viernes, 24 de abril de 2015

¿Y entonces?

Una misma trama subyacente como causa de todo ¿nuevo? episodio: la ineptitud de las fuerzas de oposición al gobierno nacional para afectar decisivamente el curso de los acontecimientos deriva en la intrusión del escenario por elementos ajenos a la competencia específica, cuyos intereses y racionalidad son (y deben, o deberían, ser) distintos a los de quienes participan de la electoralidad de modo regular.

La grieta casi irreconciliable que existe entre la tramitación de un programa de gobierno que sustituya al vigente en la actualidad, y los votos necesarios para sustentarlo es el drama en cuestión. La semana que está terminando, y que se iniciara con la celebración de elecciones primarias en las provincias de Santa Fe y Mendoza, no fue la excepción. Y la duda pasa por la utilidad de publicar si a fin de cuentas uno va a acabar reiterándose tanto en un mismo esquema.

Santa Fe y Mendoza son dos de los distritos en que las peculiaridades locales del sufragio subordinan en mayor medida a las variables nacionales que lo circundan. Pero la proyección de cada cifra provincial de cara a las presidenciales de agosto/octubre es el litigio principal e ineludible de cada debate que a su respecto se abre. Más allá de las complicaciones que tal operación supone, y por ende de lo débil y, en lo más probable, efímero de las conclusiones que de ello se pueda estipular. Sobre todo porque se trata de dos comarcas que, al mismo tiempo, como pocas otras exponen lo caótico del jeroglífico en que ha estallado el sistema de partidos a la salida de la crisis neoliberal en 2001.

En Mendoza salió a la cancha una muestra en miniatura del sueño húmedo del establishment, la mega confluencia antikirchnerista. En su entendimiento, única ruta de escape a la continuidad, mensaje que choca de frente contra el de inevitabilidad inminente del fin de ciclo. Resulta complejo discernir por qué hace falta un entendimiento semejante para enfrentar a un moribundo, pero se sabe que en esos territorios se ha dejado de considerar a la lógica como requisito discursivo. El triunfo, así y todo, fue exiguo. Pero el dato menos decisivo, como siempre, es el numérico. El principal equívoco de quienes aspiran a calcar la construcción en que se apoyó la candidatura de Alfredo Cornejo pasa por la incorrecta lectura que hacen del papel que jugaron allí Maurizio Macrì y Sergio Massa. El apoyo que dieron ambos al vencedor no pasa de lo declarativo.

Las estructuras allí utilizadas pertenecen casi en su totalidad a la UCR. Apenas algo puede haber sumado el alcalde porteño dada la previa captura que había hecho del Partido Demócrata. El rechazo de los jefes radicales a compartir la foto con ambos precandidatos presidenciales es la mejor pauta de las dificultades de combinar allí donde sí todos tengan algo a contemplar.

El peronismo mendocino pretendió, convenientemente, eludir que el crecimiento cerca de los Andes de la restauración aliancista no se explica fundamentalmente en una impugnación a la presidenta CFK, sino a ocho años de gestiones locales evaluados negativamente. Y arribó a las urnas, entonces, con un diagnóstico deficiente. 

Al margen de la disputa interna que hubo, antes bien importa el modo en que discurrió. Aun cuando el candidato de La Cámpora, Guillermo Carmona, fue derrotado ampliamente por el auspiciado por el gobernador Francisco Pérez (y más decisivamente por el vicegobernador y real autoridad partidaria, Carlos Ciurca), el senador Rolando Bermejo --todo modo, un senador nacional sistemáticamente consecuente con el bloque del Frente para la Victoria--, al FpV le alcanzó para dejar sentado que, si bien no bastará con la sigla para la hazaña de dar vuelta el resultado, mucho menos ello será posible sin su concurrencia en la empresa. A tal fin, han sido oportunas las primeras reacciones conocidas tanto de CFK como de su postulante, en el sentido de aportar a la unidad del espacio de cara a los comicios definitivos. Lo que debería, de una buena vez por todas, persuadir a quienes todavía lo duden en cuanto a la voluntad de triunfo peronista de la primera mandataria.

Acerca de Santa Fe, en realidad habrá que celebrar nuestra tardanza en el comentario, siendo que el escrutinio comicial ha quedado envuelto en serias dudas. Tras dos pésimos turnos del socialismo que venían precedidos por otros tantos de desventuras del peronismo de la bota, otrora temible, y en el marco de un serio dilema con el narcotráfico que ha llegado incluso a capturar el Estado, las cosas no han variado desde 2011 más que en lo mínimo que hacía falta para que Miguel Del Sel arrimara lo que no logró hace cuatro años. Tampoco en Mendoza, si de porcentajes hablamos, más allá de que esta vez han evitado la partición que sufrieron cuando se consagrara Pérez en coincidencia con el arrase de Cristina Fernández.

No conviene seguir expandiéndose, cuando todo ha ingresado a zona de incógnita a la espera de recuento. En cualquier caso, parecería que la maniobra estuvo más dirigida a opacar a la oferta kirchnerista, de Omar Perotti, que a Del Sel, cuyo primer puesto no estaría en duda. La escena con que el actual diputado nacional denunció la maniobra en la Cámara de Diputados de la Nación da cuenta de la mayor solidez del armado del FpV. Quienes circulen por este blog a menudo sabrán de sobra que aquí no otorgamos exclusividad al ingrediente mediático. Pero en esta oportunidad es imposible dejar de lado que a partir de estas dos elecciones se intentó dibujar, ya desde la mañana siguiente a ambas votaciones, un gigantesco edificio de humo. 

De acercar a Macrì con Massa se trata, de nuevo, a despecho de lo referido sobre este particular ut supra. Sonaba raro esa editorialización cuando al mismo tiempo se leía que la oposición (escrito así, en general) había aplastado al kirchnerismo. 

Con el correr de las horas, y mientras el gobernador Antonio Bonfatti se enreda en lo inexplicable, queda todo más claro.

jueves, 16 de abril de 2015

Salta la ficha

El triunfo de Juan Manuel Urtubey en las primarias salteñas incumbe, a la vez, resonancias propias de la coyuntura local --mayormente, y que de seguro explican el resultado mejor que cualquier otra cosa--, e implicancias que se inscriben en un panorama nacional que, para poder definirse como tal, requiere de que se precisen conceptos que, aunque no modificarán la síntesis que se arriesga a los efectos convencionales de estipular una conclusión (lo más general posible: victoria del Frente para la Victoria/derrota de las oposiciones), sí lo harán respecto de sus fundamentos.

No es un detalle menor: servirá para comprender que los dramas de los adversarios al proyecto de la presidenta CFK son todavía más agudos de lo que la superficie de una derrota electoral deja ver si se la estudia desde las minúsculas perspectivas que los análisis políticos metropolitanos admiten.

Haciendo a un lado, entonces, las especificidades de la realidad provincial, por carencias del comentarista, conviene entender que en modo alguno pueden considerarse nulas sus derivaciones más allá de las fronteras norteñas. Imposible, caso contrario, explicar información que a esta hora se está conociendo en cuanto a reconfiguraciones tácticas --hablar de estrategia acá sería demasiado-- tanto en el PRO como en el Frente Renovador a partir de conocida una votación que en la previa se suponía mucho más estrecha. Y aquí es cuando se hace necesario afinar la mirada: porque no se trata, en el caso de Juan Carlos Romero-Alfredo Olmedo, de una derrota tradicional de Maurizio Macrì y de Sergio Massa --más del segundo que del primero en este caso--; sino, mucho peor, de una a la que se subieron de prestado.

La edificación romerista excede y antecede a los referidos. Y más aún: adolece de instancia superior formal en la que articular con las dispares y numerosas UTE que los presidenciables opositores van rentando en cada comarca.

Por otro lado, de la segunda reelección de Urtubey emerge la constatación de una tendencia mayoritaria a la revalidación de los oficialismos, del signo que sean, a lo largo y a lo ancho del país, cuando el contexto socioeconómico es favorable. Lo que, proyectado, beneficiaría al gobierno nacional en sus planificaciones de cara a la cita de agosto/octubre venideros. Si esto, que fue norma en 2011 cuando Cristina Fernández batió récords históricos, se sostiene aún en el marco de un rendimiento sensiblemente inferior al de entonces, resulta una obviedad la algarabía oficialista del domingo último. Pero también significa una verificación de la solidez de su desempeño previo, que le permite capear bien el empedrado y aún sus propios errores.

De la incapacidad para observar esto, que se desprende de una previa negación de lo evidente, surge la decepcionante sorpresa de la vigente centralidad de CFK en la discusión por el futuro. De ahí la irritación que lleva al establishment a correr en auxilio inconsulto de las sucursales partidarias, intentando lubricar su ineficacia con enchastres varios, el último de los cuales ha sido la versión de una supuesta voluntad oficial de ampliar la actualmente incompleta Corte Suprema de Justicia, que surgió en llamativa coincidencia con la derrota de la entente macrimassista salteña. Las renovadas presiones tendientes a una confluencia entre el porteño y el tigrense, que brotan desde las mismas trincheras, hacen a idéntica praxis. 

El sueño húmedo del inevitable balotaje que devendría en caso de concretarse la alianza no se detiene siquiera a contemplar que en Salta ese experimento fracasó. Y no pasa por pretender una traslación mecánica de esa situación, pero sí debería quedar claro que la construcción política supone una operativa de mayor complejidad que mera matemática electoral. 

Una presencia contundente en los escalones superiores de la competencia complementa la contraparte de niveles subnacionales consolidados en su implantación territorial, y que conjugan reciprocidad con la conducción presidencial en un dispositivo común, corregido y profundizado en su arquitectura a través de la reconstitución jurídica y operativa del Partido Justicialista. Ello equivale al despliegue nacional a que tanto se alude cuando se exploran las razones de la supremacía del FpV. Después de todo, están por venir episodios provinciales más relevantes (en términos poblacionales), en los que la oposición recibirá noticias con las que compensar el traspié salteño. Si desde los fríos números no surge una explicación nítida es debido a que está en otro lado. Subyace un default político mucho más trascendente allí.

Carlos Pagni explicó, el lunes posterior a la elección, que Macrì, a su ver, "está empezando a darse cuenta que los problemas de la política se resuelven con política". Faltan menos de 60 días para que cierren los armados presidenciales, ¿y recién advierte semejante perogrullada? Estamos, pues, en presencia de no más que un voluntarismo in extremis.

Tarde piaste, a fin de cuentas, para tanto que todavía resta por desmalezar en lo que se aspira sea una alternativa seria.

domingo, 12 de abril de 2015

¿Qué hay de nuevo?

Cuesta la originalidad cuando se pretende publicar de a dos veces por semana.

Conviene, además, cada tanto, frenarse a estudiar con mayor detenimiento del que permite el formato de discusión de la geografía multimediática, para comprender con exactitud superior las razones estructurales de un proceso histórico determinado. Cuando decíamos en nuestro último texto que la inexorable consumación de las escasas llamas que aún perduran del caso Nisman implicaba a la vez efectos concretos sobre la marcha de la campaña presidencial 2015, intentábamos aludir a una singularidad del sistema político nacional, sobre la que nos hemos expedido demasiadas veces desde iniciado este año: su ausencia. 

Dilema cuyo desenredo a esta altura no asoma siquiera a rango de conjetura, circunstancia ésa muy provechosa para los factores de poder extrainstitucional, que concitan así un grado de compromiso mucho mayor de los actores políticos que intentan proyectar una alternativa al kirchnerismo. Una arquitectura partidaria regular serviría como muro de contención de esos impulsos. Los distintos episodios de la cotidianidad, en el fondo, sólo reproducen este drama de modo incesante.

Se trata, pues, reiteramos, de lubricar carrocerías partidarias opositoras desvencijadas con aceites ajenos a la política. El papa Francisco, que reivindica su independencia de acción, avisa que no acepta ejercer delegaciones, restringidas por definición. 

* * *

La presidenta CFK afrontó la cuarta huelga general desde que asumió la presidencia de la Nación en 2007, todas ellas acontecidas durante su segundo mandato, iniciado en 2011, en coincidencia con la fuga del ex secretario general de la CGT, Hugo Moyano, de la alianza de poder oficial, dato que otorga clara pauta acerca del carácter político de esas distintas medidas de fuerza. No porque ello constituya una extrañeza: aquí hemos coincidido en cuanto a la naturalidad de tal circunstancia. Pero, siendo que resulta difícil argumentar acerca de alteraciones en el programa de gobierno desde entonces, el elemento reivindicativo en específico no alcanza a explicar el viraje de su comportamiento. Hay que explorar razones por otros lados. Y no dejará de ser válida, en tal caso, la pretensión de Moyano de transplantarse a la acción político-partidaria. 

Sí cabe impugnar su pericia en tales negocios y los acuerdos en que puso a jugar hace tiempo a su sector. A tres años desde inaugurados sus intentos, ni uno sólo de los hoy candidatos considera relevantes sus opiniones para los cierres de listas. Los duros hechos lo exponen con menos poder que hace apenas cuatro años. Y con riesgo de boomerang hacia su posición en territorio gremial. Esa deriva explica ciertas reacciones de sus más fieles escuderos.

Mientras transcurría el paro, Máximo Kirchner vio la oportunidad de matar varios pájaros de un tiro, y, al tiempo que salió a contestar a una denuncia de Clarín por la que casi ninguno de los satélites que suelen subirse a esos colchones de humo creyó conveniente poner la cara, aprovechó para voltear de hoja y explayarse sobre la coyuntura electoral. Una exposición cuya nota más destacable fue la evidente intención del jefe de La Cámpora de profundizar en la polarización programática con Maurizio Macrì como hoja de ruta en el camino de las urnas, y en la que evidenció solidez conceptual y sobrada llaneza, muy útil para desmentir agravios previos que le habían sido dedicados desde las mismas tribunas que, luego, con la imputación por tenencia de cuentas bancarias en el extranjero, pretendieron elevarlo a alturas de genio maligno en casi un pase de magia.

Siendo que a la misma hora sucedía la protesta de los sectores asalariados mejor pagos del país, y que Julio Piumato había, un rato antes, reprochado a quienes no adherían atribuyendoles el asesinato --que no es tal-- de Nisman, resulta inevitable interrogarse acerca de esa invectiva de quienes al finalizar la jornada se presumían vencedores frente a la serenidad de un hipotético referente de los derrotados como MK. Tal vez porque las cosas son exactamente al revés.

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Tanto en la acusación al hijo de la Presidenta, como en la huelga de un fragmento de los trabajadores que lejos se encuentra de urgencias, se advierte un mismo hilo conductor, y es la necesidad del establishment de alimentar intrusivamente la discusión política con expedientes ajenos a los que esencialmente les interesan, porque las formaciones opositoras son incapaces de construir el dispositivo que las viabilice de modo competitivo, o bien les falta voluntad de asumir una agenda poco atractiva para las mayorías populares, en el marco --para peor-- de su haraganería y carencia de ductilidad para compatibilizarlas con la inclusión de esas mayorías de modo tal de evitar el naufragio comicial. La posibilidad de resolver ese laberinto está dada por la urdición de rebusques dialécticos que rehuyan de las cuestiones verdaderamente sustanciales.

Hacia 2003, cuando recién despuntaba la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, la táctica escogida por quienes se veían amenazados con tal novedad pasó por intentos similares en relación a lo actuado por las organizaciones político-militares en las décadas del '60 y del '70. Clarín responde al rastreo que de su actual hegemonía en el mercado infocomunicacional se hace sobre decisiones elaboradas en el mismo período con la calificación de dictadura hacia el actual gobierno nacional. Más acá en el tiempo, en el blog Nestornautas se explicó la denuncia de Nisman a CFK por supuesto encubrimiento a Irán en la causa AMIA con la cercanía del juicio por encubrimiento en la primera investigación del atentado, que sí llegó a elevación a la instancia de oralidad --y que incumbe un serio riesgo para la ficción que de este episodio tramaron la gestión de Carlos Menem junto a los gobiernos de Israel y EEUU--.

Este repaso a cuento de comprender la puesta en el centro del ring que Clarín hizo de Máximo Kirchner: es lo usual en estos segmentos que, de sentirse en problemas, respondan equiparando a quienes los impugnan con sus propias miserias.

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No casualmente, entonces, la operación contra el hijo de la presidenta de la Nación, que tuvo como temática la presunta posesión de depósitos financieros en el extranjero, se dio concomitantemente con el arranque en el Congreso nacional de la comisión parlamentaria que investigará el caso de evasión fiscal y fuga de divisas al HSBC Francia que denunció la autoridad tributaria gala a la AFIP argentina. Ese chiquero tiene, más allá de sus vericuetos judiciales, cuyo trámite corresponde a los tribunales --si es que se animan a encararlo; detalle no menor, por cierto--, el trasfondo político de un comportamiento sistémico por parte del entramado beneficiario del orden anterior, estallado en 2001, y que en el actual posneoliberalismo no terminan de aceptar que se les agotó la patente de corso para intervenir en los procesos de decisión nacional.

Se trata de un instinto que se expresó tempranamente a través del editorial con que José Claudio Escribano saludó en La Nación la asunción presidencial de Néstor Kirchner, que Rosendo Fraga reeditó, ya contra CFK, a escasos minutos de la muerte del ex presidente en 2010, y que en definitiva ya forma parte casi de un reflejo que late en cada una de las intromisiones a que hemos hecho referencia varias veces a lo largo de este texto.

* * *

Mientras se escribía este post, y para confirmar la tesis que lo vertebra, Clarín publicó una nota bastante llamativa de una de sus más claros bajadores de línea, Julio Blanck. Frente a la constatación de que baja la espuma de la candidatura de Macrì en paralelo con la dificultad gigantesca que atraviesa Ernesto Sanz para bajar a los territorios el acuerdo UCR-PRO, y que el propio alcalde sufre en el distrito que gobierna para encuadrar a Gabriela Michetti; de que el derrape de Sergio Massa se frenó pero no significativamente; y de que las fortalezas y debilidades (PBA para Massa/Santa Fe, Mendoza, Córdoba, Entre Ríos y CABA para Macrì) de ambas candidaturas, al carecer de despliegue territorial acabado, encastran, el editorialista parece sugerirles a ambos, de nuevo, la necesidad de un entendimiento para enfrentar al Frente para la Victoria, que cuenta con un vuelo encuestológico de CFK a alturas que asustan, según reconoció hasta Carlos Pagni un día antes.

Y para no desentonar en este hábito de prestar auxilios que no se sabe con exactitud si son bien recibidos, y que en cualquier caso son inconvenientes proviniendo de gente que desconoce el oficio, el presidente de la UIA, Héctor Méndez, se pronunció, lisa y llanamente, contra la existencia de la discusión salarial. Bien suele repetir Aníbal Fernández que las mal llamadas paritarias se sostienen sólo gracias a la simultanea permanencia del kirchnerismo en el gobierno. Jorge Capitanich ha dicho alguna vez que el establishment acepta la inclusión social pero no la redistribución de la riqueza: perfectamente en sintonía con la declaración de Méndez contra otra cosa que una recomposición por precios, pero que no avance más allá de ello. 

El empresariado juega a construir un clima de inevitabilidad de un ajuste como consenso sucesorio al hablar de bombas a punto de estallar en el próximo periodo. 

No obstante todo, hay que agradecerle a Méndez que haya sincerado que aquí los litigios tienen que ver con las cosas, y no con las formas en que se las dice. 

viernes, 27 de marzo de 2015

El naufragio del nismanismo

La Sala I de la Cámara Federal porteña confirmó por mayoría el fallo del juez de primera instancia Daniel Rafecas, que negó entidad de causa a la denuncia que Alberto Nisman había presentado contra la presidenta CFK, su canciller Héctor Timerman y el diputado nacional Andrés Larroque, por supuesto encubrimiento de los dirigentes políticos iraníes acusados en 2006 por el fallecido ex fiscal de la UFI-AMIA en el proceso que instruía (con pésimo desempeño) por la voladura de la mutual judía.

La enorme dimensión de los fundamentos en que se apoyan ambos rechazos mitigan, al menos en parte, las reacciones contra los magistrados que los elaboraron. 

Si se tratara sólo de las carencias probatorias del dictamen de Nisman, seguramente estaríamos en una discusión de otro rango. En cambio, al haberse desnudado también una alarmante indigencia en la razón jurídica de la presentación, lo que tranquilamente puede abrir una vía hacia hipótesis investigativas (tanto en torno a la muerte del funcionario, como en cuanto a la trama previa que desembocó en tan triste epílogo) cuya profundización pondrían en problemas a quienes utilizaron --sin suerte-- todo este chiquero como material de construcción política, la cosa no queda más que en un berrinche contra quienes "no quieren investigar" la nada. Jorge Ballestero y Eduardo Freiler se sumaron a los previos descartes que dispensaron al tema María Romilda Servini de Cubría, Ariel Lijo, Rodolfo Canicoba Corral y, lo dicho, Rafecas.

Nadie serio, en realidad, se sumó con compromiso a esta comparsa mamarrachesca en ningún momento. A los encargados formales del asunto, ya mencionados, se debe sumar las opiniones en idéntico sentido de Julio Maier, León Arslanián, Eugenio Zaffaroni y Luis Moreno Ocampo. Un arco plural frente al cual hoy sólo quedan en pie los berrinches indignados de Luis Novaresio, Joaquín Morales Solá, Déborah Plager y Paulo Vilouta, entre otros ilustres ignorantes del Derecho. Todo dicho.

La espectacularización que cada medida de prueba ordenada, de haberse abierto causa, habría implicado en la opinión pública, era el aceite con que el establishment planeaba lubricar las construcciones opositoras de cara a las presidenciales venideras.

Y no se le escapa a este comentarista que quienes, desde la vereda de enfrente al kirchnerismo, proyectan pelear la sucesión de Cristina Fernández --a la vez que el favor del circuito extrainstitucional que la adversa--, verdaderamente andan necesitados de vitaminas frente al cada vez más probable triunfo en primera vuelta del Frente para la Victoria. Máxime, en el marco de la casi segura presencia de la jefa del Estado en las boletas oficialistas en provincia de Buenos Aires; y cuando, a nada de iniciarse la campaña, todavía están en veremos con sus armados. Si la opción que eligieron para auxiliarlos era la correcta es, en cambio, un debate aparte. No parecen haber acertado. Lo cual no sorprende, siendo que hablamos de gente intrusando los negocios de la edificación política sin ni mínima noción de lo que ello supone.

Hoy despiertan del dulce sueño del ahora sí definitivo desplome final kirchnerista --que hace rato esperan como al príncipe azul del cuento--, en que ingresaron la madrugada que Nisman apareció muerto en su baño, igual que estaban entonces. O peor aún, porque en toda esta mugre perdieron dos meses, que no les sobraban, para decidirse a encarar lo que siempre esperan que les caiga del cielo: el labrado de una alternativa competitiva en términos electorales y de gobernabilidad. Incluso las consultoras de opinión opositoras comienzan a reconocer/avisar que sigue intacta en lo alto la aprobación a CFK.

Todo sigue allí, pendiente de tratamiento. A los comandos superiores de la Unión Cívica Radical les cuesta encuadrar, en los escasos territorios con que todavía cuentan, el acuerdo nacional que suscribieron con Maurizio Macrì. Al jefe de Gobierno porteño, a su vez, le ha resultado imposible la empresa de domesticar a su conducción a un error sistémico de la política de tan escasas virtudes como Gabriela Michetti. Sergio Massa, por su parte, está siendo notificado por los intendentes del Frente Renovador que lo suyo era apenas un rol de primus inter pares, insuficiente para llevarse todo por delante a su mero capricho, y se ha visto obligado a ceder poder para no perderlo todo. Para peor, no logró siquiera la incorporación de Martín Insaurralde, por cuya permanencia en el FpV nadie se preocupó en mover un dedo, lo que lo vuelve una derrota significativa.

"Lo que natura no da, Salamanca no presta", se dice para advertir a quienes carecen de talentos intelectuales. Parafraseando, cabe aquí decir que los tribunales no solucionan lo que la política resigna de sus menesteres específicos.

Una pena, para quienes se dejaron seducir, que la cara, la noche de la derrota, la tienen que poner ellos, no sus mandantes. 

martes, 24 de marzo de 2015

Los grandes derrotados

Cuando los dirigentes radicales cuya postura había triunfado en la convención nacional partidaria ni habían todavía terminado de huir de las pedradas y las corridas con que los despidió de Gualeguaychú el derrotado (por escaso) segmento que aún defiende el purismo doctrinario yrigoyenista --pese a que a eso le sobran ya más de 80 años de Historia--, la prensa opositora se apuró a calificar lo acontecido en el encuentro de la centenaria confederación como "una durísima derrota para el kirchnerismo".

Eso que, como bien dice Oscar Cuervo, ya forma parte de un reflejo automático de los comentaristas de la política nacional, inmunes a datos de una realidad que rechazan y en cambio intentan amoldar a sus frustradas aspiraciones, en este caso necesitó incluso de silenciar reproches que sonaron bien fuerte, antes, durante y después de la asamblea en la ciudad sede de los carnavales. Y que, en lo sucesivo, se traducirán en la dificultad que implicará bajar el acuerdo con el PRO a los territorios.

No se trata sólo de los pactos que previamente habían sellado con Sergio Massa dirigentes de la UCR que antes de pretender la denominación de territoriales deberían tener al menos la delicadeza de triunfar alguna vez en sus comarcas, sino de aquellos que ya hoy gobiernan en niveles subnacionales, y que a esta hora hacen oír la voz de su disconformidad.

Se ha cumplido apenas la primera semana del anuncio del loteo radical que asignó a Maurizio Macrì las mejores porciones y a Massa otras menos significativas electoralmente en el norte --donde, de todos modos, tampoco se desecha la participación del alcalde porteño--, y ya abunda información sobre desentendimientos y necesidad de paños fríos. Más allá de la licitud de la chicana, que aquí cabría perfectamente, en cuanto a lo que podría ser un hipotético gobierno conjunto si así son las relaciones ahora, lo interesante es descular las razones de refriegas tan prematuras. Nada que no estuviera previsto, forma parte del pichuleo lógico que habrá hasta el cierre mismo de listas. Por mucho que se conceda en cuanto a la carencia de alternativas potables a la opción de Ernesto Sanz, lo cierto es que Macrì obtuvo mucho a cambio de muy poco, y desde esa holgura puede condicionar los ritmos y modos de la confluencia a gusto y piacere.

Menos atención se presta, en cambio, a que el ex presidente de Boca Juniors engrosa sus pretensiones a través de referentes del propio radicalismo. Que no esperaban, ni desean, la posibilidad de concurrir a las PASO colgados exclusivamente de la boleta de Sanz, sino compartiendo ambas, lo que no se descarta, como tampoco está confirmada la interna presidencial. Previsibles dificultades que alberga la construcción de una alianza, máxime una que se encara a nada de iniciarse la campaña y que también integra Elisa Carrió. No da aún para creer que todo se vaya a caer, pero el riesgo de esterilidad existe. Dicho sencillo: que si abajo la cosa no cuaja, la disfuncionalidad trabe el trajinar de las candidaturas superiores.

Demasiado para la hipótesis triunfalista con que Carlos Pagni saludó el nacimiento del Frente Conservador: 38% potencial. Y fundamentalmente, hablamos de una asociación que apunta a un voto que ya no era, y que no será, del Frente para la Victoria, sino, por el contrario, a la elaboración de una alternativa competitiva para tales fracciones sociales, que carecían de ella.

Al costado de un camino en el que ya no quedó avenida del medio, el Frente Renovador observa todo esto mientras se desgaja en diversas direcciones. El intendente de Escobar, Sandro Guzmán, retornó al Frente para la Victoria. En un giro que anticipa a varios otros que pueden producirse en breve, y que responden a la correcta observación, que hacen varios en las filas del ex alcalde de Tigre, de una pertenencia electoral homogénea hacia el peronismo con el FpV. El contexto de polarización en que ha alumbrado una fuerza de neto corte gorila espanta a varios, a la vez que los seduce la reconstitución jurídica y operativa del PJ como herramienta electoral, tanto en su variante nacional como en la PBA. Guzmán sencillamente decidió que los desplazamientos no marchen, como advertía el general Perón, sin los dirigentes a la cabeza.

Jesús Cariglino, en cambio, enfila rumbo al PRO, confirmando la simetría en los tironeos laterales, primero; y que el convenio 2013 entre Massa y Macrì expresaba un universo común, cuyos pedazos, luego de fracturado, ahora fluyen libres. 

La mejor desmentida a la tesis de la derrota kirchnerista que se intentó dibujar a propósito de la convención radical, con tan escaso éxito como soporte argumentativo, fue el diputado nacional massista Gilberto Alegre, quien reconoció que, de aquí en más, su espacio se concentrará en su bastión fuerte, la provincia que concentra el 38% de los votantes. Esa confesión de parte es hija de otra, pretérita: el fracaso de Massa en sus numerosos, y las más de las veces contradictorios intentos de elaborar una red de distribución que lo desplegase federalmente. Como resultado de ello, agotarán sus esfuerzos en el supuesto de que un buen papel en Buenos Aires alcanzará para el balotaje. Detalle: esa hipótesis requiere, además, de tener por sentada la inevitabilidad de la segunda vuelta. Variable que escapa a la posibilidad de control absoluto. 

Azar y defensivismo. "Toda fidelización es, por definición, a la baja", como escribía Luciano Chiconi en noviembre último.
Por si todo fuese poco, la incorporación de Francisco De Narváez hizo su aporte adicional, como frutilla del postre, a los desbarajustes íntimos del FR que llevan a varios de sus referentes a la huida reclamando reglas de juego claras. Lo que resulta indesmentible es la pérdida de centralidad del concepto de territorialidad como organizador de jerarquías en el massismo. Pero la billetera colorada determina cuando el desarrollo nacional no ha llegado.

En definitiva, y volviendo al inicio, entre desinteligencias adversarias y nulidad explicativa sobre la capacidad de tales facciones para intervenir la representatividad kirchnerista, no se termina de comprender cuál habría sido la fuerte caída. 

La serenidad con que estira definiciones la presidenta CFK, entonces, y como se observa, no resulta incomprensible.

viernes, 20 de marzo de 2015

Maurizio Macrì y el Teorema de Baglini

El doctor Raúl Baglini es un histórico militante de la Unión Cívica Radical. Abogado mendocino, fue varias veces diputado y senador nacional por el partido boina blanca, y un cuadro político de aquellos, según la opinión generalizada entre sus colegas.

Durante alguno de sus mandatos como legislador, en 1985, mientras el entonces presidente Raúl Alfonsín se reconciliaba con lo más representativo de la doctrina radical y proclamaba la economía de guerra y el Plan Austral, desarrolló una teoría política que, de tanto respeto que ganó en el ecosistema dirigencial, se ganó la denominación de teorema. Reza así: "Cuanto más lejos se está del poder, más irresponsables son los enunciados políticos; cuanto más cerca, más sensatos y razonables se vuelven."

Carlos Pagni, excitado por la noticia del surgimiento del nuevo Frente Conservador (UCR-PRO-Carrió), y extrañamente poco riguroso para lo que acostumbra, le asignó a esa nueva alianza 38% de potencialidad de voto en su comentario al respecto en La Nación. Aún antes que nadie la midiese con humareda siquiera. Más moderado, al debutar esa noche en TN corrigió sus proyecciones a la baja: 35%. En ningún caso exhibió soporte argumentativo.

Promediando la semana que lo involucró como protagonista de quinchos y primeras planas noticiosas, pues a su hipotética consagración presidencial se atribuyó la decisión de la convención radical, Maurizio Macrì, quizá confiado excesivamente en los pronósticos livianos de Pagni, se sintió cómodo para ya ofrecer definiciones de Estado. Que sirven, procesadas a través de la tesis de Baglini, para explorar la mayor o menor veracidad de las predicciones del editorialista calvo. Dijo, el alcalde poteño, que, de resultar electo presidente de la Nación, desactivaría las regulaciones de control cambiario, mal popularizadas con el apelativo cepo, a veinticuatro horas de asumido. Desde el massismo, la murga mayormente perjudicada con la constitución de la nueva entente opositora, salieron a responderle con imputaciones de neoliberalismo

Viniendo esas acusaciones del Frente Renovador, mueven a la risa, pero se comprenden en la desesperación de quienes se derriten sin pausa ni remedio. Lo que debería llamar la atención del ex presidente de Boca Juniors, demasiado acostumbrado a la complicidad periodística que suaviza su tradicional ligereza opinativa, es que su mayor referencia económica, Carlos Melconian, se sintió en la necesidad de, por lo menos, relativizar (por no desautorizarlo) los enunciados de su conductor.

En realidad, la remoción del cepo puede, en lo legal, darse el mismo día del recambio presidencial, si se quiere. 
Ése no es el problema. De ahí a creer que, sólo por eso, se podrá comprar dólares sin complicaciones de nuevo, hay un largo trecho. Pues se ajustaría, en vez de por cantidad --dispuesta estatalmente-- como ahora, por precio. Es decir, no se estipularían cupos de compra y venta, pero aumentaría su cotización, a alrededor de $14,30 (hoy; sin control, Dios mercado proveerá). Y entonces no habrá limitaciones legales, pero es todo un acertijo a cuántos les alcanzará para comprar "todo lo que quieran", como pretenden. Con el agravante del mayor impacto que en términos de precios (por el efecto devaluatorio que automáticamente sobrevendría) y reservas (hasta que se calzasen con los ingresos por exportaciones según el nuevo esquema), en una retroalimentación peligrosa, supondría en relación a la situación actual, aceptemos que no ideal.

La conmoción en las arcas del BCRA que tal ejecución drástica implicaría se soluciona rápido y sencillo: endeudamiento. 
De ahí que no puedan tomarse en serio las réplicas de los economistas de Sergio Massa, quien promete lo mismo que Macrì en cuanto al dolar, sólo que en plazo de 100 días desde celebrada la cita electoral de octubre. Insuficiente para otra cosa que el acuerdo de un crédito externo que lo habilite. Disidencias, pues, cosméticas, entre una y otra propuesta.

El debate económico --para el cual, además, no tenemos la suficiente cualificación-- nos resulta, de todas formas, el menos interesante. Antes bien, conviene atender al dilema político que tenemos entre manos. Desistiendo el Estado de sus potestades regulatorias, o bien operándolas a favor de las pretensiones de los sectores más favorecidos de la trama socioeconómica, la controversia tiene casi nada de auténtica. A favor del PRO, eso sí, la sinceridad del senador Diego Santilli, quien a propósito de este asunto explicó que es prioridad de su espacio la desaparición del cepo. Con ese dictamen sí resulta posible polemizar, en tanto reconoce no colocar en el centro de sus preocupaciones el bienestar ciudadano en sí mismo, sino una cuestión cuya carencia de perentoriedad difícilmente podría ser desmentida.

Macrì ingresa a fase proselitista con el acierto de interpelar con fidelidad a sus bases de sustentación más convencidas: el Círculo Rojo, que se congregó en una cena, el último martes en la Sociedad Rural Argentina (cero azar en los detalles), para aportar fortunas al ejercicio divulgatorio que se avecina, en una maniobra que intenta saltar por encima de las estipulaciones fijadas en este sentido por la ley que rige las competencias electorales a nivel federal. El establishment hizo pública, así, su decisión en cuanto al trámite sucesorio. Nada que no se supiera. Y el elegido responde consecuentemente a esa ratificación de confianza. Pero conviene no distraernos, y retomar el intento de dilucidar la probabilidad de la apuesta de Pagni.

En realidad, para no imitar la levedad del analista --que, se insiste, acá nos sorprendió--, lo acertado es dejar todas las puertas, al menos, entornadas. Pero la sentencia de Baglini, de acá en más, latirá fuerte en el archivo declarativo del candidato del Frente Conservador. Mientras tanto, mejor atender a ciertas estructuralidades del voto en Argentina. Al ya tantas veces aquí aludido piso histórico del Frente para la Victoria, ayer Nicolás Tereschuk nos recordaba que, en un contexto socioeconómico dramático, y con una Unión Cívica Radical todavía potente, el peronismo obtuvo en 1999 nada menos que... 38% de los votos. La cifra con la que Pagni, ¿voceando a operadores nosiglistas?, se animó a soñar en voz alta para el nuevo conglomerado.

Eso sí: a la hora en que acá divagamos, jefes conurbanos con experiencia en olfato de estas situaciones emprenden retornos.

martes, 17 de marzo de 2015

El Frente Conservador

Resulta difícil encontrar ángulos novedosos desde los que comentar un acontecimiento cuya previa ya había sido excesivamente explorada. La convención nacional de la UCR, como se preveía, decidió una alianza nacional con el PRO y la Coalición Cívica.

Esto, en buen romance, equivale a que los segmentos más relevantes del todavía vigente aparato territorial del radicalismo se pondrán, de cara a las próximas elecciones presidenciales, a labrar la candidatura de Maurizio Macrì. Con el objetivo de amplificar la significación institucional de esa maquinaria en el nivel federal, que desde la renuncia de Fernando De La Rúa durante el crack sistémico del año 2001 ha disminuido dramáticamente. Lo que derivó en deformaciones profundas del sistema político nacional, cuya condición misma de tal, por períodos, cuesta no poder en duda, si se lo estudia desde los parámetros locales históricos.

Andrés Malamud fue categórico a estos respectos: el radicalismo aspira a ganar... ¿en 2019? Para eso necesita, antes, fortalecerse desde abajo: bloques parlamentarios numerosos y, sobre todo, gobernaciones, siendo que hoy el partido se trata más bien de una confederación de intendentes. Beatriz Sarlo no comprende la hiperfederalizada política argentina, en la que, como bien explica Manolo Barge, la condición mayoritaria surge de la capacidad de articulación de minorías. Por eso criticó la incidencia municipal en este acuerdo. No obstante ello, la pensadora plantea un expediente a resolver.

Eduardo Fidanza fundamentó el sábado último en La Nación que la campaña venidera esté condicionada por el peronismo en el arraigo ciudadano que ha edificado el programa estrenado en 2003. Carlos Pagni entiende que la hegemonía kirchnerista ha estado en parte basada en la desaparición de antagonismo político que sobrevino de la pérdida de competitividad radical a posteriori de la gestión De La Rúa. Ha existido, en efecto, una especie de vacío conceptual alternativo a la cosmovisión kirchnerista desde inaugurado el vigente ciclo de época en 2003. Aquí, entre varios otros lados, hemos aventurado que en esa oquedad estuvo dada la razón de los cacerolazos 2012/2013, de fortísima intensidad. (Más: 1 y 2)

Dadas las distancias que marcó la presidenta CFK con su triunfo 2011, decrecieron las expectativas de recambio institucional, dando paso a la acción directa como método de encaje de demandas en la agenda pública, por omisión representativa.

Durante algún tiempo, pareció posible que el surgimiento de Sergio Massa solucionara el déficit, a través de la construcción de lo que, se suponía, podía resultar una nueva mayoría entre sectores adversos al programa oficialista y otros que sólo demandaban correcciones no esenciales a la gestión. Pero ese armado, que consiguió éxito en su debut, fue eficaz para una elección legislativa, en que las renovaciones son menores. En el contexto del recambio ejecutivo que se avecina, naturalmente más polarizado, los tironeos sectoriales dificultan las perspectivas de caminar la cada vez más angosta avenida del medioMáxime en el marco de una experiencia como la actual, que ha levantado erupciones en el establishment porque entre 1976 y 2003 se habían acostumbrado a que la institucionalidad se diseñara para exclusivo amparo de su rentabilidad. 

El kirchnerismo rechazó renovar ese contrato de gobernabilidad, constituyendo el suyo con bases populares. Esto puede sonar romántico, pero es lo que explica sus aún altísimos niveles de adhesión pese a cargar con una década de poder a cuestas.

En definitiva, la entente UCR-PRO, que había sido preludiada por la foto entre Elisa Carrió y el jefe de Gobierno porteño, viene a ocupar el rol de adversario modélico, hasta aquí vacante, disfuncionalidad que impide la dialéctica del juego político negociado, toda vez que si no existe disenso más que por modos y demás banalidades, tampoco habrá la necesidad de transar posiciones, que en tal caso no existiría más de una. La euforia de los mercados, que explotó inmediatamente después de conocida la decisión de la convención radical, otorga pauta acerca de su carácter ideológico. Ernesto Sanz no tiene empacho en reconocerlo: vamos contra el populismo, dijo. Ni tampoco Macro ni Carrió, cuyo entendimiento calificamos en su momento, lisa y llanamente, de antiperonista; un ineludible requisito de pertenencia a este universo.

Claro que ninguna de estas disquisiciones tiene viabilidad, contestando a Sarlo, si se carece de una organización territorial que las sustente en una competencia que se desarrollará en un país de enormes dimensiones y multiplicidad de realidades. A esos fines lo apuntado por Malamud que referenciamos ut supra. Se trata de dos diagonales que se cruzan convenientemente, con el rebrote de la coloratura conservadora que la muerte de Alberto Nisman catalizó en la escena del ya célebre #18F. Y que encuentra en el hijo de don Franco Macrì una síntesis casi insuperable en términos de popularidad y pertenencia a las apoyaturas materiales de la liga. El radicalismo encara una marcha hacia ese ecosistema doctrinario con la mayoría de sus territoriales como propulsores. Conviene recordar el rol de la UCR durante la protesta de la patronal agraria en 2008, y la recepción que hizo el partido de referentes sectoriales que se transplantaron a la acción política. 

El agronegocio es otro ingrediente del caldo en que se termina de cocinar esta conversión, que quizá no lo sea tanto, dada la pertenencia mayoritaria de los alcaldes radicales a las comarcas del interior en que se desarrolla este fenómeno.

Horacio Verbitsky efectuó, a propósito de la marcha de los paraguas, una correcta alusión histórica en cuanto a nuestra secular carencia de una expresión democrática formal de los intereses del bloque de sectores dominantes de la sociedad. El surgimiento de una variable que repare esta rareza no puede dejar de celebrarse cuando se recuerda que fue la causa de la salida militar por más de cinco décadas. Claro que nada puede ser ordenado tan estructuradamente en nuestra realidad sociológica. Concédasele a Sarlo que, a tres meses de los cierres de listas, es demasiada tarea la de erigir tanto como una fuerza nueva. Es el inicio, pero la revitalización de la UCR es imprescindible para ello.

Massa funcionará como auxilio marginal de la fase instrumental que aspira a incrementar las bases gobernantes del partido que fuera de Leandro N. Alem y de Hipólito Yrigoyen en algunas provincias del NOA. Lo cual nunca estuvo en duda, excepto en el relato disimulado que intenta el massismo digital desde la paliza que ocasionó la exclusión sanzista. La PMDBización estaba a salvo en un debate inconcebible, en que el mayor dilema era si la incorporación de Macrì se daba en soledad o con la participación además del ex alcalde de Tigre en esa PASO. Mientras algunos actuaban desconocer el pensamiento de un espacio con el que compartieron votaciones legislativas --y no sólo eso: actuaciones tribunalicias también, por caso-- casi en su totalidad, seguramente para aspirar a un triunfo allí sobre sus hipotéticos adversarios extrapartidarios a partir de la mayor fortaleza del despliegue de las boinas blancas operada sobre la división ajena. 

Vale reiterarse aquí: no entraban todos, porque se dificultarían los cierres subnacionales, que es donde se trabaja el comicio. Por otro lado, había que tentar a los pactistas con expectativas de triunfo, que en una megaconfluencia se debilitarían.

Sanz asume que el ideario progresista, que la minoría de sus correligionarios todavía agitan de modo inverosímil considerando los antecedentes recientes de sus propios desempeños, es parte de un pasado demasiado lejano, que se remonta al fallecimiento de Yrigoyen, episodio al que le siguió la huida de sus trozos populares hacia una deriva que terminaría en su convergencia hacia el peronismo originario. Que más tarde se extendió en equilibrios inestables que produjeron varias rupturas internas entre una mimetización con el justicialismo del programa de Avellaneda y las relaciones pecaminosas con las sucesivas dictaduras, que no proscribían a la UCR y, más, se servían de sus integrantes para los equipos de gobierno. El alfonsinismo representó una aspiración cívica que de popular no tuvo más que discurseo y un plan económico que, a la distancia, poco tuvo que envidiar a los de Domingo Cavallo más que la eficacia, que no repitió en la Alianza. 

En la incapacidad para ubicarse debían rastrear las razones de la prevalencia electoral histórica del peronismo. La otra admisión es la captura que ya de hecho hizo Macrì de lo que alguna vez pudo considerarse voto tradicional del radicalismo, dato que se verifica en CABA, Santa Fe, Córdoba y Mendoza: 29% del padrón nacional, suficiente contundencia demostrativa.

Se trató, en resumidas cuentas, de abandonar la pelea contra la física, y avanzar hacia la ocupación de un desierto.

viernes, 13 de marzo de 2015

Hágase la paz

Dijimos aquí, más de una vez, que cuando el establishment enuncia su obvísima preferencia por Daniel Scioli en la interna del Frente para la Victoria, uno puede y debe alertarse por esa manifestación de impugnantes del programa oficial. 

“Pero, también, comprender que se trata de una confesión derrotista del universo adversario que, convencido de que le será dificultoso vencer con candidatura propia, aspira a intrusar el elemento que presume victorioso.” En algo de eso anduvimos, de nuevo, esta semana. Cada tanto rebrotan las intromisiones de personajes menores, considerados desde la perspectiva del ecosistema peronista, en la relación que la presidenta CFK mantiene con el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Acéptese que no idílica.

Tan desopilante fue este último episodio que se apagó casi sin haberse encendido. La versión de una hipotética intervención del PJ para colocarlo al servicio del ex navegante a motor involucró a un jubilado como Eduardo Duhalde y a los pintorescos José Manuel De La Sota y los hermanos Rodríguez Saá, que de tanto que alambraron sus territorios contra cuerpos extraños a la vez tampoco consiguen extenderse fronteras afuera de allí, deviniendo delirantes sus intenciones presidenciales.

Como era presumible, Scioli, en persona, salió a despegarse de la movida. A su estilo, que no es el de aludir directamente los asuntos. Pero ratificó fuertemente su alineamiento con Cristina Fernández, en línea con el rediseño que dispuso en su hoja de ruta promediando el año pasado a raíz de una observación de las estructuralidades políticas de la hora, en que el kirchnerismo organiza la disputa electoral y, sin mayores dificultades, domina el tablero.

El problema en cuanto al sciolismo son ciertas figuras del entorno que insisten en su disparatado intento de convencer al ex vicepresidente de correr por fuera del FpV-PJ, lo que en su afiebrado e ignorante entendimiento acrecentaría sus chances.

Es muy probable que haya sido desde ese segmento del pequeño edificio que acompaña a Scioli que se alimentaron las versiones, y hasta quizá también ciertos actos preparatorios tendientes a la concreción del plan de fuga hacia desiertos opositores. Lo preocupante es que esta vez se plegaron los referentes anaranjados más sensatos a estas poco dúctiles maniobras, en su caso en torno a la disputa verbal que plantea, en el marco de las PASO que se avecinan, el otro candidato kirchnerista, Florencio Randazzo. Quien --dicho sea de paso-- también debería reconsiderar sus niveles de embestida verbal, en tanto ello supone una desinteligencia de cara a lo que le esperaría en octubre en caso de triunfar en la competencia doméstica. Con buen tino y con buen todo, CFK aplicó paños fríos a ese duelo haciendo equilibrio entre ambos.

Cada uno de ellos tendrá sus razones para semejantes reacciones. Ninguna, sin embargo, alcanza para justificarlos.

Si de la pretensión corporativa de mojar el pancito en el caldo oficialista se puede adivinar su prevalencia en la perspectiva comicial que se avecina, de la especie que involucraba a Duhalde y demás gerontes conviene extraer el reconocimiento de la aún vigente importancia operativa del PJ, que prueba el acierto del FpV en la apuesta a por su reorganización luego del resbalón 2013, que evitó que pase a mayores el garrochismo hacia el entonces triunfante Frente Renovador.

Pero los chispazos entre Scioli y Randazzo deben ineludible y urgentemente convocar a replanteos tácticos. Además de lo dicho arriba en relación a la necesidad de sumar en una coyuntura más estrecha que la de hace cuatro años, lo que muy difícilmente podrá prosperar desde la fragmentación del espacio propio; asoma una cuestión de enorme relevancia cuando se estudian las diferencias relativas entre los distintos actores en pugna: el FpV puede exhibir como capital político su sólida construcción en materia de gobernabilidad, que le ha habilitado 12 años de duración, impensables cuando alumbró, a partir de la mega crisis de 2001 que desfiguró gravemente el sistema de partidos nacional, drama sin solución al día de la fecha.

Flaco favor se hacen a sí mismos el gobernador y el ministro si insisten en disputar a Macrì y a Massa la sección noticiosa de escándalos, que la oposición viene regalando como materia de comentario hace meses. No pasa por evitar la puja, que de hecho es presumiblemente un objetivo de Cristina Fernández como maniobra dirigida a concentrar los focos de atención en su fuerza, sino de la forma en que ello tramita. En la misma escena del llamado al orden que efectuó a su tropa la presidenta de la Nación estuvo Mariano Recalde, pre candidato del peronismo en la interna del FpV porteño. Un examen profundo de las razones que lo depositaron en ese sitio excede espacio y propósito de este post. Queda para mejor oportunidad. 

Pero convendría prestar atención al nivel de consenso que reúne un dirigente con ya años de gestión exitosa sobre el lomo en Aerolíneas Argentinas, y que puede ser considerado, al mismo tiempo, como expresión del proyecto en el ámbito de la militancia juvenil y universitaria, del movimiento obrero organizado y del PJ-CABA. Algo tendrá que ver él en todo eso. Más allá de la seguramente determinante predilección de CFK por Recalde, esta postulación es hija de situaciones previas: la multiplicidad y pluralidad de apoyaturas que ha cosechó antes de ser consagrado, y por cuya contemplación prevaleció por sobre Juan Cabandié, otro camporista, incluso de mayor recorrido que el abogado laboralista en el escenario local. Lo que demuestra que no basta con la pertenencia a la agrupación que conduce Máximo Kirchner.

"Ni sectarios, ni excluyentes", enseñó el general Perón. Bueno sería que todos los presidenciables lo tuviesen en cuenta.

lunes, 9 de marzo de 2015

Goteras rumbo al 14/03

Cuando hicimos mención, en nuestro último post, de un tweet de contenido altamente inflamable de Néstor Sbariggi, pretendimos dejar abierta la puerta de varios debates. Esto escribió el Ingeniero: "Fuentes bien informadas dicen que han medido cuanto voto del FR iría al FpV en el caso de que SM no entre a la 2da vuelta y les da un 70%."

Hace un par de semanas, Ignacio Zuleta contaba en Ámbito Financiero que Ernesto Sanz intentaba --todavía así era por entonces--, junto a otros de sus correligionarios, convencer a Maurizio Macrì de la necesidad de contener a Sergio Massa, dado el riesgo de, intuían bien, retorno de sus votos 2013 al Frente para la Victoria --el jujeño Gerardo Morales y el mendocino Julio Cobos aún insisten, cada uno por sus propios motivos, en esta tesis--. La 'interna amplia', comprensiva de ambos ex intendentes (tanto el de CABA, como el de Tigre), era el último grito de la moda. La PMDBización, tantas veces aquí comentada, que aspira a extender la actual escasa influencia territorial/institucional de la UCR, herencia del crack 2001 como expresión de la fractura del sistema de partidos que de ello se derivó, y de la que aún no hay signos de recuperación.

Sanz ha, por lo menos, matizado aquella postura, y hoy camina hacia la convención del próximo 14 ya casi totalmente despreocupado de la suerte de Massa. Que sirve, apenas, a sus colegas aspirantes a gobernador en las provincias del norte argentino, actualmente bajo sólido dominio del peronismo. El voto que otrora se pudiera considerar radical ya es de hecho afin al PRO, a estar por el desempeño que amenaza el ex presidente de Boca Juniors en distritos en los que tradicionalmente se desplegó con mejor suerte el partido de las antiguas clases medias. Y el Frente Renovador se edificó, en parte, a partir del acompañamiento de importantes franjas que en 2011 fueron de la presidenta CFK. 

El senador amigo --así se ha definido él mismo-- del dirigente de Techint Luis Betnaza, a la sazón jefe de la confederación en que ha mutado lo que fundara Leandro N. Alem, sencillamente asume estos datos a la hora de diseñar su planteo electoral. 

Cuando se acepta que los hechos, la mayoría de las veces, se independizan de los deseos, se los administra mejor. 

La fórmula que compatibilice los requerimientos de todos quienes alegan peso en la UCR podrá discutirse y, eventualmente, casi sin duda, solucionarse. Máxime cuando se trata de un espacio en el que, tribunerismo al margen, hace rato que lo programático-ideológico ha resignado preponderancia. Debe aceptarse que el cóctel resulta de dificultad superlativa cuando se consignan las escasas destrezas de los dirigentes en cuestión, los ingobernables caprichos de los intereses que impugnan al kirchnerismo --y que resultan de vital importancia para sustentar a las formaciones opositoras tras el estallido neoliberal en el epílogo delarruista antes comentado-- y la fortaleza que exhibe el oficialismo más allá de los 12 años que carga a cuestas.

El límite de la megaconfluencia, dijimos varias veces, es el cuello de botella en los niveles subnacionales. No ignoran eso, ni la pertenencia de sus votantes, varios intendentes del Frente Renovador. Las PASO pueden auxiliar en la corrección de estos embrollos, pero no hacen magia: se imponía, antes, la confección de un tejido que fuera capaz de articular tanta disparidad. Semejante tarea sólo es posible mediante acción política metódica, que siempre despreciaron. Nunca se sabe, claro, pero da la sensación que, a tres meses de los cierres de listas, ya es demasiado tarde para otra cosa que fidelizar roles. 

En la edición del domingo del diario Clarín, Eduardo Van der Kooy aceptó tanto que la denuncia de Alberto Nisman a Cristina Fernández y compañía por encubrimiento en el caso AMIA carece de seriedad judiciable, como que no existen elementos serios con los que imputar al oficialismo en la posterior muerte del ex fiscal. Pese a ello, sostiene que la mancha de la causa afecta al kirchnerismo. Pocas horas antes, y a raíz de la débil formulación en sociedad de la exposa de Nisman, Sandra Arroyo Salgado, de una hipótesis contradictoria con la que se supone guía la pesquisa oficial en base a la información que con dudosa seriedad extrajo de la pericia que le corresponde como querellante, el cronista del Operativo Independencia Joaquín Morales Solá se atrevió a amenazar que el gobierno nacional debe dar cuentas por el deceso del funcionario.

¿En razón de qué tanto escándalo en torno de la presidenta de la Nación con tan poco soporte argumentativo? Fácil: a los fines de tapar los incontables baches de que adolecen los antagonistas que dicen proyectar la sucesión de CFK.

De no ser porque, hasta donde se sabe, no podrán contar con la presencia de Arroyo Salgado en las boletas, sería buena idea.

viernes, 6 de marzo de 2015

El candidato es el proyecto

La candidatura presidencial del oficialismo será el tema principal del recorrido 2015; antes, durante y después que se defina la estrategia de designación.

Una pregunta organiza la cuestión. La que indaga en cuanto a las características que debiera exhibir el postulante para que la oferta sea destacada. Entre la enorme multitud que copó Plaza Congreso para el acto del 1° de marzo se destacó una bandera, que en realidad ya hace tiempo decora las concentraciones kirchneristas. “El candidato es el proyecto”, reza. A su vez, el cancionero popular de la militancia oficialista viene pidiendo la reelección para, justamente, “el proyecto”, luego del borom bom bom. No se trata de negar que existen todavía ciertas dificultades en cuanto a la selección en comentario.

Pero las alusiones al programa de gobierno en modo alguno suponen apenas una cortina que intenta disimular carencias de electorabilidad en los segmentos más comprometidos con la conducción de la presidenta CFK, como sostienen equivocadamente algunos formadores de opinión que jamás han asomado sus narices más allá de la avenida General Paz.

Siempre ha sido ésa la única condición que ha regido en el Frente para la Victoria para habilitar la pertenencia al espacio.

En cualquier caso, resulta útil, a los fines de despejar la incógnita planteada, hacer un poco de repaso histórico. Remontarse a la campaña que precedió a las elecciones legislativas del año 2013 en provincia de Buenos Aires. Más específicamente, al giro que hizo Martín Insaurralde entre su derrota en las PASO de agosto y la posterior en las generales de octubre, ambas a manos de Sergio Massa. Fue uno para el primer caso, otro luego. Discursivamente, que se entienda. Fidelizado a pleno con la retórica tradicional, inicialmente; perseguidor de ciertos aspectos de la propuesta massista, opositora, después. Con la referencia a la promesa de bajar la edad de imputabilidad como el más doloroso ejemplo de la mutabilidad a que recién aludíamos.

¿Qué enseñaron aquellos resultados? El Insaurralde más kirchnerizado clavó en las PASO 30% de los votos después de haber despegado desde alrededor de un 80% de desconocimiento. Es decir, reflejando casi entero el piso legendario del FpV, fijado por la candidatura de Néstor Kirchner en PBA en el año 2009, cuando fue derrotado por Francisco De Narváez (32% provincial, 35% nacional, aproximadamente). A posteriori de ello, desconcertado gravemente por su incorrecta lectura de lo que había sido un buen trabajo a pesar del segundo puesto, el intendente de Lomas de Zamora jugó a copiar los aspectos adversativos de la apuesta de Massa. Sin advertir que el marido de Malena Galmarini había dibujado, sí, una opción para atraer competitivamente al voto más radicalmente antikirchnerista, pero a partir de, antes, quebrar la sociología que había levantado a cifras astronómicas a Cristina Fernández en La Mazorca apenas dos años antes.

Dicho sencillo: tenía lugar para crecer hacia la recaptura de descontentos del bienio errático 2011/2013, que en modo alguno podían considerarse irremediablemente perdidos. Pero prefirió apostar al núcleo duro gorila. Demencial. No debe sorprender a nadie, entonces, que de cara a los comicios definitivos su acompañamiento casi no haya registrado variaciones.

Sobran quienes, en los últimos tiempos, "recomiendan" al kirchnerismo recostarse sobre la hipotética mayor capacidad de Daniel Scioli, respecto de sus contrincantes en la interna del FpV-PJ, de atraer voto independiente. Sobre la base de dar por sentado que 2009 y 2013 representan el techo y no el piso del dispositivo oficial. Los datos arriba analizados, se insiste, desmienten esa tesis. El consejo, pues, persigue el interés de confundir a la fuerza inaugurada en 2003 con los corrimientos hacia allí donde ya abundan alternativas con Maurizio Macrì y Massa. Para peor en este caso, porque estamos ante una elección ejecutiva, en esencia más polarizada que una de medio término. Y que esta vez lo será especialmente, como de sobra venimos comentando acá hace ya meses. El establishment ya ha decidido acompañar al jefe del PRO.

Conviene examinar, en este mismo sentido, el descuadre que sufre el ex intendente de Tigre en tal coyuntura luego de habersele vuelto imposible domesticar el equilibrio centrista que en principio intentó edificar. Hoy lo eluden tanto quienes aspiran a un cambio como aquellos que desean la continuidad, porque a ninguno logra expresar fielmente.

Luego de largo rato de intentar respecto de Macrì lo que antes Insaurralde experimentó sobre él, ahora lo denuncia por neoliberal. Recalculando. No logró soslayar, como supuso, el eje (continuidad/cambio) que organiza toda disputa de este tipo.

Es evidente que el propio Scioli ha comprendido estas profundas estructuralidades políticas, de las que resulta difícil colocarse al margen. Sobre todo para alguien como él, que carece de construcciones propias considerables que lo habiliten a operarlas. Al final del camino, se verifica que su necesidad de apoyaturas, que lo lleva a aspirar a la consagración del dedo cristinista para heredar la escena del #1M como sustento de su emprendimiento electoral (y más allá, también), le impone el diseño de mensaje, cada vez más en dirección a la significación kirchnerista que espanta a quienes pretenden seducirlo con el centrismo desde veredas opuestas. Debe acelerar en esto, porque sus rivales efepeveistas lo aventajan todavía. La insinuación en contrario implica el deseo húmedo corporativo: la desaparición del kirchnerismo; en esta variante, por efecto de mímesis.

Mientras esto se escribía, el amigo Néstor Sbariggi publicó un tweet que nos facilita el cierre y resume. Esto sucede.
(Esta historia continuará. En todas las acepciones que de esta frase pueden imaginarse. Porque hace falta. E ídem en bis.)