miércoles, 23 de septiembre de 2009

¡UNASUR!, ¡Sale con fritas!

(Nota del autor: la presente nota ha sido publicada en una revista que la JP de La Matanza acaba de sacar a publicación desde el mes de Septiembre)

América del Sur es la única región del mundo donde pasa algo. Hablando en términos políticos, claro. Esto se debe a que los últimos años vieron nacer en esta parte del continente gobiernos que no viven automáticamente alineados a los mandatos de Washington. La región está contestataria a la unilateralidad yankee, y esa “rebeldía” opera como fundamentación a la frase de con que se abrió esta columna.

Lula, Cristina, Bachelet, Tabaré, Evo, Chávez, Correa, todos en definitiva, coinciden, desde luego que con matices propios, en la necesidad y la ventaja de sostener independencia de criterio en todos y cada uno de los temas que la agenda internacional plantea. UNASUR no es más que una expresión de ello.

Entonces, por decantación, América del Sur es noticia constantemente. Un ejemplo de lo dicho está en la reacción de rabioso rechazo que, en forma unánime, adoptó el bloque para con los sucesos golpistas en Honduras (esos que a Mirtha Legrand no le importan nada de nada). Es muy significativo el gesto, pues evidencia una veta de maduración y aprendizaje de las heridas del pasado e invita a soñar con un futuro distinto. Cuán distinta pudo ser la historia en el pasado si ante el primer tiro que se alzaba en contra de las democracias, hubieran surgido respuestas como las hoy dadas ante los golpistas que, encabezados por el Presidente de facto Roberto Micheletti, voltearon al gobierno democrático de Mel Zelaya.

Por otras razones, pero con la misma impronta, los mandatarios sudamericanos se reunieron en Bariloche. Encabezados por el Presidente ecuatoriano, Rafael Correa, -ejerce la Presidencia pro tempore del organismo- y por la Presidenta argentina, Cristina Fernández -lo acompañó, como anfitriona, en la conducción del encuentro-, la cita tuvo el doble objetivo de sentar la posición de UNASUR frente a la instalación de bases militares norteamericanas en territorio colombiano –presidido por el único mandatario alineado con EEUU, Álvaro Uribe-; y con ello, zanjar las divergencias entre el Presidente colombiano y sus pares Chavez, Evo Moráles y el mencionado Correa. Era imprescindible evitar el colapso de la organización. Una hipotética ruptura podía dar pasto a la siempre dispuesta derecha conservadora local, que mira con cariño al norte y que estuvo a poco de capitalizar un suceso para soltar sus típicas balaceras verbales tipo “¿Qué otra cosa se podía esperar de una agrupación bananera?” o “esto no es propio de países serios”. Con la elaboración de un documento donde: se observa el intervencionismo militar en la región / se respeta la soberanía colombiana, siempre que esta se comprometa respetar (y hacer respetar) la de sus vecinos / y se genera un Consejo de defensa dentro del organismo para fijar políticas en la materia; UNASUR dio un gesto de grandeza, un salto de calidad en lo que a política internacional se refiere. La respuesta no fue más que lo esperable: generar un marco que contenga las disputas, promueva el diálogo respecto de los puntos de desacuerdo y produzca políticas de largo plazo que van forjando una matriz propia y, con ello, deja mejor parada a la región. Esto se ha logrado por respetar el perfil ideológico que se mantiene inalterable: la recuperación de la política como elemento generador de la lógica en que se va enmarcando la vida de las sociedades sudamericanas. O, dicho de otro modo: la profundización de la ruptura con el neoliberalismo y la autocracia norteamericana. América del Sur de pie frente al poder, como nunca se la vio.

En el éxito fueron vitales los aportes de Lula, conteniendo a Chávez, y de Cristina, que hizo lo propio con Uribe (tanto que lo llevó del brazo a la foto final, cuando este amagaba no salir). El líder de la región y su ladera fueron factores decisivos del acuerdo demostrando ambos, una vez más, mucha cintura política. Son, Lula y CFK, las garantías de acuerdos regionales ante las posiciones mas extremas de sus pares. Cumplen, y con creces, el papel de conciliadores. Lo cortés no quita lo valiente, y así, con inteligencia, conducen virtuosamente el fuerte proceso de construcción regional de criterios propios de conducción. Justo será mencionar que, esta vez, a ellos se sumó el aporte de Correa mostrando un tono que nunca le había sido visto, conciliador y diplomático con su par Uribe (un cuadro político de aquellos, hay que reconocerlo, aun sin coincidir en nada con su ideario), lo cual no le impidió dejar en claro que descree del éxito que pueda tener Colombia en la empresa de contener a EEUU, trayendo a cuento el valioso antecedente de cómo el país del norte desconoció acuerdos de protección recíproca en ocasión de la guerra de Malvinas. Y que, si eso desconoció, más podrá hacerlo si actúa en ausencia de marco regulador.

Digresión: siendo quien firma habitante de estas pampas, no puede dejar de destacar el orgullo que le provocan los desempeños de Cristina en todas las ocasiones como estas. Sus discursos son verdaderas piezas de colección en materia de política internacional. Los auditorios generalmente la reconocen y la destacan. Buena imagen tiene el país con esta mandataria y su eficiente canciller Taiana, todo muy distinto a otros tiempos en que Argentina era “uno más”, en el peor sentido de la expresión, en el concierto internacional de naciones.

En fin, en América del Sur se sigue haciendo política. Y eso molesta a todos quienes creían muertas las “abstracciones de las ideologías” que aquella fomenta. Se reafirma el sesgo independentista. Se consolidan conductas de estado a largo plazo en cuestiones de soberanía. UNASUR, señores, funciona. ¡Y como! Lo que pudo haber sido un problema grande, se lo acaba de comer fácil y -como dijo Cristina al firmarse el documento-, con fritas.

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