viernes, 4 de septiembre de 2009

Triunfo falopa o salto a la gloria


Suele decirse que los clásicos son partidos aparte, desestimando la influencia de las coyunturas con que pueden llegar los rivales a un encuentro de tales características. Vale. Pero para Argentina, el partido que se viene ante Brasil significará, además, una suerte de bisagra.

Un partido en el que se define si sigue siendo un mero combinado, o si la oportunidad la usa como plataforma de despegue a la seriedad que necesita y de la cual hoy carece.

Maradona mismo lo dijo, Brasil es un ejemplo de evolución incesante. Tenía pésimos arqueros; hoy, a uno de los mejores del mundo. Sufría por el nivel de sus marcadores centrales; ahora, los tiene de exportación. Y todo ello, lo agregó a su clásico estilo para acrecentar, aún más, su excelencia de conjunto. Ahí esta la clave: Brasil sí es un equipo. Fuerte, sólido y coherente, además de estético. Un equipo donde dos estrellas que ocupan el mismo puesto no son amontonados en el once: Dani Alves, por ejemplo, un excelente lateral, que debe alentar a Maicon desde el banco -porque entre los brasileros, además, hoy no caben vedettismos-. Un seleccionado donde no son eliminadas posiciones históricamente imprescindibles en la columna vertebral de cualquier equipo: así entonces, de nueve juega Luis Fabiano, y no Pato, que debe contentarse con ser alternativa de Robinho.

Planificación, fuerza, despliegue, y vocación defensiva no equivale a resignar o postergar un ítem donde siguen siendo líderes indiscutidos: belleza, bambino, belleza.

Argentina es, lisa y llanamente, la contracara. Maradona ha tomado sanas decisiones de tipo político para el manejo del grupo, como ser el hecho de haber revalorizado la oferta de jugadores del medio local. Allí se inscriben las convocatorias de Rolando Schiavi, Rodrigo Braña y Martín Palermo. Una forma de advertir a los aburguesados “europeos”, que nadie tiene el puesto comprado –excepción hecha de Mascherano y Messi-. Pero esa elogiable estrategia, no ha sido correlativamente acompañada con el manejo del equipo titular. Allí sigue primando el marketing por sobre el sano criterio. Continúa la delantera conformada por los chiquitos. Jugadores que, está claro, no pueden convivir en un mismo equipo (ni aún dos de ellos, siquiera), porque se superponen y se niegan. Ausentes, así, delanteros de peso o cabezas de área. Eso y varias otras cesaciones más que cuestionables, como la increíble afirmación, por parte del DT, de que Jonás Gutiérrez ha adquirido la categoría de indiscutible.

Con todo esto, se tiene un ciclo que se podría caracterizar como “basilismo con más huevos”. Porque la enjundia de los players, es cierto, creció, pero sólo con eso no alcanza y el resto de los problemas siguen allí donde los dejó Coco.

El armado requiere de valores complementarios, verbo que no conjuga la unión Messi-Tevez-Agüero. Raro que no lo sepa Diego, que en el `86 vio potenciado su juego con el servicio de obreros que no se le superponían, dejando de lado talentosos de la talla de Borghi o Bochini; y que en el `78 fue él mismo dejado de lado del plantel por parte del Flaco Menotti, porque el lugar de estrella le estaba reservado a Kempes. Que se sepa, les fue un poquito bien a ambos equipos.

A pesar de todo, y haciéndole honor al postulado mencionado al inicio de esta columna, es muy probable que Argentina le gane a Brasil el sábado. Tiene con que hacer a un lado, durante noventa minutos, un panorama que le pinta muy desfavorable.

Otra cosa, y muy distinta, será la lectura que podría arrojar una victoria. Puede ayudar a alimentar un modelo de juego que viene con más pena que gloria; o bien, sirve de trampolín a la construcción del cambio que es, a todas luces, imprescindible. Ambas situaciones, el triunfo y la lectura que del mismo se pueda hacer, están en veremos.

Es muy necesario que Diego tenga claras las ideas porque, como ha sido costumbre en su vida, tiene la respuesta en sus manos.

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