lunes, 20 de julio de 2009

Chau, Rolfi


Se fue Daniel Montenegro de Independiente. No se va cualquiera, sino quien fue capitán ininterrumpidamente durante los últimos tres años y único jugador medianamente decisivo que tuvo el club en ese período. ¿Qué pudo haber hecho más? Sí, es verdad. ¿Lo rodearon mal y eso atentó contra sus posibilidades? Nadie en su sano juicio puede negarlo.

Rolfi dividió aguas como pocos otros lo hicieron en nuestra parcialidad, y esta ida no es la excepción. Para unos, se terminó el mundo. Para otros, se terminó el caos. El tipo generó amores y odios, tanto por su juego como por aquella traumática salida de su segunda etapa, cuando pasó a River y nos embocó buena cantidad de festejados goles. En este tercer paso, que acaba de concluir
, se convirtió, porque quiso y por defecciones dirigenciales en igual medida, en el único jugador capaz de cargar con el éxito o el fracaso de los vaivenes deportivos de un equipo que amargó mas de lo que alegró; que muchas veces dio la sensación de quedar dando menos de lo que podía; y que, hay que decirlo, no estuvo a la altura de las expectativas que generó en varias oportunidades. Montenegro fue responsable de todo lo bueno y también de lo malo que ello implicó.

Para quienes lo aman, fue un diez a la altura de la camiseta cuyo número tiene un dueño en el corazón de la institución. Ese hombre medio pelado que, por otro lado, no dudó en defenderlo cada vez que tuvo micrófono o pluma a disposición para hacerlo. Si hubo un "rolfista" en Independiente, ése fue Bochini, sin duda. Fue, Rolfi, también, el que se cansó de amargar a Racing, rival de toda la vida contra el cual Montenegro ¡no conoció la derrota! Fue el goleador. El que salvó muchas veces, con pinceladas de su fútbol distinto, de situaciones vergonzosas al club. Cierto es que, al margen de cuestiones subjetivas, no se le puede negar dedicación cuando uno se encuentra con un tipo que faltó poco --aún lesionado--, que se mostró siempre bien predispuesto y que aportó entusiasmo de protagonista.

Para quienes lo odian, nunca pudo o nunca quiso cargarse el equipo al hombro. Jamás encontró la forma de diferenciar su nivel del resto de sus compañeros cuando estos no respondían, muy especialmente en los clásicos que no fuesen contra la Academia. Lo tildaron --con pocas pruebas, hay que ser justos-- de camarillero, de digitarles formaciones a distintos DT e incorporaciones al presidente, de condicionar presencia y rendimiento a veleidades de divo. No podrá negarse que Rolfi siempre dejó la sensación de poder más, por sus enormes condiciones.

Para quien esto escribe, en el bando de sus defensores, se trató, lisa y llanamente, de un verdadero náufrago, que debió lidiar, no sólo con la falta de interlocutores válidos, sino con el deber de asumir una función que no es la suya: la de conductor del equipo. Y no es un dato menor, éste, cuando se acusa a un tipo de no querer asumir un liderazgo, si se toma en cuenta que se lo obliga a realizar algo que no siente, toda vez que Montenegro es un formidable acompañante de directores de orquesta. Sus mejores rendimientos lo encontraron en coincidencia con los de Rodrigo Díaz o Grisales, tipos sí acostumbrados a cargar la bola desde atrás, liberando a Rolfi para poder explotar su talento mas de punta, acompañando a Denis --o a quien fuere--, con menos trecho para recorrer y mayores comodidades para explotar su estupendo remate de media y larga distancia.

Lo concreto es que ahora todo está por verse en Independiente. Si llega el caos o la primavera con su partida. Esa verdad estará en el césped. Ese que no verá, al menos por un tiempo, sus corridas con la diez roja. Y cada cual hará su conclusión. Este comentarista, por su parte, lo despide con afecto y gratitud. Con buena dosis de honestidad intelectual en coctel, pero deseando verlo prontito nuevamente con la diez roja.

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