miércoles, 2 de diciembre de 2009

Sudamérica, andarás toda junta o no andarás


Pepe Mujica será el nuevo Presidente de Uruguay, y una sensación similar se adueña del cálido corazón de los militantes y de la más fría cabeza de los analistas. Es que, en tiempos pasados, en Sudamérica pasaban las mismas cosas. Hoy, en cambio, sus países se proponen andar el mismo camino. Puede parecer lo mismo, pero no lo es. No solo porque antaño las cosas simplemente “pasaban” (o las “hacían pasar”), mientras que los tiempos actuales son conducidos por hombres y mujeres que quieren ejercer con autonomía. Encabezan procesos que se inscriben en la no sujeción a los postulados de Washington, de triste memoria.

Lo sabido, han recuperado el rol del estado regulador de la economía, reavivaron las presuntamente difuntas discusiones ideológicas y decidieron meterse de lleno en la gestión concreta para derribar los muros que les valían las críticas de las derechas por las distancias que separaban al idealismo de la práctica. Los Presidentes sudamericanos no avizoran proyectos revolucionarios, sino que más bien se dedican al pragmatismo del día a día, pintándolo a su imagen y semejanza.

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El repaso histórico dice que en Sudamérica, cuando hubo dictaduras, las hubo todas juntas. Y cuando tocó neoliberalismo, ídem. Esos procesos configurarían una moraleja: Sudamérica andará toda junta, o no andará. El lastre de diferentes versiones derechistas dejaron como legado, además, un escenario de importantes condicionantes para lo que intentan ser independientes diagramas de políticas públicas, dato imposible de dejar de lado. Por supuesto existen matices: Uruguay, Brasil y Chile no se permitieron tanta entrega de patrimonio como sí ocurrió en Argentina, cuyos mandatarios, a su vez, siempre gozarán de mayores márgenes de acción (en tanto quieran usarlos) que sus pares uruguayos o chilenos, por la mayor potencialidad de diversificación de sus economías.

Pero en general todas las actuales gestiones sudamericanas (excepto Colombia y Perú) se inscriben en lógicas similares. Y han potenciado los espacios de construcción conjunta, desde los cuales se permiten mostrar los dientes ante cada amenaza a la soberanía. Así fue con Bolivia y Paraguay; así es con Honduras. Los alaridos desencajados de Lula en la ONU casi exigiendo la restitución de Mel Zelaya son un canto de sirena para enrostrar a cuanto analista y político derechista repta por Argentina queriendo fagocitar al Presidente obrero. Ni que hablar cuando le achaca a Obama su hasta ahora decepcionante andar, o le recuerda al Consejo de Seguridad de la ONU que el recibe a Ahmadinejad para intentar arrimar una solución, cosa que el Consejo, desconociendo sus obligaciones, omite emprender.

El estilo verborrágico de Lula es otro sello distinto de lo que José Natanson ha calificado brillantemente como “La nueva izquierda”. Se trata de mandatarios desacartonados en sus discursos, con mucho contenido y lejos de fórmulas protocolares. Moviliza oírlo a Mujica llenarse la boca de pueblo en vez del frío gente, tan común entre las huestes liberales. Es todo expectativa el tiempo que separa su victoria del día de asunción. Y también, el rol que jugará en la región, que actualmente tiene en Lula a su líder indiscutido, secundado por Cristina y, más atrás, Bachelet. Pero ante la no tan probable victoria de los candidatos del PT y la Concertación, Pepe puede llegar a verse jugando un papel crucial si las derechas, de menor o nula vocación integracionista, llegan a recuperar espacios en los vecinos.

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El horizonte de cambio que a priori asoma tanto en Brasil como en Chile marca quizá el mayor déficit del proceso de construcción conjunto, cuyo mayor reflejo es UNASUR. No se logró un chasis jurídico que preserve la integración por encima de lo que deparen las coyunturas locales. UNASUR es un avance respecto del MERCOSUR. Pero aún vuela bajo, y sobre todo lento. Nadie dudaba de cual sería la respuesta de los líderes regionales ante los bochornosos sucesos de Honduras, que culminaron con un carnavalesco montaje de votación. Pero eso tiene más que ver con Lula, CFK, Bachelet y Chávez que con Brasil, Argentina, Chile y Venezuela. Si algún pacto comprometiese rechazo regional a los golpes – ensayos, otro sería el cantar, más no lo hay. Y como ese pueden pensarse muchos otros ejemplos.


En realidad, como en todos los campos, ha habido avances importantes, aperturas de escenarios de discusión enormes. Teniendo en cuenta que se venía del fin de la historia y la muerte de las ideologías, el cambio es revitalizante, refrescante. Genera la sensación de que en el único lugar donde pasa algo, políticamente hablando, es en esta parte del continente. Y como dijo la propia CFK alguna vez, de que estos mandatarios se parecen a sus representados como nunca.

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Con todo, el claroscuro Sudamericano (gobiernos no taxativamente izquierdistas, pero sin más que la pared o un precipicio a su siniestra) se sigue anotando porotos. Uno de los suyos volvió a ser reelecto, como a su tiempo les tocó al PT, la Concertación, el Frente para la Victoria, Correa, Chávez, y como casi con seguridad lo hará Evo. Tabaré, igual que en su momento Lagos y Néstor Kirchner, se retira del poder con mayor ponderación social de la que ostentaba a su llegada al poder. Pavada de logro para proyectos que tienen peludas oposiciones en los intereses enquistados hace medio siglo –o más- en la zona.

Vaya sino como ejemplo los embates de descrédito que, por su pasado Tupamaro o sus particulares modos de actuar, debió sufrir Mujica en la campaña por parte de Lacalle, quien a último momento hasta debió apelar a las ridículas promesas de eliminar impuestos a la renta personal y cargas patronales. Cualquier parecido de todo esto último con la cotidianeidad local no es mera coincidencia, y la teoría del principio que se repite.

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