jueves, 17 de julio de 2014

"¡Blancos de mierda, seguro que tienen trabajo!"

El domingo último, luego de la final del Mundial, y de que unos pocos imbéciles empañaran el festejo popular en el Obelisco, Facebook y Twitter se llenaron con mensajes de una multitud que, con pretensiones sociológicas --aunque, claro, sin molestarse para ello en formarse debidamente en Sociología--, nos explicaba la indiscutible y evidente basura que somos los argentinos (en especial, determinado sector de nuestra ciudadanía: beneficiarios de asistencia estatal y negros, generalmente "de mierda"), incapaces de celebrar nada sin convertirlo en pura barbarie.

Ese extraño desprecio (tan violento como el de quienes vandalizaron el centro porteño) por lo propio, el inexplicable amor y anhelo por lo extranjero, organizaban reflexiones (por así decirles) que, en realidad, no deberían sorprender en un país cuyo periodista de mayor audiencia anda por la vida afirmando, lo más campante, que este país "es una mierda".

Ocurrió, para desgracia de la intelectualidad xenófila, que, apenas unas horas después, episodios similares, pero peores, se repitieron durante la recepción que Alemania dio a sus campeones. Que incluso le costaron la vida a una persona. Y no se trata, acá, de conformarse con que 'mal de muchos, consuelo de tontos'. Nada de eso. Sino de dejar en claro que el fundamento de la violencia nunca, ni ahora tampoco, se puede rastrear en la nacionalidad. Así como tampoco en la pertenencia social de alguien: en Alemania el nivel de vida es altísimo, y sin embargo sucedió quilombo lo mismo. Y, por supuesto, mucho menos interesa la filiación ideológica de un gobierno determinado.

Situaciones casi calcadas tuvieron lugar en comunidades y estructuras socioeconómicas y políticas diametralmente opuestas. ¿Entonces?

Por desgracia, hasta el momento, ninguno de los sabios que el domingo a la noche dictaban clases de ética y moral por las redes sociales (y también, desde luego, en los medios de comunicación) han considerado necesario ilustrarnos sobre las miserias de la sociedad alemana. Ni hay que tener esperanzas en que lo hagan, porque en verdad no les interesaba nada lo que estaba ocurriendo en la capital argentina, sino, como siempre, tener oportunidad para insultar políticamente.

Las cosas por su nombre. Que somos pocos, y nos conocemos todos bastante.

viernes, 16 de mayo de 2014

Siempre habrá plazas vacías

El pasado 10 de abril, alrededor del paro general organizado por Hugo Moyano y Luis Barrionuevo quedó una duda flotando en el aire: ¿había sido exitoso realmente? Esto es: ¿había expresado el sentir de un sujeto social de modo masivo?

Conviene recordar que, a diferencia de lo que usualmente se estila, aquella jornada de protesta concluyó sin una movilización que permitiera mensurar la adhesión a la misma, por fuera del bloqueo. La foto del acto que el miércoles pasado armó el mismo dúo dirigencial vino a saldar, un mes después, aquel debate. La huelga a que hacemos referencia fue contundente debido a la hábil construcción táctica de que la proveyó el moyanobarrionuevismo. Fundamentalmente, a través de la incorporación a la movida de gremios del transporte. Y, en menor medida, también gracias al piquetazo con que se sumó el trotskismo.

Dicho sencillo: no importó cuántos pararon sino dónde se paró.

Sin embargo, ahora queda claro que la convocatoria hubiera sido escasísima de no haber sido porque también se plegaron a ella los trabajadores transportistas. No se trata de alegrarse por el fracaso político de Moyano, que es de rango estruendoso, sino de impugnarlo como conductor en grandes ligas. Su extravío estratégico, el de un gremialismo que adversa con gobiernos y no con sectores patronales (a los que, por el contrario, les abre las puertas de la CGT, como sucede habitualmente con el empresario del agro Eduardo Buzzi), ha derivado en la anulación del movimiento obrero organizado como factor de relevancia a la hora de medir relaciones de fuerza. En la actualidad, media Plaza de Mayo les queda enorme. 

Lógica consecuencia de quien se ha encaprichado en negar la contradicción esencial de su función: capital/trabajo.

El sindicalismo que, por su eficacia en la agregación de masas, hasta 2011 discutía espacios en la institucionalidad estatal, por imágenes como la que acompaña a este post (de las que Moyano colecciona ya por decenas desde que giró al antikirchnerismo) pasó a, apenas, fiscalizar las urnas de Francisco De Narváez en las elecciones legislativas 2013. Bien a tono con las consignas crecientemente reaccionarias que, cada vez con mayor frecuencia, pueblan el discurso del ex secretario general de la CGT. Que en los últimos dos años ha hablado de "planes descansar", de "dádivas para juntar gente", de la necesidad de manifestarse “sin banderas partidarias".

Y que coronó su deslizamiento llamando a marchar contra la inseguridad al lado de... Juan Carlos Blumberg.

Pero, fundamentalmente, la derrota moyanista responde a su abandono de la agenda social más urgente, que ni de cerca pasa por ser la del impuesto a los altos ingresos mal llamado Ganancias. Así las cosas, las evidentes intenciones de condicionar a los vencedores de 2015 --a eso dirige sus recientes empellones, que no sólo al gobierno nacional--, han sucumbido antes de poder iniciarse, siquiera. A caballo de semejante escasez, ya no asusta a nadie. Esa impotencia a veces estalla de modo imprudente e irresponsable, como en los coqueteos discursivos con la violencia política que exploró su hijo menos lúcido, Pablo, quien amenazó con arrojar cadáveres sobre el escritorio del intendente de Quilmes, Francisco Barba Gutiérrez.

Sin que a un solo dirigente opositor se le ocurriera abrir la boca para hacer tronar el repudio que tamaña desproporción hubiera merecido, por supuesto.

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Nada de todo esto debería sorprender, en realidad. Desemboca Moyano aquí a partir de la muerte de Néstor Kirchner, luego de lo cual, creyéndose con derechos sucesorios respecto de la silla decisoria que quedaba vacía, inició un desbarranco demencial y, a esta altura, indetenible.

En los meses subsiguientes, exigió a Cristina Fernández la vicepresidencia de la Nación, la vicegobernación de la provincia de Buenos Aires y el 33% de todas las candidaturas legislativas nacionales, provinciales y municipales. Peor aún: lo hizo públicamente, colocándola en situación de condicionamiento. La jefa de Estado, con toda lógica, rechazó semejante demanda. Pero, con eso, el líder camionero hipotecó también su futuro al frente de la central gremial mayoritaria. Su situación de debilidad actual en la interna cegetista (si se la considera como un todo único), donde Moyano nuclea apenas un 27% de la afiliación confederada, nunca fue distinta desde 2003.

Lo que cambió, de nuevo, es por la ausencia de Kirchner, quien le garantizó dos veces, 2004 y 2008, el voto de los delegados de gremios más números que los moyanistas, pero carentes de figuras potables por el desprestigio que les acarrea el cuestionable rol que actuaron durante el neoliberalismo, al que Moyano, debe reconocerse, combatió siempre con furia.

Cristina, molesta por las presiones públicas comentadas, no quiso continuar esos servicios. El resto es historia conocida. La que todavía se está tramitando.

Ya hemos dicho demasiado sobre este tema, no vale la pena reiterarse.

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Mientras el ex secretario general de la CGT patinaba por enésima vez desde 2011, la presidenta CFK anunciaba aumentos de hasta 40% en la AUH y en el salario familiar, al tiempo que está por lograr la aprobación parlamentaria de un programa de combate contra la informalidad laboral, iniciativa que fue despreciada por uno de los más importantes alfiles del moyanismo, Gerónimo Venegas, el jefe del sindicato que representa (por decirlo de algún modo) a los sectores más negreados del país. Otro ejemplo de la decisión de los inquilinos de Azopardo de vocear exclusivamente a los segmentos convencionados de los sectores populares. 

José Natanson escribió en su libro La Nueva Izquierda que en América Latina no existen partidos laboristas sencillamente porque con el viejo imaginario del obrerismo fabril, hoy muy disminuido, ya no alcanza para ganar elecciones. 

En la vida hay que elegir. Y Moyano, que no registra las novedades históricas, eligió ser minoría. 

jueves, 24 de abril de 2014

La última curva de la autopista republicana: PRO

Se ha escrito mucho durante estos últimos días sobre la reciente constitución del consorcio electoral Frente Amplio UNEN.

Cuando la oferta analítica abunda, como sucede actualmente aún a despecho de los tiempos dictatoriales que --dicen-- vivimos, resulta difícil encontrar ángulos desde los cuales plantear originalidad. Si este texto, por decir algo, abordara la cuestión del terreno ciudadano en el que intentará sembrar la nueva alianza, con justicia podría ser acusado por plagio, o bien de repetitivo. Nos interesa, por tanto, adentrarnos en la polémica abierta en torno de la conformación definitiva del conglomerado. Cuya resolución será, de seguro, aplazada. Probablemente hasta bien entrado el año 2015. 

Incorporación de Maurizio Macrì a la propuesta republicana: sí o no. A esta hora, la pregunta del millón en dichas latitudes.

Pero, volviendo, se lo hará dejando sentado, se insiste, que aquí no se quiere divagar en cuanto a sociología del sufragio. Son bastante más simples nuestras aspiraciones.

Yendo al meollo del asunto: a nuestro criterio, en esta jugada se trata de poner las estructuras del radicalismo al servicio de una candidatura nacional potente. Para decirlo de modo más acabado: explorar la confluencia entre el desarrollo territorial y los niveles superiores de decisión, que gozan de mayor resonancia mediática pero flaquean en cuanto a electorabilidad. Ésa es la dificultad irresuelta de la UCR desde 2001: reflejar arriba lo que es fuerte abajo para concretar la competitividad que, en algún punto, amenaza. Luego de la abrumadora derrota que sufrieron ante la presidenta CFK en 2011, fueron ganando cabida unos cuantos malestares que buena cantidad de intendentes radicales del interior hicieron conocer con motivo de la exclusión que sufrieron en cuanto al diseño de la fórmula presidencial. [Cosas que ya hemos dicho: 1 y 2]

Eso deriva en holganza, planificada, a la hora de militar el binomio de candidatos. Y la consecuencia necesaria, lógica, previsible fue la brecha que se abrió entre el Frente para la Victoria y todos sus rivales. Como antes lo fueron los radicales K. 

El funcionamiento del aparato requiere del aceite de la expresión en términos de representatividad. Néstor Kirchner se las dio.

Algunos de esos enojos se fueron revirtiendo a partir las elecciones legislativas nacionales de 2013. A las cuales, conviene recordar, el partido llegó presidido por alguien impulsado por el grupo de alcaldes antes referenciado, y que lo había sido él mismo, en la capital santafesina: Mario Barletta. La sustancialidad y solidez del nuevo emprendimiento, entonces, se pondrá en juego en relación a la incidencia que vayan a tener los territoriales boinas blancas en debates como el que está abierto alrededor del posible entendimiento con Macrì. Algunos gobiernos locales del partido que fue de Hipólito Yrigoyen ya de hecho comparten sus respectivas administraciones con lo poco que tiene el PRO armado en las provincias. 

No fue auspicioso para el debut que se ausentara del acto el intendente de Córdoba capital, Ramoncito Mestre, quien habla mucho por boca de Oscar Aguad, quizá el más enfático y explícito a la hora de la promoción de una convocatoria al jefe del gobierno porteño. Viejas riñas con Luis Juez, de la pata progre de FAU. En estas escaramuzas se juega el destino de FAU: ¿privilegiarán territorio y votos (Mestre) en las consideraciones a elaborar, o sobrerrepresentación ideológica sin urnas (Juez)? En definitiva, si aspirarán al PEN en serio de una buena vez por todas, o se conformarán con apenas renovar las bancas de Ernesto Sanz, Gerardo Morales y compañía. La ruta que les permitirá eludir nuevos sapos conduce a que apoyen los oídos sobre los distintos localismos. Que, según se cuenta, son más proclives de lo que se conoce al hijo de Franco.
                                                      
Poco se habla a lo largo de este post de Fernando Pino Solanas, Victoria Donda, Margarita Stolbizer, El Hijo de Alfonsín y demás negados al macrismo. Se explica fácil: no cortan ni pinchan. Sus huidas no compensarían lo que suma Macrì.

Es cuestión de que pase el tiempo para comprobar si valdrá, o no, lo que más pesa en el porotómetro.

lunes, 21 de abril de 2014

El péndulo

Tarde o temprano, los estudios de opinión pública que se van dando a conocer de cara a las presidenciales 2015 tendrán que reconocer que si es cierto lo que dicen acerca de un hipotético giro conservador que se estaría verificando en el electorado, ello se debe a lógicos reflejos conservacionistas de lo que acumuló materialmente la sociedad en 10 años de kirchnerismo.

Por mucha vuelta que le vayan a querer buscar, nadie reacciona de ese modo con bolsillos y estómago vacíos.

Obviamente, no es del todo exacta la expresión del viraje a la derecha para explicar una cuestión casi sociológica sobre estados de ánimo que luego requieren de viabilización electoral. Más aún, que organizan, en gran medida, los comportamientos de los actores políticos, quienes diseñan sus movimientos y discursos en base a esas observaciones. Ya hemos dicho acá que no somos amigos de expresiones como éstas, de las que década ganada --aún cuando en ese caso coincidamos con el espíritu de la fórmula-- es otro ejemplo. Pero son, a veces, necesarias a efectos de la síntesis. Aunque en el camino se pierda la riqueza de la complejidad. También es probable que alguien vea en estas líneas pretensiones justificatorias de lo que se puede entender como un abandono de los postulados básicos que inaugurara Néstor Kirchner en 2003.

En realidad, hay que asumir que estos asuntos tienen mucho de esto. Y que aquello del péndulo, metáfora a que acudió la presidenta CFK en un discurso que dio en la UIA apenas confirmada su reelección, no es simplemente una rareza argentina.

Lo que hace la diferencia, sí, es la voluntad y la destreza de la intervención política (cuando existen tales atributos) en morigerar los efectos de procesos ineludibles, propios del devenir mismo de la Historia. Para lograr conducirlos. Si Kirchner no hubiese articulado su audacia, que para los parámetros promedio nacionales desde la recuperación democrática constituyeron toda una novedad, con las prudentes dosis de racionalidad que expresaron los superávits gemelos y la obstinación por acumular reservas en el BCRA --por citar sólo dos ejemplos, hubo más--, muy probablemente todo aquello que más enorgullece a la hora del recitado de las conquistas del ciclo kirchnerista en el poder institucional no habrían sido posibles.

Libradas las cosas a los impulsos que estallaban a la salida de la convertibilidad, sin un marco de mínimo tacticismo a la hora de la estrategia programática, la estatización del sistema previsional o la AUH ingresarían a rango de incerteza.

Conviene analizar desde esta perspectiva las reconfiguraciones que ha operado, en la macro tanto como en el equipo que la acompaña, Cristina Fernández desde su reaparición en noviembre del año pasado, cuando dio aire a Jorge Capitanich, Axel Kicillof y Juan Carlos Fábrega. Aldo Ferrer explicó bien estas necesarias matizaciones en un artículo reciente en el que diferencia ortodoxia de ordenamiento. Se trata de poner la oreja en el suelo para ver por dónde vienen las cosas e intentar hacer algo con ellas para tener horizonte. Lo que habla, además, de la responsabilidad de CFK como dirigente, cuando muchos de sus competidores mejor posicionados se conforman con apenas vocear estas cuestiones, sin el mínimo procesamiento que se requiere para una acción de Estado sensata.

Sería una pena resignarse a un futuro de sólo tirar piedras luego de tanta agua corrida bajo el puente.

viernes, 18 de abril de 2014

Desde el paro general y en adelante

El paro general de la semana pasada fue, como todos, político. Está muy bien que así sea. Sólo que esta vez esa dimensión superó en demasía a la reivindicación sectorial específica. Aquí, sin embargo, no vamos a denostarlo por tales motivos. 
No per se, al menos. El análisis es político.

Conviene recordar que Hugo Moyano pasó de exigir a CFK vicepresidencia de la Nación, vicegobernación de la PBA y 33% de todas las listas legislativas nacionales, provinciales y municipales de 2011 --reclamo que CFK rechazó sin siquiera considerarlo--; discutir el derecho constitucional al reparto de ganancias empresarias entre los trabajadores y juntar 700 mil personas en la 9 de Julio hace tres años para aclamar la candidatura cristinista a la reelección, a contentarse con fiscalizar el 5% de los votos de Francisco de Narváez en 2013 y bloquear accesos y traslados a Capital para lograr contundencia en su huelga, ayudado de una ensalada sectorial cuya ductilidad política jamás logrará encuadrar en un programa común (así y todo, no le alcanzó para movilizar con éxito a Plaza de Mayo).

Si Moyano no advierte que la de ut supra es la descripción de una derrota política gigantesca, considerando desde dónde venía, tiene un problema agudo para advertir la realidad. Eso es lo preocupante para quienes creemos que los trabajadores deben tener viabilización partidaria/electoral.

Es a partir de este diagnóstico que, entonces sí, cabe enjuiciar la errática deriva moyanista.

* * *

Si la iniciativa de blanqueo laboral lanzada por Cristina Fernández de Kirchner a principios de esta semana llega a ganar la centralidad que merece en agenda, el gobierno nacional encontrará un importante eje desde el que doblar la apuesta, por decirlo de algún modo, progresivamente.

Tal como sucede con la cuestión del transporte a partir de la creación del ministerio correspondiente y la asunción allí de Florencio Randazzo, que colocó al también titular de la cartera de Interior en la carrera presidencial, el kirchnerismo puede, a partir de acciones de gestión, refrescar sus vínculos representativos con los sectores en los que mejores perspectivas tiene de recuperar sus performances de otrora. No por Carlos Tomada en sí, claro; no hablamos de candidaturas en concreto en este caso. Se trata, ni más ni menos, que de expresar la renovación de agenda que impone el devenir mismo de la política. Incluso cuando, en muchas oportunidades, se trata de agotamientos por éxito.

Si gobernar implica establecer prioridades, el oficialismo arrincona con esto a la CGT Azopardo a una posición incómoda: planteando la imposibilidad de ese sello para abarcar a todo el universo asalariado, por un lado, al tiempo que expone su falta de voluntad por conflictuar con las estructuras empresarias, responsables del negreo y que deberían constituir su antagonismo, lo que en los últimos tiempos se ha hecho más difícil de percibir. De hecho, Gerónimo Venegas respondió al anuncio presidencial con un despreciativo "eso no forma parte de nuestra agenda". No hacía falta tan explícita aclaración, pero él igual corrió a echar agua. 

En resumidas cuentas, la opción del sindicalismo moyanista por un plexo reivindicativo de menores urgencias en cuanto hace a una estrategia de defensa de sectores desprotegidos.

Se dijo, días pasados, que en política se trata de partir un escenario y colocarse de un lado de tal fractura. Bueno, eso pasó.

martes, 15 de abril de 2014

El futuro del kirchnerismo desde la perspectiva de Daniel Scioli o Daniel Scioli desde la perspectiva del futuro del kirchnerismo (¿dará lo mismo?)

Muchísimas veces nos hemos referido en Segundas Lecturas al expediente crítico que representa la pertenencia de Daniel Scioli al kirchnerismo. Parece mentira que el tema pueda dar para tanto, pero así es. 

Incluso, mereció una serie de posts específica de tanta tela que había para cortar.

Nuestra tesis no ha variado ni lo hará: el gobernador de la provincia de Buenos Aires es una pieza importantísima en el armado oficial. Prescindir de él es altamente desaconsejable. La construcción que sustenta al gobierno nacional se vería seriamente comprometida en caso de una ruptura entre la presidenta CFK y el vicepresidente de Néstor Kirchner. Esto independiente de que, pese a lo que dirían las encuestas en tiempos no electorales, tanto en 2007 como en 2011 la jefa del Estado nacional obtuvo su cargo con mayor cantidad de votos que el bonaerense adoptivo. Scioli, en ese entendimiento, no se va del Frente para la Victoria sencillamente porque no tiene con qué. Esto, suponiendo que quisiera irse, lo que no supera el grado de hipótesis si se habla en serio. 

Sucede que el sciolismo, entendido como tal, es, apenas, una categoría periodística.

No se trata, en este tema, de ideologías. La política, en definitiva, no es sólo eso. 
Lamentablemente (no para nosotros, que no curtimos beneficio de inventario en estos asuntos), hay que matizar, aquí, con lo que se requiere para edificar aquello que permite desplegar los impulsos de las convicciones: o sea, poder. Y está claro que el ex motonauta ha sido una pieza fundamental en ese sentido.

Dijimos, también --para no parezca sciolista esto--, que no es lo mismo un militante (independientemente de la mucha lealtad que, efectivamente, ha demostrado siempre Daniel) que ejercer la conducción.

Pero, volviendo a girar, siempre sostuvimos que si acaso hay temores por un Scioli que, puesto a jefe, desande grandes porciones, o bien todo lo actuado desde 2003 (no es nuestro caso), no es el mejor juego el de intentar el mero bloqueo de su candidatura presidencial casi porque sí. Ni mucho menos expulsarlo del Frente para la Victoria. En tal supuesto, sólo se conseguiría arrojarlo a la posibilidad de que alcance su objetivo como expresión de segmentos refutatorios del paradigma inaugurado por Néstor Kirchner. O bien de conseguir impedirle el acceso a la primera magistratura, pero al costo de, por quebrar el dispositivo en que se apoya el gobierno nacional, perder también chances propias de pesar en el litigio sucesorio. 
Regalando, así, el triunfo a opciones que no mejoran la del esposo de Karina Rabolini. 
O bien son francamente peores, considerada su representatividad.

La ruta de la racionalidad conduce a que si, como todo indica, Scioli está dispuesto a confluir, lo mejor es intentar condicionar, desde esa voluntad, por medio de las PASO --y, por ende, del armado del circuito sobre el que pueda funcionar--, el programa que a posteriori tendrá ejecución en su gobierno.

Hasta las presidenciales 2011, apenas con la presencia de CFK había bastado como para enterrar cualquier debate. 
El juego que se inició desde entonces es muy otro. Toca competir. Para agregar volumen a la propuesta. La presidenta de la Nación, por su parte, muy hábilmente, ha sabido siempre (igual que antes Kirchner) aderezar sus decisiones con abundantes dosis de sensatez, que en política significa ni más ni menos que tomar la debida nota que merecen las correlaciones de fuerza en un período histórico determinado. Y entiende de la incapacidad que los afecta, tanto a ella como a Scioli, para construir con prescindencia del otro. Conviene tomar nota: ni la una ni el otro quieren separarse, porque en tal movimiento iría la clave de sus respectivas y --en ese caso-- seguras derrotas. 

Sobre el cierre de este texto, Andrés Larroque confirmó mucho de lo que aquí dicho. Creemos. Y, sobre todo, celebramos.

viernes, 11 de abril de 2014

Yendo hacia la cama del enemigo

Resulta difícil mensurar el acatamiento a la huelga general/lock out multicolor de ayer. 

Con piquetes varios de por medio y sin movilización que corone la jornada (desestimando las enseñanzas de Saúl Ubaldini en la materia), puede, o no, haber sido un éxito. Es y será una incógnita, atractiva para una disputa que no es la más jugosa para abordar. En última instancia, si Hugo Moyano pretende instrumentar su fortaleza gremial en incidencia política, sabrá evaluar si esto le sirvió para trascender como agregador de volumen humano, o bien como mera fuerza de aguante. 
Capaz de bloquear una ciudad pero no de operar una correlación de fuerzas. Cosa suya. 
Más hacia el final del texto se entenderá a qué queremos referirnos.

Ya sus escasas dotes para calibrar en ese territorio derivaron en que, de exigir la vicepresidencia de Cristina Fernández para uno de los suyos en 2011, terminara fiscalizando las mesas de Francisco De Narváez en las elecciones legislativas 2013. Cuidando el mísero 5% de votos del diputado nacional colombiano. 

Si esa irrelevancia se llega a trasladar a cuerda sectorial, será para resolver en Camioneros.

Abundar, por otro lado, en detalles jurídicos sobre la violación a la libertad sindical en que incurrieron (derecho a no adherir al paro) es para una polémica interesante pero poco taquillera.

La ensalada de la medida de fuerza, por último, es, ahí sí, el asunto relevante para la discusión. 
Pero no por el dato en sí mismo. La heterogeneidad al interior de las representaciones es un paisaje habitual del ecosistema político argentino. E incluye el menú disparatado de exigencias, que llegaba incluso al... ¡narcotráfico! No da para escandalizarse, aún con lo inentendible de que en una movida de este tipo participen sectores patronales como la Federación Agraria Argentina, entidad con la que debería conflictuar y no contuberniar Gerónimo Venegas, espada del moyanismo. Responsable de la paupérrima situación laboral de los peones rurales, tal vez los peores del universo sindicalizado. 
Ídem cabe para su militancia kirchnerista de hasta hace nada.

Acá no se trata de si una huelga es política o no. Siempre lo es. Como todo en la vida.
Bueno es que algunos empiezan a reconocerlo, y dejan el acting del apoliticismo de lado. Lo que debe preocupar es el aspecto cualitativo de la propuesta. Es decir, hacia dónde dirige sus esfuerzos el conglomerado que organizó la protesta.

Y a tal fin, resulta necesario y llamativo estudiar las definiciones otorgadas por Hugo Moyano durante la conferencia de prensa con que epilogó su día de protagonismo. Habló allí de “gente”, no de “clase obrera”, muy lógico en un peronista, pero ni siquiera de “trabajadores”. Llamó al gobierno nacional a “dejar de lado la soberbia” y allanarse al “dialogo”. Rechazó las “divisiones”, en lo que hicieron especial ruido sus alabanzas a “el campo”, al que atribuyó “la situación del país”. Pidió contra la inseguridad, relativizó los episodios de intentos de homicidio --mal llamados linchamientos-- de las últimas semanas y despotricó contra la capacidad recaudadora del Estado nacional (de la que han surgido muchas prerrogativas para su sindicato). 
Incluso el repudio, pero sólo declarativo, a los cortes de caminos que lo auxiliaron.

Sería estúpido pensar que ese cuidado en el vocabulario es inocente, espontáneo.
Forma parte de una voluntad de conectar por fuera de lo propio. Con modos y gestos propios de segmentos que sienten repugnancia para con él (y lo que es peor: para con los suyos). Hoy se decía en Twitter, y es atendible, que aquí se quiso dar también un mensaje a fuerzas opositoras. Para el cierre de listas o más allá de ello. Desde esto último surge la preocupación por el carril que elige transitar el moyanismo. Francamente incompatible con las necesidades de sus defendidos. Ayer decíamos que se está poblando demasiado la disputa electoral, por así decirlo, a derecha (no es exacto, pero para que se entienda). Por la decisión opositora de adaptarse a un estado de cosas en tal dirección y expresarla incondicionalmente.
Puede que al paro general de ayer haya que sumarlo a esos movimientos, en idénticos términos. 

Pero, en este caso, es mucho más grave. Por la suerte de los sujetos sociales que componen a los actores en cuestión.

jueves, 10 de abril de 2014

Pescando en la misma pecera

Sergio Massa repudia el anteproyecto de Código Penal o relativiza la condena a los linchamientos y, al toque, salen a hacerle eco Maurizio Macrì, Hermes Binner, Ernesto Sanz, Julio Cobos. Calcan sus palabras. Más tarde, Macrì dice que le da tranquilidad que su hija se haya ido de viaje a EEUU durante un año, pues así ella escapa de la inseguridad argentina, que al parecer no existe en San Francisco. A las pocas horas, Massa dice que trabaja para que sus hijos puedan vivir aquí, en obvia respuesta a la anterior catarsis irresponsable del alcalde porteño (que declara como si no lo fuera).

Elisa Carrió ha iniciado, desde hace un par de semanas, una maratón de lloriqueos por varios programas de la señal TN del Grupo Clarín. Ruega que desistan de lo que, entiende, es un apoyo del multimedios conducido por Héctor Magnetto a la candidatura del ex intendente de Tigre. Este berrinche llama a la vergüenza ajena, por una dirigente política que pareciera dedicar mayores esfuerzos a la construcción mediática que a la partidaria. Y reconoce lo tantas veces denunciado por el kirchnerismo respecto de la evidente articulación entre sectores empresariales y agrupaciones políticas opositoras. 

En este caso, se confirma, por boca de alguien que conoce esos vericuetos como pocos --pues los ha recorrido casi en rango de columnista--, que los favores serán para las huestes del esposo de Malena Galmarini.  

El repaso enseña sobre la disputa que envuelve a los opositores por estos días: Massa ya mordió todo lo que podía de electorado kirchnerista en 2013. Quedó en desventaja en ese universo (65/35 en cuanto al voto peronista duro histórico, según explicara Manolo Barge), pero fue suficiente como para arruinar la performance global del FpV. En adelante, va por aquello que en 2011 se repartió entre demasiados, sin que por ende nadie lograra hacer ni cosquillas a CFK en su empresa reeleccionista: el sufragio no peronista, sensible a cuestiones institucionales/republicanas. Algunas vigas maestras de esa cosmovisión, dicho sea de paso, están ganando espacio en agenda. Lo explica bien Ricardo Tasquer, comenzó a partir de las sediciones policiales con más saqueos de fines de 2013

No por una derechización social, que nadie piensa en esos términos: es simple y lógico reflejo conservacionista ante los avances materiales elaborados por el gobierno nacional en una década, máxime cuando algunos ruidos de gestión (por las correcciones a la macro) e incertidumbre institucional (dado el recambio presidencial venidero) se asoman.   

El plus de la oferta renovadora es la de una arquitectura mucho más sólida, capaz de disputar poder y sostenerlo.

En PRO parecen haber tomado nota de esto, y ahora andan ocupados en pegar a Massa al kirchnerismo. "Es lo mismo, pero reciclado", explican resumidamente. Ése será el litigio político principal en adelante. Y es en ese entendimiento que cabe esperar del Frente Renovador un abandono, al menos discursivo, de buena parte de la promesa de "conservar lo bueno". 
(Ezequiel Meler acaba de expresarlo brutalmente, haciendo además alusiones a la irresponsabilidad de Massa en cuanto al temario reforma del Código Penal/linchamientos, en sintonía con nuestro anterior post.)

Se trata, sencillamente, de una necesidad estratégica.

lunes, 7 de abril de 2014

Dar la talla

El desequilibrio que produjo en el sistema institucional el triunfo presidencial de Cristina Fernández en 2011, por la magnitud de la distancia que la separó del segundo, generó masas populares de disconformidad carentes de expresión potable.

Ello derivó en la imposibilidad de encajar ciertas demandas en la agenda pública.

La consecuencia de ese circuito que fue retroalimentando el par insatisfacción/irrepresentatividad, a nuestro criterio, fueron los cacerolazos que se sucedieron a partir del año 2012. Y que ahora se desinflaron. No así su esencia reivindicativa, de corte enojoso.

Un vacío que llenó hábilmente Sergio Massa con la construcción del Frente Renovador.
A estos respectos, conviene atender en detalle a la últimamente cada vez más frecuente sucesión de declaraciones de los dirigentes opositores, que parecen ir persiguiéndose unos a otros en eco, evidenciando así que van a la caza de similar universo electoral. Porque, además, los sectores opositores no peronistas caminan hacia una arquitectura partidaria de mayor solidez. Al cierre de este texto, nada había hecho Elisa Carrió por dinamitar la anterior afirmación, lo que constituye toda una novedad.

El problema ha dejado de ser, entonces, la existencia o no de alternativas con potencialidad y horizonte; ahora, en cambio, se trata de cómo discurre ese relacionamiento.

Raúl Degrossi apuntó en el blog Nestornautas que la representación política no puede ni debe limitarse, cuando se trata de una variante opositora, a la mera reproducción de las voces de disconformidad para con el oficialismo de turno. Cualquiera se las vería en figurillas para intentar, si así lo quisiese, expresar el enorme y diverso racimo de vociferaciones antikirchneristas que se oyeran en las marchas callejeras de protesta 2012/2013 sin el procesamiento de las mismas que la tarea dirigencial implica. Fue Carlos Pagni quien se ocupó de diferenciar ese fenómeno del de opción política proyectiva cuando explicó que, de haber existido liderazgos capaces de ofrecer una salida creíble a quienes no se sentían contenidos por la presidenta CFK, nadie habría salido a la queja de ese modo. 

Pero es una incógnita si la sola aparición de una figura en quien depositar la confianza del sufragio basta. 

Martín Rodríguez escribió en La Política On Line que la inseguridad es un momento en el que se cuestionan las mediaciones. Hay que pensar a partir de esa frase la "comprensión" de las pulsiones linchadoras que manifiestan las principales referencias del arco partidario. El hilo que separa eso de la convalidación, siquiera involuntaria, es demasiado delgado.

Representar significa capacidad para articular las exigencias ciudadanas con su viabilidad práctica (económica, por caso) y su admisibilidad jurídica. El resultado de ese procedimiento sería una respuesta a los “problemas de la gente” que trascienda a la enunciación de los mismos. Si, en vez de eso, gana un espacio indebido el discurso crudo del reclamo, estaremos en problemas. Y eso no remite solamente a las dificultades gestivas de quien está a cargo de la gobernanza durante un período determinado: también a quien legitima aquello que está fuera de sitio. 
Explícitamente o no.

Las voluntades tergiversadoras querrán ver en estas líneas una culpabilización a los dirigentes opositores por los linchamientos que son tema de debate por estos días.
Nada de eso.

Pero tampoco se puede reducir un fenómeno complejo y multidimensional como la inseguridad y las reacciones que se derivan de la imposibilidad de domarla apenas a una administración. Máxime cuando hay en marcha procesos de construcción y reconfiguración de identidades representativas de cara a una sucesión presidencial. Y, quizás, de ciclo histórico. La responsabilidad se reparte cuando las expectativas se reparten entre mayor cantidad de actores, aun cuando la principal siga siendo la de la cabeza del Poder Ejecutivo Nacional, que de todas maneras en este caso estuvo a la altura, no sumando más leña al fuego de la irracionalidad. De ningún modo posible imaginable.

Así, pues, en adelante habrá que preguntarse, en relación al Estado, más cuál que cuánto.

jueves, 3 de abril de 2014

No cuenten conmigo

Fernando Carrera fue condenado en doble instancia a 30 años de prisión en una causa que le armaron en el año 2005 entre Policía Federal y tribunales penales nacionales. Acusado de robo agravado por uso de arma de fuego en concurso con triple homicidio culposo, lesiones graves y leves, abuso de arma de fuego y portación ilegítima de arma de guerra. Casi nada. Aquello fue conocido como La masacre de Pompeya, tan afines que parecen algunos a banalizar todo cuanto sea posible. 

La Corte Suprema de Justicia anuló en 2012 esas sentencias, firmadas en 2007 y 2008, por irregularidades procesales (fórmula jurídica que corresponde a la maniobra tendida contra el perejil en cuestión), ordenando dictar una nueva en base a sus señalamientos. No obstante ello, en 2013 la Cámara Nacional de Casación Penal volvió a condenar a Carrera: obvio, lo contrario descorrería un velo tras el que subyacen podredumbres que los involucran (a jueces y policías) peligrosamente. Deberá esperar a que el máximo tribunal trate el fondo de la cosa, pues hasta acá intervino sólo en lo relativo a procedimiento. 

En todos estos trámites, el protagonista de una trama cuya roña fue llevada al cine --para ser puesta en su indiscutible evidencia-- ha perdido nueve años de su existencia.

La tarde de los hechos, herido Carrera de bala por el fusilamiento policial a que fue sometido luego del desastre que dio origen al expediente, la gente que andaba por allí, enardecida sin razón, quiso volcar la ambulancia que socorrió al, se creía --equivocadamente-- entonces, asesino. Semejante criminal, gritaban, no merecía esas atenciones. A lo largo de este asunto, como se observa, sobró Estado, si por tal cosa se entiende acción de las fuerzas de seguridad y de los órganos encargados de aplicar Derecho, tal lo que se viene oyendo durante esta última semana a propósito de los brotes de mal llamada justicia por mano propia, que en realidad son matanzas en masa.

Los daños que fallos (en todos los sentidos del término) corrompidos hicieron a Carrera podrán ser, eventualmente, reparados; si, en cambio, lo hubiesen asesinado los indignados ese día de 2005, no.

Por eso están mal los linchamientos. No hace falta argumentar más nada.