jueves, 27 de noviembre de 2014

1988

Luciano Chiconi saludó la inauguración del massismo con un post titulado 1985.

Esa referencia al calendario no era ni es inocente. Hacía alusión al momento en que Antonio Cafiero rompió con el PJ oficial, entonces conducido por Herminio Iglesias y Lorenzo Miguel, para, a través de un sello que bautizó Frente Renovador (la originalidad no es precisamente una virtud de Sergio Massa; tampoco la sutileza), desplazarlo en las urnas del lugar de segunda minoría del alfonsinismo triunfante en las primeras elecciones legislativas de medio término de la democracia recuperada. Dos años después, con la renovación ya al mando del peronismo, Cafiero completó su epopeya derrotando a la UCR, con lo que terminó quitándole a Raúl Alfonsín el control de la Cámara de Diputados de la Nación (en el Senado el peronismo fue mayoría ya desde 1983) y la PBA.

Parecía, hacia fines del año 1987, irrefrenable el ascenso de Cafiero a la presidencia de la Nación para dos años después. Lo que siguió es conocido por todos. Antonio no pudo, ni aún luego de su gesto de enorme estadista y cabal demócrata de acompañar a Alfonsín cuando el alzamiento carapintada. Y dicen algunos que tal vez por ello mismo. Incomprobable, claro.

Dicho sencillo, Chiconi intentaba homologar la maniobra de aquella renovación con la de la actual. Esto implicaría la amenaza de desplazar a la presidenta CFK de su actual jefatura del peronismo.

El problema de esa hipótesis era y sigue siendo sus términos. Primero, porque Cafiero, a diferencia del kirchnerismo, era oposición al gobierno nacional y también al interior del partido justicialista. Hizo lo suyo por fuera del Estado y de cualquier otra estructura para adecuar al peronismo a las nuevas tendencias sociopolíticas nacionales. El massismo, en cambio, y por mucho que ha intentado vender una imagen contraria, es un encuadramiento de oficialismos municipales que, principalmente, quebraron el Frente para la Victoria, que integraron hasta 2011, disconformes --según explicaban-- con el reparto de poder que merecían en relación a su electorabilidad, que sólo debieron reconfirmar ya sin paraguas nacional. Por otro lado, y aunque debería ser innecesario aclararlo, Cristina Fernández no es Herminio Iglesias ni Lorenzo Miguel.

Por último, el PJ fue derrotado en 1985 sin llegar a juntar siquiera el 10% de los votos en la provincia de Buenos Aires. El Frente para la Victoria, en cambio, conservó en 2013 su 35% de piso histórico nacional, como ya lo había hecho en 2009.

Seguramente consciente de todas esas disimilitudes, Sergio Massa reconfiguró su estrategia inicial, que era la captura del peronismo oficial (ayudado esto también por la ausencia de garrochazos posteriores a octubre de 2013, contenidos por el PJ reconstituido), y se dedica desde hace más de un año a intentar sus cultivos sobre otros espacios y sociologías. 

Lo que, desde luego, supone resonancias en términos discursivos: la conservación de lo bueno para cambiar lo malo quedó de lado, a favor de un discurso mucho más confrontativo para con la cosmovisión oficial. Eso entre tantos otros constantes recálculos que han decidido. Las dificultades que explora ese viraje, dada la sobreabundancia de oferta de tal tipología, y el estudio del pretérito citado, ayudan a comprender la crisis que atraviesa el FR. Massita no logró incorporar nuevos intendentes (no pudo siquiera cerrar a Martín Insaurralde, por cuya permanencia ya nadie derrocha sudor en el FpV-PJ), el único gobernador que anunció saltar a las filas renovadoras (el rionegrino Alberto Weretilneck) va rumbo a convertirse en cadáver político y el gobierno nacional controla sin mayor esfuerzo la escena política a esta hora. 

Hace poco, los twitteros massistas, habituales voluntaristas del humor ácido --con escaso éxito--, difundían una foto de Daniel Scioli junto a Cafiero, para editorializar lo que, suponen, será un futuro fracaso presidencial del ex motonauta.

Se trata, esa pretensión de agudeza, de un fenómeno que la psicología denomina proyección.

(También esta historia continuará...)

lunes, 24 de noviembre de 2014

El teatro de revista opositor

Hasta hace 15 días, la UCR marchaba hacia la PMDBización, indiscutidamente.

Esto es, apostaría a colar gente tanto en los armados de Maurizio Macrì como en los de Sergio Massa. Lo que, además, presumían, les daría mayores chances de arrimar en las distintas competencias locales.

Los rumores alrededor de una supuesta voluntad de Gerardo Morales y Ernesto Sanz a favor de una interna transversal, inclusiva de la totalidad de las facciones opositoras; o bien los incipientes intentos de presión al diputado nacional renovador en uso de licencia para que converja, como aspirante a la gobernación de PBA, hacia la candidatura presidencial del jefe de gobierno porteño testimonial, dan cuenta de dificultades para la táctica PMDBista. No hace falta mayor explicación para tal giro: para una campaña presidencial hace falta plata. Mucha. Y en el marco de una supremacía del FpV-PJ de cuyo ensanchamiento ya nadie oculta tener registro, la fragmentación a que apostaba la UCR no convoca chequeras. Ergo, hay que concentrar. Así les exigen hacer, tal como ya les hicieron firmar su compromiso de debate 2015.

Pero en política 2+2 suele no ser 4. Y la mera suma de las partes probablemente (y lo decimos de esa manera sólo porque a seguro se lo llevaron preso) daría como resultado un número distinto al que, a priori, se podría suponer.

El abajo, los niveles subnacionales, tan a menudo subestimados (por todos), y a favor de cuya consagración parecía haber nacido el Frente Renovador (hoy más preocupado en problemas de sabanas y en defenderse en tribunales de los dardos denuncistas de Elisa Carrió), se complica. Lo sobreabundancia de una amalgama multipartidaria dificultaría al extremo los cierres provinciales y municipales, de tal suerte que las potencialidades que amenazan los distintos mencionados como aspirantes corren riesgos de resentirse: a las heridas que provoque la definición de las listas, le sigue una huelga de brazos caídos (para trabajar el sufragio comarcal, que se entienda). Las organizaciones vencen al tiempo, enseñó alguien que de esto entendía bastante. Y la resolución de los cuellos de botella comentados requiere de ambas cosas: sistematicidad y paciencia.

Esto ha pretendido saldarlo, a favor de Macrì, Lilita Carrió, a través de su enésimo vómito verbal, al inicio de la semana pasada, luego de que la inveterada e ineluctable ineptitud radical no lo lograra en la cumbre payasesca de San Fernando. Deberá procederse, descartada la hipótesis del revival de la Unión Democrática, a través del darwinismo.

La ventaja comparativa de Macrì es su nulo armado, que le permite entregar todo por debajo de él. Le encaja justo a la UCR.

El programa del radicalismo pasa por, apenas, conservar su condición de segunda minoría parlamentaria --que, a su vez, implica cajas en organismos de control (AGN y Consejo de la Magistratura)--, las intendencias que aún posee y, a lo mucho, avanzar en algunas gobernaciones. Nada más. Pero debe conciliar eso con las apuestas de quienes han sido designados en aptitud de ganar por los financistas electorales, que se juegan en la sucesión 2015 cuestiones bastante más frondosas que la rosca del partido que hace rato dejó de ser el de Hipólito Yrigoyen. Y, también, con la definición del formato de aprovechamiento de lo que les ofrece el massismo, regalado en su desesperación, sin afectar la estrategia nacional. 

Demasiado para lo que admiten las destrezas de Sanz y Morales, incapaces siquiera de domesticar los caprichos de estériles como Julio Cobos y el hijo de Raúl Alfonsín. No pudieron más que pedir aplazamientos. Pero los atormentan las urgencias de sus bases de sustentación reales: el establishment. Linda autonomía decisoria la de ese hipotético gobierno.

No debe extrañar semejante mediocridad en un elenco dirigencial que tramita litigios en fiestas de casamiento.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Scioli 2015: sí o no, cuándo y por qué

Daniel Scioli, como muchas veces durante los últimos años, vuelve a ser tema trascendental de discusión al interior del espacio nacional ordenado por el kirchnerismo en la figura de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. 

La proximidad del litigio sucesorio 2015 es el disparador en esta oportunidad.
Un interrogante que circula alrededor del asunto, más precisamente: ¿será Scioli el encargado de ocupar el asiento de conductor en la pole position que a la fecha ocupa el Frente para la Victoria? O bien, complejizado: ¿ya lo es, a casi un año de la cita?

Conviene arrancar recordando el concepto que ha regulado todas las intervenciones que aquí se han hecho acerca del gobernador de la provincia de Buenos Aires, que no fueron pocas, incluso desde antes de la reelección de CFK en 2011. 

Como resulta imposible adentrarse en la cabeza del hombre en cuestión --ni en la de ningún otro--, ni mucho menos predecir el futuro, más vale ponerse a construirlo --al sujeto tanto como al contexto que lo va a interpelar--. Dicho de otro modo, lo interesante en estos negocios no es la evaluación de las características particulares del postulante sino la integración social de su armado. Como dice Oscar Cuervo, en sintonía con esto último, si la candidatura de Scioli resulta ser la de los sectores más dinámicos del encuadramiento efepeveísta; si, por decirlo de modo sencillo, se logra que dependa de esa relación de fuerzas para gobernar, independientemente de lo que pudiesen ser sus hipotéticas oscuras intenciones, no podría concretarlas. A menos que intentase hacerlo a través del acompañamiento opositor: no es lo que más probablemente suceda.

Las señales son cada vez más inconfundibles. Cuando Clarín opera supuestos apuros en el peronismo en procura de cerrar una definición en el ex motonauta, uno puede y debe alertarse por esa manifestación de preferencias del establishment. Pero, también, comprender que se trata de una confesión derrotista del universo adversario que, convencido de que se le será dificultoso vencer con candidatura propia, aspira a intrusar el elemento que presume victorioso.

Los más lúcidos exponentes del pensamiento opositor lo vienen advirtiendo a sus dirigentes con creciente frecuencia: se angostan las vías para el desarrollo de una experiencia refutatoria del ciclo histórico abierto en 2003. Ergo, urge concentrar fuerzas. La estrechez que para la repartija de cargos supondría esa alternativa lo impide. Y si se desatendiera ello, los brazos caídos en los niveles subnacionales para trabajar las decisiones superiores, o aún el quiebre de las fracciones rivales tal como las conocemos hoy, harían de la suma una quimera. La construcción del orden en una alianza partidaria requiere de un lapso superior al que nos separa de 2015, tanto que ni siquiera es seguro que las PASO puedan proveer solución adecuada.

La probabilidad de que la presidenta CFK consiga diseñar un esquema de contención de Scioli está demostrada en la creciente kirchnerización del discutido. La observación estructural de la supremacía del FpV lo ha definido en tal dirección.

Más allá de teorizaciones acerca de las distintas sociologías que puedan ser capaces de capturar uno u otro precandidatos, dato aún inmaduro, la condición de organizador electoral del oficialismo es casi indiscutida. Y aún cuando se pueda decir de Scioli que sería, a priori, el más apto para ir en busca de los votos fugados que provocaron la derrota de 2013 (luego habría qué discutir lo que se debe hacer para ello), no puede prescindir del voto duro que consolidó Cristina. Esa especie de empate convoca a la negociación. Pero también hay la circunstancia, el año próximo, de un peronismo creciendo desde, primero, la construcción de competitividad en cada provincia. Es decir, yendo de lo particular a lo general. Y es el ex vicepresidente de Néstor Kirchner quien mayor consenso reúne entre sus pares para que los represente en una coalición de gobierno que no es homogénea a su interior, y que en la etapa venidera deberá reflejar en mayor medida su despliegue territorial nacional.

Así, la candidatura sciolista surge de un acuerdo como el arriesgado, conservando CFK poder expresado en el dibujo del nuevo gobierno (vicepresidente, fórmula en PBA, legisladores nacionales y provinciales) y quedándole abierta la posibilidad de una candidatura competitiva a la senaduría bonaerense en dos años y al PEN de nuevo en cuatro. Una maniobra capaz de contener la enorme amplitud del frente, y con ello su aptitud para la gobernabilidad.

La polarización ya está dada en este escenario, y para afrontarla lo más conveniente es la conservación de la unidad que hace del FpV-PJ el único dispositivo con desarrollo federal: de nuevo, colectivos y no individuos. Peronismo.

Conclusión: falta mucho como para definirse. Pero si sucediera la designación de DOS, no debería resultar ningún problema.

(Va de suyo, pero igual queremos dejarlo en claro: esta historia continuará...)

lunes, 10 de noviembre de 2014

La oposición ideal: la endeble e impotente

Las idas y vueltas en la opinión de Ricardo Lorenzetti acerca de la integración de la Corte Suprema de Justicia, la negativa de la UCR a negociar con el gobierno nacional un acuerdo para completar la integración del máximo tribunal frente al cese constitucionalmente dispuesto del mandato de Eugenio Zaffaroni enunciada por el senador nacional y jefe del partido Ernesto Sanz, el griterío histérico de Daniel Sabsay en el coloquio de (pocas) IDEA(s), las permanentes rutinas de comedia dramática de Elisa Carrió, la deriva gorila del Frente Renovador con recurrentes menciones despectivas al chavismo venezolano, las promesas de derogaciones masivas de la legislación 2003/2014 con que se atropellaron los distintos fragmentos del Grupo A, los insultos que a renglón seguido les dedicó Jorge Lanata con más sus ataques al niño Casey Wander y las cada vez más frecuentes columnas editoriales del diario La Nación en las que se pretende establecer vinculaciones (delirantes, por supuesto) entre el kirchnerismo y los regímenes totalitarios nazifascistas o soviéticos. 

Múltiples expresiones, éstas, pasibles de ser articuladas bajo un único concepto organizativo: se trata, en todos los casos, de discursos opositores. Lo que diferencia al del presidente de la Corte, de todos los demás, es el modo en que instrumenta sus diferencias: no casualmente, es uno de los blancos predilectos de Carrió, emblema del todo/nada antikirchnerista.

Lorenzetti practica un juego de oposición equilibrada, propio de la perfecta vigencia democrática y republicana que indiscutiblemente vive Argentina. Lo que lo lleva a, alternativamente, acelerar y ralentizar su marcha, o acercarse y alejarse de las posturas de la presidenta CFK: publica en concurrencia fallos amables y amargos para con la voluntad oficial. Golpea para, luego, negociar. A los otros guía un maximalismo que supone como premisa negar entidad sistémica al kirchnerismo. Diagnosticarlo como virus intrusivo del Estado de Derecho, lo cual legitimaría a hacer tabla rasa con todo lo que ha actuado en once años, en tanto sería el producido de una situación de nulidad absoluta e insanable. Y que, además, impide dialogar y/o competir en regularidad con el Frente para la Victoria en los espacios correspondientes: así se echaron a perder los marcos pluralistas que concibieron los proyectos de Códigos Civil y Comercial y Penal de la Nación.

Del mismo modo que se hizo ya en Argentina con el peronismo inaugural entre 1955 y 1973; o, más acá en el tiempo, como definió el antichavismo refutar a la revolución bolivariana de Venezuela más o menos hasta la aparición de Henrique Capriles, y que se está reeditando desde sus sucesivas derrotas electorales (también le sucedió a Evo Morales en Bolivia).

Con muy poquito le alcanza al quinto hombre en la escala sucesoria presidencial para diferenciarse cualitativamente de todo el resto. La mayor serenidad, responsabilidad y, vamos, en definitiva, la superior inteligencia de Lorenzetti, ha merecido como contrapartida que Cristina Fernández le habilite mayor entidad como interlocutor institucional. Más allá de ocasionales roces, generalmente han logrado edificar entendimientos cuando los convoca simultáneamente esa necesidad. Y sucederá lo propio con el reemplazo de Zaffaroni. No se intenta aquí convalidar lo que en el caso de Sergio Massa se niega, una avenida intermedia de adversarialidad: Lorenzetti negocia para su sector, lo que le provee consenso mayoritario entre sus pares. Con los matices que se permite ha construido un poder relativo superior al de cualquier dirigente partidario rival.

Ese énfasis que dedica al cuidado de su autonomía lo inhabilita como opositor ideal: no lo consideran hombre propio.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Polarizados 2015

Las oposiciones se esmeran en la construcción de un triunfo contundente del peronismo en primera vuelta de las elecciones presidenciales 2015.

Las PyME del progresismo que vuelan por los aires del estallido de FAUNEN no se sumarán a la PMDBización de la UCR, ni tampoco a la deriva crecientemente gorila de Elisa Carrió (aunque compartan ese sustrato). Binner-Stolbizer en la fórmula presidencial y un binomio conformado por los hijos de Raúl Alfonsín y de Antonio Cafiero (que, a diferencia de Máximo Kirchner, no heredaron el talento político de sus padres) para disputar (es un decir) la gobernación de la provincia de la provincia de Buenos Aires. Pura racionalidad instrumental: necesitan conservar las pocas bancas que aún conservan; por ejemplo, la de Victoria Donda.

Apenas se construyó FAUNEN, dijimos aquí que los territoriales de la UCR harían esta vez (a diferencia de las últimas dos ocasiones de elecciones generales) valer el peso de su despliegue a efectos de las definiciones tácticas del espacio. Eso está sucediendo: se reparten entre Sergio Massa y Maurizio Macri para engrosar sus respectivas construcciones locales, desatendiendo la proyección nacional, ya no sólo de la alianza multimarca, sino también del propio radicalismo, condenado a funcionar como partenaire de alguno de los dos candidatos del hibridismo. Quienes, además de la captación de boinas blancas, se bloquean recíprocamente.

La caprilización ha estallado por los aires desde que, luego del fallo adverso de los tribunales norteamericanos en el conflicto buitre, la presidenta CFK decidió acelerar la polarización a partir del reimpulso de una agenda legislativa intensa, anclada en la profundización programática. Ése fue el modo elegido por Cristina para intervenir el trámite sucesorio. A partir de ello, comenzaron realineamientos en las alianzas opositoras, en paralelo con una carrera alocada en la que todos sus integrantes compiten entre sí por constituirse en el depositario del distintivo de mayor adversario de la cosmovisión oficialista, lo que se expresó en los anuncios de derogaciones masivas del paquete legislativo de once años de peronismo efepeveísta.

La Presidenta encontró, así, el modo de torcer la dinámica de la derrota 2013: la fuga de votos propios hacia una candidatura que, prometiendo conservar lo bueno de lo actuado desde 2003, debilitó su representatividad. Eso que pretendió convertirse en una nueva mayoría, impulsándose desde un cambio de mando en el PJ... que no sucedió. El Frente Renovador se dedica, desde entonces, a cultivar su faceta republicana. Por no tratar en este post las cuestiones de sábanas que están abundando por allí; o bien las delicias judiciales en que se han enredado con Carrió. La agenda de los temas concretos que le interesan a la gente pasó al baúl de los recuerdos, cediendo paso al business del país dividido. Una pena que el voluntarismo cool no haya alcanzado para torcer relaciones de fuerza estructurales. Un giro que, observado panorámicamente, implica la sobreabundancia de oferta para el electorado antiperonista, a menudo --para colmo-- sobreestimado en cuanto a sus dimensiones. 

De tal modo, el FpV queda en soledad para el atrape de voto peronista. La ultrakirchnerización de Daniel Scioli, entonces, no pasa por un consejo de Jorge Telerman, sino por sencillamente por una correcta observación del escenario coyuntural. 

El kirchnerismo fue primera minoría en las elecciones legislativas nacionales del año pasado, con 35% de los votos. 
Cifra, ésa, que es su valor histórico de referencia, pues la sostuvo aún en dos coyunturas adversas (ésa y 2009), y eso que en la segunda de ellas estuvo expresado en la candidatura bonaerense de un por entonces todavía desconocido como Martín Insaurralde. Es decir: CFK deposita en cualquiera un tercio como punto de largada. La segunda fuerza en aquella oportunidad fue el Frente Renovador de Sergio Massa, que aún no logró quebrar su condición de espacio provincial, con 17% de los votos (exclusivamente bonaerenses, proyectados a escala nacional). Pero una parte de ellos corresponde asignársela a Macri, quien para ese comicio había construido una alianza con el ex intendente de Tigre, hoy fragmentada en dos.

Las elecciones presidenciales argentinas se ganan con 45% de los votos, o con 40% si la distancia respecto del segundo es de 10 puntos o más. Sufragios, conviene recordar, afirmativos válidamente emitidos. Esto implica descontar blancos/nulos/impugnados; con lo cual, ese 40% se convierte en 38,5% de votos efectivos. Ésa es la meta a alcanzar, partiendo desde el 35% blindado a que arriba hacíamos referencia.

Haciendo números, se entiende el nerviosismo. Se pierde el autocontrol cuando antes no se cuidó la autonomía decisoria.          

lunes, 3 de noviembre de 2014

Poder decir/querer hacer

Han sido verdaderamente extrañas las discusiones parlamentarias por la sanción de presupuestos durante el kirchnerismo. 

Las distintas oposiciones han dedicado sus esfuerzos, a lo largo de 12 años, apenas a intentar demostrar la mayor o menor veracidad de las cifras que ha puesto en debate el gobierno nacional. Resulta gracioso que el radicalismo pueda hacer impugnaciones de este tipo cuando durante el gobierno de Raúl Ricardo Alfonsín las discusiones por el presupuesto eran ex post. Los legisladores se encontraban con los números de lo ya actuado. La cúspide en cuanto a ausencia de límites a la administración.

Pero lo central aquí remite a lo que es el significado de esta norma. Allí se vuelcan, en números, los objetivos y las definiciones político/ideológicas de un gobierno; se cristalizan los intereses que se propone defender. Con lo cual, las diferencias no deberían ser planteadas en torno a la mayor o menor veracidad de las previsiones, sino, más bien, a la decisión respecto del destino de lo invertido y a la calidad en la ejecución de ello. Porque, y volviendo al inicio, la realidad es que nadie que no esté en funciones tiene chances materiales de efectuar cálculos de gasto estatal; ni, por ende, tampoco de impugnar el que proyectan otros. Se trata, sencillamente, de un imposible. Sólo el Estado cuenta con herramientas para esa tarea

Así, entonces, si se concediera que el gobierno nacional falsea datos, cualquiera que pretenda rebatirlo estará, sin dudas, mintiendo enormemente más, por mucho que simule (o aún crea) pretender lo contrario.

En conclusión, la polémica en relación a la veracidad de un presupuesto cumple una función troyana: rechazar los beneficiarios del gasto estatal decididos por la soberanía popular expresada institucionalmente. Como queda mal insultar la AUH, se la agarran con la mayor o menor probabilidad de que el dolar y la inflación sean los que se dice que serán.

Sebastián Fernández reflexiona muy bien a propósito de estas cuestiones, cuando establece una correlación entre programas poco taquilleros y la búsqueda de fundamentos democráticos en cualquier cuestión excepto en el voto popular. 

Sucede eso cuando los intereses defendidos resultan piantavotos. Fácil.

jueves, 30 de octubre de 2014

La integración no es una consiga: es racionalidad

“Dicen estar preocupados por las suspensiones en la industria automotriz, pero, a la vez, que no les interesan las presidenciales brasileras.”

Algo así, la cita no es textual, se pudo leer en Twitter durante el recuento de votos de las elecciones que definieron la  de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil. La nota sería desubicada en este texto si se tratara meramente de una manifestación aislada de ciudadanos con bajo nivel de politización. El problema surge cuando un dirigente que se supone de primer nivel padece de semejante indigencia en su razonamiento estratégico. Bien decía el general Juan Domingo Perón que la verdadera política de un país es la exterior. En la misma red social se pudo confirmar, antes y después de la primera vuelta y del balotaje, que quienes deberían pensar estas cosas intentaban presumir una poco verosímil indiferencia. Bastante vergonzante tesis, además, por cierto.

Quien mejor analizó este duelo, el periodista de Ámbito Financiero Marcelo Falak, se mostraba asombrado, para mal, de la poca conciencia que había en la dirigencia opositora respecto de la posibilidad de triunfo del antimercosuriano Aecio Neves.

El PT, nos enteramos ahora (esto es pura ironía), navega aguas encrespadas, y es perfectamente entendible que así sea. Por empezar, debió readecuar formatos operativos en su tránsito desde el sindicalismo hacia la conducción del gobierno: por la naturaleza del cambio en sí, desde luego, pero también por una cuestión que incumbe a las transformaciones que sus éxitos de gestión imprimieron, y velozmente, en una sociedad acostumbrada a cambios que proceden a ritmo cansino. Así, a la clásica división tripartita de clases que enseña la teoría (alta/media/baja, y las variaciones tradicionalmente aceptadas como media/alta y media baja) se le agregaron matices de complejidad, altamente conflictiva en varios momentos desde 2013. 

La nueva clase ‘C’ que tanto se ha comentado a propósito de las transformaciones que ha operado el posneoliberalismo en Sudamérica, y que en Brasil se ha observado como un fenómeno de mucha mayor fortaleza y dinamismo; tanto como el sector más postergado en la pirámide de ingresos pusieron y ponen a prueba sus capacidades representativas, en tanto se trata de universos ajenos a la tramitación a través de organicidad institucionalizada sobre la base de la cual el PT se desarrolló, dado su origen, que es el universo gremial, donde nada existe por fuera del agrupamiento. Respecto de los primeros, constituyen el núcleo duro del desencanto, que presumiblemente colocó al lulismo entre la espada y la pared. Para los segundos, el Bolsa Familia constituyó la respuesta que amplió el espectro de un dispositivo que nació exclusivamente obrero.

Por otro lado, y a partir de lo que explica detalladamente José Natanson en su último libro (altamente recomendable, tal su costumbre), El milagro brasileño. ¿Cómo hizo Brasil para convertirse en potencia mundial?, las mutaciones recién referidas implican, a su vez, una readecuación en la ecuación de fuerzas que organiza el poder.

Brasil ha tenido por habito, durante toda su historia, tramitar su devenir a través de pactos de elites.
Que, por tratarse de una operación que desciende desde la cúspide, suavizó el impacto de las decisiones. Lula y compañía no han formalizado la participación de los sectores populares en sus reivindicaciones del modo que, por ejemplo, nos es común en Argentina desde el peronismo. Pero el sólo hecho de haber generado bienestar implica un barajar y dar de nuevo en que el statu quo se conmueve. Dado ello en el marco de un Estado que, aún sin alterar las grandes líneas del modelo de desarrollo, elaboró novedosas intervenciones sobre la actividad privada limitantes de la dinámica de mercado, y máxime en una coyuntura de mayor estrechez económica, amenaza con alterar el tradicional reparto de costos. Dicho sencillo: quién manda.

La finitud del clima sereno que caracterizó siempre a Brasil tenía, en este contexto, las horas contadas. De ahí a que el volumen de la disputa política aumente, había, y hubo, medio paso. No era, a fin de cuentas, todo color de rosas por allí.

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¿Todo este análisis, o algún otro, estuvieron ausentes en las filas opositoras argentinas? ¿O fue desatendido el tema sin importar que derivara en apuestas perdedoras, tanto en Brasil como en Uruguay? En cualquier caso, resultaría delirante.

Y, en todo caso, ¿qué implica para Argentina, en términos políticos, el cuadro de situación brasileño?

El kirchnerismo tenía y tiene las cosas definidas: apoyo incondicional a Dilma. Elisa Carrió, que también suele tener claras sus aspiraciones electorales (que luego las pueda cumplir o no es otro tema), apuntó y disparó: explicó que deseaba el triunfo de Aecio Neves porque rechaza a Rusia y a China, que es la variable que se fortaleció con el triunfo lulista. La Alianza Pacífico, funcionalmente subordinada al compás que dicta EEUU era la alternativa. No se trata de rozar, siquiera, el asunto del imperialismo, sino sencillamente de un esquema de integración económica de cuyo fracaso en cuanto al impacto sobre la economía nacional no se requieren mayores probanzas. A esto se refería Falak al expresar su alarmismo por las alianzas regionales que exploran los adversarios al kirchnerismo, desaconsejables para nuestra complementariedad económica.

El análisis periodístico opositor advirtió mejor las disputas de fondo que subyacían a todo esto: abandonaron sus hasta hace poco usuales elogio a Lula, instrumentados como contraejemplo de las falencias que achacan al oficialismo nacional. Ahora el PT es el espejo que adelanta al kirchnerismo, sólo que para mal. Carlos Pagni encontró una conexión muy ocurrente entre ambos países, a partir de la estrategia de autobalcanización que ha decidido la UCR (entre Macrì, Massa y lo que quede de progresismo) de cara a 2015 como método para conservar espacios legislativos e intentar crecer desde las provincias: es lo que el histórico PMDB, la mayor formación partidaria de Brasil (que, sin embargo, no logra trascender en las sucesivas peleas presidenciales), hace años practica. Esa subordinación dice mucho acerca de la voluntad para el mando.

Cuando Sergio Massa inició su gira pac man por el interior, en disputa con Maurizio Macrì y mientras resuelve sus miedos con Marcelo Tinelli que hasta hoy bloquean el garrochazo de Martín Insaurralde, además de Pagni retumbó un concepto de Alejandro Horowicz que aquí ya refiriéramos: “Sin una estrategia sudamericana vos no tenes nada. Y la Argentina es escandalosamente provincial. (…) Todos creen que es más importante la interna radical de Trenque Lauquen que lo que sucede en el PT o en el sindicato de los metalmecánicos en San Pablo”. Formidablemente anticipatorio de este paisaje: Jujuy es apenas el 1,5% del padrón nacional, sin ofender. Los acuerdos en que uno inscribe sus construcciones dicen casi todo de un programa. Los paralelismos surgen de las proyecciones que se han potenciado en tiempos de mercados regionales.

Brasil sirvió para enseñar que, por fuera de tendencias sociales que pueden perfectamente tener influencia en los ánimos de época, existen estructuralidades definitorias que hacen sentir su mayor peso, y que combaten para sostener su vigencia.

No es para cualquiera eso de dinamitar las relaciones de fuerza de un período histórico determinado.

martes, 7 de octubre de 2014

Los enigmas del sufragio brasileño

Pasó el primer turno de las elecciones en Brasil.

Vamos rumbo a un ballotage en el que, nos comimos, Dilma Rousseff competiría contra Marina Silva, y que ahora será contra Aécio Neves. Es todo lo que diremos acerca de encuestas fallidas (pongámosle), operaciones y otras yerbas por el estilo porque aquí no nos gusta hablar de cosas que, como acabamos de comprobar una vez más, no existen. Sepan disculpar la cuota de sarcasmo. La jornada eleccionaria la vivimos con mucha intensidad, vía Twitter, sobre el transcurso mismo del recuento, en frondosos intercambios con Gonzalo Bustos y el periodista de Ámbito Financiero (que sabe) Marcelo Falak. Provechosos.

Sin embargo, cuesta todavía descular bien el significado de este episodio. De todos modos, para salir a la cancha rápido, vamos con algunas cuestiones propias de toda instancia como ésta, con los matices particulares y específicos del caso.  

Lo que más se ha comentado es el llamado fenómeno Marina Silva. Ya poco importa si se pinchó, o bien nunca existió.
Dilma perdió 6 puntos respecto de su consagración en 2010. Ahora bien, ¿adónde se fue eso? El PSDB y Marina crecieron apenas dos puntos cada uno en cuatro años. Se trata, entonces, más de un desgaste propio del PT que otra cosa. Claro: por decepción de los desempobrecidos para con su representación política. No obstante lo cual, no parece Silva haber resultado catalizadora de ese descontento. Veremos, habrá que esperar que transcurra, por lo menos, la primera semana de cara a la segunda vuelta para establecer correctamente a qué respondió su representatividad. Está hoy menos claro que hasta ayer. Atención: si esto ya se advertía desde hace 4 años, y el PT aún no ha podido resolverlo (se diría, en cambio, que empeoró), las chances de lograr el retorno de quienes le huyeron en las urnas, presumiblemente, se resentirían. 

Casi 8 puntos a favor de Dilma. Diferencia conocida como el umbral de los balotajes. 
No va a ser sencillo lo que se viene, pues Aécio anduvo mejor de lo que se esperaba. Pero el PT prefería polarizar con él que con Marina. Confunde menos y Dilma tiene muchas mayores chances de capturar de allí que de Neves, un voto netamente antipetista, que requiere de hacerse de casi el 80% del sufragio que esta vez fue marinista para dar vuelta el asunto. La nueva arquitectura de decisión brasileña de seguro encierra muchos de los interrogantes de cara al segundo turno. Hace falta determinar el peso de la grieta antigubernamental, si la hubiere. A partir de todo esto se organizarán las nuevas estrategias.

En adelante, será clave el papel de Lula. Es una coincidencia casi unánime. También el de Fernando Henrique Cardoso, si es que decide intervenir. Pero, fundamentalmente, esto depende de si el PT conserva el rol de agente de transformaciones.

Y tanto o más que eso, de cuánto(s) cambio(s) y, más aún, qué tipo de tales aspira la sociedad vecina.

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Brasil es, por buenas razones, un motivo de especial atención para nuestro país.

Desde que José María Rosa escribiera libros de Historia nacional, en los que analizó como pocos la estructuración elitista del antiguo Brasil esclavista (que, con lógicas reconfiguraciones, deriva rémoras de desigualdad hasta el día de la fecha), que influyeron en nuestra política interna al punto de jugar un rol decisivo en las caídas de los gobiernos de Manuel Dorrego y de Juan Manuel de Rosas; hasta que a partir de las recuperaciones democráticas con Alfonsín y Sarney, pasando por el nacimiento del Mercosur con Menem y Cardoso y el no al ALCA que alumbró el UNASUR de Kirchner/CFK-Lula/Dilma, la relación fue dejando atrás las hipótesis bélicas y transitó a la integración, las sinergias se explican solas.

José Natanson hizo un aporte esencial, hace ya un par de años. Brasil quiere proyectarse como jugador de grandes ligas. Para ello, la diplomacia PT entiende que se requiere de tener ordenado el vecindario. Por eso Lula y Dilma han colaborado a favor de la estabilidad y el progreso del subcontinente. La forma PT de tramitar la geoestrategia es un menú más amable.

No obstante que coincidamos en relación a que el Mercosur se debe inexorablemente una cirugía para revitalizarse, no debería sorprender que Neves esté pensando en desnaturalizarlo por completo. Se trata de elegir entre lo complicado y lo terminal. 

La política internacional en tiempos de mercados regionales condena a quienes los transitan en soledad.

viernes, 3 de octubre de 2014

Hay que aprender a tomárselo en joda

Luego de décadas de intentos frustrados, el Código Civil y Comercial Unificado ya es una realidad. En términos técnicos, haría falta mucho más que un post para analizarlo. 

Desde la perspectiva política, implica un salto cualitativo sustancial en cuanto al carácter democrático de la nueva norma. Teníamos un texto cuya letra fue encomendada a un jurista que definió por sí sólo, refrendado en una votación legislativa a libro cerrado e indisponible para los representantes del pueblo. De lo que surgió una ley, aun cuando valiosa, plagada de fallas técnicas (de ahí tantas anotaciones: para salvar los yerros). Su reforma más importante a la fecha, la ley 17.711 de Guillermo Borda, tuvo lugar durante la dictadura del general Juan Carlos Onganía.

Hemos pasado a otro de redacción trasversal al interior de las instituciones de la república, pues participaron en este asunto los tres poderes del Estado. Un debate amplísimo que duró más de dos años, peregrinó por todo el territorio nacional en audiencias públicas en las que se otorgó (de modo casi inédito en la historia del Derecho Comparado) participación popular e hizo espacio a casi dos centenares de modificaciones propuestas respecto del anteproyecto originario.

El contraste descriptivo, además de ilustrar, editorializa por sí mismo.
Lamentablemente, no fue todo lo pluripartidario que hubiera merecido el esfuerzo de apertura construido a lo largo de tanto tiempo y por tantas personas de distintos orígenes, filosofías y convicciones. Una pena. Allá aquellos que eligieron perderse esta cita histórica. El nuevo Código no es perfecto ni mucho menos, más vale. Ni aspiraba a serlo porque no se persigue lo inexistente. Pero es infinitamente mejor que lo que teníamos hasta hoy. Y constituye un capítulo muy provechoso para la trayectoria democrática y republicaba de nuestro país.

(Es también una pena que este post deba apelar a tanta perogrullada para comentar una cuestión a la que le cabía un abordaje mucho más rico y complejo, pero comodoropyzación de la política arrastra a lo berreta a todos.)

No habrá, con todo, cacareo impedidor (opositor le queda enorme a la dirigencia adversaria) que borre este avance de la experiencia democrática argentina.

* * *

Últimamente se discute mucho respecto de la estrategia de la presidenta CFK de cara a 2015. Si es a la victoria o a la derrota. Tal vez el derrotero legislativo de las últimas semanas pueda orientarnos acerca del interrogante.

Venimos de la segunda moratoria previsional (500 mil nuevos jubilados, elevando la tasa de cobertura al 95%), de la ley de pago soberano de deuda en sede local y del paquete de nueva regulación del consumo (reformas a la ley de relaciones de consumo y producción, nueva justicia del consumidor y observatorio de precios). Esta semana que se termina alumbró el nuevo Código Civil y Comercial; la semana que viene, Diputados aprobará el Presupuesto 2015 y el Senado hará lo propio con la nueva ley de hidrocarburos, en acuerdo con OFEPHI. Están comenzando los debates en torno a la desincriminación del consumo de estupefacientes. Y van en marcha el nuevo Código Penal, la despenalización del aborto, (CFK no impulsará pero tampoco vetará, contó Horacio Verbitsky) la ley de acciones de incidencia colectiva y la reglamentación de los juicios por jurado.

Mayorías legislativas a prueba de balas en cuestiones mega conflictivas al margen, en cualquier caso, no parece bajo ningún concepto ser, ésta que acabamos de repasar muy por arriba, una agenda de fin de ciclo. Más allá de lo subjetivo, queda claro que no se está apenas administrando. Se trata de un año de cierre muy distinto, entonces, al de Carlos Menem, que justamente por eso finalizó sin turbulencias aún en minoría en la cámara baja.

Por otro lado, de la mano de las enseñanzas que al unísono pregonan de las muchachadas del PRO y del PO, con mucha de toda esta legislación hemos aprendido que el kirchnerismo consiguió lo que cualquiera habría creído imposible: una síntesis entre chavismo y neoliberalismo. Vaya prodigio de las Ciencias Políticas y de la Filosofía.

No hay lugar más que para el humor. Un aquelarre de dirigentes de distintas extracciones, algunos de respetable trayectoria militante previa, arrastrados por Elisa Carrió hacia los tribunales para pedir la clausura de un debate parlamentario por el nuevo CCyCU. En la chaqueña, que carece de la más mínima construcción política territorial concreta, se entiende. No tiene otro modo de trascender que la espectacularización. El resto, teme que los arrastre en el denuncismo (déjà vu Presupuesto 2010) . En sus respectivos casos, por complicidad con el kirchnerismo. El ridículo llegó a tal punto que no lograron acordar una única denuncia al presidente de la HCDN, Julián Domínguez. Una apuesta al pluralismo, también en materia penal.

Semejante nivel de desorientación política estuvo perfectamente metaforizado en bloques legislativos que confundieron el sitio en que les corresponde ejercer su representatividad.

Fueron las bancas vacías en este caso las que descorrieron el velo del ídem doctrinario.

martes, 30 de septiembre de 2014

Brasil: el diablo está en los detalles

En diálogo con el periodista Sergio Ranieri y con Ricardo, editor del magnífico Los Huevos y Las Ideas, coincidimos en cuanto al especial interés del Frente Renovador en un triunfo de Marina Silva en las venideras presidenciales brasileñas.

Las implicancias de Brasil en Argentina, y viceversa, no requieren de mayor abundamiento. Que, por otro lado, el lector las encontrará mejor explicadas en otros lados que éste. Por caso, en la pluma de José Natanson, probablemente quien mejor ha estudiado las novedades posneoliberales de la política regional. Hemos leído buenos textos que explican la sólida estabilidad de las líneas macro del modelo económico de Brasil. Que acotan los términos de la discusión programática. Ahora bien: una cosa es destacar la condición de mayor suavidad de los cambios que admite la estructura productiva del país vecino, y otra, muy distinta, negar directamente cualquier contradicción. La ilusión del consenso definitivo, inmutable, eterno. 
(Proyecciones --pretendidamente anticipatorias-- transfronterizas: de mínima, voluntaristas.)

De hecho, ello está confirmado en la “reacción adversa de los mercados” ante el repunte de Dilma Rousseff en las encuestas. Litigios abiertos no faltan allí, evidentemente. Parece mentira tener que repetir todo esto, todavía a esta altura de la soireé.

Es cierto: siempre es necesario matizar, complejizar, relativizar. La linealidad es mala consejera. Concedamos que Marina Silva no es un troyano del establishment (que, insistimos, existe; y que, en gran medida, adversa al gobierno petista). Lo cierto es que lo definitorio, como repetimos siempre en este espacio, no pasa por el examen de las individualidades del elenco dirigencial en pugna. Conviene, en cambio, enfatizar en el examen de las apoyaturas sociales que expresan. A fin de cuentas, la política es representación, en el campo institucional, de intereses (sociales, económicos, culturales, etc.).

Marina emerge, explican bien casi todos los que han analizado el tema, en función de las nuevas demandas de los desempobrecidos en tres mandatos de PT, que las tropas de Lula no logran abarcar. O, cuidado, que han decidido subalternar, en opción por los que aún continúan muy relegados en la pirámide social. Una cosa queda clara: con eso sólo a Silva no le alcanzaría para ganar las elecciones. Ni hablemos ya de gobernar, si es que acaso pretende no hacer mera administración de lo dado, habida cuenta de su autodenominada circunstancia de agente de cambio. La potencia de la antítesis la excede. Y la arrastra. No es para cualquiera eso de cambiar las relaciones de fuerza de una época. 

Cualquier parecido con la realidad nacional no es mera coincidencia.

* * *

Acerca de las necesidades argentinas respecto del resultado eleccionario del próximo domingo, con su seguro sucesivo segundo turno (dejamos esto para el final, a los fines de evitar el ombliguismo nacionalista), y aún con lo dicho arriba sobre el relativamente poco controversial modelo de negocios brasilero, quizá el pasado más cercano pueda proveernos de pistas para un mejor entendimiento del interrogante. Está fresco el recuerdo de los trastornos que provocó a nuestro país la devaluación de Fernando Enrique Cardoso en 1999. Tiempos en que la región funcionaba lejos de la sinfonía común actual, con todas los pero que a esta afirmación puedan aceptarse, porque es innegable que la institucionalidad mercosuriana/unasuriana (más CELAC) aún descansa en demasía sobre los personalismos. Con toda la precariedad que tales diseños legales suponen.

No obstante esto último, y aún cuando Argentina debe, en cualquier hipótesis, reimpulsar sus esfuerzos exportadores en la bilateral, y además reconfigurar su despegue desde allí hacia la diversificación de su comercio internacional (especialmente en la coyuntura post Griesa, que anuncia un giro en nuestra estrategia global), la recuperación de fuerza política en Brasil de quienes pregonan la necesidad de “mayor dureza” para con su vecino top, sólo puede significar la mala nueva de más piedras en el camino de una de por sí dificultosa situación en la que cada centavo de la balanza se está tramitando con demasiada viscosidad. Así y todo, a la geoestrategia PT no le da igual cómo le va a Argentina. Eso basta para descartar indiferencia. 

A fin de cuentas, terminarán teniendo razón los liberales: las formas importan.