lunes, 28 de septiembre de 2009

Cimentando conceptos, fortaleciendo convicciones.

Se puede analizar la victoria de Independiente ante Racing desde la mirada del hincha y caer en un par de lugares comunes, que no por adolecer, ellos, de las nubes propias del fanatismo dejan de tener algo de razón. Independiente gana los clásicos con la camiseta. El triunfo en el clásico ya es una costumbre. Los cuatro años y medio sin derrotas ante La Academia, los veinte triunfos de distancia en el historial, y las, apenas, cinco derrotas -contra catorce victorias- en los últimos cuarenta jugados (hablando de todos los duelos por torneos cortos), sustentan la buena dosis de agrande de la parcialidad roja.

Mirándolo más fríamente, puede decirse que, aparte de lo puramente emocional, el triunfo tiene para Independiente un valor estratégico muy grande. El once inicial al cual Gallego empezó a dar rodaje ante Vélez, en el clásico volvió a mostrarse como lo mejor que puede poner en cancha el DT hoy por hoy. Ratificó, Independiente, su buen nivel actual (lo cual no es poco), aunque también repitió bajón en el ST e incapacidad de definir lo mucho que construye.

Con un primer tiempo en el cual la diferencia le quedó corta al rojo (dos a cero que bien pudieron haber sido tres o cuatro, sin exagerar), el segundo parecía que iba a salir sobrando. No fue así porque Racing lo fue a buscar, claro que sólo a base de empuje, de vergüenza deportiva, pero muy poco de fútbol. A fuerza de centros y pelotazos cruzados hizo retrasar a su rival, que ya de por sí sufría por las ventajas que da desde lo físico: Piatti y Silvera, claves en el ataque, llegaron al filo del inicio del torneo, Mancuello se lesionó en medio de la pretemporada, Gandín con pesadez propia. Cuatro sobre once es mucho, y en el futbol de estos tiempos peor todavía. Por eso, y por las mencionadas falencias en definir una buena cantidad de contragolpes, Independiente sufrió más de lo que merecía.

Hablando concretamente del juego, el rojo apuesta al vértigo que Busse y Mancuello aportan por los costados, bien servidos por Acevedo, el patrón del equipo, y Piatti, que juega suelto delante de la línea de volantes. Dos puntas con mucha maña, Silvera y Gandín, intentan sacar petróleo de todo aquello que tocan, y se van entendiendo cada vez mejor entre ellos: El primer gol de Chipi es prueba de ello. Ayer, por su parte, empezó a aportar mucho Mareque al irse al ataque. Se soltó bien, y generó el penal del segundo de Gandín. Viene bien la variante. Equipo corto, simple, agresivo.

Mirando otro set de cuestiones, Independiente sacó mejor de lo pensado estos últimos tres partidos, que parecían un trípode muy temible. Si se lo mira desde las matemáticas -4 puntos sobre 9-, la cosecha no es tan grande. Si se tiene en cuenta que se hicieron dos buenos partidos (uno ante el último campeón local, y otro frente al clásico rival), que la derrota fue ante el aparentemente invencible actual campeón de la Libertadores y que se han encontrado equipo y juego, pues es enorme. Deberá ajustar en definición, así como en algunas cuestiones aéreas en defensa (no de pelota parada, de donde sacó varios de los contragolpes, en buena medida por la tarea que allí desarrolló Cuqui). Pero sabe qué quiere (y, más importante, hasta donde puede), la hace correr por el suelo, y varias de cuyas individualidades se ha afianzado: Busse, Acevedo. Sin necesidad de continuar probando, es tiempo de que el rodaje acerque la excelencia.

La actitud es otro ítem a destacar. Se nota un equipo con espíritu, alegre, no dispuesto a negociar ni una gota de sudor, ni a mezquinar la pierna en cada dividida. También a Gallego se lo advierte entusiasmado. Siempre se dijo de él que sólo dirigía si le traían estrellas. Ahora, con menos recursos, se lo ve laburar, buscarle la vuelta a la escacez.

¿Estamos para campeones? No, y seguro los propios protagonistas lo saben. ¿Se puede pelear? Eso sí, sobre todo viendo el nivel general de los rivales. Saludables actuaciones, plagadas de concepto, coherente y medido, y un compromiso que asombra, sirven de plafónd a esa ilusión, toda vez que lo acostumbrado entre los hinchas venía siendo muy distinto. Tengamos prudencia. Lo hecho hasta acá indica que el camino es robustecer lo logrado.

Mientras tanto, a disfrutar de una (nueva) victoria clásica. Otra más, para alimentar la costumbre. Y para que muchos en la vereda de enfrente, aprendan lo que se llama prudencia y humildad. Máxime cuando enfrente se tiene un superior.

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