jueves, 6 de agosto de 2009

El caso De La Rúa: ¿y lo verdaderamente importante?

Fernando De La Rúa ha sido procesado por el famoso escándalo de las coimas en el senado. Aquel que, no sólo arrancó del gobierno a su vice, el Chacho Álvarez, símbolo del falso progresismo que declamó la campaña electoral de ese engendro; sino que también constituiría el primer paso en el impresionante declive del que, considero, fue el peor de los Presidentes democráticos de la historia.

Pero a mi el hecho no me genera ruido por lo reprochable que pueda ser un delito tal en el ejercicio de la función pública. No para mi curiosidad, todo el arco periodístico prefiere hacer foco en ello, la corrupción.

Lo penoso es que con ello se deja de lado algo muchísimo más nodular en el asunto: el contenido de aquella no-ley era tremendamente lesivo para la clase trabajadora formal que iba a receptarla. Profundizaba, todavía más, la gigantesca flexibilización de la cual habían sido ya objeto los obreros durante diez años. Aniquilaba conquistas en sintonía con el desmantelamiento del estado articulador.
Ese soborno representaba, no sólo lo que en sí mismo era, el delito de cohecho mirado con la letra fría y rigurosa del código penal, sino también, y para peor, la representación simbólica de cómo la clase dirigencial servía a los intereses del capital en desmedro del trabajo, poniendo al aparato estatal a trabajar en contra de los más débiles, bien que ayudados por una clase sindical (no toda. No Moyano, por ejemplo, aunque muchos parecen querer olvidarse de ello) absolutamente corrompida desde el menemato del cual De La Rúa, conservador no radical, fue un mero continuador. Nada, o demasiado poco de esto, se menciona y/o analiza.

Reitero, no me parece mal subrayar la necesidad de decencia en la política. Pero si me parece mal no poner en primer plano que los contenidos –la ley-, son más importantes que las formas –el soborno- en las buenas y en las malas. Sin embargo, pasan y pasan las oportunidades y la revisión de todo aquello sigue brillando por su ausencia. Todo aquello, es la década -y dos añitos más- neo liberal. Clamando por lo que Caparrós define como “honestismo”, ¿olvidan? cuanto más importante que ello es profesar ideologías aberrantes.


Y ante esto la pregunta: o es la famosa derrota cultural de que tanto hemos debatido, o bien, alguna complicidad en esconder que la corrupción de esos tiempos no fue nada al lado de la imposición de una pseudo democracia operando a favor de determinados intereses de clase.

Alguna vez alguien, no recuerdo ahora quien, cerraba un análisis diciendo: ¿lo hacen de malos o de boludos? Le viene muy bien ese cierre a esta notita.

1 comentario:

  1. Las críticas por corrupción suelen quedarse en la superficie, en sintonía con las posmodernidad liviana. Habrá algún maloso por ahi [totalmente convencido de lo que hace está bien, seguidor de Ayn Rand seguramente] pero la mayoría lo hace por oveja siguiendo el rebaño
    saludos

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