martes, 15 de septiembre de 2009

Que no copen la parada (Sobre la ley de medios v. V). ¿Y ahora, que?

El periodista Mario Wainfeld suele usar la figura del ágora mediático para referirse al lugar donde confluyen expresiones carentes del rigor de fundamentación necesario para opinar al respecto de los temas sobrevinientes en la agenda pública.

Dicha construcción ha estado muy presente en el debate de la ley de medios democrática.

Desde que se intentó despojar de legitimidad a los actuales legisladores, desconociendo no sólo su mandato hasta el 10 de diciembre, sino también la circunstancia de que el comicio de junio en nada obsta las calidades de su mandato. Y como si ello no significara posponer nuevamente a la eternidad el debate, pues con las renovadas mayorías poca ventura podría esperar el proyecto, si ni han sido capaces, ni ayer ni hoy, de presentar siquiera dictámenes de minoría.

Siguieron con que el debate no debía darse a las apuradas. “Olvidando” la fecha de presentación del proyecto -allá por marzo-, obviando los más de ochenta foros realizados a lo largo y a lo ancho del país –y las 138 modificaciones que en ellas se realizaron al primigenio texto-, situación que puso en evidencia su incapacidad de debatir cara a cara con el pueblo en defensa de váyase a saber que intereses, además de la ausencia de lectura del texto. Desestimaron la construcción popular que antecede al proceso como simulacro de debate. Trataron despectivamente a los foros donde podía participar cualquiera con intenciones de hacerlo, a favor o en contra de la propuesta del ejecutivo, y con, seguramente, muchos mejores aportes para efectuar que cualquiera de los “iluminados” opositores que ocupan bancas. Costará encontrar ley con mayor grado de participación popular en su construcción que esta. Luego pidieron múltiples audiencias, en las cuales las voces a favor de un proyecto calificado por la propia ONU de ejemplo mundial, brillaron por su ausencia en un debate por el cual sólo declaman.

Abundar en la intencionalmente canalla interpretación que se quiso dar a la supuesta potestad de revisión cada dos años de las licencias, sería estúpido, pues la mentira cayó tan rápido como fuera orquestada.

Ahora Cristina decidió dar de baja dos artículos del anteproyecto: el que permitía el ingreso a las telefónicas (esas que en el proyecto de Silvana Giudice tenían muchos menos requisitos para ingresar); y la composición de la autoridad de aplicación con mayoría oficialista y dependiente del Poder Ejecutivo, cual lo es en toda democracia “seria”, teniendo por seriedad el significado que le otorgan los propios opositores.

Con buen tino, la Presidenta cede dos puntos que le pueden acercar a la ley las voluntades de la centroizquierda, a quienes envío un mensaje cuando se la oyó decir que los cambios eran para conciliar con quienes hacían observaciones, por así decirlo, de buena leche. Aún cuando no se ha explicitado (seguramente no se tenía con que hacerlo) la razón por la cual las telefónicas no podían ser parte de la competencia. Pero vale como gesto que se abre a la construcción del consenso.

En cuanto a la autoridad de aplicación, la cuestión era más fácil de solucionar. Los opositores criticaban la composición mayoritaria que guardaba el proyecto oficial, pero olvidando el detalle de que, oponiéndose a discutir la sanción de una nueva ley, quedaba válida la “ley” firmada por Videla, Martínez de Hoz y Harguindeguy. Esa “ley”, se sabe, no guarda mayoría sino absolutismo a favor del ejecutivo. Con lo cual resultaba incomprensible de por sí la oposición a la renovada autoridad. Así y todo, se avanzó también con ella.

Y de repente, el ágora siempre en la predisposición de hablar sin fundamentos, queda casi postrado. Incapaz de poder persistir en la pertinaz oposición porque si, balbuceaban, tartamudeaban. Se ve que el anuncio agarró a Magnetto y sus secuaces desprevenidos, no pudieron pasar la letra a sus alfiles legislativos, y los muchachos quedaron en off side. La mencionada diputada radical Giudice, muy bien calificada como “empleada del mes de Clarín”, se hunde en su cada vez más profundo tartamudeo.

El gobierno demostró no estar detrás del control de la prensa, otro sello de los clarinetistas faltándole el respeto a la coalición por la radiodifusión democrática, con sus veintiún puntos, y mucha otra militancia que tuvo y tiene mayor protagonismo que los K –simples artífices políticos- en el presente proyecto. El proyecto de derogación de los delitos de calumnias e injurias fue el primer ejemplo. Ahora se derriba otro mito, el de la intención de conformar un nuevo monopolio, pero afín. Cuando menos, y también lo dijo Cristina, ya han concedido que no es ilusoria la existencia de los monopolios, como increíblemente se sostenía para defender a el grupo.

Supuestamente, quienes tuvieron el buen tino de subirse al debate y reclamaban cambios, debieran conceder que todo esto viene por el buen camino.

Los otros, los que militan en la defensa del statu quo, sin importar porque, ni como, ya verán que nueva treta discursiva intentan para ejercitar su rechazo automático sin caer, para el ya citado ágora, en un ridículo que cualquiera, con tiempo y ganas de decodificar un tanto los mensajes, nota evidente. En el supuesto de creerlos con buenas intenciones (no es el caso, a juicio del firmante), debiera preguntárseles que mas les hace falta para que aporten su buena gana de discutir. Es una ingenuidad, claro.

Calma muchachos, HM debe andar ocupado. Les debe estar por llegar el libreto con los nuevos sinsentidos con los cuales salgan a defender un rechazo que no se comprende.

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