jueves, 29 de octubre de 2009

Que no copen la parada (Sobre la ley de medios v. XIII). El significado de esta pelea y la pelea por los significados.

(Nota del autor: la presente nota ha sido publicada en la revista de la JP La Matanza del mes de octubre)

El período K se ha caracterizado por la apertura de un inmenso escenario de disputa en el que florecieron numerosas discusiones de fondo respecto del diagrama de nación deseado. Peleas que había que dar -y que hay que seguir dando- en orden a generar una democracia mucho más profunda que la construida desde 1983, y una república que esté al servicio de los más (necesitados) y no de los menos. En ese marco, fue posible desafiar determinadas “verdades” impuestas por el neoliberalismo que supo imperar en Argentina desde el no tan lejano 24 de marzo de 1976: desregulación del estado de bienestar para favorecer a los sectores extranjerizantes, aniquilación de tejidos sociales y laborales, resignación de la soberanía nacional, muerte o convergencia de las ideologías, claudicación de las luchas populares. En fin, entierro del ser nacional argentino forjado desde la época del primer peronismo, que había sabido llevar a Argentina a ser país líder con un proyecto nacional, popular y de rumbo productivo bien definido, configurando la sociedad mas justa de Latinoamérica.

Pero, ¿como fue posible lograr la aceptación, por parte del pueblo, de semejantes despropósitos? ¿Por que tanta resignación al relato de la derecha conservadora? Fue un proceso muy elaborado cuyo análisis en completo no es objetivo de estas líneas, pues sólo se centrarán en el papel, no exclusivo pero si tangencial, llevado a cabo por los grandes grupos mediáticos orquestados al son de la ley 22.285 –y sus posteriores empeoramientos-, en la eficaz tarea de la construcción del sentido pretendido. La mencionada ley iba a resultar vital para la conformación de fabulosas empresas mediáticas que, a cambio de obtener enormes negocios con la posibilidad de concentrarse que el texto otorgaba, se lanzaron a la propaganda del modelo derechista. Desde las páginas de los diarios, las voces de las radios y las imágenes de TV se propició un discurso único a favor de las soluciones pretendidamente neutrales del neoliberalismo. Medidas “racionales”, “únicas posibles”, que disfrazaban de ascetismo lo que no era sino una visión de país excluyente. Fue el travestismo discursivo de la derecha. Se colonizó la subjetividad popular, se la adormeció, se la convenció de permanecer inmovilizada. Las voces no serviles al proyecto fueron ridiculizadas, atacadas o, lisa y llanamente, proscriptas de los medios que, cartelizados y en conformaciones oligopólicas, tuvieron la aptitud de efectuar verdaderas listas negras, donde a determinados personajes, con más lo que simbólicamente representaban, no se les dio lugar. Al tiempo que moría la redistribución del ingreso, fenecía igualmente la redistribución de la palabra. Porque nada más alejado de la libertad de expresión, que la concentración de voces.

Lo increíble resultó ser que mientras el elenco de gerentes políticos de la entrega pasaba los voceros quedaban al punto que, aún hoy, la gran mayoría de ellos siguen allí dando vueltas, mientras los políticos de turno pasan y pasan al olvido. Y no sólo eso, sino que dichas vocerías cada vez acumularon mayor capacidad para condicionar gravemente a los poderes constituidos de la democracia y regar de descrédito la política, que a aquella representa. Hay que entenderlo: los medios son poder. Y no importa si cuarto, décimo o centésimo segundo. El orden es lo de menos. Un poder tal que se ha llegado al extremo de tornarse vital contar con su apoyo para poder gobernar, toda vez que un tema, cualquiera sea, existe o no dependiendo del tratamiento que los medios le den en sus espacios. Poder de imposición de agenda mediática, que le llaman. El cuadro derivó en miedo al enfrentamiento con los medios, o la tentación de aliárseles en la cual cayeron absolutamente todos los presidentes argentinos desde Raúl Alfonsín para acá. En ello cayó, incluso, Néstor Kirchner, quien hoy con tanta rabia ha decidido enfrentarles. Uno tras otro hicieron concesiones que, al contrario de lo que creían, recortaba antes que engrosar sus propios márgenes de acción, toda vez que quienes adquirían más aire eran grupos corporativos extra poder, que crecían, incluso, con ramificaciones negociales por fuera de lo estrictamente mediático, deviniendo con eso menores los espacios para la democracia. Y el beneplácito multimediático -devenidos megacorporaciones- supeditado en tanto y en cuanto la garantía de nuevos negocios persistiera. Actuaban -actúan- de modo mafioso. No todos, claro, pero si la gran mayoría de entre los que “cortan el bacalao”. Todas esas concesiones, fueron obtenidas por medio de las maniobras más oscuras de que se tenga memoria. Bastante alejadas del republicanismo y la transparencia tan declamada. Solo declamada.

El camino para democratizar las expresiones, así como en otras gestas era -y de hecho solo fue- posible de la mano de la participación popular movilizada. Así nació el proyecto de ley de servicios audiovisuales (PdLSCA). Participaron de su creación, desde organizaciones especializadas como la Coalición por un Radiodifusión Democrática y sus celebres 21 puntos, pasando por dirigentes y organizaciones sociales, académicos de prestigio y largas trayectorias en la materia, y mucha pero mucha militancia “de a pie”, que no cesaron jamás en la puja y ahora ve reflejados sus valientes esfuerzos. Tanto incomodaron y metieron el dedo en la llaga que fue necesario obviarlos, hacer como si no existiesen: los medios ignoraron el tránsito del ante proyecto por los foros públicos que para debatirlo se organizaron a lo largo y a lo ancho del país, hasta su desembarco en el congreso. Esas organizaciones comprometidas fueron también vilipendiadas por la mass media de forma muy baja. Es indudablemente conmovedor pensar que hoy Argentina tiene una ley en cuyo seno puede existir aunque sea un artículo redactado por un ciudadano común con vocación militante. Un grado nunca visto de intensidad democrática. Pocas veces ha habido un debate tan profundo, tan diverso, tan abierto y tan largo. Durante más de seis meses (¿o debiéramos decir veintiséis años?) estuvo puesto en la más evidente exposición para quienes al mismo quisieran subirse. Era cuestión de tener ganas de hacerlo, pequeño detalle.

El mérito que cabe al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, lejos de los derechos de autor, es el de haber hecho suya la lucha para dar el decisivo empuje político a quienes se atrevían a discutir el poder cambiando, por primera vez, el eje de alianzas hasta aquí conocido. Se les otorgó voz y se les abrió el escenario al cual se hacía referencia al inicio de este editorial. La política, esta vez, logró para ellos lo que los medios no podían negar a un gobierno: la difusión de su accionar. Pero la movida, la única que todavía no había podido ser discutida entre las mencionadas cuestiones intocables, nació mucho antes de Néstor y de Cristina. Y se la peleó en las condiciones mas desiguales que se recuerden. Por eso merecía la victoria.

Llamó la atención que la orquesta mediática haya elegido defenderse con escuderos tan lamentables (Bonelli, Sylvestre, Bullrich, Guidici, Moráles). A todos ellos les resultó imposible efectuar una sola critica fundamentada a la ley y entonces apelaron a todo tipo de mentiras, falacias y deformaciones para ofender. El más ostentoso de dichos embustes, a juicio del comentarista, fue aquel de la cerrazón y la falta de tiempo de que supuestamente habría adolecido el debate. Ridículo cuando se la coteja, no solo con la ya mencionada enorme cantidad de tiempo transcurrido entre la presentación del proyecto y la fecha de su sanción, sino también con el inmenso proceso de discusión que dicho proceso conllevó. Todo fue muy burdo, evidente, al punto que mucha dirigencia opositora cayó, no sólo en no leer el proyecto presentado por la Presidenta de la República, sino tampoco los propios, esos por los que nunca tuvieron la valentía de pelear, la mayoría de los cuales iban en similar o casi idéntico sentido al mal llamado K. La tentación por estar del lado de los oligopolios los pudo. Llegando al extremo de huir cuando las intentonas obstruccionistas no se les daban. Incapaces como estaban de discutir el fondo de la cuestión, agitaron fantasmas plagando el debate de subjetividades solapadas y adjetivaciones irrespetuosas.

Echaron mano los obstructores, también, a la sacrosanta libertad de prensa, valor ese presuntamente atacado por el PdLSCA, y cual si la libertad de prensa fuera más importante que la más abarcadora libertad de expresión, un valor no perteneciente a los medios, y menos que menos, para ejercerlo en exclusividad u otorgárselo a la sociedad cual dadiva del poderoso. La libertad de palabra no es sólo para periodistas, sino para hasta el último ser humano que quiera habitar el suelo argentino. Los medios, en Argentina como en cualquier lado del mundo, juegan a favor de determinados ideales. Porque responden a los intereses económicos y empresariales que lo sostienen. Están parados, siempre, en un lugar determinado y no como quieren hacer creer, por encima, propalando una “verdad objetiva” que no existe. Y no está mal que un medio construya su realidad –que es el concepto usado en las carreras de comunicación en Europa, y no la famosa libertad de prensa-, su relato, con libertad. Es válido y legítimo. Pero siempre y cuando eso se haga reconociendo que se está en determinada ala ideológica, vale decir, ejercer el ideal con sinceridad. Nada tiene que ver esta ley con la libertad de expresión, la cual no toca. Sí con dar la posibilidad de que muchos más intereses que los hoy representados puedan hacerse oír. Y lo que los oligopolios defendían es, ni más ni menos que una posición privilegiada, no sólo en el mercado de la comunicación en sentido estricto, sino en lo potente que ese privilegio vuelve a quien lo ostenta para la interacción con otras ramas de la vida social y económica. Sería inimaginable, pues, que no naciesen roces, dada la enormidad de intereses que se afectan con la apertura ofrecida por la nueva regulación.

El proyecto fue aprobado por un arco de alianzas muy importante, con un gobierno que esta vez fue hábil para articular y consensuar posiciones con quienes más podía hacerlo: la centroizquierda que optó por no rehuir de sus trayectorias ideológicas y se decidió acompañar cuando advirtió la voluntad de negociar del oficialismo, con las más de cien modificaciones ofrecidas a la redacción original, entre las cuales la famosa veda al ingreso de Telecom fue la más ruidosa, pero no la única. Se decidieron, estos sectores, abonar al saldo de una deuda histórica de la democracia: Partido Socialista, SI, Proyecto Sur, Encuentro Popular y Social, FORJA. Todos ellos, podrán dormir con la conciencia tranquila que la coherencia histórica supone. No como la UCR, por la cual Alfonsín debe estar llorando desde arriba, una vez comprobado que sus sucesores defienden en la actualidad a quienes en el pasado no pararon hasta ver a Raúl echado de la rosada.

El resultado de las alianzas construidas es el de una ley moderna, superadora de la del paradigma neoliberal en cuanto a apertura. Que consagra a la comunicación como derecho humano. Que abre el organismo de aplicación (como no pasaba hasta ahora, y como pocos modelos concebidos en los proyectos opositores y otras leyes del mundo) a otros grupos políticos y organizaciones públicas no gubernamentales. Que asegura lugar y voz a sectores históricamente postergados. Que agrede de frente a la actual concentración (y las posibilidades futuras de que se repitan). Que cuotifica alcances de abonados para las empresas de cable. Que se pone al hombro la producción cultural nacional, fomentándola, con lo que resulta un interesante avance en cuanto a impulsar trabajo genuino para nuestros artistas: ¿Será por eso que la enorme mayoría de ellos apoyaron el proyecto oficial?. Que, fundamentalmente, garantiza el federalismo comunicacional y remueve la preponderancia porteña actualmente existente.

Las caras que defendieron al proyecto, al lado de las que lo defenestraron, hablan a las claras de las bondades del mismo. Tipos como Lanata, Victor Hugo Morales, Alejandro Dolina, Adolfo Pérez Esquivel, con fama de incorruptibles e insospechados de kirchneristas, apoyaron la ley haciendo fuerte hincapié en que, al contrario del sentido común impuesto, se ampliaba antes que reducirse el espacio de discursos. Si hasta la ONU a través de su relator especial en la materia, Frank La Rue, se deshizo en elogios.

¿Perfectible? Obviamente. Pero cabe dudar de que vaya a haber otro momento mejor que este para, al menos, sancionar algo que es mejor que la 22.285. No era ni es seguro tener confianza en todos aquellos que nunca propulsaron esta jugada por complicidad con los poderosos. Muchos de quienes, además, son partes interesadas en el asunto.

¿Qué todo se motivó en rencores personales? Puede ser. Mejor dicho, es altamente probable. Pero no debe importar eso ahora. Ellos no han reparado en nada para cometer atrocidades, ¿por qué detener, por las formas, una lucha valiosa que busca profundizar la democratización?

¿Qué hay cosas mas importantes de que ocuparse? Pensemos que sin un lugar para dar esas discusiones que, es cierto, urgen enormemente, será imposible encararlas. Pensemos si resulta probable que quienes tienen que ceder algo a fin de alcanzar todas esas metas a las cuales se hace referencia, que son los mismos que monopolizan los lugares de difusión, sean tan gentiles de otorgar espacios para que sea puesta en evidencia su gula. Por ende, para que tengan cabida las cuestiones pendientes en la agenda, y la oferta de alternativas populares era, es y será imprescindible pelear por las palabras y sus significados. Sin callar a los intereses contrapuestos, ni mucho menos. No resultaría lógico imitarlos. Acá no se trata de que nadie se calle, sino de que se sinceren las posiciones y se favorezca la competencia leal. De lo que se trata, es de ir a pelear sentidos, discursos, de igual a igual. Y que cada quien elija. Pero que existan oportunidades, que hasta esta fecha no hubo, para todos.

Pero esa, es una cuestión de todos los días. La sola sanción de una ley, no va a hacer hablar automáticamente a los actualmente postergados, ni menos dejará en ridículo los discursos dominantes, que por cierto ya lo son aunque no están lo suficientemente evidenciados.

Si acaso alguien cree que la tarea ya está cumplida, no entendió nada. La criatura apenas ha nacido. Ahora, de todos depende cuidarla.

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