones), su banca central coordina acciones con los ministerios de finanzas y planificación, y conserva como herramienta al colosal BNDES. En Chile, por su parte, nadie jamás pudo tocar la insigne CODELCO (que aporta un palo verde, por hora, por año al tesoro). En Uruguay se rechazaron las privatizaciones por plebiscito en 1992.

Se destaca el llamado de Pepe Mujica a los inversores extranjeros, pero se omite la parte del discurso en la cual condena al capital puramente rentista, exhortando a asumir riesgos. ¿Puede el empresariado argentino vanagloriarse de no tener un carácter meramente rentista? El hecho de que en Argentina el grado de crispación sea superior, responde, quizá, a que cada reforma que aquí se intenta abordar toca más cantidad de intereses, siendo mayor la penetración que se ha otorgado al establishment.

Cuando se alude al carácter confrontativo de los Kirchner, y se pone como ejemplos opuestos a los Lula, Tabare, Bachelet, se deja de lado la disparidad de herramientas (y, por ende, de margen de acción), que separa a unos de otros.

Es harto difícil compatibilizar la demanda por mejoras de índices sociales con el fuerte rechazo que ejercen los sectores dominantes cada vez que el estado en la era Kirchner ha intentado hacerse de instrumentos que puedan robustecer su capacidad de acción. Para muestra, basta ver como se machaca con “la caja” y “el gasto público desmedido”.

Es materia opinable, muy. La clave pasa por no esconder los aspectos del debate inconvenientes a la postura propia, y también, por encarar el debate sinceramente, sin posicionarse de modo contradictorio.

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