lunes, 13 de julio de 2009

La locura de Moreno


Habrá que pensar bien algún calificativo para un país en el cual todos, oficialistas y opositores, están en vilo respecto de la continuidad (o no) de un Secretario de Comercio Interior. Propongo un punto de partida desde donde pensarlo sin entregar el producto terminado: no se puede creer.

Todos tendrán que hacer un mea culpa por esto. Quienes le cantan loas, por haber convertido la defensa de su figura, inexplicablemente, en una bandera indicativa de fortaleza o debilidad política, lo cual a esta altura supone un error estratégico inconmensurable: cualquier funcionario, y uno que no es de primera línea especialmente, no puede llegar a ser tan imprescindible. Aquellos que lo critican, por centralizar sus cuestionamientos justamente en aquello que es lo menos relevante de su mediocre tarea: los modos en que la lleva a cabo, basados para ello, encima, en fundamentos de harto dudosa veracidad. A ver, hacer de Moreno un ídolo, no da. Pero presentarlo cual si fuese el representante terrenal de Satanás, da menos.

En la manía criolla de discutir acerca de lo irrelevante en el vacío o lo falaz, el Moreno Gate, no tenía porque ser la excepción. Del lado de sus incondicionales, porque desconocen el lastre negativo que su desempeño lega para el futuro de aquellos que defendemos lo virtuoso de la intervención estatal en la economía. Moreno ha cumplido, en su mayoría, una gestión bastante oscura. Sus intervenciones han sido ejemplos de burocratismo innecesario, instrumentaciones ineficaces y ausencia absoluta de controles acerca de aquellos acuerdos que se lograron y de los cuales muchos (por no decir casi todos) de los firmantes privados se burlaron. Súmele el “detalle” del INDEC, y el resultado da un coctel negativo que constituye un record de descrédito e involución en lo que debió ser la tarea de encarar modernas, inteligentes y superadoras formas de morigerar el libre mercado. Excelente carnada para que toda la derecha tenga a mano en su empresa de propender la tristemente célebre “mano invisible” del mercado. Justamente, del lado de sus detractores existe, en prefecto compossé, mentira (o falacia) y falsedad. Primero, porque ninguno de ellos ha podido certificar las versiones sobre sus supuestas malas formas, llegando al ridículo extremo de criticar su pasión militante como si se tratara de un poseído y al contrasentido de calificarlo, al mismo tiempo, de honesto y matón. O, tanto peor, porque lo grisáceo de la tarea de Moreno significó, a contramano de lo pregonado como intenciones del funcionario, que mucho pez gordo haga lo que se le antoja con los precios. Segundo, y en relación con lo último, porque el hecho de atacar al “Napia” no tiene otro objetivo que el de denostar, a través de su cuestionada imagen, lo que ésta representa: que el estado actúe en detrimento de la desmedida libertad de acción de los intereses privados imposibilitándoles incrementar su capacidad de injerencia sobre las estrategias de políticas públicas. Así que otro perro con el tema del "daño que hace a la economía la injerencia de Moreno".

Fabuloso. En el combo de criticar una gestión que los ha favorecido, por defecciones propias, se quieren llevar adicionalmente la desaprobación a la enunciación, siquiera simbólica o discursiva, de un objetivo macro que, a todas luces después del derrumbe financiero mundial, aparece como correcto.

Entonces, de un lado y del otro habrá que sincerar el discurso. O precisarlo. Sus simpatizantes deberán entender que su gestión no ha sido satisfactoria y que el embudo en que se ha entrado acerca de su continuidad entra en conflicto incluso con el rumbo progre deseado, pues suena ridículo que ese pueda depender , justamente, de una etiqueta contra la que pelea: individualidad. Sus enemigos, en tanto, harían bien en reconocer que, en realidad, este torpe Secretario ha resultado funcional a sus intereses: actuales y futuros.

En cualquier caso, a favor o en contra, la centralidad de agenda que ganó el tema Moreno es una locura.

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