El jefe de
operaciones del grupo de tareas del Partido Clarín, Jorge Lanata, dice que
Cristina es igual a Videla. Y que, entonces, aunque haya muerto, aún queda
mucho del genocida presidente de facto entre 1976 y 1981.
Tiene razón,
debemos admitirlo aunque nos duele hacerlo, Lanata: todavía cargamos con varios
residuos del paso de Videla por la presidencia de la Nación.
Según el
precario texto que firmó Lanata para el diario propiedad de empresarios que en
su momento estamparon sus nombres en gigantescos negociados con el dictador fallecido,
el kirchnerismo es lo mismo que Videla porque conduce el proyecto nacional y
popular y el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, sigue diciendo,
se pensaba anterior a la nación. Ocurre que, para desgracia del fundador y
quebrador del diario Crítica de la Argentina, a la hora de hablar de historia y
de establecer comparaciones en dicha materia interesan menos las cuestiones
formales y los plazos institucionales que la composición social de intereses en
nombre de los que se gobierna.
Que la política,
en última instancia, es representación institucional de intereses: sociales,
económicos, culturales, etc.
La asimilación
histórica que se intentó en Argentina entre el nazifascismo y el peronismo nunca
superó el rango de la precariedad. El fascismo gusta de los grandes actos de
masas, el peronismo también; ergo, el peronismo es fascismo, fue lo más
elaborado que alguna vez haya podido leerse al respecto.
Alguien que
no proviene del peronismo como es Alejandro Horowicz (de filiación marxista) rebatió
aquella estupidez mejor que nadie en el clásico Los cuatro peronismos.
Muy
resumidamente, Horowicz explica allí que el nazismo y el fascismo fueron fenómenos
de clases medias sustentados por las burguesías nacionales de sus respectivos
países, que, al no tener representación política/electoral --pues a diferencia
de las burguesías revolucionarias francesa e inglesa pactaron con la vieja
clase dirigente italiana y alemana en vez de apoderarse de los canales institucionales--,
desdibujaron los contornos del republicanismo liberal. Nada de eso pasó con el
peronismo, un instrumento de clases bajas combatido por la burguesía argentina
que jamás abandonó en lo sustancial el esquema constitucional clásico de 1853.
A caballo de
una epistemología similar, entonces, podemos discutir nosotros el paralelismo
que intentó el ex actor del Maipo entre la presidenta CFK y el ex general
presidente al que sus patrones insisten en aludir como ex dictador.
Y resulta
que el bloque social que se benefició con la política del mal llamado Proceso es
hoy el antagonista principal del gobierno de la presidenta CFK. Aquella
dictadura tuvo víctimas y beneficiarios. A estos últimos, sistemáticamente
ocultados --a partir de la teoría de los dos demonios-- se los encuentra más
claramente que en ningún otro lado en la nómina de AEA (Asociación de
Empresarios Argentinos), cuya vicepresidencia ejerce el Grupo Clarín. Ese
entramado de clases dominantes fue impulsor del diseño económico que Martínez
de Hoz impuso a sangre y fuego a partir de 1976, el de la valorización
financiera que los articula casi como un todo único e imposible de ser
disociado, y que se mantuvo inalterado hasta 2003.
A partir de
la asunción de Néstor Kirchner como presidente ese ciclo histórico ingresa en
crisis: con éxito en algunos casos, como ser la ley de medios o la nueva carta
orgánica del BCRA; y sin tanto en otros, pues la ley de entidades financieras
permanece intocada. Y otro tanto sucede con Papel Prensa, negociado arquetípico
de la alianza que vertebró al ciclo histórico que se consolidó desde el
desplazamiento de Isabel Martínez de Perón de la presidencia de la Nación.
La web de
Clarín titulaba, a minutos del deceso, con mucho de cinismo, que había
fallecido, en la persona de Videla, “el ideólogo de la dictadura”. La realidad indica que Videla ejecutó un programa cuyos topes estaban ubicados por fuera de su voluntad personal. Fue expresión de un colectivo sintetizado por la presencia de Martínez de Hoz en el gobierno procesista, para el cual el ejército aportó la condición de posibilidad, el genocidio de 30 mil personas, de un programa que hasta entonces había sido bloqueado por la dinámica combativa de las clases populares a partir del primer peronismo.
Más adelante
en su columna Lanata se pregunta “¿El sueño de Onganía de gobernar veinte años
difiere en sustancia de la reelección indefinida?”. En el voto de la ciudadanía
que convalidara las hipotéticas reelecciones; a diferencia de Onganía, que no fue
nunca sustentado en las urnas por nadie. Pero es cierto que lo electoral es
para quien denunciara a Clarín por lavado de dinero una cuestión menor: en el panfleto
propagandístico que le hizo escribir Luis Majul, el conductor de PPT dice que a
su entender la democracia es "el sistema con que el Estado incide para que
las mayorías no le pasen por encima a las minorías".
“De ahí a
los regímenes ‘democráticos’ dónde las minorías pasan por encima de las
mayorías no parece haber una distancia insalvable.”, replicó a esa definición
el periodista Juan Salinas, quien fuera compañero de Lanata, en su blog.
Es, la
definición de Lanata sobre democracia, el tipo de afirmaciones que prueban que “la
cultura autoritaria del Partido Militar aún sobrevive y atraviesa la historia
argentina del siglo XX y el actual”. Y que “Falta que pase mucha agua bajo el
puente hasta que Videla esté definitivamente muerto.”, según cierra su columna el
empleado principal de Héctor Magnetto. Bien que de una inteligencia tal se
nutrió cuanta interrupción del sistema democrático hubo en Argentina.
Un buen paso
adelante sería que Clarín finalmente decidiera acatar las leyes de la república.
Difícil: se hizo lo que es a través de la arquitectura jurídica procesista.







