miércoles, 13 de enero de 2010

¿Qué tipo de instituciones son las que hay que respetar?

“La guerra es la continuación de la política por otros medios”, decía Karl Von Clausewitz.

Uno diría que “la ley es el reflejo de los resultados de aquella guerra”.

Siempre el derecho es impuesto por los sectores dominantes de un momento determinado de la historia. En Argentina, cuando los Mitre, Sarmiento, Roca y demás se impusieron en los hechos, consiguieron la hegemonía necesaria a los fines de confeccionar la primer institucionalización de la República (Constitución 1853/60, Código Civil, etc).

¿Pero quien dijo que ese estado de cosas no puede ser discutido jamás?

Perón, por caso, impulsó una reforma amplia de la versión 53/60 de la Carta Magna cuando las tenía todas consigo, aunque no atacó por completo, de raíz, las bases del estado liberal. Es a partir del no derrumbe de los pilares del modelo oligárquico – elitista que los opositores al gobierno de Perón pudieron articular una oposición.

No obstante ello, es innegable que Perón cimentó los pilares de lo que fue la sociedad más igualitaria de Latinoamérica.

Es a partir de los noventa que los sectores del conservadurismo socioeconómico se deciden tomar las instituciones para efectuar las modificaciones necesarias a los fines de retomar el estado de cosas pre peronismo, en lugar de forzarlas como lo venían haciendo desde 1955.

El kirchnerismo, que dice -y en muchos casos, hace- como para desandar el camino noventista, no se decide hacerlo mediante la revolución de los esquemas institucionales que ha heredado, y que no gozan, que se sepa, de la vida eterna: cuando uno entra a la facultad de derecho, una de las primeras cosas que le enseñan es que el derecho es dinámico.

Tanto Néstor, bastante menos Cristina, no han andado un camino similar al de Perón en ese aspecto.

Sin embargo, hay un atenuante. Ese es que cada vez que se intenta poner en discusión, en tela de juicio, los esquemas jurídicos concebidos en las etapas de predominio del establishment el mensaje es “daño a”, en lugar de “reforma de”, las instituciones. El hecho de clarificar a quienes responden los que están a cargo de los mensajes, ya es reiterativo. Lo que no sobra, es decir que una bajada tan perversa supone un escollo por demás difícil a la hora de una praxis política como la del kirchnerismo. Valgan como ejemplos los escándalos realizados en torno a las excelentes reformas a la administración del sistema previsional y de los medios audiovisuales. Llama la atención que haya que reconocer que la nueva ley de medios “es perfectible”, pero respecto de otras leyes pareciera que no está permitido poner en duda ni una coma. Se discuten las formas en función de los bolsillos que los cambios afecten o favorezcan. Es útil mencionarlo a los fines de entender que el poder no lo tiene solamente el gobierno, ni este, ni cualquier otro.

¿Quién les dio ese aura de intangibilidad y por que? Es la principal pregunta que hay que hacerse por estas horas en las que se habla de la autonomía del BCRA cual si fuese una verdad revelada que bajó del cielo y no se concibieran otros modelos, como ser el Japón y Corea del Sur, por ejemplos, en los que no existe tal autonomía, y ello ha sido vital en función de sus respectivos desarrollos. El debate pasa por que tipo de sociedad se quiere configurar. Y por inquirirse si se está dispuesto a hacerlo o se aceptará que lo dado es lo único posible.

Y encima el oficialismo, vale reiterar, no pone todo el empeño que se le podría pedir en andar nuevos caminos jurídicos. Muchas veces fuerza los límites de lo heredado –cuando no es que directamente los sobrepasa-. Lo más sano hubiese sido, es, y seguirá siendo emprender el camino de la ley para cristalizar todas las intenciones, aunque no sea (no es) fácil. En ese sentido, reformas necesarias como a las nauseabundas leyes de entidades financieras o la Carta Orgánica del Banco Central, hubiese sido deseable encararlas en tiempos de mayor holgura política, hoy seriamente amenazada.

Pero también hay que tener (muy) en cuenta que no es tabú discutir reformas legales, aunque cualquier idiota tenga la cara de bajar al patio trasero para chicanear con la “inseguridad jurídica”.

El fondo es y será más importante que la forma. Sin dudas. Pero en función de una estrategia política inteligente, que agarre al rival volviendo del off side y encima sirva de legado, cuan mejor resultaría poner en duda cuanto código hay dando vueltas por ahí.

1 comentario:

  1. No me parece bien hacer reformas de fondo con Decretos-leyes.
    Las leyes no son sacrosantas, pero hay mecanismos para reformarlas. Para tocar esos mecanismos, (yo estaría en contra) hay que cambiar la constitución.

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