miércoles, 25 de noviembre de 2009

La inseguridad es concepto, no números.

La inseguridad gana la agenda cada tanto, cuando no existe otra cosa más importante de que ocuparse. Pero no por eso deja de existir o pasa por períodos de mejoras circunstanciales. Y mucho menos, el hecho de su utilización (que es cierto, se la utiliza, se la deforma, y da asco que se lo haga) puede valer como excusa para no ocuparse del tema, minimizarlo o postergarlo. No solo porque, en sí, esta mal, sino además porque revela una estupidez política, pues dejándolo de lado no se logra más que otorgar argumentos a otros para que roben discurso en función de su propia construcción de alternativa. Esto le está pasando al gobierno.

A ver, está claro que Argentina no es Colombia. Está claro que en materia de inseguridad seguramente exhiba mejor salud que otros lugares de Sudamérica. Pero igual de claro es que tampoco se vive un ideal. Ni una cosa ni la otra. Ni “no se puede salir a la calle”, ni “no pasa nada”. Quienes sostienen a rajatabla que la inseguridad no ha crecido deben aceptar al menos la posibilidad de que es cierto que así sea, y viceversa. No es muy seguro asegurar ninguna opinión al respecto: una persona puede ser asaltada y no denunciarlo. Eso muere para las estadísticas, pero no deja de existir. Es decir, el dato numérico debe tomarse con pinzas. Bien que es cierto que en el país no se vive una situación terminal o de guerra interna, tampoco puede estarse de brazos cruzados ante un estado de situación que lejos está de ser aceptable o tolerable.

Y es que, en realidad, tal vez lo mejor sea abandonar la discusión acerca de si los hechos delictivos han crecido o no. Zlotogwiazda escribía hace poco
en su blog que Noruega ostenta un índice perfecto de homicidios, 1 cada 100.000, y que Argentina, con 5 cada 100.000 “no está tan mal” (no revela la fuente de sus datos, pero al no ser Zloto oficialista, puede tomárselo en cuenta). De acuerdo, pero ¿Cómo se le explica la supuesta satisfacción por los números a ese habitante de Noruega que le toca ser el uno asesinado? Y si allí es difícil, como será en Argentina, que está cinco veces o 500% peor que ese país europeo. O sea, es agresivo hablar de un estado satisfactorio de cosas en una cuestión tan sensible. Daña a las víctimas, sean estas cuantas sean, siquiera la sola mención de la palabra satisfacción o conformidad. Por supuesto que un gobernante debe tener a mano cifras y estadísticas, siendo que de ellas se vale para graduar sus movimientos. Pero más valdría que se evitaran consideraciones públicas al respecto. E igualmente, debieran abstenerse aquellos que equipararon, como fue dicho, a Argentina con Colombia, que sufre 60 homicidios cada 100.000. Pero el gobierno es el gobierno, tiene más responsabilidades, su prudencia discursiva debe crecer y no le cabe contestar del mismo burdo modo en que es -seguro injustamente- atacado. Y sobre todo, adoptar algún discurso será bueno para todos aquellos que abogan por soluciones que no tengan que ver con la mano dura -entre quienes se cuenta el que esto escribe- dado que deja abierto el espacio para que lo ocupen las posturas represivas o ridículas como las que viene adoptando Scioli, como las que ojala nunca llegue a concretar tal cual las tiene pensadas Maurizio Macri, o como las que vienen siendo insistente y vergonzosamente buena parte de la colonia argentina de “artistas”, si es que así se puede denominar, por ejemplo, a denominadas divas que no cuentan entre sus habilidades el don del canto, el baile, la actuación, en fin, ninguna dote artística.

Con todo, hay algo que quienes claman por endurecimiento de las penas deberán aceptar. Y es que el grito desesperado (sincero o no, no importa a estos efectos) a por la represión no conllevará la pretendida solución del flagelo. No hace falta hacer mucha memoria. En 2004 las demagógicas leyes Blumberg se encargaron de mancillar el Código Penal a fuerza de endurecer, de manera desorganizada y al voleo, cuanta disposición allí hubiese (http://www.clarin.com/diario/2006/08/31/um/m-01262881.htm). Luego de ello, reza un consenso generalizado de que la situación se ha puesto cada vez peor. Entonces, tenemos que luego de un endurecimiento general de penas, nada ha mejorado, más bien todo lo contrario. O esa no es la solución, o no es cierto que haya más inseguridad, una de dos. La verdad es que ningun remedio llegará de la mano de una ley, aún cuando no puede siquiera concebirse la peregrina idea de vivir sin código penal. El castigo, sea mayor o menor, no provocará efecto alguno si aquel que es destinatario no percibe que pueda llegar a perder con el mismo, sea de la cuantía que sea. Si no se siente que uno será privado de algo por uno, dos o mil millones de años, toda ley importará muy poco. Lo que indica que “la solución” vendrá de la mano de generar en cada persona una situación de vida que quiera conservar, cuidar. Muy lejos de este presente en el que muchos sienten que les da lo mismo vivir adentro, afuera, o no vivir. Ni que hablar de la pena de muerte: se podrá matar a muchos, pero si siguen naciendo otros tantos que van al mismo deplorable futuro, pues mal augurio. En resumen, es un error pensar que si las promesas de castigo son más duras se logrará disuadir a los potenciales delincuentes. Y no es cierto que ellos sepan que “se entra por una puerta y se sale por la otra”: las cárceles rebalsan, eso sí, en general de personas una misma clase, la baja. Se sabe, castigar al que roba una gallina es fácil, no así al gran evasor impositivo, al que tiene sus empleados en negro, al que se cargó la vida de militantes sociales sólo por tener ideas “subversivas”.

Por ende, el camino es y sigue siendo lo social, la búsqueda por encontrar la forma de mejorar la vida de lo que algunos gustan denominar “los negros de mierda”. Los derechos humanos, también, que sí importan más allá de lo que diga alguna supuesta estrella que tiene su cabeza (a diferencia de sus piernas) muy cerrada. A figuritas tilingas como esa, que son capaces de decir que en EEUU no se permite cortar una calle, habrá que recordarle que tampoco se permite contrabandear autos o promocionar a sacerdotes proxenetas. No se puede esperar nada bueno de personajes oscuros que crecieron en dimensión popular al calor de la dictadura más sangrienta, haciéndole todo tipo de favores a la misma y al sistema de desguace social que perpetrare (ver sino http://www.youtube.com/watch?v=-2Zgqi1QVes&translated=1). Pero el hecho de que la baja cultura farandulesca tenga vela en este entierro no responde a otra cosa que estar llenando un hueco que el gobierno no ha sabido ocupar como le cabía.

No es casualidad que todos estos males hayan aflorado tras veinticinco años de destrucción del tejido social creado por el primer peronismo, ese que supo hacer de Argentina, al 24 de marzo de 1976, el país más igualitario y la sociedad mas integrada de Latinoamérica. No cabe la sorpresa, lo que ocurre es la lógica, y se podría estar aún peor. Y no se trata de asociar la inseguridad a la pobreza en modo simplista. Es más profundo, tiene que ver no con la caída de ingresos por debajo de tal o cual número, sino con el desprecio mismo del otro, del menos afortunado, en fin de la vida. La violencia misma que irradia una sociedad no solo que genera pobres, sino que no lo asume como problema propio, que lo toma como algo natural y que estigmatiza al que sufre la falta de amparo casi al punto de llegar a afirmar que está allí porque quiere estarlo no puede más que configurar un cuadro que ya ha dejado de llamar la atención por el mero hecho de un robo o un homicidio aisladamente analizado: hay que ver la saña con que se lo comete. Eso algo está indicando. Da la sensación que la gran mayoría de quienes hoy delinquen no ven la diferencia entre tener “éxito” en su objetivo, caer en prisión o terminar acribillado. Le da lo mismo su vida, tanto como la de las víctimas. Y para peor, se aprovechan del caos generado buena parte de profesionales de la delincuencia, pues bien dice un dicho “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

Es tiempo de tomar la acción en las manos, antes que sea demasiado tarde y veamos como la represión gana de nuevo las calles. Sería muy triste.

Por eso, basta de números.

1 comentario:

  1. Exelente tu escrito, coincido totalmente en que con violencia no se soluciona la violencia, por el contrario mas se genera. Que ni con mano dura, represion o leyes se va a modificar esta situacion si la sociedad en su conjunto no toma conciencia de que la solusion esta en nuestras manos como sociedad no como individuos, porque fue el individualista interes noventoso, y la violencia militar por supuesto, la que nos llevaron a esta situacion.
    Pero no vamos a salir de la misma, hasta que no valoremos la vida de todos por igual, porque es el derecho por exelencia de toda persona, el derecho a la vida, una vida digna, pan, trabajo, y educacion es lo que toda persona necesita, y cuando esto sea igual para todos, ahi recien podemos hablar de seguridad.
    Podria seguir escribiendo mucho mas sobre el tema y tu post, sabes que me gusta mucho hablar de esto y mas de un tema tan crucial, hoy en dia en boca de todos, como si no hubiesen otras formas de "seguridad" que se esten violando y de forma mas abrupta, por eso compañero lo invito a usted ahora a leer un texto que escribi con unos compañeros, http://laapintadadigital.blogspot.com/2009/12/de-que-hablamos-cuando-decimos-de.html

    Espero le guste, y que sigamos conversando del tema personalmente!
    Un abrazo compañero!
    Ana

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